Decenas de peruanos y japoneses, llegan cada año a Bolivia para llevarse de forma ilegal escarabajos y mariposas. Los venderán en Estados Unidos, Europa y Asia hasta por 7.000 dólares. En Japón hay chicos que piden como mascota, de regalo de cumpleaños, un Hércules o un Dynastes Satanas. El negocio de bichos que muchos aplastarían con la suela del zapato.



Cuando un traficante le pide un encargo, Límber guarda un generador de luz portátil y unos tarros de cristal en su furgoneta y conduce durante una hora por caminos de tierra hasta el cerro más cercano, a 2.000 metros de altura. Antes del anochecer, en medio de una vegetación abundante, monta la tienda, bebe un par de cervezas  y luego descansa hasta las cuatro de la mañana. El despertador suena puntual, para empezar la caza Límber enciende dos grandes focos que lleva sobre la espalda. Es como una luciérnaga gigante que ilumina la penumbra del bosque. El cielo despejado y una llovizna mañanera lo ayudan en su búsqueda. Si tiene suerte, un escarabajo negro de unos doce centímetros se estrella contra las luces. Abre el tarro. Lo captura. Acaba de embolsarse 100 bolivianos (unos 14 dólares).

 

Límber trabaja como jornalero en las plantaciones de coca y como taxista. Desde hace unos años también se dedica a cazar escarabajos, al Dynastes Satanas y al Dynastes Hércules, ejemplares de poderosas pinzas. “Antes los veía y los aplastaba o los dejaba ir. Me daban un poco de asco”, confiesa después de salir de abajo de nuestro coche. En su tiempo libre ejerce de mecánico. Tiene 30 años aunque todavía conserva un rostro de adolescente pícaro. Sus ojos achinados miran suspicaces y sus frases casi siempre acaban con una sonrisa ladeada. Vive en Yolosa, una pequeña comunidad del municipio de Coroico, a 100 kilómetros de La Paz, Bolivia. Su casa es un modestísimo habitáculo de unos 30 metros cuadrados que comparte con su mujer. Al lado hay una tienda de abarrotes medio vacía y a unos metros otra vivienda destartalada. Durante el día esta calle polvorienta está vacía. Solo ahora, alrededor de las cinco de la tarde, los habitantes bajan de la chacra. Límber se afana en arreglar nuestra caja de cambios, en la tienda se venden bolsas de coca y Timoteo, el otro vecino, carga sobre la espalda la producción de la jornada. “Ese era el hombre semáforo de la carretera de la muerte”, nos señala el tendero. Timoteo se encargaba de regular el tráfico del peligrosísimo tramo que une La Paz con Coroico, pero la nueva carretera, que ya no pasa por aquí, le quitó el trabajo. La media docena de comedores semirruinosos de la comunidad, que ofrecen carne asada y arroz en desgastados carteles de pizarra, se han quedado sin clientes.

 

Ante este panorama, a Límber le pareció buena idea ponerse a buscar insectos cuando su tío, Porfirio, le habló sobre el negocio. Tres meses al año —de diciembre a febrero—, llegaban peruanos y “chinos” —los locales los llaman así pero en realidad son japoneses—, dispuestos a ofrecer dinero a cambio de bichos para sacarlos ilegalmente por la frontera y exportarlos.

 

— Ahora no tengo ningún escarabajo. Cuando bajo del cerro se los entrego a la persona que me hace el encargo. Hace una semana que subí. Cuando está así de nublado no aparecen—, explica mientras se limpia las manos de grasa.

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En otras comunidades aymaras de alrededor, los habitantes se despiertan con los golpes que escuchan sobre los techos de zinc. En la colonia Santo Domingo, a cinco minutos de Yolosa, pequeños focos de luz rodean la casa de Don Porfirio a modo de tela de araña. “Se ha ido a La Paz por provisiones. Viaja todas las semanas”, se disculpa su sobrina, Jesusa, una tímida mujer de 30 años que está cuidando de sus mellizos. Mientras los niños corretean con las gallinas que picotean el escaso césped, Jesusa cuenta cómo, en la madrugada, los escarabajos se tiran contra la luz. “Por eso los llamamos rompefocos”. Cuando los cazadores los atrapan los ponen en frascos de cristal y los alimentan con plátano hasta que los venden. A esta casa, apenas un armazón de cemento, llega el mismo traficante cada año. “Es peruano, amigo de la familia, pero ahora no recuerdo su nombre”, se excusa vergonzosa. El amigo de la familia vive durante un mes con ellos, paga la comida y una pequeña renta. Cuando termina la temporada de insectos recolecta la mercancía y desaparece hasta el año siguiente. De casa de Porfirio se lleva una media de 90 escarabajos, 1.260 dólares, 420 cada mes, una ayuda estimable para un boliviano: el salario mínimo del país es de 172. A veces, sin embargo, como en todo negocio ilícito, las cuentas no son claras.

 

—¿Te acuerdas de Miguel, el peruano?, ya está por aquí, —le comenta Límber a un conocido suyo. Estamos compartiendo una cerveza en la tienda de abarrotes —Aún me debe el dinero del año pasado.

 

Hasta aquí, hasta el intercambio de dinero por el bicho, llega el conocimiento de Límber sobre el negocio del tráfico de insectos.

 

—¿Sabes para qué quieren los escarabajos? —le preguntamos.

 

Sonríe, se encoge de hombros y niega con la cabeza.

 

***

 

En Japón, Kabutomushi es toda una superestrella. Tiene su propia caricatura, libros, juegos electrónicos y es común ver sus peleas retransmitidas por televisión. Para llegar a Asia, este insecto debe viajar 16.541 kilómetros en una caja de 10 centímetros cuadrados, cuidadosamente empaquetado, a veces escondido en el correo y otras, a manos de traficantes profesionales que al llegar a su destino podrán venderlo por unos 300 dólares. Eso si llega a su destino. Solo tiene 50 % de probabilidades de sobrevivir. Y si lo hace, Kabutimoshi no vivirá más de nueve meses.

Japón desarrolló un amor incomprensible por estos bichos. Mientras en Occidente la reacción lógica al ver un insecto es aplastarlo, en Oriente se puede sentir afecto por él. Algunos niños piden de cumpleaños un Dynastes Satanas o un Hércules para tenerlo como mascota. Hay gente que se dedica tiempo completo a criarlos. Lo mismo sucede con las mariposas. La tradición japonesa acostumbra soltar hasta 500 durante una boda para traer buena suerte a la pareja. También se cree que al susurrarle un deseo a una mariposa, de preferencia exótica, esta es capaz de cumplirlo porque se lo contará al espíritu de los cielos.

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A través de internet se puede encontrar un mundo dedicado al coleccionismo de insectos y gente dispuesta a pagar 2.500 dólares por una prepona xenágoras, una de las mariposas bolivianas más raras y valoradas en todo el mundo.  Hay quienes buscan la especie más extraña, a la hembra más exótica o simplemente tener un ejemplar de cada continente. Algunos hacen colecciones por colores, texturas, tamaños y orígenes. Otros buscan insectos para decoración, por amor a la ciencia o para comerlos como sucede en el sur de México. En algunas partes de Europa se compran hormigas para fines terapéuticos.

 

Los insectos  —en su mayoría escarabajos y mariposas aunque también se pueden encontrar especies curiosas como el insecto palo— pueden valer desde 50 centavos hasta miles de dólares. La rareza los hace más valiosos. Una mariposa común no tiene más valor que el de disecarla en un portavasos no se entiende bien qué significa esta imagen, pero en páginas como ornithoptera.net, mrozekinsect.com o latiendadelasmariposas.com se han anunciado especies que van desde 450 dólares hasta 3.000. “En los 80 vi  que un coleccionista ofrecía 7.000 dólares por un Dynastes Sátanas bastante grande”, cuenta el director de Conservación Internacional en Bolivia, Eduardo Forno, desde su oficina en La Paz, un chalet rodeado de un jardín lleno de flores acorde para una ONG que se dedica a proteger la biodiversidad.

 

Las mariposas bolivianas son de las más caras: la prepona, la morphidae, la anaea y la agrias. Se calcula que en el país andino hay más de 3.000 especies de mariposas diurnas y unas 20.000 nocturnas. Las hembras, que son más coloridas y raras, son las más valiosas y difíciles de cazar. Forno, propietario de la mayor colección privada en Bolivia, asegura que solo hay unas 10 preponas en las colecciones en todo el mundo. A diferencia de los escarabajos que se venden vivos, las mariposas se exhiben, guardan e intercambian disecadas y conservadas a la perfección. Una mínima rasgadura en el ala o una pata doblada puede provocar que el ejemplar pierda todo su valor. Hace años, el propio Forno donó una a la Colección Nacional de Fauna porque estaba maltratada. Un famoso cazador de mariposas se la había regalado por esa misma razón.

 

Su padre, el pintor abstracto Herminio Forno, se obsesionó con los insectos y llegó a coleccionar más de 12.000 especímenes, de los cuales, un 95 % son mariposas. Eduardo las conserva en un cuarto ambientado en su propia casa. “A veces no se trata de la especie, sino de tener algo que no tiene otro o algo que otro que quisiera tener”, apunta el biólogo boliviano. A partir del naturalismo del Siglo XIX, los coleccionistas que hasta entonces eran vistos como excéntricos obsesionados con rarezas, se convirtieron en seres normales, admirados por su capacidad de tener algo valioso, único y envidiable: actualmente una mariposa especial o un escarabajo fuerte con cuernos gigantes.

 

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Hasta hace un par de años, los traficantes de insectos se anunciaban en las emisoras de radio locales de Coroico. Después del noticiero, se emitía un comercial en el que un señor aseguraba que pagaría a buen precio un escarabajo o una mariposa de ciertas características. Para contactarlo, decía, solo había que preguntar en el centro de la ciudad. Las autoridades pensaron que esa publicidad era demasiado descarada y la prohibieron. El negocio, sin embargo, sigue visible en las comunidades, e incluso en la propia La Paz, uno de los centros turísticos del país. En los hoteles, en las tiendas y en algunas papelerías se siguen exponiendo y vendiendo ejemplares disecados. Al llegar a Yolosa, un gran cartel avisa que transportar productos químicos ilegales está penado con cárcel. Los Yungas es uno de los centros cocaleros de Bolivia, y por extensión, una de las principales zonas de producción de cocaína. Pero los carteles que avisan sobre las consecuencias de traficar con insectos permanecen mucho más ocultos a pesar de que la Ley de Medioambiente de 1992 prohíbe expresamente la comercialización y la salida del país de cualquier ejemplar.

 

En Bolivia, el país más pobre de Sudamérica, otros problemas como la cocaína, el lavado de activos o la corrupción opacan el negocio ilegal del tráfico de insectos. La Procuraduría General del Estado solo ha detenido a una persona por este delito. Fue el 17 de febrero de 2010, cuando Ericka Cuevas entró a la Empresa Nacional de Correos de Bolivia (Ecobol), con dos paquetes que quería enviar a Alemania. Los empleados de la compañía descubrieron que en su interior, metidos en pequeños sobres, guardaba 8.992 insectos, entre mariposas y escarabajos. Fue sentenciada a tres años de cárcel, de los que cumplió ocho meses por colaborar con la justicia. “Era obvio que solo era una cómplice de una autora principal”, asegura la fiscal de delitos económicos-financieros, Magali González, encargada del caso por sorteo, ya que no existen fiscales especializados en el tema. Cuevas, de nacionalidad boliviana, contó que su jefa era una peruana que residía en La Paz. Cuando las autoridades registraron una tienda de su propiedad y su domicilio ya se había dado a la fuga. “Estos casos son muy raros y muchas veces la gente lo hace por ignorancia”, explica González en su pequeña oficina en el centro de La Paz. En ella, hasta hace unas semanas todavía guardaba apilados en insectarios los casi 9.000 bichos. Cada uno de ellos estaba colgado con un alfiler, perfectamente disecado por las manos de Fernando Guerra, el único entomólogo con el que cuenta la justicia boliviana. Según su tasación, el envío estaba valorado en unos 25.000 dólares.

 

Guerra, un hombre afable de 50 años, extremadamente delgado –en el mundo de la biología lo conocen como Fideo-, se tiene que sumergir en los despachos ante la falta de científicos en el país, pero se declara “un hombre de campo”. En nuestro segundo encuentro, en Coroico, para de vez en cuando por las cuestas empedradas para observar a las mariposas que revolotean a nuestro alrededor. Camina con paso ágil y sonriente. En sus expediciones, ha descubierto nuevas especies de insectos y ha sufrido los peligros de los animales. Un día, mientras trabajaba como asistente de un biólogo, una serpiente cascabel le mordió la pierna. “Casi me muero”, recuerda. Estuvo tres días orinando sangre y cinco medio ciego.

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En sus viajes también ha conocido a un buen número de traficantes. Incluso llegó a hacer un trabajo para uno de ellos. Junto con un compañero recorrió la región para hacer un estudio, financiado por el contrabandista, para saber cuántos insectos podrían capturarse anualmente sin perjudicar la siguiente recolecta. El entomólogo calcula, a falta de cifras oficiales, que cada año se exportan ilegalmente entre 200.000 y 250.000 insectos. “El más conocido de los traficantes era Tello, siempre andaba con pistola y la gente le tenía miedo”, dice Guerra. Hasta que se fracturó la pierna en un accidente de motocicleta, este peruano recorría el país a la búsqueda de especímenes raros para exportarlos al Perú. “Todo el mundo lo conocía por aquí”. Finalmente, se retiró a Tingo María, el paraíso de las mariposas en su país. Desde entonces, nadie en Coroico ha vuelto a saber de él.

 

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Joseph Steinback, un científico alemán de casi dos metros, se encontraba en el norte de Argentina estudiando nuevas especies. Al probar una naranja extremadamente dulce cerca de la frontera, preguntó a los locales de dónde venía. Le dijeron que de Bolivia: “Si hay frutos así, tiene que haber miles de especímenes diferentes ahí”, pensó en aquel momento el biólogo que estaba especialmente interesado en los invertebrados. Así llegó a Santa Cruz en 1910. En poco tiempo se convirtió en el mayor cazador de insectos del país andino: “A todos los amateurs y museos en busca de insectos autóctonos pueden contactarme con confianza. 20 años de experiencia me permiten servir a mis clientes con la mejor calidad: José Steinback, naturalista”, anunciaba en inglés en los periódicos de la época dando su dirección en Santa Cruz, donde se estableció, casó y tuvo ocho hijos. Todas las fuentes consultadas afirman que cualquier colección importante en el mundo tiene al menos algún espécimen boliviano capturado por el biólogo.

 

Su nieta Ingrid saca de una botella de cristal un pequeño colibrí disecado por su abuelo. Está medio roto. Pero es uno de los pocos especímenes que quedaron de su colección, vendida por la familia hace varios años. “Solo mi tío, su hijo mayor, siguió comerciando con insectos. A mis primos les decían los caza mariposas”, recuerda esta mujer delgada y de voz aguda al sujetar al animal muerto entre sus manos.

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El alemán fue un descubridor en un país que hasta entonces no tenía idea del valor de sus propios insectos. Le siguieron decenas de cazadores, traficantes, coleccionistas y fanáticos que iniciaron el comercio de bichos. “Me especializo en mariposas brillantes y raras para coleccionistas, museos y aquellos interesados en fines científicos, también para trabajos artísticos. Comuníquese conmigo”, Hal Newcomb, 804 Pasadena California, se leía en un periódico de 1952. Personas de todas las nacionalidades empezaron a llegar discretamente a Los Yungas en busca de insectos. Steinback trabajaba para todo el mundo. Uno de sus principales clientes fue un norteamericano con el que mantuvo correspondencia a lo largo de su vida, según sus memorias. Se dedicó a hacer lo que ningún boliviano había hecho: explorar el parque Amboró, en Santa Cruz. Nadie se atrevía a entrar porque estaba maldito. Dicen que fue justo eso lo que lo mató. Aunque en realidad fue un mosquito que le provocó malaria.

 

Desde que Steinback llegó al país andino comenzó el rentable negocio de lo insignificante. En las comunidades de Coroico y Caranavi, esta última el epicentro de las mariposas, los campesinos empezaron a combinar la plantación de hoja de coca con cazar insectos voladores. Algunos terrenos están llenos de redes y trampas. Las personas se pierden entre los campos con botellas de cerveza, que riegan sobre las trampas a sabiendas de que las mariposas tienen una debilidad por el alcohol.

 

***

 

Paula Romero, una mujer bajita y sonriente, se enamoró de las mariposas hace tres años. Primero le atrajeron los colores, después sus alas y su libertad. Entonces, empezó a trabajar con varias personas de su comunidad, El Chairo, para construir el mariposario de Nayriri –“primero” en aymara–, un lugar abierto a los turistas y en donde los insectos pudieran comercializarse legalmente. Hasta hace unos meses, se veían miles de mariposas revoloteando entre las mallas que cercan la instalación. Hoy, solo algunas rodean a Paula mientras camina entre unas ramas que en algún momento fueron orquídeas.

 

“Los turistas venían harto”, dice Paula al mirar un cuarto lleno de literas con polvo. Luego cerró. “No hubo dinero suficiente, la gente no supo manejar el proyecto, ni cuidar a las mariposas, teníamos muchos problemas en la comunidad”. Lo mismo sucedió en Santa Rosa de Pacolla, a media hora de Coroico, donde se planeaba hacer un criadero de escarabajos. “Se podría comercializar los insectos sin perjudicar la biodiversidad. Si se legalizara, sería un buen negocio para las comunidades”, apunta Fernando Guerra, quien trabajó en la capacitación de los campesinos como Paula. Los dos proyectos que apostaban en esta dirección fracasaron. Sin embargo, cuando los adultos de El Chairo ven que un niño se encuentra a un escarabajo y lo machaca contra un poste de luz, le explican que con eso se puede hacer dinero, algo que en Japón saben desde hace tiempo.

 

***

 

Un hombre con un pañuelo blanco en la cabeza sujeta a dos escarabajos en cada mano. Los insectos, casi del tamaño de un ratón pequeño, se retuercen en el aire. Varios aficionados japoneses gritan alrededor de una pequeña base de madera donde los Dynastes Sátanas se enfrentarán a muerte. Se hacen las apuestas. Al dejarlos sobre el ring, los bichos empiezan a pelear. Uno cae pero se esfuerza en subir con su gran cuerno, que le ha dado el apodo de escarabajo rinoceronte. En el video, colgado en internet, un niño interrumpe el enfrentamiento, agarra a uno de los insectos y se toma una foto con él. Lo vuelve a dejar sobre la base. Las personas aplauden y los bichos regresan al combate.  Se pegan con sus seis patas durante un par de minutos, hasta que el más fuerte logra someter a su rival con sus pinzas. Lo deja por completo inmovilizado y de un momento a otro lo corta por la mitad. La pelea acaba. La gente recoge su dinero. El escarabajo ganador seguirá esperando el próximo torneo, hasta que aparezca otro rival digno llegado de Bolivia. Otro insecto que en lugar de ser amarrado a un cordón, tenga la oportunidad de realizar un viaje transcontinental para convertirse en héroe.

 


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