En el epílogo de su último libro, el argentino Héctor Tizón dijo: “probablemente, estas páginas sean las últimas que escriba”. Considerado uno de los más grandes narradores contemporáneos en lengua española, autor de 22 libros, premiado con el título de Caballero de las Letras por el gobierno de Francia, murió la semana pasada. Hoy, Anfibia, con esta entrevista del poeta Juan Carlos Diez lo recuerda. Tizón, que disfrutaba sentarse en una piedra a ver cómo corría el río, dijo alguna vez: "El olvido es más fuerte e irremediable que la muerte. Sólo está muerto aquéllo que definitivamente hemos olvidado".



Por Juan Carlos Diez

 

Aún escucho sus pasos por el sendero de grava, camino a la estación de Yala, bordeando las pircas. No lo supe entonces, pero este hombre de voz grave y acento dulce me llevaba a su infancia. Cruzamos las vías y en el andén Héctor Tizón se puso en cuclillas para mostrarme un secreto: los dibujos que alguien grabó en algunas lajas de la estación. “Ya eran viejos cuando yo era un niño”, me dijo como si los viera por primera vez. Llevaba una polera y un pantalón negro y era tan naturalmente elegante que ni la tierra en sus zapatos desmerecía su porte. Uno de los más grande narradores de la lengua española, traducido al francés, ruso, polaco, inglés y alemán, miraba la quietud en la estación por donde ya no pasaba más el tren. La herrumbre y los ladridos de los perros vagabundos completaban el escenario onírico como los antiguos recuerdos.

 

Caminamos por los durmientes. Una bandada de pájaros atravesó el celaje. Lejos, los cerros. Tizón hablaba y sus palabras parecían llegar del mismo paisaje, enredarse en la luz. La nota se publicó el 11 de junio de 2000 en la revista Nueva. Un año después, ganó un premio de la Academia Nacional de Periodismo. Hace una semana, murió.

 

***

 

Es un pequeño pueblo de 800 habitantes a casi 1.500 metros de altura. Pero, aunque sólo queda a 14 kilómetros de la ciudad de Jujuy, se llega como en un sueño: Yala. La bruma que envuelve la tarde esconde mariposas de colores, nogales, casas humildes y calles de tierra. Y una vía centenaria por la que ya no pasa el tren. Después vendrá el silencio de la siesta interrumpido por un gallo inquieto que persigue a sus gallina, cerca de un portón de hierro abierto con dos sauces en la entrada y hortensias en el camino. ¿Qué habrá devuelto a su lugar de origen a un escritor que recorrió mundo y exilio? ¿Qué llamado visceral habrá escuchado este hombre de 70 años y 32 mudanzas; de tres hijos y seis nietos; de quince libros y dos profesiones, para volver al caserón de su infancia y escribir en lo que fue un granero? “Antes de que se viniera abajo, lo fotografié para reconstruirlo igual. Esta casa no es muy vieja, tiene sólo 120 años”; dice sin ironía Héctor Tizón, “ex diplomático, vagabundo, exiliado y regresado y actual juez en Jujuy”, como gusta definirse en las solapas de sus libros.

 

El pueblo se extiende en una ladera hacia el oeste siguiendo la quebrada del rìo Yala, a poco más de 100 kilómetros de Humahuaca.

“El paisaje para mì tiene la gran atracción de ser imperturbable, siempre está igual. No ríe ni llora, pero está vivo, está ahí y es capaz también de grandes transformaciones. Si hay algo revolucionario eso es la naturaleza. Por eso es que aparte del placer estético, que sería un poco más secundario, yo siento una enorme admiración por su fuerza, por su perseverancia. Ese árbol que cae; cae solo y ya ha sido reemplazado. Cuando la savia empezaba a soñarse que pronto iba a morir, su reemplazante ya estaba a su lado. Por eso es que nunca me canso del paisaje, aunque sea el mismo, en realidad no es el mismo.

 

— ¿El paisaje influye en su escritura?

 

— No sé si mucho. Una vez que acoté el espacio donde se van a mover los personajes, que los he conocido; ya no tengo necesidad de mirarlo porque lo estoy haciendo por dentro. Es la gran libertad que puede tomarse un novelista; hacer llover donde no llueve nunca o hacer salir el sol a deshora. Pequeñas libertades que son pobres imitaciones de Dios.

 

El escritorio-granero de Tizón es de paredes blancas. Hay un cuadro de Oski, grabados de Antonio Seguí y muchos libros que parecen preferir la alfombra mullida, antes que los estantes que están por toda la casa. Su escritorio está de espaldas a la ventana. “Si lo pongo de frente, pues me paso las horas, como decía mi abuela, abriendo la boca, sin hacer nada”.

 

— Usted vivió en muchas ciudades.

 

— Sí. Cuando no tuve más remedio. Conozco con tristeza niños que nunca han visto una vaca viva, aunque parezca absurdo. Nunca he podido vivir contento en una ciudad, he vivido a la fuerza, con cargos diplomáticos o en el exilio en Madrid. Pero contento no. Las ciudades son, cada vez más, grandes garages, con gente cada vez más frenética. Hay que ser muy rico para tener tiempo en las ciudades. Y si algo necesita un escritor o un mero ocioso que guste reflexionar es el tiempo. Más que papel, lápiz o computadora, necesita tiempo. Qué expresión más idiota es decir: “estás perdiendo el tiempo”. Nunca uno pierde el tiempo. Tal vez, el que está contando los billetes sí, porque no tiene tiempo para ver en qué los va a gastar.

 

— ¿Y en qué le gusta “perder el tiempo”?

 

— Y quizás en estar sentado en una piedra viendo cómo corre el río y reflexionando que este mismo paisaje lo ha visto Heráclito.

 

Tizón propone caminar hasta la estación de tren abandonada, cercana a su casa. Después de andar por calles de tierra y ya en las vías, dice con bronca: “Todos estos rieles que hicieron la grandeza del país fueron aniquilados por (el entonces Ministro de Economía Domingo) Cavallo, ese caradura que ahora viene a candidatearse y que sabía muy bien lo que estaban haciendo. Este país se preció de tener 47 mil kilómetros de vía ferrea, bastante más que toda Latinoamérica junta. Ahora el país ha quedado desintegrado. Cualquier nación que realmente tenga un afán integrador lo que propende siempre es el transporte más barato. Estos durmientes están de cuando yo era chico y no se renovaban porque no había necesidad. Dicen que esto le costaba al país un millón de dólares diarios de déficit. Bueno, ese es el subsidio que se le da ahora a los privados que tienen los ferrocarriles de la Pampa húmeda y han mandado a la calle a 220 mil trabajadores”.

 

— ¿Cómo ve hoy a la Argentina?

 

— La veo con un retroceso enorme. Como una imposición, además, de la división del trabajo en escala internacional. Nosotros somos los esclavos y los demás son los que mandan. Eso es lo imperdonable de esta política económica. Porque estamos rodeados prácticamente de cadáveres vivientes, con gente no solamente pobre, empobrecida, desocupada, marginal, sino absolutamente destruida y todos sabemos que están excluidos de la historia porque esa gente no se recupera. Debemos reflexionar de verdad sobre esto que nos hace tan desdichados.

 

— “Los beneficios de la globalización pueden distribuirse de manera muy cruel”, como dijo el presidente del Banco Mundial.

 

— Es terrible. Todo lo bueno para cuatro y todo lo malo para cuatro mil millones. Va a ver una reacción importante, pero no solamente en el modo de distribución y producción de la riqueza; sino realmente una revolución copernicana de las ideas. Estamos viviendo una civilización, una cultura muy atrasada. Los parámetros nuestros son del comienzo del siglo pasado: la revolución agrarista mexicana y la rusa, y los referentes que tenemos son venerables pero no Rosa Luxemburgo en una punta y el Che Guevara en la otra. El mundo ha cambiado vertiginosamente y como se autoacelera, los cambios son aún más rápidos. Es decir, esto que estamos viviendo es realmente la decadencia de aquel invierno de las ideas. Yo no sé si lo veré, pero supongo que este fenómeno lo van a ver mis nietos con claridad. Tenemos que reinventar una utopía.

 

— ¿Qué recuerdos tiene de su infancia en esta estación?

 

— Recuerdo esta estación de toda  mi vida. Por aquí repatriaban a los soldados bolivianos que los paraguayos tomaron prisioneros después de la Guerra del Chaco, que fue terrible. Los pasaban vía Chaco, Misiones y los repatriaban a Bolivia desde esta estación. Iban los pobres soldaditos heridos, vendados, hechos una porquería y pasaban por aquí. Yo era pequeñito; me acuerdo de todo. Algunos querían bajar a tomar agua de esos grifos y nos los dejaban.

 

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El escritor señala el lugar donde bajaba la hacienda, los galpones construidos por los ingleses que plantaban manzana en las montañas y la traían a lomo de mula para almacenarla en la estación, el puente que describe en su novela “La mujer de Strasser”. “Este era un pueblo con autonomía porque el puente no existía y cuando el río crecía uno no se podía ir, se quedaba aquí. Había, por ejemplo, un boliche y un peluquero que iba con una mesa de puntapié, como le llaman los españoles, ponía sus cosas y su silla plegada y cortaba el pelo en la calle o en el alero, y uno no se molestaba en ir a la ciudad.

 

— ¿Por que, en el prólogo de la reedición de “Fuego en Casabindo”, usted escribe: “en este país las metáforas son más fuertes que las ideas”?

 

— Porque las ideas a la gente nuestra ya no la movilizan. La gente que vive en este lugar, extremo lugar del país, desconfía de las ideas, quizás porque desconfió siempre, o casi siempre, de los que las emitían; de manera que las ideas les dan igual. Y no es que las ideas hayan muerto, ni que sean discípulos de Fuquiyama, sino que creen en las metáforas. Una de las grandes metáforas es por ejemplo Dios o los dioses, o el mal, o la bienaventuranza por cumplir un camino que para su concepción de vida es recto. Y por eso también curiosamente es que les gusta de verdad, profundamente, la poesía.  Por eso ellos expresan la historia de su pueblo con coplas, y tienen un gran respeto por las palabras, como fue siempre, como los griegos que no utilizaban cualquier palabra, sino “la palabra”. La palabra siempre representa una cosa. Están de acuerdo con Borges cuando cita a los griegos: “En la palabra Nilo está el Nilo, en la palabra rosa está la rosa”. Por eso para ellos la metáfora y la verdad sublimada es lo mismo. En cambio las ideas… Los supermercados para vender tienen ideas. Y la gente no cree en las ideas que ideologizan.

 

— ¿Cuál sería la metáfora de esta estación, de este pueblo?

 

— Que los pueblos como la gente también se mueren. Recuerdo todo esto y veo un poco mi propio futuro. Uno nunca es más que su propia tierra.

 

— ¿Notó cambios cuando regresó de Yala?

 

— Cuando de vez en cuando me voy un tiempo largo y vuelvo, noto algunos cambios. Pero el más notable fue que cuando tuve que dejar Yala, a raíz de la dictadura militar, el cementerio tenía siete, ocho tumbas y cuando volví había cuarenta tumbas NN.
Venían aquí y tiraban la gente. Bueno, eso fue un cambio profundo del cual la gente no quiere hablar. Me hace acordar mucho a que en los primeros tiempos, después de la guerra civil en España, la gente no quería hablar. Cuando la angustia y el dolor son muy grandes, no se puede verbalizar…

De regreso a su casa y tomando por un callejón, se cruzan un perro y, otra vez, las gallinas. “Que en vez de estar hueveando, andan en el medio de la calle”, dice Tizón entre risas que alejan fantasmas.

 

El escritor también es abogado. En 1953, se recibió en La Plata y durante años, antes de ser fiscal de la Cámara del Crímen, vivió del Derecho laboral. Hoy es juez del Tribunal Superior de su provincia. Además, fue agregado cultural en México, donde se hizo amigo del escritor Juan Rulfo, y en Italia.

 

En el comienzo de su última novela “Extraño y pálido fulgor” escribe: “En realidad hubiese querido no tener pensamientos, no haber sido nunca nada, para no recordar, tener un corazón traslúcido”. Sin embargo, como escritor, reconoce tener un material permanente en los recuerdos “propios y ajenos de los cuales me apropio. Historias que me han contado”.

 

— Y que puede terminar en una novela.

— Exacto. ¿Qué pasaría si alguien encuentra una carta ajena (nos puede pasar a todos), se atreve a abrirla y, por el contexto y por el texto, se da cuenta de que destinatario y remitente no se conocen y entonces esa persona decide asumir la personalidad de otro? Es muy atractivo eso y yo lo he usado además de en mi última novela, en “El hombre que llegó a un pueblo”, que lo escribí en el año 88. La eterna lucha del ser humano consigo mismo y con los demás, el conflicto entre su necesidad de semejanza y su deseo de diferencia. También la idea de que un hombre puede ser capaz de cometer las más grandes vilezas y, a la vez, poder estar casi a una altura celestial y ser la misma persona.

 

— ¿Cree que se da eso?

 

— Claro. Yo pienso que somos dobles y no nos debemos asustar por eso. Sólo los tontos son únicos.

 

— ¿Y usted cuando escribe quién de los dos es?

 

— Mire, cuando yo escribo y dejo orear y vuelvo a leer en la mañana que sea y siento que, aparte de algunas comas y algún adverbio, me parece bien cómo quedó, pienso que lo ha escrito el otro.

 

— ¿No se lo adjudica a usted mismo?

 

— No, no. A veces creo que no me he recibido de abogado todavía. Todavía sueño que estoy dando un examen y me dicen: “señor, va a tener que volver…”.

 

Durante la dictadura militar argentina, Tizón tuvo que alejarse de este pueblo del norte argentino, de este caserón de su infancia. En Madrid, donde vivía, las dificultades para escribir fueron muchas, entre ellas, la de verse obligado a soportar las correcciones al castizo que le hacían.

 

“Creo que la diferencia estribaba en algo muy simple. Yo he vivido muchos años afuera; quizás si reúno todos los años que viví afuera son más que los años que viví en Yala porque era diplomático. Pero era cuando podía ir y regresar cuando se me daba la gana. En el exilio no porque era un empujón. Yo no sabía si iba a regresar…”, dice antes de hundirse en un largo silencio. “Como ese exilio iba tan largo y como en realidad —y le voy a decir —, buena parte de este país en ese momento apoyaba ese régimen, yo pensaba, con gran dolor: `Es evidente que no puedo volver más ¿Para quién yo escribo? ¿Para los españoles? Si los españoles tienen muchos escritores que escriben de sus cosas. Yo ya no escribo para nadie y mi tierra está arrasada y ocupada por unos hijos de puta que no se van a ir nunca, con el beneplácito de la mayoría de la gente”.

 

— ¿Cómo fue el momento de tomar la decisión de volver a su lugar de origen, a la casa de su infancia?

 

La verdad es que no tenía otros lugares donde ir que me gustaran más que éste. Creo que era un poco tarde para volver a empezar. Si hubiera tenido que hacerlo es posible que lo hubiera hecho, pero me parecía que yo ya había empezado una vez. Y cuando volví nadie me preguntó curiosamente por qué me fui, por qué volví. Los diálogos que se volvieron a entablar fueron como si me hubiera ido la semana pasada. Eso me pareció mucho más natural que yo mostrar mis llagas y ellos las suyas. Los dos sabemos porque me fui, porque volví y porque se quedaron.

 

— Como usted decía, es difícil hablar del dolor.

 

— Sí, es casi siempre un poco indecoroso hablar del propio dolor.

 

Bajo un paisaje de montaña, donde algunos días al año nieva y “el cielo está más cerca que en ninguna otra parte y es azul y vacío”, el escritor divide su tiempo entre sus dos profesiones y escribe metódicamente varias horas por día. “Yo escribo hasta que siento que la cosa va saliendo medio facilota. Ahí dejo porque se nota que hay una tensión que se aflojó. Pero es fundamental la disciplina”. Su novela “Fuego en Casabindo” será llevada a la opera. En pocos meses, se editará un libro con textos inéditos. Además trabaja en una nueva novela.

 

“Yo sé que nunca voy a escribir el libro que deseo, pero el grado de dicha, de contento, va a estar en la distancia entre lo que logré y el blanco ideal. La obra perfecta no existe, ni en literatura ni en arte. Podría ser la de Dios pero desgraciadamente yo no creo en

Dios. Además, sería una obra muy aburrida. Sería aquella frente a la cual todos los demás callamos. Y si es imposible la crítica y la discusión, la obra no sirve para nada, no enseña nada”.

 

— Usted habla de dicha, ¿Y la felicidad?

 

— Nunca es un estado. Son momentos a veces muy fugaces pero siempre muy intensos, por eso es que los recordamos. Los momentos de felicidad, por más fugaces que sean nunca son gratuitos, no son hechos que nos acaecen porque sí. Son momentos que nacen por una conjunción de razones y que casi nos acercan a los dioses pero, claro, son muy breves y con eso yo creo que basta. A veces un sueño nos sirve para vivir buena parte de nuestra vida, como un amor nos sirve para vivir casi toda la vida. No le pasan tantas cosas al hombre, porque la historia del hombre en la tierra es muy breve. ¿Cuánto vive? Unos treinta mil días y de ahí tenemos algunos intensamente felices y unas cuantas semanas intensamente importantes.

 

— ¿Y cuáles son para usted esos momentos importantes?

 

— Uno, la certeza de haber hecho bien a alguien. Otro, la convicción, si es posible, de no haber sido injusto. Y el tercero podría ser la sensación de hacer lo mejor que puedo, algo para lo cual estoy determinado y predispuesto que en mi caso es escribir.

 

Atardece en Yala y Tizón invita a salir al parque. “Fíjese nada más en la cantidad de tonalidades que hay de verde. Van desde el amarillo al negro y son incontables. En realidad, la luz es la gran pintora”, dice. Como en un sueño al que se llega cuando canta un gallo en la calle de tierra.

 

*** 

 

Tuve la fortuna de encontrarlo varias veces a través de los años: en su pequeño despacho de juez, en San Salvador y en Buenos Aires, donde, como en otras ciudades, nunca se sentía contento.

 

En la estación de Yala, la casa de su infancia, en  la ventana de su escritorio mirando la frondosa arboleda, develando el misterio. Sonriendo en el alero, junto a su mujer Flora.

 

Nos despedimos en la calle de tierra, tiznados por el relente.

 

“Casi siempre es un poco indecoroso hablar del dolor”, dijo aquel día.

 

Abrió su libreta de apuntes y en una hoja en blanco copió en tinta negra y con caligrafía elegante: “Comienzo”. “La vida venturosa es la única que vale la pena vivir… Sabiendo que todas las aventuras tienen sabor a muerte. ¿Pero este viaje por el desierto que estoy emprendiendo es una aventura?”.


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