Un agente de seguridad fuera de servicio mató a un joven negro. Fue cerca de Férguson -un suburbio maltrecho del estado de Misuri-, a pocos kilómetros de donde hace dos meses un policía blanco mató de seis balazos a Michael Brown. Desde entonces, la región se convirtió en el epicentro de la tensión racial estadounidense. Daniel Perera, doctorando en antropología de la Universidad de Texas, recorrió los lugares por los que solía andar Brown, fue a su funeral, habló con líderes de las protestas y se encontró con ciudades abandonadas en las que el Estado casi no brinda servicios excepto uno: la policía militarizada.



Fotos: Daniel Perera

 

A Michael Brown lo apodaban Big Mike: a los 18 años medía 1,93 y pesaba 140 kilos. “Un gentil grandulón”, lo definieron sus padres. Para Darren Wilson, el policía blanco que le vació un cargador, Brown debió ser un negro grandote peligroso. Aunque estuviera desarmado. Big Mike se acababa de graduar del colegio y estaba a punto de empezar clases en un instituto superior técnico cuando, el 9 de agosto, fue acribillado por Wilson en la mitad de la calle, a plena luz del día.  Aunque las circunstancias del hecho siguen bajo investigación, dos datos están comprobados: el chico no tenía armas encima y recibió seis impactos de bala, dos de ellos en la cabeza.

 

Casi medio siglo después del asesinato de Martin Luther King, ser negro en Estados Unidos te convierte en peligroso. Ser negro y grandote, peligroso al cuadrado. No le pasa solo a un muchacho pobre de Férguson, un suburbio maltrecho y olvidado por las políticas públicas en la capital de San Luis, en el corazón del Midwest del país. Le puede suceder a un negro intelectual neoyorquino. En una de sus columnas para la revista New Yorker, el escritor y profesor de historia de la Universidad de Connecticut, Jelani Cobb, explica que en la mente de algunas personas de Estados Unidos ser negro y corpulento—como lo es él y como lo era Brown—equivale a ser “un arma andante”.  Está acostumbrado a que le pregunten si fue jugador de fútbol americano en la escuela—deporte que, al igual que Brown, nunca le interesó—y desde que era joven se ve obligado a realizar ciertos cálculos en su vida cotidiana para no generar incomodidades.  Por ejemplo: al bajarse de un ascensor, en lugar de hacer lo cortés y dejar que salga antes la mujer (blanca) que va a su lado, él invariablemente sale primero para que ella siempre lo tenga a la vista.  De esta manera evita que la mujer se sienta atemorizada sabiendo que hay un hombre negro, grande y desconocido caminando detrás suyo.

 

El detonante del estallido social en Férguson, sin embargo, no fue tanto el asesinato de Brown sino lo que sucedió a continuación: la policía dejó que el cuerpo inerte del joven permaneciera bocabajo sobre el asfalto caliente durante más de cuatro horas, en un charco de su propia sangre.  Los vecinos del complejo de apartamentos Canfield Green empezaron a aglomerarse cuando escucharon los disparos.  La policía acordonó el área para impedir que se acercaran. Algunos, como el autor de este video, sacaron sus teléfonos móviles para grabar la escena.  Muy pronto, las imágenes se viralizaban en las redes sociales. Vemos cómo un hombre intenta asomarse al cuerpo pero es retirado de inmediato por un policía. Escuchamos el relato de un vecino que vio al chico desarmado subir los brazos en pos de rendición o de súplica antes de ser baleado. Luego escuchamos a lo lejos la voz de su madre, Lesley McSpadden, que les pregunta a gritos a los policías dónde estaba la ambulancia y porqué seguía su hijo ahí tendido sobre el asfalto. Al cabo de dos horas un policía finalmente le cubrió el cuerpo. 

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Más tarde, el jefe de la policía explicaría que no procedieron con mayor agilidad porque habían escuchado disparos en el área; algo que nunca fue verificado.  Al paso de las horas, la ira de los vecinos fue creciendo.  Esa noche estalló la primera protesta frente a la comisaría local. Le siguieron once noches de marchas multitudinarias.

 

Ni los funcionarios del gobierno federal que llegaron a Férguson, ni las cadenas de televisión que recogieron testimonios en esos días, ni los líderes religiosos negros que trataron de calmar las aguas pudieron distender una tensión cimentada durante décadas de desigualdades y que detona cuando un policía blanco abre fuego contra un joven negro.

 

***

 

El 25 de agosto, en la iglesia donde velaban el cuerpo de Michael Brown, a las 9:15 ya habían cerrado las puertas.  Bajo un sol abrasador de verano esperaban afuera unas 500 personas agrupadas en los escasos rincones donde encontraban sombra. La Iglesia Bautista del Templo Misionero Amistoso se encuentra en la calle Martin Luther King, que divide los barrios de Hamilton Heights y Wells-Goodfellow en el Condado Norte de la ciudad de San Luis.  Férguson—una ciudad incorporada al área metropolitana—se encuentra a diez kilómetros de la iglesia en el mismo Condado.  La población en este sector de la ciudad es mayoritariamente negra y pobre.  Los contrastes son notables.  Inmensas transnacionales como Defensa, Espacio y Seguridad de la Boeing—dedicada a aeronaves y armamentos militares de punta—y Emerson Electric—listada entre las Fortune 500—tienen aquí sus oficinas centrales.  Sin embargo, la mano de obra calificada que requieren ambas empresas proviene de fuera de la ciudad.  Los pocos vecinos locales empleados ahí son trabajadores no calificados.  

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En los alrededores de la iglesia hay decenas de casas derruidas: techos desplomados, puertas que ya no están, ventanas sin vidrios. La mayoría de los locales que no están abandonados son comercios pequeños—comedores, tiendas de ropa, ferreterías, talleres mecánicos—cuyos dueños, en su absoluta mayoría blancos, viven fuera del barrio.

 

—¿Sabes que en la sala principal caben tres mil personas, verdad? —le dice Darren Seals, 27 años, a otro joven que no conoce.  Ambos son vecinos de Férguson que vinieron al funeral a mostrar su solidaridad. 

 

Seals ha sido un líder activo de las protestas que desató el asesinato de Brown el 9 de agosto.  Al igual que la familia Brown, la familia Seals nunca estuvo vinculada a las organizaciones que militan por los derechos de los negros y la justicia social.  A diferencia de Mike Brown, Darren es flaco y bajito.

 

—Con este cuerpo no me quedaba de otra que ser bravo, asertivo, peleonero.  El barrio es duro y desde niño los chicos más grandes te ponen a prueba.

 

Pocos años después de salir del colegio—luego de pasar un tiempo en la cárcel—Darren se politizó.  No le gusta afirmarse como parte de una organización específica, pues “todos somos parte de la misma lucha y las etiquetas sólo contribuyen a dividirnos más” .

 

—¿Dónde estaba la prensa al principio?  Era como si la policía nos hubiera estado tratando de retar o intimidar, restregándonos la cara con su poderío y su impunidad.  ¡Cuatro horas estuvo ahí tirado!  Nadie vino a reportear, a nadie fuera de nuestra comunidad pareció importarle.  Pero en cuanto ocurrieron los primeros incidentes violentos, en cuanto hubo saqueos de tiendas y algún incendio, entonces la prensa sí se volcó hacia nosotros.  ¿Tú crees que realmente les importa Mike Brown?  ¿O la situación de los negros en San Luis?  ¡Hay Mike Browns todos los días, y no sólo en Férguson!

 

Darren Seals decía esto ante la cámara de una televisora local frente a la iglesia. Se mostraba como el verdadero portavoz de los negros sin voz y hasta se animaba a descreer del verdadero compromiso de dos de los líderes más consagrados de la lucha histórica por los derechos civiles, los pastores bautistas Al Sharpton y Jesse Jackson, que habían marchado junto a Martin Luther King, y estaban presentes en el funeral.

 

La entrevista con Darren era una excepción: las cámaras buscaban al cineasta neoyorkino Spike Lee o a representantes políticos del congreso y la Casa Blanca.

 

—Esto se ha convertido en un circo mediático y político. Vinieron a acarrear agua para sus molinos.  Escucho muchas palabras bonitas, pero poca acción. Pareciera que nos quisieran desmovilizar —seguía Darren.

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Dos semanas y tres autopsias después de la muerte de Brown, su funeral era transmitido en vivo para todo el país.  Hasta la CNN llegó Férguson: montó un estudio móvil frente a la Iglesia Bautista del Templo Misionero Amistoso para transmitir en directo. La policía había cerrado el paso y desviaba el tráfico.  La atención del país estaba fijada en este evento.

 

Camiones de prensa, antenas, toldos, escenarios y parapetos, luces y kilómetros de cables atestaban las aceras.  En medio de todo, una serie de autos todoterreno y limosinas negras con vidrios polarizados, encabezados por un elegante coche fúnebre permanecían frente a las puertas de la iglesia.  Un helicóptero sobrevolaba en círculos y el sonido de su rotor se metía en las conversaciones. El funeral era un espectáculo televisivo, un evento en el que se mezclaba la indignación y la rabia con el reconocimiento mutuo, la camaradería e incluso el espíritu festivo. 

 

Férguson se había convertido en el punto focal de la controversia racial más notoria desde el Huracán Katrina en 2005 y, más atrás, desde la golpiza video-grabada de Rodney King en Los Ángeles en 1992.  En esa ocasión, la exoneración en tribunales de los policías responsables provocó una ola de disturbios que duró menos de una semana pero que dejó un saldo de 53 muertos, 2000 heridos, 11,000 detenidos, 7000 incendios y más de mil millones de dólares en daños.  En la comunidad negra, muchos recuerdan el evento como el Levantamiento de Los Ángeles.  ¿Sería San Luis otro Los Ángeles?  Luego de más de dos semanas de manifestaciones y algunos disturbios aislados, el día del funeral ese interrogante seguía latente.

 

En una de sus columnas para el New Yorker, el historiador Jelani Cobb relató cómo la muerte de Michael Brown reverberó en toda la comunidad negra, no sólo de Férguson sino del país.  El espectro del linchamiento sigue muy presente en el imaginario de la gente negra de los Estados Unidos.  “Uno no puede esperar entender”, explica Cobb, “cómo percibió la comunidad de Brown ese evento sin antes entender cómo la historia ignorada por otros ha perdurado entre los negros—la memoria traumática heredada, el legado de [las leyes de segregación] Jim Crow”.  Es por ello que cuando mucha gente decía luego de los ataques del 11 de septiembre que era la primera vez que los estadounidenses realmente experimentaban el terrorismo en su propio suelo, se trataba –decía Cobb- de una afirmación históricamente errónea y únicamente decible desde una posición privilegiada no-negra.  Es una negación voluntariosa de los aproximadamente 3.300 linchamientos de negros que se llevaron a cabo en el siglo que concluyó en 1965 con la ratificación de los derechos civiles y el fin de la segregación.  Un terror racial que duró casi cuatro siglos y concluyó cuando Barack Obama tenía cuatro años de edad. Los negros, asegura Cobb, conocen de manera intuitiva—y no abstracta—la intencionalidad teatral del terrorismo: “Verse obligados a mirar el cuerpo de Michael Brown durante cuatro horas sobre el pavimento ardiente, bajo el sol de agosto, muerto a manos de un policía blanco cuyo nombre fue ocultado durante toda una semana, evocó esa memoria.  Tuvo el efecto de recordarle a la multitud de dolientes espontáneos que su humanidad es refutada.  Una sola muerte puede ser comprendida como una amenaza colectiva. Los medios no han sido los que despertaron estas preocupaciones; ha sido la historia”.

 

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La mayoría de los concurrentes al funeral provenían de los alrededores: mujeres y hombres negros de Férguson y los otros suburbios del Condado Norte de San Luis que consideraban el evento de suma importancia para su comunidad.  Si un camarógrafo de la CNN hubiese hecho un paneo sobre la multitud, por el visor habría observado que algunas mujeres vestían vestidos cortos con escotes bajos y tacones altos, mucho maquillaje; que otras optaron por los Sunday best: sus mejores atuendos, los que portan los domingos para asistir al servicio evangélico. Que los hombres llevaban vaqueros y remeras, algunas con diseños y consignas en honor a Michael Brown. Que los de más edad vestían camisas de botones, pantalones de tela y mocasines y otros usaban vestimentas coloridas de origen africano o caribeño. Que los más llamativos eran los miembros de la Nación del Islam, con sus trajes impecables y sus corbatillas. Ellos caminaban en fila militar, con suma disciplina, orden y una misión a cumplir: velaban por la seguridad de la familia Brown. 

 

No hacía falta ser un cientista social para darse cuenta que la mayoría de quienes salían de la iglesia son vecinos de los Brown, viven como los Brown, son parte de la comunidad. También hay otros que se sumaron, como una pareja negra de Chicago que viajó a San Luis sólo para manifestar su repudio ante la brutalidad policíaca y afirmarse como parte de la comunidad negra del país.

 

—Sentimos que teníamos que venir.  Nos tenemos que unir, porque esto no puede seguir sucediendo.  Pudo haber sido nuestro hijo.

 

El presidente Obama ordenó a finales de agosto de 2014, como resultado directo de la incursión policíaca en Férguson—cuyo despliegue de fuerza desproporcionada generó críticas desde la mayor parte del espectro político nacional—, una revisión de los programas federales que han surtido con equipamiento militar a los departamentos policíacos municipales durante el último año, por un monto de casi 500 millones de dólares.

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Durante las manifestaciones que el asesinato de Michael Brown desató en Férguson el 9 de agosto, la policía vestida con trajes antimotines usó vehículos blindados, dispositivos para el control de multitudes basados en emisión de ruido, escopetas, rifles calibre M4 como los que utilizan las fuerzas armadas en Irak y Afganistán, balas recubiertas de hule y gas lacrimógeno.  Según el Fiscal General Eric Holder -el primer fiscal general negro en la historia del país-, “el equipo fluyó a las fuerzas policiales locales porque se les ha pedido cada vez más que apoyen en actividades de contraterrorismo”. 

 

El tipo de equipamiento y capacitación que reciben las agencias de la policía a nivel municipal, estatal y federal son cada vez más parecidos a los utilizados por el ejército en contextos de guerra.  Este entrenamiento genera, según Karl Bickel, analista de políticas para la Oficina de Servicios Policiales Orientados a la Comunidad, del Departamento de Justicia de EEUU, una mentalidad de “nosotros contra ellos” entre los policías novatos, lo cual sólo acentúa la separación entre la policía y la comunidad. Si a este cocktel le agregamos que en ciudades como Férguson la policía es predominantemente blanca y la comunidad es mayoritariamente negra y pobre, muertes como la de Michael Brown no necesitan de mucha explicación.

 

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Al concluir el servicio fúnebre, muchos de los congregados al velatorio fueron al cementerio. Un hombre blanco, canoso, bajito, dueño de una ferretería desde hace 40 años miraba, desde la vereda de su tienda, pasar a grupos de negros.

 

—La gente ahora está esperando la decisión del gran jurado —dijo.

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Un jurado de doce ciudadanos del condado de San Luis está examinando la evidencia para determinar si la acusación en contra del oficial Darren Wilson tiene méritos para proceder a juicio. Al jurado lo integran nueve blancos y tres negros, en proporción a la distribución racial de la ciudad de San Luis (aunque esta no es la distribución de Férguson ni del Condado Norte).

 

—Si el gran jurado desestima el caso, San Luis podría arder como Los Ángeles.  O peor —dijo el ferretero.

 

No es el único que piensa eso. Durante el funeral y el entierro dijeron algo parecido un tendero de una gasolinera, dos periodistas y un grupo de vecinos que conversaban en la entrada al cementerio. 

 

Bajo el toldo verde que cubría la tumba de Michael Brown, en el cementerio de Saint Peter’s, estaban los pastores Al Sharpton y Jesse Jackson, acompañando a Michael, papá del difunto, y a Cal, su madrastra. A unos metros del toldo un hombre mayor vestido Superman conversaba animadamente con un joven de traje negro. En la capa del súper héroe se leía “Trust Jesus” (confía en Jesús).

 

Debajo de un árbol, un hombre esbelto, traje y corbata oscuras, cabello corto, hizo un travelling con la mirada. No parecía un vecino ni un líder negro.

 

—¿Te imaginas?  ¿Cómo es posible que un chico de 18 años sea baleado por un policía en el año 2014, ¡simplemente por caminar a la mitad de la calle!  ¿Que el chico lo retó?  Probablemente.  ¿Que lo agredió?  Quizás, no lo sabemos.  Pero el hecho sigue siendo el mismo: él era un adolescente que iba desarmado y recibió seis impactos de bala, dos de ellos en la cabeza, a una distancia de diez metros.  ¿No es eso una ejecución extrajudicial?  Yo tengo más de 60 años; me tocó vivir en carne propia las injusticias del siglo pasado, me tocó usar baños para negros y sentarme en la parte trasera del autobús.  Obtuvimos nuestros derechos a base de luchar. 

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Después dijo que nada ha cambiado desde aquellos años. Ni siquiera con un presidente negro. El hombre, que prefirió no decir su nombre, trabaja como investigador del gobierno federal. 

 

 

***

 

La casa de Darren Seals, el líder activo de las protestas luego del asesinato de Michael Brown, tiene un jardín al frente y otro en la parte trasera, como les gusta a los norteamericanos. El barrio no se parece en nada al de la iglesia: no hay casas abandonadas, ni tiendas derruidas, ni chatarra acumulada en cada rincón. En el living sólo hay un sillón y un televisor enorme de pantalla plana. Las cortinas, cerradas, para conservar mejor la temperatura de la casa y no tener que encender el aire acondicionado. Darren miraba un programa sobre fútbol americano por ESPN y texteaba con el celular.

 

—Siempre me ha ido bien con las chicas. Pero desde que empezó todo esto, se han vuelto locas —soltó una carcajada mientras tecleaba con ambos pulgares.

 

El padre es adicto a las drogas y la madre cobra asistencia del seguro social desde hacía un buen tiempo. Está enferma de los riñones y recibe tratamiento de diálisis cada semana. 

 

—Trabajó muy duro toda la vida para mantenernos a mis hermanos y a mí.  Siempre estaba de pie.  Estoy seguro que entre eso y la mala alimentación, están las causas de su enfermedad. 

 

—¿Le alcanza con el seguro social? 

 

—No, cómo va a ser.  Pero afortunadamente, conseguí un excelente trabajo en la fábrica de General Motors.  No sé cómo.  Son codiciadísimas esas plazas.  Un día vi el aviso en el periódico y me apersoné.  Me pusieron en una lista.  No quería esperar a que me llamaran ellos, así que los llamé yo unos días después.  Me dijeron que tenían mi solicitud pero que no la habían evaluado aún, que debía esperar.  Volví a llamar al día siguiente y la mujer que atendía me reconoció la voz.  Me dijo:  ‘¿No eres tú el mismo que llamó ayer?’  ‘Sí’, le contesté.  ‘Está bien, voy a subir tus papeles a la cima de la pila para que los evalúen más rápido’.  Y, justamente, a la semana siguiente me llamaron para ofrecerme la plaza.  ¡Estaba feliz!  Ahora entre mi hermana mayor, que está en la Fuerza Aérea, y yo, mantenemos a toda la familia.  Ahorita soy quien más gana de todos en la casa:  casi mil dólares a la semana.  ¡No me puedo quejar!

 

Desde niño, a Darren le enseñaron a no buscar problemas con la policía, a no ser insolente nunca con un uniformado.

 

—Igual siempre me molestaba la policía. Era parte de mi vida cotidiana cuando estaba en la secundaria, sin exagerarte.  Que me detuviera la policía era casi tan común como comer galletas con leche. 

 

Como tantos jóvenes negros, creció sabiendo que tarde o temprano sería golpeado por un policía o encerrado sin un motivo claro. Hubo motivos para que a él lo encerraran: a las 18 años, Darren se pasó medio año buscando trabajo, y como no consiguió –dice- empezó a vender crack en las calles. Él no la probaba.  Fue a parar a la cárcel: medio año encerrado y cinco en libertad condicional.

 

Los problemas económicos de una familia como la de Darren se repiten a lo largo y ancho del país. Según la revista Politico.com, el típico hogar blanco gana 30 mil dólares más que el hogar negro promedio.  Cerrar la brecha de ingresos económicos representaría el fin de uno de los legados estructurales más perdurables—y nocivos—de la esclavitud.

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El 21 de mayo de este año, dos meses y medio antes de la muerte de Michael Brown, el escritor y editor de la revista The Atlantic, Ta-Nehisi Coates, levantó polvareda al publicar un artículo de En defensa de las reparaciones. Se trata de una controversia de siglo y medio que muchos ya daban por clausurada.  El reclamo es el siguiente: la única manera de saldar la deuda moral con los esclavos es pagándoles reparaciones a sus descendientes.  Ahora bien, el hecho de que el artículo—a pesar de sus 35 páginas—haya batido el récord de visitas en un sólo día del Atlantic es muestra de lo vigente que sigue siendo la controversia.  “Llegó la hora”, escribió Coates, “de airear los secretos familiares y sellar la disputa con viejos fantasmas”.  El propósito—y el éxito—de su texto radica en que le demostró al público en general porqué el legado de la esclavitud sigue siendo importante: ni la legislación de los derechos civiles de 1965 ni la elección de un presidente negro han cambiado la situación de los afro-americanos, que siguen estando igual de rezagados que siempre con respecto a los blancos en los derechos más básicos como vivienda, educación e ingresos. 

 

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El asesinato de Michael Brown ha servido para tomarle la temperatura a las tensiones raciales en un país que hoy cuenta con un presidente y un fiscal general negros.  Las reacciones se polarizaron desde un comienzo.  Una encuesta del Huffington Post y YouGov demuestra que los estadounidenses están divididos en cuanto a si la muerte de Brown fue un incidente aislado (35 %) o parte de una tendencia generalizada en la manera en que la policía trata a los jóvenes negros (39 %).  Pero este balance de opiniones se desvanece si aislamos las reacciones por grupo racial: el 76 % de los negros opinan que es parte de un patrón generalizado, mientras que solamente el 40 % de los blancos cree lo mismo. 

 

Robert P. Jones, director ejecutivo de Instituto de Investigación de Religión Pública (PRRRI, por sus siglas en inglés), afirma en un artículo para la revista The Atlantic que el obstáculo principal para lograr una conversación inteligente o aun inteligible que trascienda la división racial es el hecho de que los blancos viven en comunidades con muchos menos problemas que los negros y en general interactúan solo con otros blancos.  Según la encuesta del PRRRI de 2013 sobre Valores Americanos, “las redes sociales [reales, no virtuales] de los blancos son blancas en un extraordinario 91 %”.  De hecho, el 75 % de los blancos afirman que sus redes sociales son exclusivamente blancas, sin presencia de minorías raciales.  Este nivel de homogeneidad y “auto-segregación” racial es más marcada entre los blancos que entre los negros (65 %) y los latinos (46 %).

 

La pregunta importante que surge es:  ¿cómo esperan entender los blancos lo que significa ser negro en este país, si casi nunca interactúan ni mucho menos estrechan lazos de amistad o intimidad fuera de su grupo racial?  Jones explica lo difícil que le resulta a él, como hombre blanco, comprender lo que les enseñan los padres negros a sus hijos sobre cómo lidiar con la policía.  Cita como ejemplo un fragmento de la columna de opinión de Jonathan Capehart en el Washington Post, poco después de la muerte de Michael Brown, en que describe lo que su mamá le enseñó de niño:

 

“Que no debía correr en espacios públicos para no despertar sospechas injustificadas.  Que definitivamente no debía correr con nada en las manos, para que no piense nadie que me robé algo.  La lección incluía no ser impertinente con la policía, para no darles un pretexto de encarcelarme—o peor.  Y me enseñaron a nunca, jamás salir de casa sin identificación”.

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—Muchos blancos son buenas personas, por supuesto.  Mira cuánta gente vino a solidarizarse con nosotros en estas dos semanas.  No es que las personas sean malas por naturaleza, sino que el sistema nos programa a todos, negros y blancos.  Sólo mira a la cantidad de negros que son inteligentes, que emprenden, que son líderes:  ¡con cuánta facilidad se convierten ellos en el ‘negro de la casa’, con la misma mentalidad esclavizante de los blancos que nos oprimen!  Obama es un caso ejemplar.  ¿Acaso sabes cuánta gente tan inteligente y más inteligente que Obama, tan carismática y más carísmatica que Al Sharpton, hay en las cárceles de este país?  ¡Centenares!  ¡Miles!  Las personas más inteligentes que habrás conocido en tu vida están en las cárceles.  Me consta.

 

Darren ya no miraba el Led con el programa de fútbol americano. En su discurso, de militante, de barricada, hay palos para todos. Sharpton y Jackson, los pastores: sólo vinieron a figurar. El abogado que defendió a la familia de Trayvon Martin: sólo le interesa que los Brown se queden tranquilos. También para la familia de Michael Brown.

 

—¿Tú sabías que la mamá de Mike Brown lloró en mis brazos?  Yo fui a darle el pésame y lloró entre mis brazos.  Y ¿sabes qué le dije?  Le dije: yo no voy a rezar por ti.  Pero te juro que voy a luchar.  Voy a luchar por Mike y por ustedes y por nosotros.  Lucharé hasta el final por ustedes, hasta la muerte si es necesario.  Y ¿sabes qué me dijo? “Sí, gracias, Darren, lucha por nosotros”. Y ¿ahora qué están diciendo los Brown?  ¿Qué dijeron en la rueda de prensa y repitieron en el funeral?  ‘Por favor no salgan a las calles. Mike no hubiera querido que lo recordaran por los disturbios que causó su muerte.  No mancillen su buen nombre, por favor’.  ¿Lo puedes creer?  ¡Los compraron!  Igual que a la familia de Trayvon Martin.  Si no, entonces, ¿por qué contratar al mismo abogado que perdió el caso anteriormente?  Si realmente quisieran ganar la lucha, ¿no se hubieran buscado a otro abogado?  No, porque no les interesa ganar.  Lo que les interesa a todos, a Sharpton, a la iglesia, a las autoridades, a la policía, a las organizaciones y a la familia de Mike, que está totalmente abrumada por los acontecimientos y la atención mediática, y que no culpo por recibir el dinero porque sé que están jodidos de plata, lo que les interesa es regresar a la calma, a esa tranquilidad que no existe. 

 

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Pueden encontrarse con facilidad otros casos como el de Michael Brown, en los que la policía blanca mata a un negro sin mediar un riesgo para la vida del agente o de otros vecinos. Los detalles de cada caso lo explican todo:

 

-En Beavercreek, cerca de la ciudad de Dayton, en el estado de Ohio, John Crawford, un hombre de 22 años fue acribillado por la policía en una tienda WalMart mientras hacía sus compras. Un cliente había llamado a la policía para alertar que un hombre negro estaba deambulando por los pasillos de la tienda con un rifle y “se lo estaba apuntando a los demás clientes” (retractaría sus comentarios posteriormente).  Inmediatamente después de balearlo descubrieron que se trataba de un rifle de juguete que había recogido en los anaqueles de la misma tienda y sujetaba mientras hablaba por teléfono con su familia.  Luego de que grupos de derechos civiles, manifestantes y abogados exigieran la entrega del video de seguridad de la tienda, las imágenes fueron publicadas. 

 

-Apenas 10 días después de la muerte de Brown en Férguson y a unos 10 minutos de distancia, también en San Luis, Kajime Powell, un hombre de 25 años con un trastorno mental y armado con un cuchillo fue abatido con 12 disparos por dos agentes de la policía, como si se tratara de una ejecución. Un peatón que pasaba por el lugar registró el incidente con su teléfono celular. 

 

-En Nueva York, Eric Garner fue sometido por varios agentes de la policía por vender cigarrillos sueltos sin permiso.  Uno de los policías le aplicó una llave de estrangulamiento ilegal.  Garner, que padecía sobrepeso y asma, exclamó varias veces con desesperación que no podía respirar.  Poco después, falleció bajo custodia policial.  Ese incidente también fue grabado en un video ciudadano.

 

Michael Harrington, el fundador de los Socialistas Democráticos de América y nativo de San Luis escribió en su famoso libro de 1962, “La Otra América: La pobreza en los Estados Unidos”: “Que los pobres sean invisibles es una de sus características más importantes.  No es que simplemente sean desatendidos u olvidados como en el viejo discurso de la reforma; lo que es peor: no se les ve”. 

 

Lo que pasa en Férguson es noticia pero no es novedad.  La población negra de todo el Condado Norte de San Luis ha estado sobreviviendo bajo condiciones muy duras durante décadas.  Esas familias que huyeron del centro de San Luis a mediados del siglo veinte, buscando una mejor vida en las áreas que en esa época estaban habitadas principalmente por blancos, ahora viven en suburbios empobrecidos, donde escasea el trabajo y los recursos de las políticas públicas nunca llegan. Es lo que sucede cuando los blancos se van de una ciudad: la inversión pública disminuye, los servicios básicos dejan de funcionar,  las escuelas son desacreditadas y el transporte público virtualmente desaparece.  Al mismo tiempo, los miembros de esas mismas comunidades negras económicamente desfavorecidas son vigiladas, detenidas, cateadas y encarceladas en índices muy superiores si se las compara con comunidades de blancos y latinos.

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Según la antropóloga y periodista Sarah Kendzior, nativa y residente de San Luis, la comunidad negra nunca se ha quedado callada. A diferencia de lo escrito por Harrington hace medio siglo, Kendzior opina que los problemas de San Luis jamás han sido “invisibles”.  “Hay una diferencia entre lo que es invisible y lo que la gente se rehúsa a ver.  San Luis es conocida por sus ruinas urbanas: edificios de ladrillo que se desmoronan, sin techos ni ventanas, un bosque urbano cercado donde una vez hubo planificación urbanística.  Lo que no suele comentarse es el destino de las familias que tuvieron que huir”.

 

La decadencia de San Luis tiene un cierto importe simbólico, a lo mejor premonitorio.  Su gran promesa metropolitana quedó en el pasado.  Aquí en San Luis, señala Kendzior, es donde las fantasías distópicas de Hollywood son escenificadas (como en la popular serie de televisión ‘Desafío’) y rodadas (como la película de John Carpenter de 1981, 1997: Escape de Nueva York).  San Luis es a la misma vez “el portal y el memorial del Sueño Americano”.

 

“En 1904, todos querían vivir en San Luis, sede de la Feria Mundial -escribe Kendzior- Un siglo después, la gente que vive aquí muere antes que los demás.  Un niño nacido en Egipto, Irán o Irak vivirá más tiempo que un niño nacido en el norte de San Luis.  Casi todos los niños que nacen en el norte de San Luis son negros”.

 

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A dos meses del asesinato de Brown, todavía hay protestas: decenas de vecinos se manifiestan todas las noches frente a la jefatura de la policía. El gran jurado resolverá el caso a mediados de noviembre. Los negocios de la Avenida West Florissant, el epicentro de las marchas, que sufrieron destrozos en las primeras y multitudinarias protestas aún no reemplazaron sus vidrios rotos y cubren los agujeros con contrachapado: sus dueños temen que se produzca un nuevo estallido.

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La noche del 4 de octubre, durante el intermedio de la interpretación del Réquiem de Brahms por el Coro de la Orquesta Sinfónica de San Luis, un grupo de manifestantes desplegó banderas desde uno de los balcones del teatro: una de ellas decía “Réquiem por Mike Brown 1996-2014”. También cantaron sobre la justicia para Michael antes de retirarse pacíficamente del recinto. 

 

Un día después, el padre de Mike, Michael Brown, junto a abogados y líderes comunitarios exigieron en conferencia de prensa que Darren Wilson sea detenido de inmediato y vaya a juicio.  Según el diario USA Today, Angela Whitman, una señora de 44 años que participó en las protestas desde el asesinato, dijo que “la gente está hablando de quemar el estado de Misuri entero si no se le lleva a juicio a Wilson y se falla en su contra”.

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La noche del 8 de octubre la escena parece haberse repetido:  un policía blanco mató a Vonderrit Myers, un joven negro de 18 años en San Luis y tres centenares de personas salieron a las calles enardecidos a protestar.  Golpearon y patearon patrullas, coreando “Black lives matter!” (¡Las vidas de los negros importan!) y el “Hands up, Don’t Shoot!” (¡Manos arriba, no disparen!) que se hizo famoso durante las protestas por la muerte de Michael Brown. 

 

El jefe de la policía metropolitana, Sam Dotson, dijo que el joven iba armado y que mientras huía accionó su arma tres veces en dirección al policía. La versión policial dice que el del joven -calibre 9mm- se trabó y no pudo seguir tirando. El oficial respondió de manera contundente: 17 disparos.  El agente fuera de servicio había detenido su patrulla al notar a tres individuos que actuaban “de manera sospechosa” en un barrio del sur de la ciudad, a unos 20 kilómetros de Férguson.  Estaba patrullando el barrio como guardia de seguridad privada, algo que Dotson asegura es “común” entre agentes que buscan un salario complementario (como los policías que pueden verse en la TV vigilando los partidos de béisbol o de fútbol americano).

 

Dotson aclaró que Myers no era “ningún extraño para los cuerpos policiales”.  El 27 de junio había sido detenido luego de una persecución de alta velocidad que concluyó cuando el auto en el que iba se estrelló alrededor de la medianoche.  Salió corriendo y se deshizo de un arma en una alcantarilla, pero los agentes lo alcanzaron a pie y lo aprehendieron. La policía recuperó la pistola calibre .380 que, aseguran, era propiedad de Myers.  En noviembre, Myers debía enfrentar cargos en tribunales. Luego de pagar una fianza de mil dólares en efectivo fue puesto bajo arresto domiciliario y se le colocó un monitor electrónico en el tobillo.  Una empresa privada, la Eastern Missouri Alternative Sentencing Services, Inc. (Servicios Alternativos de Sentencias de Misuri del Este, S.A.), fue subcontratada para monitorear sus movimientos y reportarle a la Corte cualquier violación a las reglas.  Según los archivos de la Corte, no había ninguna violación reportada hasta la fecha.

 

Los familiares y vecinos de Drew, como se le conocía al chico, aseguraron que iba desarmado.  Su tío Jackie Williams, de 47 años, dijo que vivía con su sobrino en la 4200 Castleman Avenue, a pocas cuadras del lugar de la balacera.  Y dijo también que habló con varios testigos que confirman que Drew acababa de salir de una tienda de conveniencia con un sándwich y que el agente de la policía había estado buscando a alguien más que confundió con su sobrino. Teyonna Myers, su prima, habló con los medios: el sándwich que llevaba en la mano fue confundido por un arma, dijo.  “Es como la muerte Michael Brown, de nuevo”.  Una vecina, Sharon Norman, dijo que este tipo de cosa no es normal y que está rezando para que esto “no se convierta en otra situación como la de Brown”.


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