"19, una cartografía narrativa de Santa Fe" es un libro de crónicas inspirado en viejos métodos y espíritus. Es el relato de 19 autores que viajaron a 19 localidades de la provincia, que partieron desde Rosario con cuatro consignas: investigar, perder el tiempo, anotarlo todo, volver transformados. Su presentación oficial también es un viaje en sí mismo: incluye la toma de un edificio -Plataforma Lavardén- hasta convertirlo en monumento a la ambición creativa, la producción colectiva y el periodismo performático.



Fotos: Ana Isla 

 

Una mesa de madera. Un micrófono y el equipo de sonido. Sillas. La sala de un bar o de una librería. Un autor. Su público. Si hay un poco de vino, mejor. Con eso alcanza para presentar un libro. Pero no éste. Las editoras de “19, una cartografía narrativa de Santa Fe” tomaron un edificio: los cinco pisos de la Plataforma Lavardén de Rosario. Allí montaron 19 instalaciones, un monumento a la ambición creativa.

 

En la noche de Rosario llueve pero no diluvia. Termina un día movido: el dólar y el riesgo país jugaron carreras, las especulaciones políticas florecieron y asomaron escenas de un gobierno en caída. Acá la consigna es bien otra. Esa fue incluso una de las “Instrucciones para el viaje” que las editoras les entregaron a los 19 escritores convocados a fines de 2015, cuando este experimento recién empezaba.

 

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“En el sobre vas a encontrar un cuaderno. Te invitamos a que los uses como diario de viaje”, decía la primera indicación para los periodistas, poetas, guionistas y escritores que aceptaron la aventura de pasar un fin de semana en un rincón de la provincia. Uno por cada uno de los 19 departamentos que tiene Santa Fe. “Pedí facturas de lo que gastes”, “prestá atención a tu alrededor pero también perdé el tiempo” y “por estos días, olvidate de Macri” agregaba la tarjeta craneada por Arlen Buchara, Lucía Rodríguez y Lucía Demarchi.

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“Holaaaa”, estira el saludo Laura Hintze, la periodista que se empapó de frutillas y de reinas en la fiesta regional de Coronda (San Jerónimo). A Hintze le tocó ser la primera en probar la misión, y allá fue. Dentro de un sobre de papel madera: un mapa, instrucciones, un cuaderno y una postal con datos básicos y de contacto. Primero recorrió quintas y campos, y a la noche se hospedó en un hotel. Pero no tenía una habitación para ella: la compartió con una de las reinas invitadas.

 

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Se chocó con ese mundo mínimo y después confesó: “Huelo. Tengo el anotador en la mano y no puedo escribir. Sólo pienso en eso: huelo. La habitación de una reina se muestra desnuda. Yo, cronista, sé que es un momento único. Pero no puedo escribir. Estoy inmovilizada. Me siento inmensa frente a un abismo. No sólo me paralizo ante la sorpresa, sin tener idea de para qué sirve la cantidad de productos que hay sobre la cama, no sólo pienso que en cualquier momento llega la realeza a romperme el sueño. Lo que pasa, además, es simple: huelo. Por más que me pese, no soy una reina. Hoy caminé por el campo y bajo el sol, y soy una simple plebeya: no lo puedo evitar, huelo. Y pienso: ¿Y si tengo que descalzarme frente a ella?”.

 

Pero el tiempo pasó. La experiencia literaria en el territorio hizo lo suyo. Aquellas reinas de Coronda dejaron su corona y ahora le toca a ella. Laura Hintze está dentro del “ropero camarín” del primer piso de la Lavardén, con los labios estallados de púrpura, los aros plateados grandes, el strass en la frente y las sienes, el brillo dorado (old fashion), la pollera turquesa. “Soy la reina del glitter”, se declara y explica que el glitter, con dos t, es un polvo de colores. Marca la diferencia con el strass, con dos eses, que se pega con el gel. Muestra sus pelucas. Come gomitas de frutilla de un recipiente. Una invitada se pinta y se saca una selfie frente al espejo.

 

—Siempre me sentí capacitada para este puesto—, se divierte en una entrevista mitad real y mitad fantasía, como “19…”, como esta noche.

 

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El cronista rosarino Agustín Aranda no viajó sólo a Casilda (departamento Caseros). También se fue a 1999 cuando en ese pueblo “se construía un búnker antisísmico destinado a guardar comida, agua potable, medicamentos y ropa para los sobrevivientes del cataclismo programado”. La profecía negra tenía una fecha: 9 de septiembre (9/9/99, “peligrosamente cercano al 666”). El paisaje textual de Aranda se pinta con brujos urbanos, un líder espiritual vietnamita, amigos de la naturaleza o de los ovnis, medios de comunicación alimentándose de todo eso y un cura que avisa: “Jesús dijo que iba a llegar pero cuándo no lo sabemos. Si existiera un gran cataclismo no lo vamos a remediar con una casita de cuatro por cuatro”. El que hablaba era Eugenio Zitelli, ex capellán de la Policía que sobrevivió al falso apocalipsis. Pero no llegó a declarar en el juicio por los delitos de lesa humanidad que cometió en el principal centro clandestino de detención de Rosario.

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La gente no recorre, se tropieza con la muestra en este edificio que es complejo cultural y también aloja oficinas del Ministerio de Cultura provincial en la esquina de Sarmiento y Mendoza. Algunos sacan la entrada en el hall de planta baja (gratis), toman el mapa con las 19 postas y comienzan el recorrido, piso por piso. Otros suben por la escalera sin preguntar nada y avanzan al tanteo. Son las ocho, más de 150 personas explotan la muestra de comentarios y siguen llegando. Pero hubo un antes. Un octubre de 2015.

 

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Un sábado a las 9 de mañana, las editoras pidieron prestado un auto, un mapa de papel y se lanzaron a ver si el proyecto que tenían en mente era factible. Primer destino: Berretta, el pueblo fantasma, a 55 kilómetros. Atrás quedó la ciudad, atrás la ruta de pavimento y las tres se perdieron entre los caminos de tierra y los campos de soja. Habían programado llegar temprano y después almorzar en Coronda, el segundo punto. Pero pasaron las horas y ni siquiera sabían dónde estaban. Hicieron un viaje hacia lo desconocido, un deambular lúdico y ansioso por responder a una idea apoyada por el Fondo Nacional de las Artes y el Programa Estímulo de Espacio Santafesino.

 

Aquel sábado soltaron amarras (o el mapa) y confiaron en los guías eventuales que surgieron. Del viaje iniciático volvieron agotadas, felices y con tres cajones de frutillas en el baúl.

 

La idea había surgido un año antes en los bares de avenida Pellegrini. Arlen Buchara (31), nació en Nicaragua, vivió en Cuba, Italia y se instaló en Rosario en 2006; Lucía Rodríguez (31) dice que es correntina aunque nació en Resistencia, Chaco, y a los 18 años emigró para estudiar; Lucía Demarchi (33), salvo por un año en Catamarca es de esta ciudad. Se conocieron en la facultad de comunicación social, UNR. Las tres amigas compartían cervezas con la sensación de estar atrapadas en rutinas laborables de doce horas por día y no poder escribir. Soñaron con placeres. Con viajar y escribir; o viajar para escribir. Eso último. Pero no ellas, irían otros. Las periodistas y productoras se convertirían en editoras: en catadoras de textos ajenos. Aprender a leer de nuevo, a escuchar la música. A discutir en voz alta y a pelearse, claro. Crearon Cardumen, un sello editorial. Y en octubre de 2018 el olor de la tinta en las hojas les arrugaba la nariz.

 

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—Yo no era “Pamela Rocchi, la trans”, allá en el pueblo. Era “la hija del loco Rocchi”. No era militante. Conocí el mundo trans después y dije: «Esto no puede ser». Porque yo no sabía. En la escuela, a mí, la señorita me dijo que no me podían dar la bandera por ser travesti y yo le dije: «Pero síiiii», porque para mí eso era natural. Y había una maestra que me llamaba por mi nombre anterior, de mala. Pero después me fui del pueblo, ejercí la prostitución, me drogué porque si no tomás no podés trabajar”—, recita una voz potente que inunda la sala de la “Posta 5: Alcorta, Constitución. Ella, la que se parió a sí misma, cuenta su historia”.

 

Y Pamela Rocchi cumple al pie de la letra con su rol esta noche. Habla sin parar. Es un grito que no aturde, como define el libro y el texto de Martín Paoltroni. Pamela está sentada en un sillón enorme, con lucecitas de navidad que destellan en el piso y otras a un costado. Ballerinas, pantalón negro y blusa animal print. Lentes sobre la cara redonda, el pelo largo y lacio sujetado. No para de hablar y el público crece: ya son 15 los que la escuchan, sentados, parados y le preguntan.

 

—Me desperté sucia, drogada, con tipos al lado. «Basta», dije. Me volví al pueblo a trabajar de peluquera. Después me dediqué a la política— sigue la hoy coordinadora regional del programa provincial de Inclusión Trans y autoproclamada “futura presidenta comunal de Alcorta”.

 

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En el Petit Salón del segundo piso se luce el parqué, refinado por las luces cálidas. Dos candelabros custodian desde el techo el piano negro Yamaha. Ahí están el músico Pablo Jubany y el actor Juan Nemirovsky.

 

—En la época del 1 a 1, el dueño de la fábrica trajo cien pianos de Rusia que costaban 250 dólares cada uno, y el que hacíamos acá costaba 3400 pesos. Entraban pianos rusos, chinos, checos. Si me preguntan a mí, todos cajones de manzana-, dice el personaje de la obra, un obrero de mameluco azul y boina.

 

La puesta dura diez minutos y se repetirá cuatro o cinco veces, de acuerdo al público.

 

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El ex trabajador de la fábrica de pianos La primera que interpreta Nemirovsky reproduce el testimonio del protagonista de la crónica “Hasta que se muera el sonido”, de Pilar (Las Colonias), un texto de Bernardo Maison. El backstage fue así: las editoras apuntaron a Pilar como destino. Entre sus habitantes, fueron los Bertoni, padre e hijo, quienes pudieron resumir seis décadas a través del auge y caída de una fábrica de pianos. Una crónica, biodrama, música en vivo, cuerpo, melodías: ¿esto es periodismo, es literatura, es arte? ¿Importa qué es?

 

Al lado del Petit Salón hay una salita con adornos y sillas negras apiladas. Sobre una mesa de madera, sentado hamacando los pies, el periodista y escritor Cristian Alarcón.

 

El Alarcón que se prepara para ser maquillado prefiere no hablar con aquel de las redacciones, el cronista de los pibes villeros, del Frente Vital y los transas, el de antes de Anfibia y Cosecha roja. Porque el artista es ingrato con el periodista, no le consulta qué hacer ni cómo. Al igual que “19…”, Cristian cree que la diversidad es riqueza.

 

—El periodismo es pura sangre, es un oficio que se hace, es un ADN. Esto, en cambio, es una conciencia nueva, es una experiencia que une y que transita las fronteras entre periodismo y arte.

 

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En los pasillos del segundo y tercer piso el público deambula. Una pareja con su hijo dibujan en unos papelitos ubicados junto a un mapa gigante, estilo TEG. Un grupo de pibas se ríe con el juego del Cerebro mágico. Un flaco de pelo largo y barba juega al Tetris, tirado en un sillón. La rayuela en el piso que invita al infierno llama la atención pero nadie se le anima. Por si acaso.

 

Una periodista con años de redacción sube la escalera con esfuerzo. Conoce a las editoras y a muchos de los invitados y artistas, los abraza y felicita. El despliegue es hermoso, es una puesta muy original que desestructura un libro. Pero algo no la convence. Cree que el arte y el periodismo no son la misma cosa. “Acá hay miradas pero me falta el periodismo”, piensa mientras lucha contra los escalones.

 

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Para el director de cine Gustavo Postiglione (“El asadito” y “Días de mayo”), que hoy es espectador, lo heterogéneo implica un riesgo. Lo traduce a lo que sabe: esas series audiovisuales que tienen capítulos dirigidos por distintos directores y que conforman una unidad dispar (de estilos y de calidad). La diversidad es también “desparejidad”. Es inevitable, dice.

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Diez minutos antes de que termine la recorrida por los 19 puestos, cuando ya no hay nadie en la posta 2 de Berreta (departamento Iriondo), llega Javier Núñez. Hace un rato, este lugar era un hormiguero pero el autor de “El pueblo invisible” llega increíblemente solo. Como si sus fantasmas le dictaran la forma de pasar inadvertido. El escritor contempla la puesta hecha de fotos y de libros en la Lavardén, disfruta de la interpretación visual de su texto. “Todos los que alguna vez vivieron en Berretta saben que sus actos son al mismo tiempo ese acto y su ausencia de reflejo”, apuntó sobre esa rara nostalgia de un lugar hecho de esqueletos de casas devoradas por el monte. Pero quizás no sea nostalgia, quizás amen a su pueblo así y se queden, como Javier ahora en esta piecita, “contemplando fascinados su propia ausencia”.  

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19...” hace de la imposibilidad un refugio. No tiene la pretensión de “representar” a Santa Fe, una provincia tan amplia y distinta de sí misma, sino de contagiar lecturas posibles. Es un documento de época, la seducción del viejo diario de viaje que sale del cajón. Y el libro sabe a eso: a un guiso de crónicas diversas y vivencias singulares. El extranjero que va en busca de historias para levantarlas desde un suelo que no es el suyo, aunque es cercano. Donde el libro que promete las huellas de la compañía inglesa La Forestal que conquistó el noreste desde 1906, encuentra una receta de sopa, sí, el retrato de una cocinera y su sopa deliciosa pero mínima. Y que reduce Moisés Ville, la primera colonia judía de Argentina, a una casa y a una señora triste. Y a San Jorge a la localidad en la que Tinka pelea por seguir siendo la única fábrica de bolitas de Sudamérica mientras Víctor, su dueño, no sabe jugar con ellas. 

 

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La cartografía también retumba con los ecos de la  fuga de Víctor Schillaci y los hermanos Martín y Cristian Lanatta, autores del triple crimen de la efedrina que se escaparon de una cárcel de Buenos Aires y fueron atrapados por un bache de Cayastá. “Cayastá, un pueblo que te atrapa”, como se autopromociona ahora ese lugar, es la escenografía de un guión de Luciano Redigonda con caníbales de niños y condes asesinados en el reparto. Todo basado en hechos reales. Tan reales como un buque que se va cargado con soja de Puerto General San Martín pero deja a un marinero filipino, un desertor que al poco tiempo descubre que el amor y el cabaret y la ilusión son como el agua.  

 

Viajar puede ser un recreo del tiempo presente pero mientras la mayoría se cae en el pasado los emprendedores del nuevo capitalismo tallan el futuro. Tras ellos anduvo Ezequiel Gatto en Las Parejas, para indagar en el cerebro de la biotecnología aplicada al agronegocio. Porque “19...” es una película de tiros y tesoros escondidos en Cayastá y también una de cine independiente alemán que se hace preguntas dentro de un laboratorio pulcro de la pampa agrícola mecanizada.

 

Las rutas extensas, las vías del ferrocarril del siglo pasado, las terminales de colectivo en estado terminal, las iglesias y las plazas o los bodegones que ya no son pulperías pero son pueblo. Las postas y las formas de decir de los cronistas son múltiples pero la paleta es la misma: son fotos sacadas desde ángulos y con diafragmas dispares pero sobre el mismo rollo analógico de la palabra y la experiencia. Una aventura de la subjetividad más que de la épica. Y cuando vuelven, como un Ulises de dos días, son un poco otros.

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A las 21.30, en el quinto piso, la fiesta ya empezó. Toca El Regreso del Coelacanto. Andrés Abramowski, el periodista de policiales que también es músico (voz, guitarras y mandolina en esa banda), construyó un texto/museo del rock rosarino con su historia y la de otros. Debajo del escenario, mesas a los costados, gente parada y sentada en el piso. Más atrás, la barra.

 

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Por ahí también está Juan Manuel Rodríguez, el poeta de 70 años que vino del extremo noroeste de Santa Fe. Siete horas de colectivo, 760 kilómetros. Es el escritor número 20. Sus textos forman parte de “Los algodonales”, la crónica en verso de Tomás Boasso, quien viajó hasta el paraje Las Quinientas (9 de Julio).

 

El gaucho Rodríguez recita y cita a sus asados, su dignidad, sus penurias, los desmontes, los desalojados, su ser criollo. El techo de yeso blanco con guardas trabajadas de este Gran Salón, que fue una habitación exclusiva del viejo hotel afrancesado de la Federación Agraria inaugurado en 1927, ahora se hace de chapa y madera. Como en el texto de Boasso, la lluvia de afuera ya no molesta, al contrario:

 

“el agua

baja de las nubes

hacia el zinc de los techos,

una canaleta la unifica y la traslada

hasta el aljibe que almacena y distribuye

manda por filtros y así anda, hay que cuidarla”.

 

Entonces un cowboy queer entra en escena. Botas texanas, short denim, camisa escocesa y sombrero a lo texano. La cara maquillada de Alarcón y su pelo platinado asoman cuando lanza el sombrero hacia cualquier lado. Es un presentador que les habla “a los 19, a las 19, a les 19”, al trabajo como aventura, “pura literatura, arte, cultura, pueblo, provincia, siesta y fiesta”. El periodista se cuela y aclara que hoy -pese a la lluvia, la carrera del dólar y el riesgo país- decidió dejarlo todo para celebrar este compilado de palabras, esta performance de lo real. El guacho Rodríguez lo mira desde un costado y se acerca de a pequeños pasos.

 

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“Nunca jamás he visto un despliegue de tanta magnitud y talento”, dice Alarcón. Y entonces sí presenta “a la Gilda de las travas”. “Ayelén, Ayelén, Ayelénnnn… Bekerrrrr”, suelta. Y cuando la cumbia empieza a sonar los retratadores y retratados, las reinas y les artistes y hasta un inesperado candidato a intendente de la izquierda local (a horas de la veda electoral en Santa Fe) se unen debajo del escenario.

 

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La celebración gana la medianoche.

 

Las etiquetas ya no sirven ni para esta crónica.

 

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