Los napolitanos vuelven al San Paolo, el estadio donde jugó Maradona, y se acurrucan en sus muros como si fuera una catedral, una Notre-Dame de la pelota. Marco Ciriello cuenta cómo llora esa ciudad al inmigrante de origen pobre, al campeón alegre, al jugador que le dio clase a esa tierra que hoy se da corte: el Dios del fútbol ha jugado aquí.



Traducción al castellano: Mario Greco

Fotos: Alessandro Brutalcore Pierno

 

 

 

Las luces del San Paolo están encendidas, y los napolitanos no duermen, no pueden. Desafiando al lockdown impuesto por el Covid-19 salen en busca de lo que queda en Nápoles del último verdadero rey: Diego Armando Maradona. Van al Campo Paraíso, ahora en desuso, allí donde Diego llegaba en su Ferrari cada mañana –escoltado por un ejército de jovencitos en moto-. Entran en los ochenta, dejan velas, pegan mensajes fúnebres como si se hubiese muerto un pariente. Van a los kioscos donde se juega a la lotería a apostar a los números del lotto como se hace frente a cada gran evento napolitanto, pero esta vez lo hacen llorando.

 

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Llegan a los “barrios españoles” (quartieri spagnoli) donde hay un enorme mural (es uno de los primeros, fue hecho cuando todavía no existía Banksy y una pitada así era todo un evento). Tomando la fachada entera de un Palacio, un Maradona emerge hacia el cielo, una imagen sacra en una ciudad que habla con los santos y los muertos, que ata su tiempo a la licuación de la sangre de San Gennaro. Pero Napoli es también el lugar donde el gran poeta Giacomo Leopardi encontró otra dimensión. Como Diego, que ya pertenecía a los napolitanos que viven en el extranjero, como el pintor Caravaggio y una escritora con menos pueblo pero no con menos bravura: Anna María Ortese. Maradona está con ellos quizás un escalón por encima. 

 

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Su llegada a Nápoles fue un evento comparable al retorno de Don Sebastiao, mítico rey de Portugal desaparecido durante la batalla de Ksar el Kebir, de la que habla Vargas Llosa. Una aparición. Había noventa mil personas en el San Paolo aquel 5 de julio de 1984. Todos aquí recuerdan ese día con la misma intensidad, quizás, con la que los americanos recuerdan aquel 22 de noviembre de 1963 en Dallas, el del asesinato de Kennedy. Y quien no estuvo en el estadio, con el paso del tiempo seguramente habrá considerado esa ausencia como un pecado mortal. Aquel día en el San Paolo todos lo pensaron pero todavía ninguno lo creía. Maradona había regalado un gesto furtivo, de connivencia con la felicidad. Era el trailer de una mega producción de Hollywood, pero tenía un lenguaje distante de la realidad y del pasado. El estupor de aquella visión necesitó dos años para encontrarse y convertirse en certeza absoluta. Después de eso, lo más normal en Nápoles era pensar que teníamos todas las condiciones para divertirnos. Una alegría desprolija salía del pie de un innegable campeón.

 

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Comenzaba nuestra belle èpoque futbolística, pero estábamos convencidos -sobretodo después del primer año maradoniano- que otra vez nos embarcábamos a la típica inconclusión napolitana. Astillas de fantasía con repentinos aguaceros de emociones y goles de antología, pero todavía muy poco para dejar atrás el tiempo de las humillaciones. 

 

El San Paolo no fue más el mismo, como cuenta Roberto Fontanarrosa en “El área 18” al compararlo con el fondo de un volcán. Con los años, el estadio se convirtió en la casa de Diego. Luego, en la casa vacía de Diego. Ahora tomará su nombre, mientras la gente se acurruca a sus muros como si fuera una catedral, una Notre-Dame de la pelota.

 

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En ese estadio, el 3 de julio de 1990, en la semifinal del Mundial entre Italia y Argentina, Maradona demostró conocer Nápoles y el sur de Italia como pocos. En esos años había respirado la diferencia entre pertenecer a un equipo del sur y a uno del norte (Juventus, Milan, Inter); había entendido que ganar en Nápoles era distinto, era un triple esfuerzo, e hizo palanca sobre ese sentimiento popular  creando una grieta en el aliento por la Nazionale y luego incluso eliminando a Italia, le dijo a Nápoles: “Hoy los consideran italianos, pero el resto del año son solo terroni”.

 

Y Nápoles no lo abucheó: es más, se hizo un poco Argentina (el director Paolo Sorrentino y yo fuimos de los que hincharon contra Italia). Y ese poco emerge cada vez que hay que hacerse cargo de la ciudad que ya tiene un montón de problemas propios para pagar además por aquel partido. Los italianos se habían olvidado que un año antes Maradona había doblegado a los alemanes del Sttugart –en una ciudad de emigración y humillación para los napolitanos- y obtenido la copa UEFA, llevando a Nápoles y a su equipo a la cima de Europa como no ocurría desde que Mozart fue obligado a visitar la ciudad.

 

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Para entender la medida del vacío que deja Maradona es necesario pensar en la muerte del emperador del teatro Eduardo de Filippo, que alcanzó a verlo llegar. Aquellos años napolitanos de Diego coinciden no solo con las primeras victorias del equipo y la reafirmación de una ciudad que aún está resentida por no ser más la capital de un reino. Entonces, el actor y director Massimo Troisi empezaba a realizar films que luego serían fundamentales para varias generaciones. En la música, Pino Daniele llevó a Nápoles y a su lengua afuera de su propio ghetto mezclándola con el sound mediterráneo y el americano que sonaban de manera masiva en la ciudad. Llegó también al crimen organizado, la camorra, con la familia Giuliano –comparados a los Bonnanno de New York retratados por Gay Talese- con los que Diego posó en una foto famosa: esa en la que estaba sentado en su bañera con forma de concha de mar.

 

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Todo se alteraba, el rey iba de un lado al otro, iba a los bautismos de los niños napolitanos que llevaban su nombre, amaba peluqueras y señoras de la Nápoles buena, guiñaba el ojo a los intelectuales, jugaba con el pueblo e iba a las fiestas de la camorra. Otros también fueron, pero sólo Diego pagó. Hacía los goles, vencía y festejaba donde hubiese que festejar. Cada vez que entraba al campo de juego bajaban los delitos, la ciudad se detenía, la buena y la mala, como se detiene en estas horas. Todo lo que Barcelona le había negado Nápoles se lo daba.

 

Aquí se drogó tranquilamente, consumiéndose, pero tuvo tiempo para convertirse en un ejemplo. Otros se drogaron, pero solo Diego pagó. Rescató a la ciudad, aquella de los últimos: era un pobre que no se avergonzaba en una ciudad de pobres que se la rebuscan; era un campeón que había elegido un equipo que hasta ese momento solo había obtenido algún trofeo menor; era un extranjero perfectamente integrado. De estas tres cosas juntas Nápoles no pudo recuperarse. Con Maradona maduró una actitud aristocrática, todo se silenciaba ante el hecho de que el Dios del fútbol había jugado aquí, ocupando un lugar en la cola del cometa maradoniano. Aprovechando su generosidad. No alcanzaban los dos scudetti obtenidos (1986-1987, 1989-1990) –títulos luego merodeados pero nunca más conseguidos- que fueron festejados como diez carnavales de Rio juntos filmados por Kusturica y Fellini. No. Se le pedía también que fuera a jugar a beneficencia a un potrero -parecido a los de Villa Fiorito- en Acerra, en la periferia de la ciudad.

 

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Hubo un sustantivo que escuchamos expandirse hasta lo inverosímil, adoptando giros vocales detrás de un dialecto práctico y el italiano atrofiado de la transmisión de los partidos oficiales. Aquí todos –improvisados compañeros de equipo y adversarios- mastican una sola palabra que se convierte en mantra contra la incredulidad: “Diego, Diego, Diego”. Al vacío o con razón, no importa, es hermoso decirlo, tiene valor para el relato, el nombre denuncia la cercanía, el nombre deviene rosario con milagro incluido, él está allí con ellos, suda junto a ellos, se ensucia, toca la pelota que se ha convertido en una pelota de barro, la acaricia, la pasa y pide la devolución, y cada intercambio queda grabado porque es un paso más hacia el ídolo, una sutileza en el campo de juego que se convierte en épica fuera de él. Cuando el que tiró paredes pueda contarlo, dirá: “Lo dejé cara a cara con el arquero a Maradona y luego corrí a abrazarlo, porque obviamente marcó el gol”. Sentirse por un momento campeones al lado del mito. Una banda de desheredados y pobres, sí, pero felices. Esta es la clave de Maradona en Nápoles: es el Dios del fútbol que viene a jugar en tu equipo, te hace vencer y te enamora. Luego se va, y cada vez que vuelve es como si siempre hubiese estado aquí. Es invocado y aparece y se repite.

 

En Italia hay un típico sticker religioso que todavía está pegado sobre muchas ventanas de las casas napolitanas. No tiene la cara de Jesús sino la de Diego. Arriba, una frase: “Protégenos donde quiera que estemos”. 

 

 

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