De niño, Ernesto Guevara ya sufría asma. Le tomaban la temperatura 10 veces por día, comía cosas horripilantes y saludables, y vivía resguardado hasta que su madre decidió que tuviera una vida normal. A veces, los amigos lo traían desmayado, pero él volvía a salir. En aquella época se prefiguró, quizá, la tenacidad de su vida adulta. Tanto como su mal gusto a la hora de vestirse. Un fragmento de “Ernesto Guevara, también conocido como el Che” de Paco Taibo II, quien visita en estos días la UNSAM, editado por el sello Planeta.



Una foto en Caraguatay, Misiones, tomada en 1929, mostrará a un Ernesto Guevara de 14 meses de edad, transportando una tacita en la mano (¿una bombilla de mate?), vestido con un abriguito blanco y cubierto por un horrendo gorrito que recuerda a un salacot colonial, prefigurando el desastre que en materia de indumentaria le acompañará toda la vida, el estilo peculiarmente desarrapado que hará su sello personal.

 

O bien “infancia es destino”, como decía el psicólogo mexicano Santiago Ramírez en uno de sus momentos más afortunados, y se van grabando en la memoria recién organizada del personaje central las experiencias que forzarán los actos del futuro; o bien infancia es accidente, es prehistoria de un ciudadano que se fabrica en la vida apelando a la voluntad y al libre albedrío.

 

No estará nada claro. Algo debe haber de las dos cosas, piensa este ecléctico autor.

 

Uno de los tantos marxistas de Pandora que han biografiado al Che se obsesionará con la idea de que las imágenes de la selva tropical del nordeste argentino, de Misiones, donde circularán los días de la primera infancia de Ernesto Guevara, prefigurarán su destino en las selvas bolivianas. No acaba de convencerme. Si infancia es destino, no lo es de una manera tan simple. Para el historiador, el argumento convincente, quizá la prueba concluyente de que algunos de los elementos significativos de la infancia contienen el futuro, es la foto que muestra a Ernesto y al burro.

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Es 1932, en Portela, cerca de Buenos Aires, el personaje tiene cuatro años, se encuentra en la estancia de unos amigos de sus padres: la foto está dominada por el asno, de ojos dormilones y semicerrados, inmóvil; sobre él, un Guevara con poncho y sombrero boliviano del que sólo se adivinan los ojos y la media sonrisa, símbolo de placer. Muy erguido, transparentando su amor por los burros, los mulos, los caballos, los animales de cuatro patas que se puedan montar. Ernesto y el burro miran a la cámara. Ambos saben que son el personaje central.

 

Y si infancia es destino, 25 años más tarde y a mitad de un bombardeo, al frente de los rebeldes cubanos, llamados por sus enemigos “los mau mau”, el comandante de la columna cuatro, un tal Guevara, conocido como el Che, avanzará montado en el burro Balansa, erguido, displicente, ocultando un terrible ataque de asma que lo tiene al borde del ahogo, y mirará a la cámara con esa misma actitud de perplejidad respecto al porqué es sujeto de la historia cuando el burro, que también contemplará al objetivo, lo amerita más. Y en esa primera foto de Caraguatay estará el origen de los providenciales mulos que aparecerán durante la invasión al occidente de la isla de Cuba cuando la columna del Che esté cercada por soldados y aviones, y desde luego del mulo Armando, al que Zoila Rodríguez en memoria y amor al doctor Guevara atenderá “como si fuera un cristiano”, y del camello que estrenó en las pirámides de Egipto, incluso de aquel caballito boliviano al que tanto quiso y que terminó comiéndose. Esa foto de Misiones estará en el profundo germen de la leyenda que aún hoy se cuenta en Cochabamba, Bolivia:

 

“En las noches, el Che Guevara, junto con el Coco Peredo, cabalgan en unas mulas grandes, ¡bien grandes!, con sus máusers en las manos y llegan a Peñones, Arenales y Lajas, a Los Sitanos, a Loma Larga y Piraymirí, hasta Valle Grande”. O de la nueva versión de una canción mexicana agrarista que dice: “Tres jinetes en el cielo / cabalgan con mucho brío, / y esos tres jinetes son: / Che, Zapata y Jaramillo”.

 

Sea así o al contrario; sea esto tan sólo mala imaginación de novelista, de la que tanto ha abundado en las narraciones que sobre la vida y destino del Che se han hecho, lo que sí parece evidente es que Ernesto Guevara será el último de nuestros tan queridos próceres a caballo (o en mulo, o en burro, tanto da para un hombre que se reía de sí mismo) en la tradición heroica de América Latina.

 

En el origen de Ernesto se encuentra una historia familiar interesante, que no llega al melodrama. En el remoto pasado de los Guevara existió un virrey en Nueva España, don Pedro de Castro y Figueroa, quien sólo duró gobernando un año y cinco días mediado el siglo XVIII, quien tuvo un hijo llamado Joaquín, que secuestró en Louisiana a su esposa y cuyos sucesores vivieron la fiebre del oro en San Francisco para terminar, quién sabe por qué azares de errática geografía, durante el siglo XIX en la Argentina.

 

De esta época de San Francisco se pueden rescatar parientes de nombres absurdos, como Rosminda Perlasca, y un tío Gorgoño que se dedicaba a criar reses para vender carne a los gambusinos.

 

De la rama Lynch vienen los irlandeses emigrantes de todas las emigraciones. (¿De ahí las vocaciones de viajero permanente? ¿La picazón en el culo que no habría de abandonarle? ¿Las alas en los pies?) Irlandeses a los que se puede encontrar en la Argentina desde el inicio del siglo XVIII.

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No mucho más del lado De la Serna, fuera del abuelo Juan Martín de la Serna, dirigente de la juventud radical, militancia compartida por uno de los Lynch, el tío abuelo Guillermo, por la que ambos intervinieron en la fracasada revolución de 1890. Se decía que el padre de Celia, su madre, poseía mucho dinero, pero cuando la niña tenía dos años (cinco, según otras fuentes) se suicidó durante un viaje a Europa por mar y los abogados se quedaron con parte de la fortuna. Al morir su madre, cuando tenía 13, Celia fue criada por hermanas y tías.

 

De cualquier manera, parece que al paso del tiempo no habrá de guardar Ernesto demasiada conmiseración por el personal, al que calificará en bloque: Los antepasados […] eran miembros de la gran oligarquía vacuna argentina.

 

Aunque la dureza al juzgarlos debe ser cosa del futuro, porque en la primera infancia las narraciones sobre los abuelitos en California y la fiebre del oro, las hazañas de su abuelo agrimensor que estuvo a punto de morir de sed, eran escuchadas como material de una fascinante novela.

 

Lo mejor de su padre, un constructor civil que emprendió mil negocios y fracasó en la mayoría, es que lo expulsaron del Colegio Nacional por haberle dado una bofetada a Jorge Luis Borges, después de que éste, por soplón, lo denunció diciéndole a un maestro: “Señor, este chico no me deja estudiar”. Ernesto Guevara Lynch era un aventurero a medias, estudiante de arquitectura que había dejado la carrera para incursionar en el mundo de los pequeños empresarios y se había sacado la lotería, según él mismo reconocería, al casarse en Córdoba con Celia, pretendida por todos y alcanzada por ninguno, la princesa de la bohemia radical. Buen bailarín de tango, un tanto holgazán, bien parecido.

 

La madre, Celia de la Serna, católica ferviente (estuvo en la adolescencia a punto de tomar los hábitos de monja) reconvertida al liberalismo de izquierda, conserva del catolicismo inicial la fuerza de sus pasiones. Una de sus sobrinas recordaría más tarde: “Fue la primera mujer (según mi mamá) que se cortó [el pelo] a lo garçón, es decir que se cortó el pelo cortitico por la nuca, fumaba y cruzaba la pierna en público, que ya era el colmo de la avanzada feminista en Buenos Aires”. William Gálvez rescata: “Y es de las pocas y primeras que se atreve a manejar un auto”.

 

Cuando se consolida el noviazgo, Celia es menor de edad y, rompiendo con su familia, se va a casa de una tía para luego casarse con Ernesto en noviembre de 1927.

 

Cultos, un tanto bohemios, progresistas, ateos, herederos vergonzantes de una oligarquía que les parecía pasiva y timorata, el matrimonio Guevara-De la Serna habría de aportar a sus hijos el espíritu de aventura, la pasión por las letras, el desenfado, que Ernesto convertiría en banderas vitales años más tarde.

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Pero vamos a darle forma a la historia:

 

El arquitecto Guevara y Celia de la Serna, recién casados, se van a la aventura y llegan a un lugar llamado Caraguatay, que en guaraní quiere decir nada menos que “agua dulce de ananá silvestre”, una colonia de 100 habitantes en el Alto Paraná, muy cerca de la frontera paraguaya, donde se mezclan con suizos y alemanes que llegaron al final de la Primera Guerra, “vestidos de blanco y con sombrero de corcho”, dirá Juan Sasturain, que llegaron en “el Iberá, un lento vapor con ruedas de paleta que había acarreado ingleses por el Nilo”. Allí ha comprado Guevara 200 hectáreas, construye una casa de madera y se dedica al cultivo del mate y a la tala de las maderas del bosque. Supuestamente, allí será engendrado Ernesto Guevara de la Serna.

 

Hacia junio de 1928, Guevara padre y Celia venían descendiendo el río Paraná en barco y viaje de negocios, y aprovechando para que el primero de sus hijos naciera en Buenos Aires, pero los dolores de parto se presentaron prematuramente (supuestamente a los siete meses de su matrimonio) a la altura de la ciudad de Rosario. Ernesto nacerá, pues, a las tres y cinco minutos de la madrugada del 14 de junio de 1928 en la maternidad del Hospital Centenario, anexo a la Facultad de Medicina. Los testigos del recién nacido hijo accidental de la ciudad de Rosario serán premonitorios del futuro carácter viajero del bebé: un taxista brasileño (el hombre que los llevó al registro civil) y un marino (su tío Raúl). Habrá nacido el mismo día que Antonio Maceo, el mismo día que José Carlos Mariátegui, el más heterodoxo de los revolucionarios cubanos del fin del siglo XIX y el más hereje de los marxistas latinoamericanos del inicio del siglo XX.

 

Ésta será la primera versión; la segunda, según alguna vez Celia contó a sus hijos Ana María y Juan Martín con desenfado, es que Ernesto no era sietemesino, sino que había sido concebido dos meses antes de la boda.

 

Existe una tercera versión que narrará Julia Constenla, quien dirá que Celia le contó: “Ernesto no nació el 14 de junio sino el 14 de mayo. Yo me casé embarazada. Mis tías viejas hubieran muerto de saberlo. Así, apenas casados, nos fuimos a Misiones con mi marido. Y más tarde, cuando estaba por dar a luz, a Rosario, donde me atendió un primo de Guevara”.

 

La primera foto conocida del pequeño Ernesto lo muestra en el parque de Rosario vestido con un horrendo ropón, contrastando la belleza fría de su madre con el rostro enfurruñado del personaje, que mira hacia la derecha de la cámara. Muy poco después sufriría su primera enfermedad, una potente bronconeumonía que casi habría de matarlo. Sus tías Beatriz y Ercilia viajarán desde Buenos Aires para ayudar a la joven madre a cuidarlo; a partir de esto quedará vinculado amorosamente a ambas.

 

Hay una foto que me resulta todavía más atractiva, tomada en Entre Ríos en 1929: el mini Ernesto, con pelusa y orejón, vestido con una camiseta, un ropón, se está chupando con gesto concentrado los dedos índice y corazón de la mano izquierda y con los dedos sobrantes pareciera estarle haciendo un gesto obsceno a los observadores.

 

Los dos primeros años de vida de Ernesto transcurrirán entre Caraguatay, donde su padre tiene la plantación de yerba mate (no conservará memoria de aquellos tiempos, aunque más tarde le contarán frecuentemente historias del “territorio salvaje”, de la “selva misionera”), y Buenos Aires, donde la familia renta un pequeño departamento en la calle Santa Fe.

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Movidos por los negocios desafortunados del padre, que ha de sufrir en aquellos años el robo de toda la producción de su plantación, la familia llevará una vida errabunda. En Buenos Aires nacerá, hacia el final de 1929, su hermana Celia y allí será reclutada su nana Carmen, una gallega, robusta, pequeña y muy pecosa que lo acompañará hasta los ocho años.

 

Cuando casi tiene dos años, su padre se traslada a San Isidro, sobre el Paraná, casi en la frontera con Paraguay, donde es socio de un astillero que anda mal económicamente y que quiere levantar.

 

Sabido es que la mayoría de las biografías se escriben del presente hacia el pasado remoto, de atrás hacia delante, como una escritura exótica; y en ese quehacer se corre siempre el riesgo de rastrear el pasado a la busca en la infancia de la anécdota que se ajusta al personaje muerto, de olvidar lo que no corresponde en el escenario futuro y mostrar con obstinación aquello que produce concordancia, borrando púdicamente lo que genera disonancia. En las memorias de su padre, la tentación aparece con frecuencia:

 

En aquellos años, “Ernestito comenzaba a caminar. Como a nosotros nos gustaba tomar mate, lo mandábamos hasta la cocina, distante unos 20 metros de la casa, para que nos lo cebara. Entre la cocina y la casa, una pequeña zanjita ocultaba un caño. Allí tropezaba siempre el chico y caía con el mate entre sus manitas. Se levantaba siempre enojado y cuando volvía con una nueva cebada de nuevo se volvía a caer. Empecinado, siguió trayendo el mate una y otra vez hasta que aprendió a saltar la zanja”.

 

El salto de la zanja, como un loop cinematográfico que repetirá a lo largo de los años la escena, recontando a Ernesto y su terquedad, su futura y proverbial terquedad, su idea de que la llave de la vida era la voluntad, y el resorte que la ponía en movimiento, la tenacidad. Y uno se pregunta: ¿es prefiguración ese niño de menos de dos años que tropieza una y otra vez en la zanja? ¿O se trata de un recuerdo acoplado?

 

En mayo del 31, el pequeño Ernesto sale del agua tras haberse bañado en el río con su madre y comienza a toser. La tos lo acompaña de una manera persistente, angustiante. Un primer médico le diagnostica una bronquitis. Más tarde, cuando la enfermedad no cede, otros doctores hablan de una bronquitis asmática perseverante. Finalmente, un doctor dice que se trata de un ataque de asma y lo relaciona con la neumonía que sufrió Ernesto a los pocos días de nacer. Todos los médicos coinciden en que nunca han visto a un niño con ataques de asma tan agudos. Años después su hermana Ana María rescatará un recuerdo de la memoria familiar: “Era tan terrible el asma que mis padres, desesperanzados, pensaron que se iba a morir”. Permanecen horas, días y noches al lado de la cama, mientras el enfermo abre desesperadamente la boca y agita las manos buscando el aire que le falta. De su pecho escapa un sonido ronco. Don Ernesto recordará años más tarde: “Nunca pude acostumbrarme a oírlo respirar con ese ruido particular de maullidos de gato que tienen los asmáticos”.

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Una de las primeras palabras que aprende a decir el niño es “inyección”; es lo que pide cuando siente que el ataque se le viene encima. Guevara padre contará: “El asma es una enfermedad caprichosa y todos los asmáticos tienen características diferentes. Lo que a uno le hace mal a otro le puede hacer bien; es cuestión de sensibilización”. Los padres tardan en aprender esa lección, los médicos no encuentran respuestas, se limitan a insistir en que el clima húmedo de Misiones le afecta profundamente y le provoca los ataques, los periodos “más bravos”.

 

El asma de Ernesto y los extraños negocios de don Ernesto siguen siendo el motor de sus vidas. En 1932, la familia se muda a Buenos Aires; nace allí el tercer hijo, Roberto.

 

Pero la cosa no funciona. Su madre recuerda: “Ernesto no resistía el clima capitalino. Guevara Lynch se acostumbró a dormir sentado en la cabecera del primogénito para que éste, recostado sobre su pecho, soportara mejor el asma”, y su padre completa la imagen: “Celia pasaba las noches espiando su respiración. Yo lo recostaba sobre mi abdomen para que pudiera respirar mejor, y por consiguiente yo dormía poco o nada”.

 

En 1933, buscando huir del asma, viven por un tiempo en Argüello, Córdoba. El asma retorna. Siguiendo consejos médicos, deciden buscar un clima seco de montaña y en junio van a dar a Altagracia, una pequeña población en la provincia de Córdoba. Ernesto parece mejorar en ese clima, pero, aunque las condiciones no serán tan terribles como en Misiones o Buenos Aires, la enfermedad no habrá de abandonarlo nunca más. Tiene cinco años, vivirá en Altagracia hasta los 17.

 

Su padre reseña con rabia: “Cada día imponía nuevas restricciones a nuestra libertad de movimientos y cada día quedábamos más a merced de aquella maldita enfermedad”. Los Guevara viven en Altagracia en el hotel La Gruta; ahí Ernesto hace sus primeras amistades, que habrán de acompañarlo los años de juventud, en particular Carlos Ferrer, conocido como Calica, hijo de un doctor que atiende a Ernesto durante sus ataques de asma.

 

Celia lo enseña a leer porque no puede ir al colegio de manera regular a causa de la enfermedad. De esa época data el primer testimonio escrito del joven Guevara: una postal a su tía Beatriz dictada a un adulto, que él firma de su puño y letra con el apodo Teté.

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Julia Constenla cuenta: “El chico vivía encerrado. Le tomaban la temperatura hasta diez veces por día, comía cosas horrorosas y saludables, no podía salir a jugar para que no se resfriara y tenía el tubo de oxígeno en su habitación. Pero un día ella [Celia] ve cómo él mira jugar a sus hermanos y decide terminar con esa situación. Por eso, tiene una discusión con su marido (peleaban con frecuencia) diciéndole que Ernesto va a vivir como los demás, porque así no es vida. Y Ernestito, que está escuchando, grita: ‘Ya entendí… y si me muero me morí’, y sale corriendo. Desde ese día […] hizo una vida normal, aunque a veces lo traían en brazos sus amigos, porque el asma no lo dejaba caminar o le ponían el tubo de oxígeno cuando se ahogaba”.

 

En enero de 1934 nace su hermana Ana María, que cinco años más tarde le servirá de apoyo: “Yo le servía de bastón cuando íbamos a pasear. Él apoyaba su brazo en mi hombro y recorríamos varias cuadras de ese modo; era cuando se encontraba fatigado por el asma. En esos paseos conversábamos mucho y me contaba bellas historias”. Se mudan a un chalet más barato, dentro del pueblo, Villa Nydia. Para darle sentido a las muchas horas que pasa en cama reposando, su padre le enseña los movimientos de las piezas de ajedrez; Ernesto se enfada cuando lo dejan ganar. Así no juego.

 

A los nueve años se le presenta una grave complicación a su asma, los médicos diagnostican “tos convulsa”. Guevara padre cuenta: “Al sentir que le venían los ataques se quedaba quieto en la cama y comenzaba a aguantar el ahogo que se produce en los asmáticos […]. Por consejo médico yo tenía a mano un gran balón de oxígeno, para llegado el momento álgido de los accesos de tos insuflarle al chico un chorro de aire oxigenado. Él no quería acostumbrarse a esta panacea y aguantaba todo lo que podía, pero cuando ya no podía más, morado a causa de la asfixia, empezaba a dar saltos en la cama y con el dedo me señalaba su boca para indicar que le diera aire. El oxígeno lo calmaba inmediatamente”.

 

¿Cómo es el personaje que va forjando la enfermedad? A los diez años no basta con resistir y leer en cama. Comienza entonces su personal guerra contra las limitaciones del asma: paseos sin permiso, juegos violentos… Desarrolla una cierta fascinación por el peligro, buscar el riesgo, la situación límite. De cierta manera la ha heredado de su madre. Hay decenas de anécdotas sobre las muchas veces que Celia ha estado a punto de ahogarse. Guevara padre registra impotente: “Había que acostumbrase a estas temeridades de mi mujer”. Ernesto mismo ha sido testigo de aquella vez en que se lanzó al Paraná y comenzó a ser arrastrada por la corriente. Sentado en el banco de un yate contempló cómo su madre, a la que una faja de goma le cortaba la respiración, estaba a punto de morir ahogada; o aquella otra vez en el río de la Plata cuando desde la arena de la ribera la veía ser arrastrada. Celia, una excelente nadadora, se sentía atraída por el peligro. Guevara padre, mucho más pacífico, atestigua: “Esta misma manera de enfrentarse heredó Ernesto pero con una gran diferencia: calculaba bien cuál era el peligro”.

 

En el 36, Celia recibe una circular del Ministerio de Educación preguntando por qué el niño no asiste a la escuela; deciden que, dado que está pasando cortas temporadas sin ataques, ha llegado el momento de enviarlo a estudiar. Hasta ese momento Celia le enseñaba a leer y escribir en casa. Entra a estudiar en la escuela pública, rodeado de niños de padres sin recursos económicos. Su hermano Roberto recordará: “Las relaciones de mis padres eran las de los ricos, y las nuestras, las de la gente pobre, que eran los que vivían permanentemente en la zona. Nuestros amigos fueron los hijos de los campesinos y de los caseros”.

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El asma impedirá que Ernesto sea un alumno normal, según su madre: “Sólo cursó regularmente segundo y tercero; cuarto, quinto y sexto los hizo yendo como podía. Sus hermanos copiaban los deberes y él estudiaba en casa”.

 

Gracias a las memorias de su padre, quedará el registro de los juegos de infancia de Ernesto; algunos se han vuelto casi eternos, otros ya lo eran entonces y son reconocibles: fútbol, indios, policías y ladrones, rayuela; un par de ellos conservan nombres exóticos que hoy no dirán nada al historiador: “la mancha venenosa”, “piedra libre”, pero contienen el atractivo del enigma. Parece ser que, a pesar de la enfermedad, Ernesto se convierte en el jefe de un pequeño grupo de niños que se reúne en los terrenos del fondo de su casa. La hazaña mayor del grupo es haber quemado un cañaveral por andar jugando a “las comidas”. En materia de fútbol, cuando todo el mundo era fan del River o el Boca, Ernesto descubrió el Rosario Central y lo adoptó de inmediato.

 

El padre se siente desdichado en Altagracia; confiesa: “Me sentía anulado y preso. No podía aguantar aquella vida entre la gente enferma o entre los que acompañan a los enfermos”; comienza a sufrir frecuentes neurosis e irritaciones. Celia se muestra más fuerte ante la adversidad, reacciona abandonando lentamente su fuerte formación católica. Calica Ferrer dejará un buen retrato de la mujer: “Era lindísima, alta, delgada, temperamental, vital, siempre con algún libro, hablaba perfectamente francés […], culta, elegante, refinada. Nunca se quedaba callada ante nada”. Ernesto padre trabaja en la construcción de un campo de golf. La economía familiar naufraga, sin caer en la miseria, pero se pasan penurias. Clase media en crisis permanente, viven de las rentas de un par de tierras, una de él y otra de Celia. Tienen que pagar una niñera, pues Celia no puede con los requerimientos de cuatro hijos. Dinero no hay para todo: colegios, ropa, gastos exorbitantes en medicinas para Ernesto.

 

La familia veranea en una playa de Mar del Plata. Hay un cierto patetismo en las fotos, una pequeña tragedia: Ernesto con pantalones y descamisado, sin duda con un ataque de asma, rodeado de niños en traje de baño. Fotos de grupo con Ernesto encamisado, fotos de Celia tironeando de su brazo mientras él tiene los pies en el agua, a la que no puede entrar. Un amigo recuerda que en ese verano del 36 a la gente se le ocurrían sugerencias infalibles contra el asma y Ernesto, disciplinado, aceptaba por decisión de sus padres los más absurdos consejos, como dormir con gatos, bolsas de arena, tomar todo tipo de tés, estar perseguido por fumigaciones e inhalaciones.

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1937, Altagracia: a Ernesto se le cae la baba oyendo a su padre narrar en las sobremesas las historias familiares, en particular las historias de las aventuras de su abuelo el geógrafo cuando trabajaba marcando los límites en el Chaco, bajo calor atroz y emboscadas de indios. A las aventuras del abuelo se suman en aquel 1937 los peligros de la narrativa de la realidad, cuando llegan exilados los hijos del doctor republicano español Aguilar y son acogidos en Villa Nydia. Con ellos, en la radio que acaba de comprar su padre y en los periódicos, entra en la vida del joven Guevara a los 11 años la guerra civil española. Para Ernesto, la victoria de la república contra los militares y los fascistas se vuelve un problema personal. Comienza a seguir el desarrollo en un mapa en el que va clavando banderitas y observando la evolución de los frentes: en los terrenos de atrás de la casa construye con sus amigos la reproducción del cerco de Madrid, una serie de trincheras cavadas en la tierra donde se armaban tremendas peleas con hondas, piedras y cascotes, incluso tuercas; a Roberto casi le rompen una pierna y Ernesto anduvo cojo unos cuantos días, lo cual no le impidió aprenderse de memoria todos los nombres de los generales republicanos.

 

En la democracia de la infancia sus amigos son los hijos de los porteros de las villas de verano, a los que se suman los Figueroa y Calica Ferrer. Decenas de años después el mozo del hotel de Altagracia sigue recordando: “Ernesto era un muchacho de barrio, no andaba con los niños bien sino con nosotros”. Y en los recuerdos del pueblo se mantiene un mito guevarista pre-Che… Juan Mínguez, un vecino en Altagracia, dirá: “Si jugábamos fútbol y sólo éramos cinco, él quería actuar de portero contra los otros cuatro”. La versión se vuelve menos heroica cuando la explica su amigo César Díaz: “Actuaba de arquero porque con lo del asma no podría correr mucho”. Lo que ha de quedar claro es que siempre fue un desarrapado al que le gustaba usar gorra, pero con la visera hacia atrás.

 

Lo que el asma le niega se lo dará la tenacidad: durante meses queda segundo en todas las competencias de ping-pong en el hotel de Altagracia; gana siempre Rodolfo Ruarte. Un día le informa al campeón que se retira temporalmente del asunto. En la clandestinidad del hogar fabrica una mesa de ping-pong y practica en solitario. Luego reaparece para retarlo y ganarle.

 

Los domingos dispara al blanco con su padre. Desde los cinco años sabe manejar una pistola y destruye ladrillos a tiros. Y lee, lee, lee a todas horas. En los orígenes Julio Verne, Alexandre Dumas, Emilio Salgari, Robert Louis Stevenson, Miguel de Cervantes.

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En el 37, la familia se cambia a una nueva casa, el chalet Fuentes, y Ernesto descubre su amor por los disfraces: indio, griego, gaucho, marqués. Hace de boxeador en una obra de teatro en el colegio. En la versión de su hermana Ana María, todo iba muy bien hasta que “entraba un hada con una varita mágica y los muchachitos que estábamos estáticos, automáticamente adquiríamos movimiento. Roberto y Ernesto estaban vestidos de boxeadores y el hada preguntó:

 

—¿Vosotros, muñequitos, qué sabéis hacer?

 

Y ellos respondieron:

 

—Esperad un momento y os asombraréis —y empezaron mecánicamente a boxear, moviendo los bracitos. Ernestito le dio más duro de lo normal a Roberto y éste comenzó a fajarse de verdad”, y la maestra lloraba al ver el desastre que se estaba armando porque el hada con todo y su varita de limitada magia no podía pararlos.

 

Y el asma proseguía. Durante años el padre de Ernesto llevó un registro de las medicaciones que se le daban, las reacciones a objetos o alimentos, las condiciones climatológicas, la humedad del ambiente: “Amanece bien, duerme con la ventana cerrada […], se le dio una inyección de calcio glucal intravenosa […], miércoles 15, mañana seminublada. Sequedad ambiente”. El padre registra: “Era tal la angustia que soportábamos a causa de esta persistente enfermedad que no abandonaba al niño, que pensando mejorarlo hacíamos toda clase de pruebas. Seguíamos los consejos de médicos o profanos. Inventábamos toda clase de remedios caseros y apenas salía una propaganda en los diarios asegurando una panacea contra el asma, enseguida la adquiríamos y se la administrábamos. Cuando me recomendaban este crecimiento o aquel cocimiento de yerba o yuyos para mejorar a un asmático, apenas habían terminado de indicarme el remedio cuando ya lo estaba preparando para que lo tomara Ernesto.

 

”La desesperación nos llevó hasta caer en el curanderismo y aún peor: recuerdo que alguien me dijo que dormir con un gato dentro de la cama aliviaba mucho a un asmático. No lo pensé dos veces y una noche pesqué un gato vagabundo y se lo metí a Ernesto en la cama, el resultado fue que a la mañana siguiente el gato había muerto asfixiado y Ernesto seguía con su asma a cuestas.

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”Cambiamos el relleno de los colchones, de las almohadas, reemplazamos las sábanas de algodón por sábanas de hilo o nylon. Quitamos de las habitaciones toda clase de cortinajes y alfombras. Limpiamos de polvo las paredes. Evitamos la presencia de perros, gatos y aves de corral. Pero todo fue inútil, el resultado fue decepcionante y desalentador. Frente a la persistencia del asma sólo podíamos saber que la desataba cualquier cosa, en cualquier época del año, con cualquier alimento, y el saldo de todo nuestro empeño fue saber a ciencia cierta que lo más conveniente para su enfermedad era el clima seco y de altura […] y hacer ejercicios respiratorios, especialmente natación.” Curiosamente, el agua fría era un poderoso desencadenante de los ataques de asma.

 

En 1939, cuando Ernesto tiene 11 años, los Guevara se trasladan a un nuevo domicilio dentro de Altagracia, el chalet de Ripamonte. Ese año será precioso en su memoria, porque conoce al ajedrecista cubano Capablanca. El año 39 también estará relacionado con los burros y con una derrota. Su madre cuenta que, dado que muchos de los niños del pueblo llegaban a la escuela en burro, se organizó una carrera, pero el burro en el que montaba Ernesto, cuando se dio la salida, se negó a correr y se quedó parado por más palos y jalones que le daban.

 

Nuevos amigos entran en su vida. A través de los Aguilar aparece Fernando Barral, un niño huérfano español, refugiado con su madre en la Argentina, solitario, retraído. Barral lo recordará bien: “Puedo confesar que en cierta medida le tenía envidia a Ernesto por su decisión, audacia y seguridad en sí mismo y sobre todo por la temeridad que yo recuerdo como una de las expresiones más genuinas de su carácter […], una falta total de miedo ante el peligro, y si lo tenía no se le notaba, una gran seguridad en sí mismo y una independencia total en sus opiniones”. Porque la temeridad es un rasgo distintivo del carácter del personaje, el ponerse a prueba, el saltar desde un tercer piso de azotea en azotea para hacer palidecer a sus amigos.

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Su amiga Dolores Moyano lo calará bien, encontrará lúcidamente las raíces del comportamiento adolescente del joven Guevara: “Aun así, los desafíos de Ernesto a la muerte, su coqueteo hemingwayano con el peligro, no era impetuoso ni exhibicionista. Cuando hacía algo peligroso o prohibido, como comer gis o caminar sobre una valla, lo hacía para saber si podía hacerse, y si sí, cuál era la mejor manera. La actitud subyacente era intelectual, los motivos ocultos eran la experimentación”.

 

Un año más tarde, en plena guerra mundial, su padre se afilia a Acción Argentina, una organización antifascista que simpatiza con los aliados. Ernesto tiene su credencial, que a los 12 años muestra orgulloso, incluso se ofrece como voluntario para hacer averiguaciones sobre la presencia de infiltración nazi entre los alemanes que habitan en la zona de Altagracia.

 

Pero seguirá siendo la lectura su gran pasión de la primera adolescencia, obligado por el reposo de los ataques de asma a la pasividad física. El viejo Guevara cuenta: “Cuando Ernesto llegó a los 12 años, poseía una cultura correspondiente a un muchacho de 18. Su biblioteca estaba atiborrada de toda clase de libros de aventuras, de novelas de viajes”. Años más tarde, en busca del orden perdido, llenó uno de sus múltiples cuadernos con la lista de los libros leídos, algunos de ellos comentados, y lo llamó “Cuaderno alfabético de lecturas generales”. En el apartado dedicado a Verne anota 23 novelas (el historiador, que sólo llegó a 21, no puede dejar de identificarse con el personaje y envidiarlo).


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