En Estados Unidos, la escritora Margarita García Robayo descubrió que la muerte dura poco pero la casi muerte (el recurso histérico) dura una eternidad. Ese tiempo extraño hace que lo que sigue cobre en el recuerdo una frecuencia frenética. Para Anfibia y con palabras, la cronista colombiana transformó esa incomprensión en crónica.



1. El perro.

 

A los quince, dieciséis años andaba en el Mazda blanco de mi madre a velocidades impropias, mientras escuchaba Nirvana y fumaba Lucky Strikes. Vivíamos cerca de un pueblo a las afueras de Cartagena y la ruta hasta allá era laberíntica y oscura. Una noche, volviendo a mi casa, atropellé a un animal. Un perro, me pareció. Un perro grande y gordo, supuse, por la abolladura en el paragolpes. No lo vi cruzar, debía ser negro. Sentí el impacto, oí el sonido seco –tremendamente violento– de la lata contra la carne maciza o la panza inflada o las ancas. Vaya a saber. Enseguida vino el chillido y después los frenos.

 

Bajé del auto y busqué al perro, pero no estaba. Miré debajo del auto temiendo que se hubiera quedado atascado, pero tampoco estaba. Fui hasta la cuneta, me adentré en el monte que bordeaba la ruta, primero aplaudiendo, después haciendo ese sonido ridículo con el que se suele llamar a los cachorros –pssst, pssst–. Nada. Me quedé unos segundos en silencio y me pareció oír una respiración, pero pudo haber sido el viento. Volví al auto, confirmé que el paragolpes estaba abollado. Era improbable que un animal herido huyera tan rápido, pero decidí quedarme con esa versión.

 

¿Y el perro? –me preguntaron en mi casa, al final de mi relato.

 

Y yo dije: el perro huyó.

 

Pasaron unos diecisiete años y hace poco volví a acordarme de esa noche. Dos veces, me acordé, en un lapso de una semana. Ya en ese momento me había costado olvidarme. En parte porque la abolladura en el paragolpes nunca se arregló. En la casa de mis padres no se estilaba llevar el auto al taller para curarle una abolladura: no era que no encendiera el motor, no era que al encenderlo saliera fuego por el caño de escape. Un golpe en la lata era una cicatriz inofensiva, a quién podía afectarle. A mí: cada vez que veía el golpe elaboraba nuevas hipótesis sobre el perro. Como que el impacto lo había hecho volar lejos y caer en un tanque de basura o en un pozo profundo, o que se había atascado entre los matorrales y murió. No me atormentaba tanto que el perro hubiese muerto, me atormentaba no saberlo. Aunque el peor tormento, claro, era no saber si había sido un perro.

 

2. Port Chester.

 

Port Chester es un punto casi imperceptible en el mapa, lo dejaron caer como una pelusa molesta entre Westchester y Nueva York. Es uno de esos lugares que dan la sensación de caber en gestos diminutos. Como un estornudo o como un pestañeo. En un pestañeo caben muchas cosas. Lo más obvio, la muerte: una idea grandilocuente que, cuando se produce, dura tan poco.

Esta historia podría comenzar así: M y yo casi morimos en Port Chester.

 

Pero el casi no es un recurso potente. El casi es un amago, un histeriqueo, una elección narrativa que arruina las historias.
Entonces, Port Chester.

 

Port Chester está lejos de cualquier lugar y se lo ve más bien vacío. Dicen que hay unas treinta mil personas, pero no se ven muchas por la calle. Las imagino en sus casitas rústicas sobrecargadas de adornos, moviéndose lento; haciendo cosas irreflexivamente, como lavarse las manos antes y después de comer, acomodando la toallita del baño –aunque esté derecha– en un acto reflejo que se hereda y persiste, que engorda con el tiempo.

 

Por lo poco que se ve en la calle, la composición es más o menos así: el clásico gringo sobre alimentado de lácteos, huevo y cereal –pedos asesinos–, y el latino advenedizo, amante de la cerveza y las frituras que se sirven en billares –luz de tubo blanca: balazo inminente. Pero podría estar hablando de cualquier otro pueblo americano, podría estar hablando de buena parte del país. Yo creo que en Estados Unidos, como en ningún otro lugar, las personas se definen por lo que comen. Y después está lo que compran. La gente de Port Chester compra en un mall de quintas marcas. Un mall enorme, chato, color chedar. Pero tienen un teatro muy bonito –el Capitol Theatre–, al menos en las fotos de Internet. M y yo nunca conocimos el teatro por dentro porque vinimos a un recital que se canceló.

 

¿Por qué?

 

La cantante, Cindy, está enferma.

 

¿Qué tiene?

 

Vómitos.

 

M y yo habíamos venido antes a Nueva York, pero nunca juntos. Para este momento nos conocemos hace unos seis meses. Él tuvo la idea de que fuéramos a Port Chester a escuchar a B–52, una banda que conozco poco y nada, y por la que jamás me habría movido del agradable aparthotel que alquilamos en el Upper East –cuyo único defecto era estar plantado al lado de un clínica especializada en cáncer. La mañana antes de irnos a Port Chester, M señaló ese detalle. Se asomó a la ventana de la habitación y dijo algo sobre los viejos cancerosos que deambulaban por la vereda y sobre la niña parapléjica que cada tanto nos cruzábamos en el ascensor: la madre se empeñaba en que, desde su silla mecánica, la niña –con problemas gravísimos de motricidad– espichara los botones. El resultado era un viaje accidentado, con paradas en cada piso, y el latigazo de los ojos perdidos de la nena tratando de enfocarnos.

 

Qué terrible esa mujer, qué necesidad… –le dije a M, refiriéndome a la madre. Y él estuvo de acuerdo.

 

Me siento cercana a M en más de un sentido, pero sobre todo me reconozco en esas cosas que desprecia. Me alivia compartir eso. Cualquiera puede reconocerse en las afinidades, pero la complicidad de la intolerancia hace que los vínculos se estrechen, que el horizonte no parezca una foto tan temible. Es otra forma paliativa del instinto de supervivencia: sentirse parte un sistema donde el desprecio, como mecanismo de cohesión, se retroalimenta y se purifica. Genera subsistemas que encuentran en sus pequeños entornos el oxígeno que los salva del resto.

 

3. Danger is real.

 

M y yo andamos rápido, como si estuviéramos llegando tarde a algún lado. Ya no vamos para ningún lado. El teatro quedó atrás, ahora caminamos por una calle donde no hay nadie. Ni un humano, ni un perro, ni un auto. Llueve, pero poco. Me dan ganas de sentarme en la vereda a contemplar la garúa, el pavimento mojado, a pensar en las personas de Port Chester, loopeadas, semi amorfas, con dificultades motrices como la niña del ascensor, como los zombies. M descubre al final del camino un Imax con un cartel gigante de Will y Jade Smith promocionando su película. Debajo de sus caras, un slogan tristísimo sobre el miedo: Danger is real, fear is a choice.
Entramos.

 

El chico de la boletería es obeso. Lleva lentes redondos y una expresión de desidia marcada en la cara. En sus ojos: barro negro, malestar, asco. Imprime nuestras entradas y se pone de perfil, sólo para demostrarnos que es demasiado parecido a una foca. Nos contesta las preguntas con gestos, no abre la boca más que para bostezar: tiene remaches en las muelas, encías violetas, restos de pochoclo en la lengua.

 

Me quiero ir, le digo a M. Si hubiera insistido tal vez, pero no insisto. Ahí estamos, con nuestras entradas en mano, frente a un cine vacío.
Vacío: cientos de butacas rojas y vacías.

 

La pantalla se enciende con una propaganda del Imax: You could watch a movie or you could be in a movie. De todas las películas del mundo, esta es la última en la que querría estar. La escribió y la produjo Will Smith, se compró a un director prestigioso y le dio el protagónico a su hijo. Transcurre pésima, termina peor. Salimos del cine queriendo vomitar, como Cindy.

 

En el estacionamiento del Imax no hay autos. Recién empieza a oscurecer, hay una sola estrella, pero vendrán más. En un rato habrá tantas estrellas que costará enfocar alguna. Eso pienso mientras camino junto a M, le agarro la mano y atravesamos el estacionamiento. Pienso también en el viaje en tren que nos espera: una hora y algo hasta Grand Estation, pasando por Pelma, New Rochelle, Larchmon, Mamaroneck… O al revés. Una cadena de pueblos que comparten la misma desgracia: estar tan cerca de Nueva York y vivir en una escala tan infinitamente inferior. Ya sé que la escala de Nueva York es infinitamente superior a la de casi cualquier lugar del mundo. Pero buena parte del mundo no sabe eso. Y los que venimos por pocos días encontramos excusas para paliar el resentimiento: el tráfico, el ruido, la contaminación, la bruta y gorda multitud aglutinada frente a un puesto de mashmellos. Todo trash. Los habitantes de estos pueblos, en cambio, tienen que vivir contemplando el espejismo. Me imagino a un grupo de chicas volviendo de Time Square con las pupilas sobredilatadas y los celulares llenos de fotos con fondos de Katy Perry, donde se las ve eufóricas. Bajarse en la estación de su pueblo debe ser lo más parecido a que una bola de bowling te caiga en la cabeza.

 

M descubre una panadería colombiana en la vereda de enfrente. La señala: está cerrada, pero le propongo acercarnos. La calle es un cruce de tres diagonales. Sigue lloviendo con la misma intensidad que hace dos horas. Poquito, débil, como si alguien escupiera. El pueblo, desolado. Algún recorte de esta esquina podría caber en Twin Peaks.

 

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4. King, la china y otra vez el perro.

 

La primera vez que me acordé del perro fue en el avión rumbo a Nueva York. Venía leyendo un libro de Stephen King sobre técnicas de escritura. Se llama “Mientras escribo” y al final, en una suerte de epílogo, el tipo cuenta maravillosamente –¿cómo más?– la noche en que una camioneta Dodge se lo llevó por delante y lo dejó todo roto, en una cuneta, al borde de la muerte. Esto ocurrió en un pueblo de Maine, donde King y su mujer tienen una casa de campo. Leí eso en voz alta, por pedido de M. A M le encanta Stephen King, debe ser porque hace cine y las historias del hombre son “tan cinematográficas”. Yo leí poco a Stephen King pero este libro es una delicia. El caso es que leí el relato en voz alta y buena parte del viaje estuvimos hablando de la escena en que King abre los ojos ensangrentados desde la cuneta donde cayó y descubre al chofer de la Dodge: un tal Bryan Smith, sentado en una piedra con un bastón en las rodillas. El tipo está calmado, incluso –dice King–, se lo ve jovial. En ese mismo registro, Bryan Smith –infractor de tránsito profesional, dueño de un rottweiler de nombre Bullet y de otro de nombre Pistol–, le dice que ya pidió ayuda.

 

Uno de los grandes temas de la humanidad debe ser el llamado sentido común. Esa supuesta facultad que tiene la gente para juzgar razonablemente las cosas. Qué haría uno ante tal o cual circunstancia, qué es lo razonable, qué es el bien, qué es el mal. La discusión es infinita y no tiene solución.

 

Hace meses, en Buenos Aires, un Pablo García –hijo del conocido periodista Eduardo Aliverti– atropelló a un hombre que iba en bicicleta bordeando una autopista. El caso fue escandaloso porque hubo versiones que decían que Pablo García había manejado con el muerto encajado en el capó durante diecisiete kilómetros. Luego fueron desmentidas. Pero durante tres días los medios no dijeron nada. Fue la familia del muerto la que salió a decirlo porque al parecer Pablo García no pasó ni una noche en la comisaría. El papá fue a sacarlo y no habló. Cartas fueron y vinieron: “no soy el diablo”, decía García; “no soy mi hijo”, se defendía Aliverti. Las especulaciones acerca del caso, acerca de lo que debió hacer o no García y su papá, acerca de lo que dijo o no dijo García y su papá, acerca de qué tenía que ver su papá, ocuparían diez carillas. Son esas circunstancias extremas las que nos hacen volver siempre sobre la misma discusión; a preguntarnos de qué está hecho el caldo donde flotan las decisiones que se toman ante algo así.

 

¿Por qué no busqué al perro –o lo que sea que haya sido– para salvarle la vida?

 

¿Por qué Bryan Smith se quedó contemplando al escritor más vendido del mundo mientras se desangraba en una cuneta?

 

¿Por qué Pablo García y/o Eduardo Aliverti no llamaron inmediatamente a la familia del muerto y se pusieron a su disposición –no podemos devolverle a su padre, esposo, hermano, pero…–?

 

La discusión –en Cartagena, Maine o Buenos Aires– es infinita y no tiene solución.

 

Entonces, Port Chester.

 

Supongamos que M y yo casi morimos en Port Chester.

 

Mejor, supongamos que M casi muere en Port Chester y que, si tal cosa hubiese pasado, yo lo habría secundado lanzándome a las vías del tren. O no.

 

La historia, sin supuestos, es así: un auto aparece de la nada.

 

La nada viene siendo una curva negra y cerrada, detrás nuestro.

 

M camina adelante, me lleva de la mano. En los textos, las palabras se suceden. Afuera, a veces, las cosas suceden en simultáneo. El auto choca contra mi pierna, salto hacia atrás para que no me atropelle, suelto la mano de M, el auto lo embiste, lo dobla, lo eleva como un gimnasta que hace un flip flap. Aterriza de espaldas en el capó, rebota y cae al piso, torcido, pero de pie. Y entonces otro auto choca al primero y el primero vuelve a golpear a M, que esta vez se resbala y cae al suelo apoyado en los codos y la cola. El paragolpes del auto se detiene a centímetros de su cabeza.

 

La muerte dura poco, ya está dicho, pero la casi muerte –el recurso histérico– dura una eternidad. Ese tiempo extraño que dura la casi muerte hace que lo que transcurra después cobre en el recuerdo una frecuencia frenética:

 

M se levanta de un salto con una elasticidad insospechada, nos apartamos a la vereda, le pregunto estás bien, él dice estoy bien, se palpa los brazos, le palpo los brazos. Estoy nerviosa y me río, M se ríe, quiero llorar, no lloro, estás bien, insisto, él insiste en que sí, me vuelvo a reír, no lloro, pero quiero. Desde la ventanilla del auto, a medio abrir, se asoma una china: ¿Están bien? Empezamos a asentir, M dice, sí, bien… pero antes de terminar la frase la china se va. Vemos el auto alejarse rápido bajo la garúa: el guardabarros trasero está desajustado y el capó, recuerdo, abollado. Me pregunto si lo llevará al taller.

 

5. …y otra vez Primavera.

 

En Nueva York también llueve. Dicen que es primavera, pero no: es como un castigo, como una apuesta perdida. Queríamos andar en bicicleta, me tracé un largo recorrido mental, paparulísimo: pedalear hasta la costanera del río Hudson –que dura casi toda la isla– y de ahí hacia abajo, al Greenwich, para almorzar, y después seguir bajando hasta el final. Y a la tarde subir por dentro hasta nuestra cuadra cancerosa. Si llovía tenía una alternativa, también paparulísima: ir hasta el food market del Time Warner Center, atravesando el parque. Comer ahí. Después entrar a un bazar que a M –que además de cine hace comidas– le encanta: venden trajecitos para huevos poché; y al final de la tarde apoltronarnos en un bar de whiskies cerca del Lincoln Center a preguntarnos, con pesadumbre pasajera, por qué nos tocó el tercer mundo.

 

Pero no tenemos paraguas –le dije a M. Debió ser mi primera frase del día.

 

De eso hace más de tres horas: ahora son casi las dos y seguimos en el hotel.

 

M no habla desde ayer. Lo último que me dijo fue que, mientras él volaba por los aires, me vio mirar la escena con ojos perturbados al tiempo que gritaba no. Tres veces no –¡no, no, no!–, como si con ese conjuro pudiese detener la tragedia.

 

No hubo tragedia, pero hubo secuelas.

 

Cuando volvíamos de Port Chester, en el tren, le pregunté a M si le dolía algo, si quería que fuéramos a un hospital, si quería que fuéramos a Buenos Aires. Contestaba con gestos, apenas me miraba. Casi podía ver la adrenalina abandonando su cuerpo para darle paso al bajón. Los primeros segundos después del accidente fueron irreales. El accidente mismo fue irreal. Lo real vino después: la sensación aplastante de que casi moriste. Estuvimos parados en esa esquina unos tres, cuatro minutos después de que la china se fuera, y en ese bache confuso se acercó un auto tuneadísimo del que se bajó un puertorriqueño:

 

Brother, prométeme algo, dijo –o rapeó– señalando a M con gravedad. Prométemelo, bro, que vas a ir a un hospital porque, aunque no te duela nada, tú estás sangrando por dentro.

 

—¿Qué? —dije yo.

 

Y él, que no debía dormirse antes de hacerse un full scan:

 

—¡por el toto que sí!

 

Agarré a M por el brazo y me encaminé a la estación, el puertorriqueño hizo un gesto de impotencia, se subió al auto y arrancó con un rugido.

 

La lluvia y el encierro, en general, es un combo que me gusta.

 

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Hoy no. Miro la ventana de nuestra habitación: hay una fila de árboles verdes, altos, mojados. Detrás un condominio gigante: pequeñas ventanas con pequeñas escenas representadas por pequeñas personas. Hay tanta gente haciendo cosas en esta cuadra, que pensar más allá de esta cuadra me marea. Me angustia.

 

A eso de las tres M se levanta y dice vamos. ¿A dónde? Por ahí.

 

Por ahí es el museo Whitney. Está cerca, con esta lluvia no se puede ir muy lejos. Hay una video instalación de David Hockney, un artista pop inglés, ya anciano, que se hizo famoso pintando piscinas en Los Ángeles. Antes vamos al restaurante, que queda en el piso menos uno. Por encima de la pared que da hacia afuera hay un vidrio: se ven personas entrando y saliendo del edificio y piernas chapoteando en la vereda.

 

Pedimos un sánduche de tuna salad. Nos miramos las caras.

 

Al rato M dice que desde ayer hay algo que lo perturba demasiado, que no es el accidente en sí mismo –o no solamente– ni el puertorriqueño terrorista, ni las pesadillas de mis gritos –¡no, no, no!–. Me aclaro la garganta y vuelvo a pensar que estuvo muy mal no ir a un hospital; no lo hicimos porque M temió que al decir “me atropelló un auto” los médicos gringos lo obligaran a internarse hasta dar con algo terrible: una arteria pinchada. Todas las arterias pinchadas, derramándose.

 

Pregunto qué es lo que lo perturba y él empieza.

 

La verdad es que yo odio hablar. Me incomoda profundamente. Odio analizar lo que ya pasó, prefiero tratar de olvidarme, seguir adelante, ciega y negadora. Me funciona. Que las cosas se acumulan, me dicen. Sí, como el spam, y un día lo tiras todo de un impulso.
M está diciendo que después de pensarlo se dio cuenta de que lo que lo angustia de la situación es sentirse como un perro. Es el gesto de desprecio más chocante del que ha sido objeto. Y le parece violento. Le parece injusto que la china lo atropelle y se vaya y lo deje en la calle como un perro. La china no se bajó, no preguntó a dónde podía llevarnos, le daba igual que estuviera sangrando por dentro –ni siquiera se fijó si estaba sangrando por fuera– o que iba a tardar un par de días en recuperarse de un episodio así.

 

Su metáfora me pareció un casi hecho místico, kármico. Debe haber alguna hormona que se activa cuando uno cree encontrar el eslabón que le faltaba para darle unidad a todo. Todo es Todo. El Destino. El Universo. Esa hormona, que no sé si existe, tiene un impacto muy fuerte en el equipo sensorial: los ruidos se agudizan, los olores se condensan, lo que está frente a los ojos cobra formas hiper definidas, luminosas y coloridas, como en la pantalla del Imax.

 

Ahora, por ejemplo, los ojos claros de M se hacen más claros y se cargan de un brillo particular. Pienso que es el brillo de la expectativa, la ilusión de que, desde afuera, va a llegar una epifanía liberadora. Algo que no está en mí –dicen los ojos de M– me va a sacar de este estado.

 

Es algo que yo desconozco y que no le puedo dar. Y eso me entristece: nos veo encerrados en una cápsula inmensa donde cada elemento se relaciona de algún modo, complejo e intrincado, con el otro. Percibo algo, un sistema, una cadena de chips, pero no lo entiendo.

 

M me pregunta qué pienso.

 

Nada, le contesto.

 

La china huyó. ¿Qué habría hecho yo? ¿Qué habría hecho M? Después me dirá que cualquier persona con sentido común no baja la ventanilla, sino que se baja del auto. Yo le diré: a lo mejor no tenía seguro. Y él me dirá: que se joda.

 

¿Qué es el sentido común?

 

¿Qué significa la palabra toto?

 

¿Es posible sangrar por dentro?

 

Estoy cansada. Tuve pesadillas. Siento el cuerpo vacío, las manos vacías. Y no tengo respuestas, no tengo nada, salvo moretones en el cuerpo. Y notas para un artículo, quizá. Tengo varios días por delante en esta rara primavera niuyorkina. Tengo un vidrio enfrente con vista privilegiada a la tormenta. Tengo una fobia recién descubierta. ¿A qué? a las ciudades lluviosas, los pueblos pequeños, las carreteras oscuras, los perros negros, las chinas al volante, el sentido común, los museos.

 

M, con el sánduche en la mano, me pregunta ¿qué tenés?

 

Quiero decirle algo lindo: tengo un futuro contigo. Eso quiero decirle. Pero a lo mejor él no lo considera algo lindo, sino algo cursi. M y yo despreciamos lo cursi. Le puedo decir algo cursi que contemple una ironía: tengo un futuro contigo que excluye a Port Chester. ¿Y qué incluye? Una casa, una huerta, libros y películas: nuestros; hijos: también nuestros; y huevos poché. Tengo ganas de abrazar a M, cerrar los ojos, encogernos como fetos y durar así el tiempo suficiente para generar una carcasa que nos proteja del resto. ¿Por qué? ¿Porque despreciamos a el resto? No, porque le tememos.

 

¿Qué tenés?, insiste M. Deja el sánduche, estira las manos y toma las mías.

 

Desde afuera nos llega la sinfonía de gotas pesadas queriendo romper el pavimento.

 

Nada, le digo, sacudiendo la cabeza: no tengo nada.

 

Nueva York, junio de 2013.  


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