En los relatos infantiles la selva suele presentarse como exuberancia brillante y alegre. Lejos de las imágenes que prevalecen en la industria cultural y con una cadencia perturbadora, la crítica literaria y escritora Elsa Drucaroff relata la oscuridad de la Amazonía ecuatoriana. Palmeras que caminan, pirañas que resultan ser más inofensivas que el pez perro y personas como alimento exótico de las anacondas, entre un grupo de viajeros de nacionalidades distintas. La amenaza latente refleja el temor humano hacia aquello seductor, desconocido e incontrolable. Un texto que emparenta la ampulosidad de los paisajes de Herzog, con la brutalidad mágica de Horacio Quiroga.



I

Hoy vi la palmera caminante; también se llama chonta. Tiene las raíces enormes pero casi completamente afuera, deben hundirse apenas en la tierra arcillosa y sin embargo es descomunalmente alta, como todos los árboles de este ecosistema, que pueden llegar a medir sesenta metros. José Miguel explicó que la palmera se mueve, que si es preciso, para desplazarse desecha sus raíces por largas y fuertes que se vean, y echa nuevas. Nos mostró una a su lado donde se veía claramente una raíz fresca, joven y verde junto a otras amarronadas. Era igual de alta y de fuerte. Siempre creí que vivir sin raíces era puramente doloroso, ahora pensé que no es tan cierto, cada modo de vivir es capaz de encontrar ventajas, disfrutar de sus posibilidades máximas. Todo en esta selva es superficial, nada se arraiga y sin embargo o por eso, precisamente, todo crece. Estoy en una de las zonas con más diversidad de especies y más cantidad de individuos por especie que existen en la Tierra. Eso es la selva: el reservorio, el festival, la locura, la belleza exasperada de la vida. Acá en la selva todo me hace pensar. Este ecosistema que caminamos por la tarde es un bosque caótico y alucinado que los humanos no podemos penetrar sin herir a machetazos, y permanece sumergido bajo el río la mayor parte del año. Cuando el río baja, apenas en los tres o cuatro meses en que descienden las lluvias, se lleva tierra consigo, tierra arcillosa y blanca. Las raíces quedan desnudas, los árboles altísimos colapsan. Ese es el paisaje que veo: monstruosos troncos con raíces enormes tirados en la orilla. Todo es raíz al aire en esta tierra maleable siempre húmeda. Este entorno así de contundente, este paisaje que apabulla, está sin embargo en un cambio furioso y evidente. Largas lianas que vemos, nos dicen, se han hecho así en tres meses. Árboles elevados tienen muy pocos años. Hoy de noche nos han informado que el horario de partida de mañana se fijará minutos antes, cuando sepamos cuánto siguió bajando el río, porque de eso depende el tiempo que tardaremos en navegar los 32 km que nos separan de la entrada de la Reserva del Cuyabeno, de eso dependerán las ramas y troncos con que encallará el bote y cada nuevo esfuerzo para dirigirlo hacia afuera, hacia la civilización.

Estoy en un lugar adonde no es fácil llegar y del que es difícil salir, estoy (acá en el centro del mundo) oculta y aislada en el magma viviente del planeta.

La chonta o palmera caminante no vino sin embargo a nuestro encuentro. Estaba allí, viviendo locamente. Como a todo en este sitio, la topamos nosotros, de metidos, de invasores, en la caminata por la selva cerrada que hicimos durante toda la mañana calurosa, abrumados de transpiración, enterrando las botas de goma en la tierra pantanosa o apoyándolas sobre un suelo de hojas siempre blando, siempre poroso, nunca firme, eludiendo o pisando raíces que parecen lianas y lianas que parecen raíces (raíces… el significante clave cuando leo esta selva), trepando troncos, siguiendo a José Miguel que avanza a machetazos haciéndonos camino.

Inevitable, llegó la metáfora: “se hace camino al andar”. Pablo, el único ecuatoriano del grupo además de nuestro guía, correísta como casi todos los que hemos encontrado, citó a Antonio Machado-Serrat en cuanto salimos del bote y empezó el avance lento a machetazos. El Hor silbó la canción y por un par de minutos pareció que algunos íbamos a cantarla pero no, por suerte las gargantas callaron. Es difícil cantar mientras nos sumergimos ahí adentro, mientras tanta vida habla. Ante el increíble, imprevisto ruido que hace todo el tiempo la selva, nuestras voces pueden sonar como excrecencias prescindibles. De hecho cuando alguno de nosotros no puede evitar hablar o reír fuerte mientras avanzamos con el bote, aprovechando que el río nos coloca afuera, nos protege de la selva, me siento, nos siento, algo tontos, como si nos dejáramos cebar por una falsa sensación de relax. Falsa porque las burbujitas constantes en el agua opaca avisan que la vida no es menor ni más sensata allí debajo, porque las espumas de los sapónidos, la oscuridad de los taninos en esa agua barrosa, los sedimentos que arrastra el río en su implacable bajada, y se descomponen, bullen, los peces que saltan a cada rato porque agua tan densa y poblada no los deja respirar ni a ellos, los insectos que limpian constantemente lo que la bajada ensucia, comiéndose bacterias, la posibilidad siempre cierta de la anaconda deslizándose allá abajo en busca de otras aguas, como gran reina que va temporariamente a su palacio en las afueras, los ojitos fosforescentes de los caimanes que cruzan apenas a un metro de nuestro bote, en plena noche, deberían avisarnos que no hay por qué relajarse: no hay paz ni superioridad alguna porque estemos ahí sentados, cómodos, a salvo del laberinto y sin las botas de goma; nuestras gargantas nada pueden contra esa polifonía demente y barroca de sonidos. Pero bueno, acá las horas enseñan como días y aprendí que los humanos no sólo contaminamos y destruimos, somos también la especie de los tontos buenos y tenemos que dejarnos buenamente hacer de las nuestras.

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Pero aunque yo ahora precise escribir y escribir, el silencio es la gran respuesta que produce la selva. Mañana, cuando salgamos en noche cerrada para mirar amanecer en la laguna, el silencio será absoluto. Tendremos los bolsos ya listos para emprender el larguísimo regreso después del desayuno, estaremos cómodos y sueltos, recostados en los asientitos de madera mientras Yanio y José Miguel se ocupan afanosamente de conducir el bote contra la corriente y sin caudal de agua, por el lento río que decrece. Será la situación más segura de todos estos días, en la que menos serios podríamos estar, y sin embargo nadie hablará palabra, ni durante la travesía oscura ni cuando quedemos balanceándonos en el centro de lo que fuera la poderosa laguna, viendo aparecer los contornos de la vegetación, escuchando cómo se callan las cigarras y los grillos y empiezan otros pájaros a cantar sus cantos y unos aullidos de fantasmas ululan a lo lejos, hasta que de pronto un punto en llamas, doradísimo, un punto apenas, aparecerá entre las ramas de un árbol bajo en el horizonte y yo susurraré “ahí llega” y empezará un ritmo loco donde eso crecerá y subirá como bola redonda y los aullidos seguirán y seguirán. ¿Qué son? Monos, habrá dicho José Miguel, un rato antes, en susurros. Monos aulladores. Nosotros no podremos creerlo. ¿No son fantasmas, no son zombies, criaturas de ultratumba, espíritus de los animales depredados que gimen desde el fondo de la tierra? El guía dará una explicación precisa y entusiasta sobre las cuerdas vocales de esos monos y su particular conformación. Por primera vez me fastidiaré escuchándolo, la bloquearé, decidiré que no voy a entenderla. Preguntaré por qué aúllan. Canto territorial, tributo al sol, dirá José Miguel. Y con esas pocas palabras únicas otro día empezará otra vez, todo se pondrá en marcha, recordaré a Serrat y su palomita de tres primaveras que amasan el mundo cada vez que se canta esa canción, pero no cantaré ni silbaré ni diré nada porque cada uno de los que estamos ahí: Yanio, de la comunidad siona, dueño de esa tierra y conductor del bote, Aleida y Helena, las encantadoras muchachas belgas, el holandés silencioso que parece Rambo, Pablo, y Angelo, el italiano profesor de sumba, Hartwig y Matías –dos alemanes sensibles, llenos de intereses-, Marie y Bernard -el matrimonio francés-, el Hor, el guía José Miguel y yo, con nuestras ocho lenguas diversas que van del español al paicocá, con nuestras naciones diferentes, nuestras propias raíces que no pueden confundirse, seremos, ese amanecer, únicamente algo: miembros de la especie humana, la especie que todo lo mira desde el bote a motor, la especie ajena, alienígena.

II

Ahora estoy sentada sola al atardecer en las escaleras del muelle, mirando el río Cuyabeno, que hacia el sur serpentea y hacia el norte es una sola curva abierta. Este es el momento en que cesaron los zumbidos de los bichos que festejan el sol y los pájaros cantan un poquito menos. Las chicharras, en cambio, se han lanzado unánimes al coro, también empiezan los grillos, algunos loros gritan cada tanto, hace pocos minutos sonaban las notas breves (gotitas en el agua) de la oropéndola. Reconozco sus nidos que cuelgan como enormes testículos de las ramas de los árboles, reconozco el oro de su cabecita, su cuello y su vientre, reconozco su brevísimo, bellísimo canto. Sabiduría reciente. ¿Qué me hace aprender tan rápido en este lugar donde nada de lo que sabía cuando llegué me sirve? Es como si me selvatizara, como si yo también creciera veloz e inesperadamente en direcciones imprevistas. Es como si el río me lamiera a mí también, limara mis raíces y les dijera que valen menos, mucho menos de lo que parecía, que la vida del aquí y ahora es una razón más poderosa que cualquier pasado. Y en el aquí y ahora ha sonado esta oropéndola y yo la pude escuchar, en el aquí y ahora ya no suena pero sí sigue el río discurriendo hacia el sur, dejándose ir, perdiendo agua.

El grupo se fue a ver atardecer en la laguna casi seca, ahí donde veremos salir el sol en la próxima madrugada. Nos llevan allí porque el ecosistema es diferente: las plantas y árboles son achaparrados, bajitos, el agua inunda todo once meses al año. Hemos venido al Río Cuyabeno, casualmente, en el único mes en que el sol no se hunde o nace en la laguna sino en ese bosque pequeño que se extiende tras amplias playas de barro. Anoche caminamos por ahí, nuestros pasos se hundían hasta la rodilla y el guía nos enseñó un truco hábil para arrancarnos y seguir pero alguno lo hizo y salió su pie solamente, sin la bota, otro se resbaló y empujó al de adelante, que se cayó de bruces, todo eso creó muchas risas y por un rato fuimos lo que somos: turistas tontos tambaleándonos en un mundo ajeno, turistas alegres de buena voluntad burlándonos tiernamente de nuestra torpeza, turistas tratando de hacernos amigos de lo que tememos. Pero después, aquella noche, vimos bajo los chorritos de luz de nuestras linternas cómo un caimán de dos metros salía del agua en la orilla de enfrente, lento, tranquilo, perezoso, mostrándonos sin mezquindad su completa fusión con la noche, la humedad, la laguna que decrece. Y nuevamente nos pusimos serios.

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Pasa algo cuando pasan esas cosas. Quiero decir: cuando algún ciudadano de esta hermosa tierra ajena se nos manifiesta así, tan generoso; cuando se deja ver como si realmente nosotros no estuviéramos. Nos pasa algo. Hay gratitud, estoy segura de que todos la sentimos. Exclamamos como niños, señalamos, las camaritas de fotos suenan enfebrecidas, el guía se pone eufórico y explica todavía mejor, todavía más largo y detallado. Cómo ama hacernos saber las cosas este guía. José Miguel se ilumina como si se sintiera la voz humana que la selva permite, como si pudiera ser algo así como su maravillado agente de prensa y dice Boys and girls, chicos y chicas, lo que acabamos de ver… Lo dice con su hermosa voz masculina y estentórea si es de día pero esa noche, la del caimán, estaba él también casi sin habla, susurraba. Porque el caimán era de los grandes, porque caminaba tan cerca, porque sus ojitos de lamparita, farolitos chinos, llegaron deslizándose por el agua negra pero después, ajeno a los haces de nuestras linternas, su cuerpo entero emergió, prehistórico. Y nuestro guía ama tanto la selva que quisiera creer que él la convoca. Nos dijo “qué suerte que tuvieron” pero era claro que sentía que él era el artífice de esa suerte. Y tal vez tenga razón, irradia energía.

Como cuando descubrí al halcón negro de cabeza roja parado en la orilla y todos vimos que arrastraba un pescado con la garra y lo vimos picotearlo y después volar, llevándoselo colgado de la pata: José Miguel nos hizo una explicación enardecida. O como cuando otro halcón picoteó a un cormorán en el aire y el cormorán logró escapar, o como cuando una morfo (una mariposa del tamaño de mi mano y de alas negrísimas del lado de afuera, que se abrían para volar y descubrían el celeste más intenso y más plateado de este mundo) no solamente sobrevoló el río, como tantas morfo, sino que atravesó nuestro bote bordeando hilera por hilera los banquitos con gente y a mí hasta me rozó la cara: qué afortunados somos, nos decía el guía, estas cosas a veces se ven pero a veces no y también dijo, cuando la morfo me rozó, que nunca en seis años había visto que una de ellas entrara así a un bote de turistas.

Ahora las aves ya no atruenan como en la mañana pero se dejan ver y oír. En estos tres días vi más aves diferentes que durante mi vida entera. Previsibles y monstruosas, pequeñas, grandes, de colores extraños, apagados o intensos, tucanes de enormes picos, papagayos, los hoaxim prehistóricos y malolientes, gallinazos de diferentes colores, loros, patos aguja que cuando nadan en el río parecen culebras con la cabeza afuera, garzas de un blanco deslumbrante y garzas rayadas como tigres. Vi pocos peces pero los sentí moverse, burbujear y los vi saltar al lado mío. No vi el enorme pez paiche de tres metros que brincó junto al bote porque estaba distraída, sólo escuché los gritos de mis compañeros de grupo y el entusiasmo de José Miguel. No me perdí en cambio al pez perro que saltó del agua y tuvo la mala suerte de caer en nuestro bote. El guía lo tomó con precaución y nos mostró sus dientitos temibles que mordían feroces al vacío, antes de devolverlo al río. Después yo misma devolví al río una pequeña pirañita transparente, redondísima, plateada. Una piraña bebé que cayó exactamente a mis pies como un regalo y se puso a colear desesperada. Me la mostró el holandés muy joven, silencioso, el que resultó ser teniente segundo del ejército neerlandés, me la mostró con una sonrisa. Fue la primera vez que me sonrió. La segunda fue cuando nos dijo en inglés al Hor y a mí: “ustedes son argentinos, yo conocí a Máxima, ella me dio la mano en una ceremonia”. Pero eso ocurrió un poco más tarde. Ahora, cuando cayó la pirañita, el Hor la levantó con ternura y me la dio para que yo la devolviera al agua. El Hor, que antes no quería venir a la selva, ahora me agradece que lo haya convencido y planea viajes conmigo remontando el Amazonas, de Belén a Manaos, de Manaos a Iquitos. La palabra piraña da miedo pero no tuvimos ninguno porque acabábamos de aprender que es mucho menos agresiva que el pez perro. De hecho su mala fama es más bien cosa de Hollywood: las pirañas no son peligrosas para los humanos a menos que estén encerradas en un estanque y hambrientas. Nada de eso ocurre en este río donde de todos modos el guía no nos deja mojar.

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Me dejó una vez, ayer por la tarde, pero en el recodo que bordea a la comunidad indígena de San Victoriano adonde fuimos de visita. Fui la única que se bañó. El calor es incesante, el sopor me aplastaba, venía de dormitar tirada sobre un banco incómodo hecho con ramas, estrecho, alucinando palabras de duermevela donde se mezclaban los idiomas que cambio atropelladamente para dirigirme a los distintos miembros de este grupo. Seguía medio tonta de calor y además el Cuyabeno me llamaba; obtuve permiso, me dejé convocar y mantuve las alpargatas puestas al entrar (consejo de José Miguel), para evitar lastimarme con las famosas raíces en carne viva, con los famosos troncos colapsados. Las culebras de agua, las anacondas, los bichos que muerden o pican gravemente no eran ahí un peligro porque evitan este lugar humanizado por la comunidad siona, que ha vuelto este recodo de selva un bosque secundario, con especies sembradas (café, mandioca, ají). Había nenitos de la comunidad jugando ruidosamente en el río así que me metí con confianza, aunque al primer paso me hundí en el barro hasta la rodilla. Pero el cuerpo agradeció el agua (todos los cuerpos deben agradecer el agua en esta selva hirviente) y logré zambullirme pronto; descubrí que, aún así de bajo, el río se hace profundo de golpe. No hice pie de inmediato, el río se me metió en la piel, en la cabeza. Por eso no me subí al bote con los otros, llegué con unas brazaditas. Si me quedara pocos días más sería capaz de nadarlo de orilla a orilla en ese recodo, es increíble cómo el miedo retrocede. Mientras entraba al agua, los otros me alertaban riendo: “ahí viene la anaconda”. Las anacondas pueden llegar a tener 12 metros de largo. Las anacondas matan y después te comen. Las anacondas sí son peligrosas. Presionan como miles de toneladas, mucho antes de que mostraran toda su magnífica capacidad de presión yo ya hubiera muerto crujiendo entre su abrazo. Pero cada vez hay menos anacondas en el Cuyabeno, la explotación petrolera de la provincia de Sucumbios ha contaminado incluso esta reserva, una de las más profundas e incontaminadas de la Amazonía. En todo caso, nuestro grupo no tuvo la fortuna de encontrar anacondas aunque el guía haya dicho que tal vez podríamos verlas. No bajo el agua, porque bajo el agua acá no se ve nada, pero sí enrolladas en una rama a la orilla, calentando su formidable y grueso cuerpo sin fin, tomando sol o digiriendo lenta, suavemente, algún bicho grande que se hubieran comido. José Miguel dice que en estos tiempos son muy raros los accidentes de humanos con anacondas, por un lado porque cada vez se ven menos en esta parte de la selva y por el otro porque ellas evitan a las personas. Usó esa palabra, “accidente”, como si morirse por una anaconda fuera un choque por exceso de velocidad, un automovilista alcoholizado, idiota y transgresor que consigue que la emperatriz de la cadena alimenticia le preste alguna atención, se ocupe de su estúpida existencia, se digne a digerir un plato exótico.

Yo quiero ver una anaconda. La quiero ver de lejos reposando al sol o la quiero ver pasar, interminable, cerca de mi bote. De hecho en cada tronco que se adivina abajo la imagino. Todos la queremos ver, todos la imaginamos, se ha vuelto el chiste del último día hacer un reclamo por escrito a Jamu Lodge, nuestro campamento, porque no ha aparecido ninguna. We want our money back! decimos. Me pregunto por qué este deseo y por qué esta confianza serena en que ella será ella y hará su camino, y dejará a nuestro bote hacer el suyo, esta certeza de que si la topamos en un árbol, como espera el guía, con nuestras botas de goma, internados en la selva, él la señalará, la explicará y la miraremos sin que ella nos registre.

 

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Creo que entendí algo que antes no tenía tan claro, algo que seguramente olvidaré cuando la civilización regrese y el mundo recobre el orden que conozco, cuando el orden que estudio en los libros, que enseño o incluso escribo, vuelva a ser útil. Lo voy a olvidar y por eso lo enuncio ahora: porque aunque será inevitable el olvido necesito que quede dicho y recordarlo cada vez que lo precise. Aprendí que la vida es un complejo, inabarcable caleidoscopio al que pertenezco pero que allí, como humana, soy apenas un puntito. O ni siquiera eso, no soy nada, soy la imbécil que molesta, que destruye, la que se pone el repelente para evitar mosquitos, la de la especie que dinamita y mata por matar. Es decir: aprendí que la anaconda no me odia y no somos enemigas. Ella en este lugar es hermosa y poderosa y yo, una inútil extranjera cuya única inteligencia es callarse y observar. No le tengo miedo a la anaconda y deseo verla por eso, porque su autoridad se me impone sin amenaza alguna y quiero ser capaz de honrarla sin temor ni reverencia, de apreciar su belleza quitando cualquier protagonismo imaginario en el que soy su víctima, quiero mirarla como ningún automovilista imbécil jamás será capaz de mirar el auto más grande o más caro, la cuatro por cuatro imponente, el camión acoplado, quiero mirar a la anaconda con religioso respeto de una religión sin Dios, una religión que consiste únicamente en saberme parte del planeta donde ella, tantos más y yo misma convivimos. Humilde pero no servil, ni súbdita ni amiga ni piadosa, nada de San Francisco domesticando a nadie, nada de amor que oprime y levanta su dedito. Apenas yo, mi cuerpito limitado que ella podría hacer crujir, yo, mi voz ilimitada y mi escritura que a ella no le van ni le vienen.

Anaconda. Todavía recuerdo con fuerza ese cuento de Horacio Quiroga donde ella toma bajo su protección a un hombre herido. Lo leí siendo casi niña, necesito releerlo urgente. Esta es la primera cosa que acabo de añorar de la civilización: un libro de Horacio Quiroga. La próxima vez que venga voy a traerlo conmigo.


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