El New York Times lo nombró entre las 10 estrellas globales en ascenso. El ecuatoriano Nicola Cruz es músico, DJ y productor. Hace folklore digital o electrónica orgánica, y acaba de tocar en la Argentina. Lo suyo es la música de raíz pero en un ambiente más fiestero que chamánico. Micaela Ortelli bailó en su fiesta, y en esta crónica deletrea al rey de la selva y su hábitat. Cómo pertenecer al mainstream sin perder el amor al arte.



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Nicola Cruz toma vino de un vaso en la terraza de una casona en Villa Ortúzar. Son las ocho de la noche de un viernes y está prendido el fuego para un asado en su honor. Ya hay invitados acomodados alrededor de la mesa; él se sentó en la esquina más alejada de la parrilla: viste Nikes negras, bermuda del mismo color y una camisa vintage violácea con sus hombreras vencidas. No aparenta más ni menos de la edad que tiene –31 años cumplidos en diciembre–, y es de esos artistas perfil bajo que, con la mejor onda, se someten a las entrevistas. Cuando dice “mejor abajo”, su preocupación –se nota– no es la privacidad sino la calidad de la grabación.

 

El 13 de enero, la versión impresa del New York Times lo incluyó con foto entre diez estrellas en ascenso de distintos continentes para tener en el radar en 2019. Lo presentó el legendario crítico Jon Pareles, como un músico, DJ y productor de Ecuador prestigiado en el circuito de clubs internacional. “Las piezas que construye artificialmente suenan extrañamente naturales”, cierra el párrafo Pareles, y anuncia el lanzamiento del segundo álbum, Siku –“una flauta de pan de los Andes”–, el 25 de enero.

 

 

A Nicola Cruz el éxito parece sentarle cómodo, necesario, correspondido, como a un animal su belleza, como quien vive de un modo sencillo los frutos de ser quien es. Se mueve en un entorno benévolo, también. Si bien este folklore digital o electrónica orgánica –los mejores términos para definir la evolución de la música de raíz– es una rueda de producción y consumo global, sus números están lejos de ser competitivos en la industria, y los músicos preservan su libertad de trabajar por curiosidad y amor al arte.

 

Básicamente, se trata de una escena de exploradores: de viajeros literales y buceadores de sí mismos. Es comunitaria, porque se nutre de la búsqueda y el descubrimiento –de instrumentos, rítmicas, otredades–. Aunque a la hora de subirse al escenario los artistas suelen ser austeros. Ofrecen un viaje sonoro, o una fiesta, más que un espectáculo. Nicola Cruz, por ejemplo, no pondría músicos o bailarines en su show ideal. Sólo necesita que la sala tenga un sonido cien por cien expresivo. “Tal vez estamos acostumbrados a que más es mejor, y de repente, la clásica: menos es más”, dice.

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Para llegar a él, antes hay que pasar por su editor: Grant Dull, un tejano que estudió humanidades en San Diego y vivió al menos en China, Ghana, España y Brasil hasta radicarse en Buenos Aires en 2004. Fan de Borges y Piazzolla, fue el creador de la web bilingüe What’s Up Buenos Aires (qué pasa Buenos Aires) y, junto a los DJs Villa Diamante y Nim, de las famosas fiestas electro cachengue Zizek. La comunidad artística surgida de esas noches –músicos y productores experimentales, pero también gente vinculada al diseño gráfico y audiovisual– impulsó la creación en 2008 de ZZK Records, hoy un sello de referencia mundial en lo que a esta música respecta.

 

 

A decir verdad, no hay que pasar por él para llegar a ninguno de sus artistas. De hecho, mientras el jueves a las tres de la tarde uno de los principales activos del sello prueba sonido en Niceto, Grant, de 42 años, está sentado al sol en el bonito Café Cuervo de Palermo, tomando un trago corto on the rocks. Pero resulta una buena oportunidad para conocerlo ya que en breve, dice, entrega su depa, arma una valija y se va a Los Ángeles: “Necesito más cielo, más cosas para hacer”.

 

 

A fines de 2013, el colorido mundo de Zizek había alcanzado cierta meseta. Por un lado, se veía la conquista de una subcultura establecida con artistas de exportación: Pedro Canale como Chancha Vía Circuito –el más conocido: sonó en la serie Breaking Bad con el remix de “Quimey Neuquén” de José Larralde–, El Remolón, King Coya, o Tremor en formato grupo. Por otro, se sentía el desgaste “personal, espiritual y económico” y una fuerte necesidad de descansar.

 

Así fue que al ponerse en contacto Nicola, Grant estaba tranquilo y le pudo prestar atención. Hoy en sus talleres de management musical lo usa de ejemplo: un mail bien redactado, al punto, con links. “No mandás un choclo con archivos WAV”, dice. Fue su primer acercamiento a la música ecuatoriana, tanto tradicional como moderna. Nicola, que en su CV llevaba haber girado con el muy respetado productor chileno-americano Nicolas Jaar, enviaba cuatro temas terminados buscando editarlos como EP. Grant tuvo un solo comentario para hacerle: “Hacete unos temas más y hablamos en unos meses”.

 

 

Prender el Alma fue el lanzamiento más importante de ZZK en 2015. Convirtió a Nicola Cruz en el referente principal de esta música en su país –él la bautizó “andes step”– y le dio una carrera internacional (hoy lo contratan de Londres y Berlín, y también de Japón, Rusia, Turquía o Corea del Sur).

 

A su vez, Grant quiso conocer Ecuador, donde encontró un nuevo manantial: “Una escena emergente, colaborativa, ambiciosa, verde para trabajar, como encontré en Buenos Aires hace diez años”, dice. Con nuevos socios, fundó el subsello AYA para editar y difundir artistas de allá (Mateo Kingman, EVHA, Río Mira son los primeros) y armó una productora audiovisual. En 2017 se estrenó en el BAFICI el documental Sonido Mestizo, dirigido por Pablo Mensi, un recorrido musical por las tres regiones del país –las sierras, la costa y la selva– con testimonios de referentes de distintas generaciones y origen étnico, en diálogo para mantener vivas y expandir las tradiciones. Una perla ya liberada en You Tube.

 

“Me parece que la escena está llegando a un punto caramelo”, dice Grant. “No es una burbuja, tampoco una tendencia, sino una evolución de la música de ciertas tierras, que está pasando aquí, en África, Asia. Todos artistas con visión y los pies en la tierra, que para mí están marcando un camino histórico, van a ser recordados en el tiempo.” Sobre el nuevo álbum de Nicola sólo dirá que “pasó con moño” y están muy contentos: “Siempre un segundo disco es más amplio porque el artista se fue a curtir el mundo. Además, Nicola no se mete en cosas livianas. Se mete profundo o nada”.

 

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“Nicola es un obsesivo y logra un sonido hi-fi muy zarpado, dice Diego Bulacio: “Acerca gente que no es de la electrónica, y a la gente de la electrónica la lleva a un lugar nuevo, le da algo orgánico que no encuentra en un tema de house normal”. Habla desde el Centro Cultural Recoleta, donde está por arrancar la nueva temporada del ciclo Por Amor Al Baile. Si hay algo que ha hecho en su vida Villa Diamante –el alias que usa Diego hace mucho– es escuchar y seleccionar música; y cuando en su momento Grant le mostró los temas que había mandado Nicola, aprobó sin dudar.

 

Fue prácticamente su última injerencia en ZZK. Hoy que hay productores directamente en formación con artistas del estilo (Kaleema aprendió con Chancha, por ejemplo), se produce material de sobra para que existan nuevos proyectos –el festival Puente, por ejemplo, que organiza Villa Diamante con su chica y llevan a distintas provincias– y armar sets de cinco horas para el bar de moda en los arcos de Palermo. “Prender el Alma fue palabra mayor, semilla de un montón de productores”, sigue Diego: “Ya quiero escuchar el nuevo a ver si logró ese segundo gran disco”.

 

 

Esteban Valdivia, uno de los músicos que participa, destaca la capacidad de Nicola para integrar los sonidos y equilibrar: “Sabe combinar una flauta con electrónica para que se escuchen las dos cosas al mismo tiempo. Porque pasa muchas veces que el productor de electrónica se quema el oído y no escucha un carajo”, dice.

 

Atiende la videollamada desde su casa en la mitad literal del mundo, donde se divide el norte del sur: el volcán Ilaló en las afueras de Quito. Esteban, arqueólogo musical y hermano de otro valor argentino, Sebastián Acampante, fue el encargado de la parte sonora de un proyecto personal muy loco de dos hermanos arquitectos, Pablo y Juan Alfonso Peña Sojas. Una especie de centro cultural-espiritual calado adentro de un pedazo de volcán que compraron. Le construyeron una casa y un taller de cerámica, y desde hace poco más de un año, Esteban vive ahí con la mujer.

 

Originalmente, se fue a Ecuador a estudiar los instrumentos más antiguos del período prehispánico. El proceso culminó en una exhibición importantísima en París y un libro compilatorio que salió hace un año. A raíz del artículo que escribió sobre las flautas de pan, Nicola lo invitó a grabar algo juntos, y Esteban, que sabe reconocer el origen espiritual de la música electrónica –“son todos tipos que se fueron a Medio Oriente a investigar”–, pero lo suyo es la acústica en vivo, propuso que sea en las cuevas: “Ahí está la magia”.

 

 

Fueron dos horas muy precisas y una charla con café: “No, con Nicola no se flashea”, se ríe Esteban. Grabó siete pistas con cinco flautas distintas, y de ese material súper vital, combinado con el fuerte de Nicola, la percusión programada, está hecho “Arka”, el eufórico single adelanto del disco, y lo único nuevo reconocible el jueves a la noche.

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“Si pasás bailando vas a llegar a todos lados”, dice un simpático en la pista de Niceto. El lugar vendió toda la capacidad y se llena durante la apertura de Uji, argentino de Buenos Aires criado en distintos países de Latinoamérica y Estados Unidos. Uji hizo carrera con el dúo Lulacruza y en junio lanzó su debut solista, Alborada. Próximamente, tiene fechas en Barcelona e Indonesia.

 

 

Al escenario lo adornaron emulando naturaleza selvática. Nicola toca entre las plantas durante dos horas, bebiendo porrones de Stella, y de a ratos baja una cascada de luz blanca que lo hace ver angelical. No se detiene para aplausos y apenas levanta la vista de los controles (“tengo mucho para hacer”, dirá después).

 

El ambiente es más fiestero que chamánico –hay gente de anteojos de sol y agite dale, dale– y Nicola parece responder con momentos casi tecno. Luego baja a atmósferas björkianas y acechantes. Tiene la capacidad de hacer entrar en sí mismo al escucha y estimular la corriente mental, al mismo tiempo que el cuerpo se mueve. Hila con genialidad sus temas impredecibles y demuestra todo el tiempo lo que verdaderamente es: un mago de la fusión de sonidos. Vientos andinos, cuerdas orientales, melodías brasileñas, líneas de sintetizador, alguna voz increíble, todo suena como un solo corazón. Lo único que no sucede en la pista es la hermosa calma de los temas de estudio.

 

 

 

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En la casona de Villa Ortúzar empieza a sonar el timbre a cada rato. “Gracias de vuelta por anoche”, dice el chico que acaba de entrar cuando lo saluda. Nicola llegó a Buenos Aires desde Tulum durante la madrugada, el mismo día del show. Estaba contracturado y cuando se hizo el día pidió un quiropráctico. Mañana temprano toma otro avión a Chile y pasa por Uruguay antes de volver a Ecuador.

 

En su casa en las afueras de Quito, la zona del valle cerca del Ilaló, Nicola levanta la vista y ve verde. Esto, “una vida bastante campestre”, ha sido así desde que los padres decidieron volver de Limoges, Francia, cuando él tenía tres años. Con un intervalo en la temprana juventud, entre 2007 y 2011, mientras estudió en el DF. “Fue suficiente”, dice: “Nunca más sentí la necesidad de vivir en la ciudad”.

 

 

Es un hombre que necesita ejercicio físico: durante muchos años practicó capoeira pero en el último tiempo lo que le rinde es el gimnasio. Intenta ser lo más fiel posible a su naturaleza cuando está de gira –conectar con el lugar, mover el cuerpo, descansar bien–, pero no siempre puede, como esta vez. No se queja porque él decide cuándo no agendar fechas y quedarse en la casa.

 

Ahí se mantiene siempre ocupado: tiene un estudio. “Paso bastante tiempo componiendo, ese es mi hábito”, dice. Sus amigos músicos lo visitan con frecuencia. En Siku, que se puede traducir como “tocar de a dos”, hay mucha presencia de ellos. “Si bien mi nombre representa el disco como tal, somos todos. Huaira, Juan Diego Illescas, muchos me ayudan a colorear estas piezas. Suena medio macabro pero yo lo veo así”, sigue, y lo que agrega es con toda dulzura: “Ya ves que el productor de electrónica está programando máquinas, siento que a veces los programo a ellos”.

 

 

Se las ingenia para no contar demasiado, y se cubre la boca al reír, como al recordar que fantaseó con estudiar ingeniería mecatrónica. Hijo de un psiquiatra que coleccionaba instrumentos musicales autóctonos y de una mujer que dedicó su vida “a repartir amor y generosidad”, a los once años pidió que le compraran una batería. Esa descarga, sin embargo, no lo hizo menos fan de las ciencias físicas ni lo hizo hacerse menos preguntas existenciales. “La convergencia de mis intereses fue la ingeniería de sonido”, piensa.

 

En su caso, la música folklórica siempre estuvo alrededor: “No hubo chance de pensar si me gustaba o no, era algo que se respiraba”. Después, cuando empezó a componer electrónica, luego de años de trabajar como DJ, el sonido sintético europeo le salió con naturalidad. El punto de quiebre fue “Sanación”, la apertura de Prender el Alma: “Me di cuenta de que se había creado algo interesante, vanguardista, que tenía identidad”. Nada sabremos del proceso personal de autoconocimiento que hizo brotar su sonido actual: sólo la música.

 

 

Si observa su vida, piensa que todo ha sido consecuente, y nunca fue de hacer muchos planes porque “nada es cierto: mañana te mueres y ahí se acaba”. No quiere casarse con ideas y es imaginable para él terminar sus días con un proyecto de dub y reggae en la playa.

 

Empieza a contar sobre su llegada a ZZK –se sentía emparentado con Chancha Vía Circuito y buscó quien lo editaba– y la sorpresa al enterarse de que a un sello así lo dirigía un gringo. Entonces, claro, tocan timbre y es Grant Dull.

 

–Hablábamos de vos– dice Nicola.

 

–Como debe ser– responde él, y sube la escalera con una lata fría de cerveza.

 


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