Recién en 2008, y después de un juicio, Carlos Nair pudo usar el apellido de su padre, Carlos Saúl Menem. Un año antes, el hijo de expresidente se había vuelto famoso para el gran público argentino como participante de un reality show. Del programa de entretenimiento saltó al noticiero: accidentes, armas, drogas, robos, cárcel. Un fragmento de “Carlitos Way. Vida de Carlos Nair Menem” (Tusquets), de Victoria De Masi.



Fotos: Instagram Carlos Nair Menem

 

Carlos Nair Menem tarda en llegar. Es el 15 de diciembre de 2012, una tarde limpia. En el fondo de las acequias hay barro y basura. Están secas. Hace tiempo que aquí, en Godoy Cruz, provincia de Mendoza, piden por la lluvia como quien implora un milagro. Tanto falta el agua que entre las ocho y las diez de la mañana está prohibido baldear las veredas, pero los grifos se abren a escondidas: riegan los jardines durante la madrugada.

 

Llevo más de una hora esperándolo. Carlos Nair dijo que después de las dos de la tarde pasaría a buscarme por el hotel en el que estoy. Luego me avisó que la cita se pospondría tres horas. Más tarde llamó dos veces para preguntarme la dirección del hotel y, cuando le propuse ir donde él estuviera, desplegó una ráfaga de excusas: que el lugar no está definido, que hubo ciertas complicaciones, que el calor, que la siesta. Cada tanto pasa el trolebús por la avenida Cervantes. Espero.

 

De Carlos Nair sé algunas cosas. Sé, por ejemplo, que coquetea con armas y con mujeres; que lo apasiona la velocidad y que varios accidentes de tránsito que protagonizó lo dejaron renqueante y dolorido; que prefiere la noche; que fue gordo, que fue flaco, que fue obeso, que fue raquítico. Alguna vez, durante una entrevista, dijo que fuma cigarrillos Parisiennes porque a las demás marcas no les siente el sabor. En las fotos suele mostrar sus tatuajes. El que más le gusta es el que lleva en el brazo derecho, un homenaje a su medio hermano, Carlos Saúl Facundo Menem, al que él —y el resto de su familia paterna— se refiere como “Junior”. Usa un Rolex. A veces lleva dos relojes. Cuando le preguntan qué quiere ser, él dice: “Me gustaría gobernar La Rioja para ayudar a la gente”. Y si le preguntan sobre su madre, Martha Elizabeth Meza, que murió en enero de 2003, él responde, huidizo, que su muerte lo entristeció demasiado. Se sabe que durante muchos años peleó por conseguir que su padre, el ex Presidente Carlos Saúl Menem, lo reconociera legalmente. Peleó por obtener su apellido ante la Justicia, lo mendigó en revistas y en programas de televisión, pero lo consiguió recién en 2008, después de ocho años de juicio, aunque nunca dejó de tener relación con su padre. Ahora, desde hace seis meses, se recluyó en esta ciudad mendocina.

 

Cerca de las cinco de la tarde, tres horas después de la cita original, vuelve a llamar. Dice que no recuerda por dónde debía pasar a buscarme.

 

Godoy Cruz es una ciudad de costumbres. Forma parte del conglomerado urbano del Gran Mendoza, al sur del departamento de Las Heras, y viven casi doscientas mil personas. Está ubicada en la planicie del Piedemonte, tiene un centro cívico clásico cuyo núcleo es una plaza. Alrededor están la municipalidad, la iglesia San Vicente Ferrer, un centro cultural, la comisaría y el registro civil. En febrero eligen a la reina de la Vendimia en una celebración típica que reúne turistas del mundo todo, que llegan atraídos por la buena cepa de los vinos, la famosa Cervecería Andes y la sofisticación de las bodegas. Pequeña pero pujante, en Godoy Cruz también explotan la producción de ajos y cebollas, conservas y vinagres. Hay un Jockey Club y un hipódromo con tres pistas —una de 1.900 metros— y capacidad para diez mil personas.

 

Allí, cada julio se disputa el Gran Premio Santo Patrono Santiago. También es la ciudad de El Tomba, el equipo de fútbol que en 2005 ganó el torneo Apertura de la Primera B Nacional y al año siguiente ascendió a Primera División. El 20 de marzo de 1861, la sacudió el terremoto más destructivo de la historia argentina, de

7,2 grados en la escala de Richter: seis mil muertos sobre dieciocho mil habitantes y la ciudad hecha escombros.

 

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Aquí se duerme la siesta. No importa si es día hábil, feriado o sábado. Entre las dos y las cinco de la tarde, la ciudad se paraliza. Quedan apenas el aire perfumado de glicinas y las cotorras suspendidas en el cablerío. Las copas de los paraísos se mecen con la brisa y proyectan en el asfalto una sombra oscilante. El sol cae a chorros. Por la calle Cervantes vuelve la línea 5 del trolebús y para en la esquina. Un envión eléctrico activa el recorrido y parte el silencio del sueño meridiano. Después, el ruido de una frenada y el quejido de un motor. Carlos Nair dobla en la esquina y toca bocina. Se detiene frente a la puerta del hotel y abre la puerta del acompañante para que suba. Usa lentes de sol de marco blanco. Son gruesos, amplios: apenas dejan afuera la nariz y la boca, rodeada de una barba de días. De su cuello cuelgan varias cadenitas con un crucifijo y una medalla del club River Plate que se apoyan, livianas, en la remera clara. No se ha abrochado el cinturón de seguridad pero sí pasó la correa por detrás del asiento y trabó la pieza en el enganche para evitar que sonara la alarma del auto.

 

—Este Siena es una poronga. Y Flavio es un pelotudo porque no me avisó. ¿Escuchás? El motor. ¿Ves? Mirá… No tiene frenos. Este auto es una poronga. Esta mierda se para, no lo puedo creer. A ver, correte… Me tapás el espejo. Bajá el vidrio, que tampoco tiene aire. Y la gente es boluda, eh, porque lo compra.

 

El auto no tiene frenos. Serán el líquido de frenos, las pastillas o los discos. No importa, no frena: va derecho, dobla pesado como un elefante, la caja se traba, los cambios no pasan. Carlos Nair conduce con la ventanilla baja mientras nos envuelve el Zonda, ese viento caliente que levanta polvo. El Siena de Nair corta el aire endiablado como una tijera, sin detenerse en los semáforos.

 

—Quiero helado. Vamos a comprar.

 

Pregunto cómo vamos a hacer para estacionar sin frenos. Entonces él inclina todo el cuerpo hacia la derecha, y siento el roce de su brazo en el mío y el humo del Parisiennes que fuma en la cara. En una maniobra precisa acciona el freno de mano y quedamos frente a la puerta de Grido, su heladería preferida. Apaga el motor y baja del coche. En la vereda, le da una última pitada al cigarrillo y lo arroja al cordón, sin mirar. Lo veo de pie: jeans oscuros, zapatillas negras, delgado como una bicicleta. Entramos en la heladería y la gente lo mira, se codea, lo señala sin discreción. Pero él no registra nada. Achina los ojos y lee el cartel que ofrece los gustos.

 

—¿Vos de qué querés? —pregunta.

—Chocolate con almendras.

—¿Y eso es un gusto? Poneme dulce de leche, flan, tiramisú y ese que quiere ella.

 

El heladero completa el kilo y Nair me pide un peso. Sé que tiene cambio porque veo su billetera, pero me lo pide igual, en voz baja, como en secreto. Le doy un billete de dos y se queda con el vuelto. La cajera estira la bolsa con el envase de telgopor y unos cucuruchos de regalo. Con un movimiento breve de mentón me indica que lo agarre mientras él busca al heladero.

 

—Che —le dice—, pasate por la concesionaria esta semana, hay un autazo, un Siena. Mirá —señala— es ese azul que está estacionado. Vale la pena, eh.

 

Antes de volver al auto, me pide que lo acompañe porque quiere ver algo en el Paseo Stare, un pequeño complejo comercial ubicado en Puerto Olive, muy cerca de la heladería. Enciende otro cigarrillo. Aún no han abierto los locales pero él se detiene en una vidriera para ver zapatillas. Dice que las colecciona, que compra uno o dos pares por semana y que ahora quiere ese modelo azul, gamuzado, con cámara de aire y tres tiras blancas. Su cuerpo reflejado en el vidrio devuelve la imagen de algo agrio, de algo frío.

 

***

 

Nació con el nombre de Carlos Nair Meza, en 1981, en la localidad rural Las Lomitas, en Formosa, una de las provincias más pobres del norte del país. Su madre se llamaba Martha Elizabeth Meza y era entonces maestra de escuela, la segunda de tres hijos y la única hija mujer —sus hermanos eran Carlos Alberto y Juan Carlos— de Victorina Noguera, una paraguaya dura, y de Modesto Meza, intendente de Las Lomitas entre 1973 y 1976. Modesto Meza fue un soldado de Juan Domingo Perón y se convirtió en el caudillo del pueblo. Jefe de frontera y aliado de los intendentes de su provincia, supo generar alianzas políticas y ganarse el respeto de todos, incluso de las etnias originarias pilagá y wichí, que aún pueblan la zona. A ellos les conseguía trabajo —a los varones como tractoristas o hacheros, a las mujeres como lavanderas—, comida, un médico. También se dice que canjeaba eso por votos para el Justicialismo. La familia era dueña de uno de los dos almacenes que abastecían el pueblo. El almacén se llamaba “Los dos Carlitos” por los hijos varones del matrimonio. Los Meza eran el cordón umbilical de Las Lomitas: daban de comer y beber a indios y criollos.

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Martha Meza no parió un día cualquiera. Carlos Nair nació un 17 de octubre, Día de la Lealtad Peronista. Un día como ése, pero de 1945, hubo en Buenos Aires una gran movilización obrera y sindical hacia Plaza de Mayo, que exigió la presencia del coronel Juan Domingo Perón, preso en la isla Martín García luego de ser obligado a renunciar a sus cargos de vicepresidente y de ministro de Guerra por un golpe de Estado. Los militares tuvieron que ceder ante la presión popular y liberaron a Perón, que saludó con los brazos abiertos desde el balcón de la Casa Rosada. En 1945, Carlos Saúl Menem era un adolescente de 15 años que pasaba las tardes pisando uvas. Sus padres —sirios, más cercanos a las ideas radicales de Hipólito Yrigoyen que del peronismo— tenían una pequeña bodega en Anillaco, una localidad de la provincia de La Rioja. De la libertad de Perón, los Menem se enteraron por la radio, y ese día Carlos Saúl salió a vender la grapa que producía su familia, sin imaginar que treinta y cinco años después sería destituido de la gobernación de La Rioja y terminaría en Las Lomitas, a mil ciento cuarenta kilómetros de su provincia, en calidad de preso político. Y menos aún que dejaría embarazada a la única hija mujer de Victorina y Modesto Meza, el matrimonio que mandaba en aquel pueblo perdido del oeste formoseño.

 

Ahora, en Godoy Cruz, Carlos Nair hace visera con la mano y se acerca a la vidriera para mirar zapatillas. Tiene los labios gruesos, los ojos oscuros, cejas duras, la nariz roma, los pómulos generosos, una barbilla pesada. La arquitectura de un rostro firmado con el apellido Menem.

 

—Ésas, las azules. Ésas quiero. Bueno, después paso por las zapatillas. Vamos que me duele el diente.

 

Ésta es la segunda vez que nos vemos. La primera fue anoche, durante un festejo en el local de venta de motos que abrió en sociedad con el empresario mendocino Flavio Anello. Fue una reunión familiar, al aire libre, en una noche húmeda, de relámpagos. En la vereda ancha de Martín de Güemes y Beltrán Sur, en Godoy Cruz, donde funciona la concesionaria, había puffs y mesitas tapizadas en ecocuero blanco, corrían vino del mejor y bocaditos minimalistas. El local se llama “Anello mi Zanella”, un juego de palabras que da cuenta de la sociedad que Carlos Nair formó con Flavio: el empresario ponía el apellido y Carlos Nair conseguía el auspicio de la firma. El local es enorme y blanco, iluminado por una luz cegadora. Las motos de alta cilindrada y los cuatriciclos están exhibidos como dinosaurios: brillantes y monstruosos. Recién empezaba el festejo cuando Carlos Nair me recibió con una sonrisa. Llevaba un jean oscuro combinado con zapatos de vestir, una camisa con los primeros botones desprendidos y un saco holgado que terminó dejando sobre el manubrio de un cuatriciclo. Conversamos poco: me encomendó que la pasara bien.

 

Pero ahora sus modales de buen anfitrión parecen haberse borrado y, en el auto, otra vez maniobrando por la ciudad que todavía no despierta, apura el motor al tiempo que lo maldice. Cuando llegamos a una de las tres concesionarias de su socio estaciona con la puntería y la pericia del que sabe.

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Para llegar a la oficina principal de esta agencia hay que atravesar dos salones sin decoración, cubiertos con un tinglado que filtra una luz ámbar y colmados de camionetas, utilitarios y autos usados. Hay que acostumbrarse al olor a caucho y a gasoil, al silencio de esos motores en reposo, al eco de las voces. Después de los galpones hay una habitación amplia y alfombrada, con varios cortinados, un gran escritorio de madera oscura y una mesa con cuatro sillas. Allí esperan el socio, Flavio Anello, y Natalia, su secretaria desde hace cuatro años. Ayer conversé con ella mientras me llevaba de regreso al hotel luego de la fiesta. Me dijo: “¿Ya te pidió plata? Te va a pedir plata. Debe en todos lados, en la farmacia, en el kiosco, en la ferretería. Te puede pedir cinco o cien pesos… Es por el hecho de pedir, porque en realidad no necesita. Es lo que se puede quedar de vos. Tiene deudas, no sé qué hace con la plata. Conmigo es divino. Viene, me charla, me ceba mate y después me pide plata. Yo le digo “sí, ya te doy” y después no le doy. Vamos controlándolo, para que no quede como que es Flavio el que debe. Igual… No sé… Carlitos tiene algo con la gente. La gente le termina dando plata”. Ahora Natalia sonríe y nos acerca las sillas. Carlos Nair apoya el pote de helado sobre la mesa. Toma un cucurucho, pide una cuchara y se sirve, lento y desprolijo, tres de los cuatro gustos de helado. Natalia y Flavio se preparan cada uno el suyo. “Acá tenés tu chocolate con almendras”, dice Nair, con sorna y la boca llena. Con la mano derecha rodea el conito y le imprime la tensión justa para que no se deshaga. Sus dedos son largos y finos.

 

—¿Esto va a ser una biografía autorizada? —pregunta Flavio Anello.

 

La pregunta es sorpresiva. Para pautar esta serie de entrevistas intercambiamos correos electrónicos y llamados durante seis meses en los que dije que quería contar la historia de Carlos Nair, desde su nacimiento hasta la actualidad, y que para eso era necesario entrevistarlo a él y luego a su familia, sus amigos, parientes lejanos y conocidos. Una biografía autorizada, le digo ahora a Carlos Nair, es aquella que está bajo los dominios del protagonista, que decide qué se dice y qué no, con quién se habla y con quién no, dónde se busca información y dónde no.

 

—Si fuera una biografía autorizada, mi trabajo no sería el que te había planteado.

 

Pero Carlos no se da por aludido. Está ensimismado en su helado que ahora chorrea, le envuelve las manos como un guante, dibuja una pulsera en la muñeca, empieza a secarse y pegarse en los vellos del brazo. La crema le ha dejado, también, una mancha en la remera y una aureola amarronada alrededor de los labios. Está bizco y en silencio, abstraído de la conversación. Lame la bocha, se relame y vuelve a sacar la lengua. Es una coreografía de ritmo binario, lento y concentrado, que sólo interrumpirá para buscar en la bolsa una cucharita con la que intentará darle forma a lo que todavía asoma por encima del cucurucho.

 

Anoche, cuando pasó a buscarme para ir a la fiesta, Anello pidió que tratara bien a Carlos Nair, que había sufrido mucho, que era depresivo, muy sensible. También me contó que para hablar con Menem —el padre—, primero debía llamar al custodio, y que si la relación con el custodio no estaba bien, iba a ser imposible. Dijo, además, que la única condición que él le había puesto a Nair durante su estadía en Godoy Cruz era que hiciera un tratamiento.

 

—Y bueno, en eso estamos —dijo Flavio, mientras conducía su auto, negro y refrigerado.

—¿Y cómo va eso?

—Y… cuesta. Ojo que no es cocaína, no es marihuana ni paco. Pero él ya te va a contar.

 

Me dijo que Carlos Nair arrastraba secuelas de sus accidentes de auto, sobre todo del que había tenido dos años atrás, en mayo de 2010, cuando había chocado contra un local de Mc Donald’s en el barrio de Núñez: perdió el conocimiento, sufrió un profundo corte en la cabeza, golpes varios, se fracturó el fémur de la pierna derecha y el tobillo quedó pulverizado. En una operación le reemplazaron el hueso de la pierna por una placa de titanio. Desde ese momento el dolor es permanente y sólo puede calmarlo con analgésicos. “Los antiinflamatorios le causaron cierta adicción”, siguió Anello. ¿Antiinflamatorios?, pensé. Pero no dije.

 

***

 

En la concesionaria, Carlos Nair se sirve una segunda tanda de helado. Natalia vuelve a su tarea y Anello indica:

 

—Carlos, vayan a la oficina de adelante, que ahí van a estar más tranquilo para conversar. Yo voy a quedarme un rato más con Natalia, terminando unas cosas.

 

Son casi las siete de la tarde y volvemos a atravesar los dos salones de la agencia. En el trayecto Carlos Nair busca un mate y un poco de yerba, carga agua caliente en un termo y ocupa uno de los dos escritorios de la oficina de adelante, el que está contra la pared y más cerca de la puerta de salida. Se sienta en una silla sobre una de sus piernas. Con una cajita de cigarrillos vacía improvisa un cenicero, enciende un cigarrillo y empieza a cebar. Sus movimientos son rígidos, segmentados. Para verter agua en el mate toma el termo con la mano derecha, luego estira completamente el brazo hacia adelante. Veo pasar sus tatuajes: una calavera, un Cristo ensangrentado, un ángel, un auto de carrera. Gira el brazo haciendo el recorrido de un cuarto de círculo. Después acomoda el torso buscando el ángulo que le permita llenar el mate: levanta el hombro y sube el codo para volcar el agua. Parece el Hombre de Hojalata. Recién después levanta la vista y aclara:

 

—Tengo que hacer todo esto por un accidente que tuve en Formosa, hará unos seis años. Me partí el hombro en siete partes —dice y sonríe por primera vez.

—¿Por qué te mudaste a Godoy Cruz?

—Mendoza tiene todo. No es ciudad ni pueblo. La gente es muy buena y ya te digo: encontré la amistad en Flavio… en la familia del Flavio. Hoy en día estoy con ellos. Yo tengo mi hermano mayor, Carlos Facundo Menem, Junior, que falleció, y mi hermano de parte de mi mamá que está vivo, y bueno… A Flavio lo considero un hermano más. Ya cuando una familia te da un techo para invitarte a comer a la casa, eso ya lo valoro mucho. En la familia de Flavio encontré afecto, encontré buena gente más que todo, buena en serio.

—¿Con Flavio armaron una sociedad para abrir el local donde estuvimos anoche?

—Sí, la agencia de motos y un negocio en San Juan.

—¿Y tu tarea en la agencia cuál es?

—A veces voy y atiendo. Me siento bien, me gusta. Porque es negociar y negociar es hermoso. Flavio tiene experiencia en el tema y yo voy aprendiendo cosas. Yo toda mi vida me metí solo con todo tipo de fierros, motos, autos… siempre. Es una pasión que tengo y que gracias a Dios hoy en día puedo dedicarme a vender y estar rodeado de eso y está bueno.

 

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Para mudarse aquí dejó el trabajo que le había conseguido su padre —entonces, y hasta el día de hoy, senador por La Rioja— en el Congreso de la Nación. Entró allí en 2008, como asesor en el Bloque Federalismo y Liberación, con un contrato renovable y un sueldo de mil quinientos pesos que, según el decreto, se descuenta de la partida presupuestaria asignada a la Cámara Alta. Carlos Nair sigue cobrando, aunque no cumple ninguna tarea en el Senado. El último contrato se renovó el 10 de junio de 2012 —por un monto de tres mil seiscientos pesos al mes— con vencimiento el 31 de diciembre.

 

—¿Cuál era tu trabajo en el Congreso?

—No tenía una tarea fija. Leía proyectos y papeles. No tenía horario pero sí la ventaja de ser el hijo del jefe. Tratar de meterme, de ir aprendiendo porque tiene que ver con las dos carreras que estudiaba.

 

Una de las carreras era Licenciatura en Relaciones Internacionales, de cuatro años de duración, y la otra Abogacía, que otorga el título en cinco. Ambas las cursaba en la universidad cordobesa Siglo 21, que ofrece la modalidad “distribución home”: cincuenta materias divididas en ocho semestres de cursada online. La universidad tiene entre sus servicios la posibilidad de la “doble titulación”. Entonces para Carlos Nair anotarse en Relaciones Internacionales implicaba obtener también el título de Licenciado en Ciencia Política.

 

—Pero este año dejé de estudiar. Había empezado cuando tuve hace dos años el bombazo ese, el de Mc Donald’s, que fue muy jodido. Fractura de fémur, fractura expuesta de tibia, fractura en la base de la tibia, tobillo roto en dieciocho partes, politraumatismo de cráneo y tórax… Perdí tres litros y medio de sangre. Estuve dos semanas internado. Rompí un poco las pelotas para que me internen en mi casa y ahí estuve cuidándome seis meses sin poder caminar. Le metí fichas a la carrera. Estaba encerrado en mi casa con mis amigos y los doctores que iban a cada rato. Cuando tengo que rendir voy a alguna sede, sin conocer al profesor ni nada, y ahí rendís. O te toca multiple choice por la computadora u oral… Pero ya te digo: este año dejé.

 

El agua se enfrió y el mate quedó en el olvido. Nos envuelve una voluta de humo, el aire embotado.

 

—Esto… ¿Esto vos cómo lo vas a hacer? ¿Esto es como una biografía autorizada? —pregunta.

 

Alguien apaga, una a una, las luces del taller y quedamos a oscuras, apenas salpicados por la luz mortecina de los postes de la calle que se cuela por la ventana. Afuera la noche está entera.


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