En la provincia de Neuquén hay un área conocida como el Triángulo de los Dinosaurios, una zona con pasado petrolero y una economía sostenida a base de restos fósiles. Ahí se encontraron dos de los dinosaurios más grandes del mundo y la región se convirtió en un polo turístico. Detrás de los museos, los paleontólogos y las tibias gigantes hay una trama inquietante por la autoría de los hallazgos. Un adelanto del libro “Gigantes. La guerra de los dinosaurios”, de Miguel Prenz (Tusquets).



En el desierto, cuando el sol se vuelve impiadoso, la línea del horizonte se derrite, de modo que no se ve un corte limpio entre el azul eléctrico del cielo y el rojo de la tierra sembrada de torres de alta tensión y arbustos bajos anémicos de clorofila. Unas pocas plantas resisten con un verdor vigoroso, pero la mayoría es de un gris apenas más suave que el del asfalto de la ruta Nacional 237, que atraviesa el este de la provincia de Neuquén. No ruedan cardos sólo porque es primavera y el viento sopla menos fuerte que en otoño y en invierno. Al costado del camino hay un cartel con el dibujo de un dinosaurio de grandes dientes, en cuyas mandíbulas, con letras negras sobre fondo amarillo, dice BIENVENIDOS A VILLA EL CHOCÓN. Allí nace el desvío que conduce hacia la Villa El Chocón, construida a orillas del embalse «Ezequiel Ramos Mexía» —una mancha turquesa sobre el fondo rojo—, compuesta por un barrio periférico, otro de chalets ubicados en una pequeña zona boscosa, y dos de casas bajas que rodean la rotonda que hay en el centro de la ciudad, sobre la cual se encuentra un edificio blanco con techo de chapa acanalada verde, el museo «Ernesto Bachmann», hogar del Giganotosaurus carolinii, que, con catorce metros de largo, ocho toneladas de peso y alrededor de cien millones de años de antigüedad, es el dinosaurio carnívoro más grande del mundo.

 

Fuera del museo, puestos de artesanías ofrecen muñecos de dinosaurios, llaveros con forma de dinosaurios, vasos y tazas y ceniceros y termos y remeras con dibujos de dinosaurios. Adentro, unas doscientas personas recorren las salas de paredes color crema, piso de baldosas grises y techos altos de madera, para observar algunos fósiles verdaderos y muchas réplicas hechas en resina plástica. En este, y en cualquier museo paleontológico del mundo, casi todos los esqueletos exhibidos son réplicas, aunque ese dato no siempre se aclara en un cartel. No se muestran originales porque estos son extremadamente valiosos: los fósiles son huesos que se han convertido en piedras por procesos físicos y químicos que tuvieron lugar a lo largo de millones de años: al ser compactado por estratos de tierra superiores, el tejido orgánico es invadido por minerales que llegan al núcleo de la célula y, desde ahí, conquistan: roca. Las réplicas, cuyo costo puede superar los doscientos mil dólares, tienen también un valor educativo, ya que pueden hacerse tantas como se desee para exponer en diversos museos del mundo.

 

No bien se entra en el «Ernesto Bachmann», sobre la derecha, está la sala donde se exhibe en un pozo la réplica del Giganotosaurus carolinii, recostado sobre su lado derecho, tal como se encontró el original en 1993, a poco menos de veinte kilómetros de la Villa El Chocón. Dentro del pozo está también el buggy naranja que conducía Rubén Carolini en el momento del hallazgo.

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Rubén Carolini pasaba por entonces gran parte de su tiempo libre en el desierto, explorando, buscando fósiles, practicando tiro, cazando aves, sacando fotos, filmando con su cámara vhs —la primera que hubo en la zona—, viviendo su aventura. En eso estaba la tarde del 25 de julio de 1993, cuando se topó con una tibia que le pareció enorme, y la midió con su cinturón y, como el cinturón no alcanzaba, agregó un trozo de alambre. Después se subió al buggy naranja y regresó a su casa en El Chocón. Buscó en un libro de dinosaurios que tenía en la biblioteca —el tema ya le interesaba desde antes— y se encontró con la sorpresa: la tibia del Tyrannosaurus rex, el dinosaurio carnívoro más grande del mundo en aquel entonces, medía ochenta y dos centímetros y la que él había encontrado, un metro diez. Durante los días que siguieron, regresó al lugar para sacar las fotos que luego llevaría como prueba a la Universidad Nacional del Comahue, en la ciudad de Neuquén, casi noventa kilómetros al noreste. Los paleontólogos de esa institución dijeron que se trataba de un descubrimiento de máxima importancia y eso llegó a los medios de comunicación y generó mucha expectativa, porque ese año fue el del estreno de Jurassic Park y la explosión de la dinomanía globalizada. La particularidad de este nuevo hallazgo paleontológico —que terminaría en récord cuando se confirmara que superaba en tamaño al Tyrannosaurus rex y se trataba, entonces, del dinosaurio carnívoro más grande del mundo— era que el animal había sido encontrado por un jefe de automotores de Hidronor, la empresa estatal que manejó la represa hidroeléctrica del Chocón desde fines de la década del sesenta hasta su privatización, en 1993, durante el gobierno de Carlos Saúl Menem. Porque Rubén Carolini no era un paleontólogo reconocido, sino un mecánico, y su apellido pasó a la posteridad bajo la forma de nombre científico: Giganotosaurus carolinii: lagarto gigante del sur de Carolini. El animal que convirtió al Chocón en uno de los vértices de lo que se conoce informalmente, en el mundo de la paleontología, como El Triángulo de los Dinosaurios. Los otros dos puntos de ese triángulo también están en la provincia de Neuquén, en un área de poco más de doscientos kilómetros cuadrados. Uno es el Centro Paleontológico Lago Barreales, la única excavación permanente de América Latina que funciona también como museo. Y el otro, la ciudad de Plaza Huincul, donde se encontró en 1987 el Argentinosaurus huinculensis, que, con casi cuarenta metros de largo, poco más de quince de alto y unas ochenta toneladas —peso que equivale al de catorce elefantes africanos adultos—, es el ser vivo —herbívoro, a diferencia del Giganotosaurus carolinii— más grande que alguna vez haya pisado la Tierra. Sin embargo, existe la posibilidad de que, como todo campeón, el Argentinosaurus huinculensis pierda en el futuro ese título ante un nuevo contendiente.

 

En la sala del museo del Chocón donde se encuentra el Giganotosaurus carolinii hay un cartel de tela plástica que ofrece en español y en inglés una introducción a los dinosaurios. El cartel dice que se trata de un grupo de reptiles que se originó hace unos doscientos treinta millones de años, durante la Era Mesozoica, se diversificó hasta conformar dos grandes grupos, terópodos (carnívoros bípedos) y saurópodos (herbívoros cuadrúpedos grandes de cola y cuello largos), y dominó el continente durante unos ciento sesenta y cinco millones de años hasta su abrupta extinción hace sesenta y cinco millones, como consecuencia de una serie de cataclismos —terremotos, tsunamis, huracanes, diluvios, sequías— desencadenada por la caída de un meteorito del tamaño de Manhattan en lo que hoy se conoce como la Península de Yucatán. Casi nadie se detiene a leer el cartel.

 

El mayor tesoro de la sala y del museo está distribuido en vitrinas vidriadas: fósiles reales del Giganotosaurus carolinii. Una contiene trece gastrolitos (piedras ingeridas por los dinosaurios, al igual que las aves, para digerir los alimentos) hallados a la altura de la pelvis. Otra, diecisiete de los sesenta dientes encontrados, cónicos y de punta aserrada; ningún cartel informa dónde están los otros cuarenta y tres. En la vitrina principal se exhibe el cráneo del Giganotosaurus carolinii, ensamblado con una decena de piezas originales y otras de yeso, que mide casi un metro noventa.

 

—¿Pero esta es la cabeza de verdad? —pregunta un chico a su padre, ambos de pie frente a la vitrina, con los ojos muy abiertos.

 

El padre mira el cráneo, pero no responde.

 

—¡Pa, te estoy hablando!

 

—Sí, sí, acá dice que es la de verdad. Estoy tratando de imaginarme semejante bicho.

 

Diálogos similares se oyen en el resto de las salas, donde hay otros dinosaurios, como el herbívoro Amargasaurus cazaui y el carnívoro Carnotaurus sastrei, una especie cuyo rasgo distintivo es el par de cuernos que tiene en la parte superior de la cabeza. Chicos y grandes miran todo casi sin pestañear, como el padre y el hijo que, aunque pasen los minutos, permanecen frente al cráneo del Giganotosaurus carolinii.

 

—¡Eh, eh, eh, eh, eh! Señora, señor, buenas tardes, vengan por acá que les cobro la entrada.

 

Una pareja ha querido entrar al museo sin pagar y Sonia Arévalo, la encargada de la boletería, no le deja escapatoria. Sonia Arévalo se enorgullece de conocer al detalle los movimientos de quienes se quieren pasar de vivos y es implacable cuando los detecta. Y eso que no es boletera de profesión, sino enfermera. Llegó al Chocón para trabajar en el hospital en 1990, cuando el rumor de la privatización de Hidronor empezó a instalarse. Pero no quiere recordar ahora, que el museo está lleno de visitantes, las cosas malas que pasaron cuando se privatizó la empresa a cuya suerte estaban atadas las de los mil choconenses de entonces —ahora son poco más de dos mil—: los despidos, la desocupación superior al ochenta por ciento, el éxodo masivo y la depresión de los trescientos que se quedaron, conscientes de que el destino de la villa parecía ser el de convertirse en un pueblo fantasma, uno más en la Patagonia. Sonia Arévalo prefiere hablar, en cambio, de todo lo bueno que pasó en la villa desde que se encontró el Giganotosaurus carolinii.

 

—El dinosaurio fue un bum, una tabla de salvación para la economía del Chocón, porque el museo nació con él —dice—. Yo siempre digo que al museo hay que cuidarlo, porque generó mucho trabajo después de la privatización de Hidronor. Calculá que acá entran ciento cincuenta mil personas por año. Don Carolini es un héroe para el pueblo. Yo no puedo creer que haya paleontólogos que todavía hablan pestes de él, con todo lo que hizo por El Chocón.

 

Fueron varios los paleontólogos que enloquecieron de furia al enterarse de que el dinosaurio carnívoro más grande del mundo había sido tocado por primera vez por unas manos sucias de aceite de motor. No toleraban que diarios, revistas y canales de televisión de la Argentina, Estados unidos y varios países de Europa atribuyeran a un mecánico uno de los hallazgos paleontológicos más importantes de la historia.

 

—En ningún momento se agrandó don Carolini —dice Sonia Arévalo, observando quién entra y quién sale, cortando tickets, guardiana de la puerta—. Él siempre fue muy conocido en El Chocón porque era jefe en Hidronor. Él tenía su familia, trabajaba, era una persona tranquila. Ahora, que no vive más acá, se lo extraña.

¡Uy, mirá! Allá viene el intendente. Es el flaquito petisito de camisa y pantalón de vestir… Siempre tan prolijo.

 

Sonia Arévalo se arregla el pelo rubio oxigenado y se acomoda el saco rojo. El intendente, NicolásbDi Fonzo, cerca de los cuarenta años, con algunas canas en el pelo negro, la saluda con un beso en la mejilla y continúa hacia el microcine ubicado al fondo del museo, donde mantendrá una reunión con concejales y secretarios de la municipalidad para analizar algunas cuestiones relacionadas con el desarrollo turístico del Chocón. Sentado en una butaca del microcine, Nicolás Di Fonzo dice que sí, que los dinosaurios han tenido y tienen un impacto positivo en la economía

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Giganotosaurus

—El museo es el pulmoncito del Chocón, porque representa la principal fuente de ingresos del municipio —dice—. Hubo años en los que recibió más de ochenta mil visitantes en verano y quince mil en invierno. El museo genera un flujo de dinero interesante, que también sirve para financiar las exploraciones y las investigaciones de los paleontólogos. Además, permitió hacer un desarrollo gastronómico y de servicios asociados, como kioscos, un supermercado, hosterías, campings y cabañas de distintas categorías. Pasamos de tener una economía dependiente de una empresa estatal, del Tío Hidronor, como se la llamaba, a otra dependiente del Tío o Papá Dinosaurio. El Giganoto nos salvó.

 

Entran tres hombres que se presentan como concejales y se sientan cerca de Nicolás Di Fonzo, justo para escucharlo preguntar:

 

—¿Quién fue el que hizo posible que se reconociera la importancia del dinosaurio y del Chocón?

 

Mira a los concejales, invitándolos a responder su pregunta. Ellos levantan los hombros y niegan con la cabeza.

 

—Steven Spielberg fue, con Jurassic Park. El Tiranosaurio rex hizo famoso a nuestro dinosaurio, porque le dio un marketing y una publicidad mundial que para nosotros hubiera sido imposible de planear y pagar. Nuestro dinosaurio y el Tiranosaurio son como primos hermanos.

 

Puertas afuera del microcine, entre las personas que recorren el museo, se encuentra Juan Canale, el paleontólogo que desde 2004 dirige el estudio de fósiles en El Chocón. Es un doctor en paleontología e investigador del Conicet (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas) de treinta y cinco años, pero con aspecto de estudiante recién egresado de la escuela secundaria: el pelo crespo recogido en una cola corta, la barba recortada, sandalias con medias, pantalones holgados, remera negra con vivos de aguayo.

 

—Después de la privatización hubo que darle un nuevo perfil económico a la villa —dice Juan Canale—. En ese momento, la Universidad Nacional del Comahue hizo un estudio para ver cómo se podía salvar la villa.

 

La conclusión fue que se podía reactivar la economía si se explotaban de manera más eficiente los dos emblemas del turismo local. El primero, el embalse

«Ezequiel Ramos Mexía», el lago artificial más grande de Latinoamérica —ochocientos dieciséis kilómetros cuadrados—, que lleva ese nombre en homenaje al Ministro de Obras Públicas y Agricultura que, durante la primera década del siglo xx, impulsó su construcción. El segundo, el dinosaurio carnívoro más grande del mundo, que lleva el nombre de un mecánico.

 

—Y eso fue lo que se hizo desde la municipalidad: explotar el lago y el Giganotosaurus.

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Si bien le reconoce a Rubén Carolini el haber trabajado duramente en la promoción del dinosaurio, que tuvo un papel fundamental en el rescate del pueblo, Juan Canale le critica que, mientras fue director del museo «Ernesto Bachmann», entre 1997 y 2006, haya difundido teorías seudocientíficas en charlas sobre el Giganotosaurus carolinii y en entrevistas con medios provinciales. Rubén Carolini ocupó ese cargo porque, según las autoridades del municipio, era quien mejor podía administrar esta dependencia y sabía cómo hacerla crecer.

 

—Una vez dijo que en la Era Mesozoica la gravedad era menor a la de ahora porque, si no, los dinosaurios no hubieran podido sostener su gran peso. También comparó la fisonomía de los dinosaurios con la estructura de una grúa. Eso le cayó mal a mucha gente, a muchos colegas. Siemprese comentaban de manera graciosa esas ideas. A Carolini no se lo tomaba muy en serio. Sus teorías, de más está decirlo, no se debatían en congresos.

 

Cada vez que enunciaba una de sus teorías, Rubén Carolini generaba tanto malestar en el mundo académico que algunos paleontólogos lo acusaban de fabulador. Si este tipo puede inventar semejante delirio, también pudo haber mentido sobre el hallazgo del dinosaurio, decían. Y luego, esos mismos científicos comentaban la versión de que el Giganotosaurus carolinii no había sido encontrado por el mecánico en uno de sus paseos por el desierto, sino por la puestera de una estancia de la zona. Según esa versión, la mujer, que lo conocía, lo invitó a su rancho cuando lo vio pasar con el buggy y, como era analfabeta, le pidió que la ayudara a hablar con los paleontólogos de la Universidad Nacional del Comahue, porque había encontrado un hueso enorme en el desierto. Él aceptó y dijo que hablaría con esa gente. Gracias, don Carolini, pero antes de irse sáqueme una foto con lo que encontré. Rubén Carolini fotografió a la mujer junto al hueso y luego, tomó una foto del hueso solo. Esta última imagen fue la que llevó a la Universidad Nacional del Comahue. Al ver las caras de los paleontólogos y comprender lo que ocurría —y lo que ocurriría: las cámaras de televisión, las notas en diarios y revistas, el reconocimiento y la fama más allá de las fronteras del Chocón—, se adjudicó el hallazgo. Todo eso —o toda esa versión— se conoció cuando la puestera le dijo a un paleontólogo, en un encuentro fortuito, que estaba muy enojada con don Carolini, que no lo podía ni ver, que mejor que ni se lo cruzara en la villa o en el campo, porque él, don Carolini, le había prometido que iba a llevarle una copia de la foto que le había sacado, pero no había cumplido con su palabra.

 

—Esa es una historia que se cuenta, pero no me consta que sea verdadera —dice Juan Canale, en la boletería, tomando mate con Sonia Arévalo.

 

—Yo ni contesto sobre eso —dice Sonia Arévalo—. Nosotras, en el museo, lo que tenemos que decir es que el señor Carolini encontró el dinosaurio carnívoro más grande del mundo y que acá mismo hay un montón de fotos que lo prueban.

 

En casi todas las salas del museo se ven rastros de Rubén Carolini, como las fotos tomadas durante la excavación de un mes y medio en la que colaboró con los paleontólogos que desenterraron y estudiaron el Giganotosaurus carolinii. Hay también un retrato suyo, hecho en lápiz, a tamaño real, en el que se lo ve escoltado por dos huesos de más de un metro y medio de altura, vestido con pantalón, camisa, campera de cuero tipo explorador, y el sombrero de Indiana Jones que una de sus hijas le trajo de Disneylandia y que ahora se exhibe en una vitrina junto a otros objetos usados por él en paseos que encaraba como verdaderas expediciones: cortaplumas, cantimplora, pincel, cuchillo, pala, cincel, martillo, cámara Minolta Autopack 450 E, campera térmica, borceguíes un número más grande para usar dos pares de medias los días de temperaturas bajo cero. Frente a la boletería, en el ingreso a la sala donde se exhibe el Giganotosaurus carolinii, hay una placa de cobre enmarcada y vidriada sobre la que Rubén Carolini grabó en bajorrelieve la poesía «Me llevo de vos un pedazo», que escribió para despedirse del Chocón a fines de 2006, cuando una insuficiencia renal crónica que terminaría en un fallido transplante de riñón lo obligó a mudarse con su familia casi noventa kilómetros al noreste, a la ciudad de Cipolletti, en la provincia de Río Negro, donde vive actualmente, manteniéndose con el dinero de la jubilación y de diversas rentas, por la necesidad de dializarse día por medio en un centro médico especializado. En el poema, entre palabras como «ilusiones», «porvenir»,

«olvido» y «legado», se leen pasajes como «Córtenme las cadenas/ atadas hace tiempo,/ no quiero pasar más momentos/ como los que viví hasta ahora», «anduve medio al volteo/ la culpa… de un insaciable», «por intereses creados… hice un tranco al costado», «me llevo la voz del viento,/ me llevo del pueblo lamentos/ y del desierto un pedazo». Mensajes no muy ocultos dirigidos a quien corresponda.


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