Argentina es, todavía, el único país de la región no arrasado por la segunda ola. Mientras los casos de Covid aumentan y esperamos más vacunas, en este fin de semana largo algunes pisaron las playas y las plazas; otres bailaron en “la nueva normalidad bolichera”. Con la levedad de las salidas de antaño, con abrazos que nos devolvieron la seguridad de lo que fuimos y con la neurosis pandémica agigantando fantasmas. Julián Gorodischer recorrió Buenos Aires y fue actor de la tómbola de fiestas disponibles y de la ficción de un tiempo sin tiempo acorazado del riesgo y el dolor.



Este es el diario de un fin de semana de amontonamiento y fiestas porteñas al tun tún imaginario de un sonoro batir de tambores mortuorios, que baten todo el día en mi cabeza al ritmo de la curva acelerada de infectados enunciados como cifras sin rostro en los canales de noticias, en Twitter y en los grupos de Whatsapp.

 

Jueves santo. Palermo Soho. Noche. La previa se arma en Sans –la esquina de Costa Rica y Armenia, donde reinaba el bar Mamarracha en los 2000-; hoy festeja un grupo de ex clubbers, en una mesa cualquiera, la llegada de un histórico amigo de Bahía Blanca. Arman la excitante tómbola –la agenda- de las fiestas disponibles de acá al domingo 4, cuando se termine la ficción de un tiempo sin tiempo acorazado del riesgo y el dolor. “Arrancamos la tarde yendo a comprar ropa a la calle Avellaneda –cuenta Mauro Lentini-, y ahora vinimos a tomar unos tragos. La semana que viene todo cambia, y seguro se limita el movimiento. Hay que aprovechar”.

 

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En el Mandarine Park, la fiesta electrónica les devolverá esa confortable y endógena ronda confiscatoria que les atribuyó tradicionalmente su tribu, y que los envuelve en la seguridad de lo que fueron. Será un cuadrado, unos sillones, una mesita, no tan distintos de cuando amanecían junto al río en cofradía para conjurar otra catástrofe pero progresiva e infinitamente menos cruenta: la del empobrecimiento menemista, sesgada por la hipertrofia cegadora del éxtasis químico. “No nos está permitido saltar a otra burbuja”, describen el espacio que visitarán esta noche. La siguiente consigna en ningún momento les resuena como concepto vaciado de sentido: “Buena onda; acá no se discrimina”.

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Viernes de crucifixión. Día. Los feriados habían empezado con noticias de fiestas clandestinas en Crespo -Entre Ríos-, en Rosario y hasta en la cancha de Vélez. A repetición, las 24 horas: imágenes de accidentes viales captados por cámaras de seguridad borrosas y lentificadas, con jóvenes como víctimas. Y números de personas afectadas por la pandemia: la agenda mediática vomita Coronavirus como un ritual de expulsión tan ineficaz como obligatorio.

 

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Mientras progresiva y lentamente siguen llegando aviones con vacunas, tiembla la Argentina de la incertidumbre ante la amenaza de los primeros fríos. Y acá estamos, en esta previa de la extraña fiesta del contraste, azorados antes de salir ante el “Alerta” y el “Urgente Ahora”. 

 

Frente a la ilegalidad de los eventos decomisados, hay una variedad de ofertas legalizadas que van de los boliches devenidos en bares a los centros culturales convertidos en pistas acotadas a un cupo no mayor a las dos cifras, y los más privilegiados (y caros) campos abiertos y cuadriculados que despliegan sus corralitos como una utopía realizada de baile abierto al cielo. Frente al escenario –en el Mandarine Park o en el Hipódromo de Palermo-, donde el concepto de diversión “en burbuja” es lo central, en medio de la nueva noche que repele al solitario de estas pistas, se consagra la banda de toda la vida a prueba de cualquier intrusión portadora de un virus tan potencial como factible.

  

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Viernes. Noche. Centro Cultural Matienzo. @Paula del Tarot me ofrece una tirada de naipes para predecir el devenir de la pandemia en la Argentina. Corto baraja, varias veces. Salieron las cartas de la Justicia y el Carro invertidos: “Se vienen restricciones – dice-. Hacia fin de año se regulariza la situación de las vacunas”. Luego, 5 de copas, reina de copas, 3 de bastos invertido: “Será una ola que arrase de repente”.

 

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En el escenario, Andrea Feiguin y Daniel Riaño del dúo Desierto y agua invocan un único lema durante un momento de su presentación. “El amor salva al mundo” repiten con una convicción que, por la prepotencia de insistir, empieza a ser creencia firme en el salón. “Aprovechemos”, dicen.

 

A esta altura de la noche la fantasía que alimentan los posteos de cada fiesta en las redes sociales es que nada ha cambiado. 

 

“La Mágica cumpliendo protocolos para cuidarnos entre todos. Pudieron y pudimos lograr ke salga todo redondo”, se jactó el evento de Pablo Lescano. El Club 69 arrojaba “flashes de amor y felicidad en una noche faraónica”, y así coronaba sus resúmenes de “pura nueva normalidad bolichera”.

 

Camila Zapata Gallagher, una de las directoras del CC Matienzo, pone el foco en los cuidados. En la última reunión de cúpula planteó: “Tal vez vamos a tener que cerrar. Me incomoda esta situación. La gente no se cuida mucho; la realidad es esa. Tenemos que ir mil veces al salón a pedir que no fumen o se pongan los barbijos. Lo digo con la angustia de pensarme sin nuestra fuente de trabajo abierta. Pero por suerte –sigue- hasta ahora nadie del equipo se contagió, y eso es un montón”.

  

Ahí seguíamos, más tarde, tensados entre arrojarnos a la sensualidad del reggaetón o pasarnos la décima frotada de alcohol en gel por las manos, cuando alguien grita: 

 

Alberto lo contrajo. 

 

La excitación viró a mueca de El grito, de Edvard Munch. Fue, también, la hora pico de los balances a favor de cada fiesta que hoy invitaba como si fuese el último fin de semana.

 

La levedad de las salidas de antaño sigue reinando con su exhibición de torsos lubricados y mujeres trans de porte imponente en las performances de escenario del Club 69 o la fiesta Plop. 

 

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“Apenas nos recomponemos de un Hipódromo estallado y nos vamos a un Museum agotado. Gracias, bebuchis”, promociona la Plop. “Mañana se transa o se transa. ¿Okey? Con alguien de tu burbuja, y si es de afuera previo PCR. ¿Okey?” –sigue, la maníaca-. “Atención: es importante que nos cuidemos entre todes para que no se corte. Recordá el uso de tapaboca y alcohol en gel fuera de tu burbuja, bebé. ¡Vaaaaamossss que se re pica ese Hipódromo! Este viernes nos pegamos alta escapada de la realidad y nos creamos un multiverso paralelo”.

 

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Sábado de gloria. Atardecer. Dentro del bar estrella de Chacalermo o Chacagiales (según se ofenda a la nomenclatura de los barrios en pos del lucro inmobiliario), Joaco –el barman- es el oreja que se banca a diario los diversos dramas de consumidores pandémicos atrapados en su insustancia, devorados por la neurosis de un distanciamiento que agiganta los fantasmas y los traumas. Hay gente que viene acá que hace más de un año que no coge (dicen por lo bajo).

 

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Joaco consuela con el suave contrapeso de la aromática borrachera que produce el Vermucito. “Sodealo vos mismo, dale –me acerca un vaso de cortesía-. Vermucito es Cinzano Rosso y tintura madre de chía. Sabor ahumado combinado con la suavidad de la burbuja (otra vez, otra burbuja). “En la barra –sigue Joaco- se percibe el miedo al contagio. Recuerdo a Vilma –nombre de fantasía-, que sufría de claustrofobia por trabajar desde su hogar. Había pasado por una crisis emocional, un ataque de ansiedad”. Cambian los usos y las apropiaciones del espacio de la noche, devenido círculo de contención y catarsis. “El vermouth le permitía bajar cien decibeles y obtener un recuerdo de su vida de antes. Yo la he visto poniéndose contenta”.    

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Sábado. Noche. Tanto promocionaron esa noche hipnótica en el Hipódromo, esa pausa en el ritmo del conteo de la fatídica cuenta regresiva, que me vine a la puerta de lo que creía que era la Bresh. Espero en la entrada con la ilusión de ver la fila de chicos y chicas pop que erigieron a la fiesta revelación -siendo todavía virtual- de la cuarentena pasada. Pero me equivoco, porque es temprano. En el mismo predio se aglomera la gente para ver a Las Pastillas del Abuelo, que viene retrasada por una demora en las carreras de caballos, y que empuja hacia más tarde a una Bresh que va quedando reducida. Aquí me encuentro, conversando con Pucho y su burbuja de hasta seis personas. “Es nuestro primer recital presencial de la pandemia -dice-. Un mini pogo de amigos, disfrutando. Claramente no será Jijijí (‘el pogo más grande del mundo’, la llamada misa india de Los Redondos), sino un mini pogo con todos saltando en el lugar.”     

 

Cerca de las 21 los primeros asistentes a la Bresh se superponen con los fans de Las Pastillas…, que todavía esperan para entrar al Hipódromo. “La Bresh es un bolichito –los confronta Pucho-; nosotros tenemos convicciones. Acá seguimos cierta música, cierto concepto”. Se libra entonces otra inevitable y caricaturesca grieta entre estilos que parecen enfrentados. Pucho grita hacia las caras de los recién llegados: “No me vengan a cancelar al Piti Fernández (el líder de la banda), por el amor de Dios. ¡Con el Piti, no!”. Indiferentes, les chiques del pop se entregan a la previa de una espera que todavía no empezó, como si no previeran el corolario de las salidas masivas y escapadas a la Costa: un probable salto en la curva de contagios y nuevas restricciones. La noche es una promesa, que les parece eterna.

 

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