Jimena Barón promocionó “Puta”, su nuevo tema, y expuso una vez más la disputa de sentidos en torno al sexo comercial. Mientras las trabajadoras sexuales organizadas denuncian las confusiones entre su trabajo y la trata, otras feministas dan por probada la conexión entre papelitos y tráfico de mujeres a partir de los resultados de las investigaciones judiciales. ¿Quiénes están detrás de esos volantes? Si narrar algo de estas vidas es “romantizar la prostitución”, ¿cuáles son las vidas narrables?, se preguntan Cecilia Varela y Deborah Daich.



Empezó como un murmullo sostenido en nuestros chats feministas, se viralizó en las redes sociales y alcanzó los portales de los principales medios. Polémica y escándalo, una artista promociona su nuevo trabajo emulando los avisos de sexo comercial. Las acusaciones fueron variadas: que promueve la cosificación sexual, que romantiza la prostitución, que es apología del delito de trata.

 

La publicidad de Jimena Barón expuso una vez más la pugna de sentidos (y sus correlatos materiales) en torno al sexo comercial. Desde hace un tiempo, una asociación directa entre los volantes de oferta sexual y la trata de personas permeó en los medios, en alguna militancia feminista y en bienintencionados de distintos calibres. Esta asociación es fruto de las militancias abolicionistas y de las políticas anti trata que en nuestro contexto se han desplegado como políticas anti prostitución.

 

La fusión entre trata y papelitos, creemos, invisibiliza preguntas más interesantes. ¿Quiénes están detrás de esos volantes? ¿Cuáles y cuántas vidas se pueden narrar? En los “papelitos de la prostitución” que forman parte, aquí y allá, del paisaje urbano resuenan una serie de imágenes encadenadas: trabajadora sexual, cliente, dueño, departamento privado, tarjetero y, también, policía.

 

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Los volantes que publicitan el comercio sexual hacen referencia a una actividad que a título personal no está prohibida pero tampoco reconocida. Se trata de un trabajo precario que coloca a quienes ofrecen servicios sexuales en condiciones de clandestinidad y a la policía en una posición privilegiada para aumentar su histórica caja policial. De un tiempo a esta parte, los volantes se convirtieron en objetivo de la lucha de las organizaciones abolicionistas y anti-trata, que los señalan como símbolos de la explotación sexual. Desde entonces, se multiplicaron las acciones militantes contra los papelitos. La ONG Mujeres como Vos convocaba a “despegatinas” semanales de papelitos para recogerlos en bolsas rojas que, según las convocantes, representaban las bolsas de recolección de residuos patológicos. Pronto la representación de los papelitos como símbolos de prostitución y explotación quedó subsumida a la de trata y traducida en forma de prostitución=explotación sexual=trata.

 

Pero resulta que los papelitos pueden ser la forma de publicitarse de trabajadoras independientes y también de aquellas que se encuentran voluntariamente en distintos tipos de arreglos con terceros [1]. Son índice también, guste o no, de trabajo sexual. Ya inclusive durante la etapa reglamentarista (1875-1936) las prostitutas clandestinas (aquellas que no se sometían al burdel ni a sus condiciones y que por ello eran perseguidas por la policía) repartían sus tarjetas personales en estaciones de trenes y las entregaban en mano cuando paseaban por las principales arterias.

 

 

A lo largo de todos estos años de trabajo de campo conocimos múltiples historias que no pueden ser miradas bajo el lente de la trata. Lorena, por ejemplo, trabajaba sola en la calle y en cuanto tuvo la oportunidad de trabajar en un departamento con su amiga Carola, no dudó en volantear ella misma.

 

Yo me paré a volantear, no me importó nada, le puse re garra. Al día siguiente nos golpearon la puerta, salimos al palier: estaban todos los vecinos y la policía nos contó en una entrevista. A Lorena nunca le gustó la calle. Se sentía expuesta, pero ante la queja vecinal y los abusos policiales, tomó una decisión incómoda. 

 

Tuve que volver a mi esquina.

 

 

 

En ese entonces, cuando la trata todavía no era un problema de la agenda pública, estos volantes eran índice de prostitución, de inmoralidad quizás, y de futuras coimas de la caja policial.

 

Si publicitar servicios sexuales no es un fenómeno nuevo, sí es cierto que a partir del despliegue de la campaña anti trata y del decreto 936/11 que prohibió los avisos de oferta sexual en los diarios, las trabajadoras sexuales buscaron nuevas formas de publicitar en la vía pública.

 

Mabel tiene más de 40 años y trabaja sola en su departamento del Microcentro. En 2011 diseñó un volante no utilizaba desnudos, sólo una caricatura, un número de teléfono y la siguiente inscripción:

 

Masajes. Trato directo. Mayores de 21. Soy adulta y decido hacer esto.

 

Cuando le preguntamos por la leyenda, que no era para nada común en ese momento, dijo que lo hizo “para que la gente sepa y no se confunda”.

 

Luego de la reforma de la ley de trata, en el año 2012, en Buenos Aires se iniciaron  una serie de allanamientos a lugares en los que se ofrecía sexo comercial -algunos inclusive sin orden judicial [2]. Las trabajadoras sexuales estaban desconcertadas por la virulencia de los operativos y preocupadas por el cierre de sus fuentes de trabajo y las causas penales que empezaban a abrirse. Interpeladas por el discurso que las asociaba con la trata de personas, ensayaron nuevos diseños en los volantes.

 

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Mientras la presión penal se hacía más fuerte semana a semana con cada allanamiento, Eli, Sofía y Vivi, que compartían un departamento de la zona de Tribunales, usaron un chiste habitual que sus clientes hacían sobre sus cabelleras rubias, morochas y pelirrojas y decidieron promocionarse como las chicas superpoderosas, usando como ilustración a las protagonistas del dibujo infantil. Lucy, que trabajaba en el Abasto, asumió que sus papelitos con colas y portaligas tal vez resultaban parte del problema y la cambió por una imagen bastante naif de una parejita de niños tomados de la mano sobre una luna. La desexualización de los volantes no fue la única estrategia para seguir peleando por permanecer en el espacio público. Algunas trabajadoras decidieron volcar explícitamente leyendas junto a las imágenes de cuerpos voluptuosos:

 

Trabajo sexual no es igual a trata de personas.

 

Somos mayores de 21 años y elegimos hacer esto.

 

Somos libres y hacemos lo que nos gusta. 

 

Somos putas, no víctimas.

 

Otras leyendas que fueron incorporándose a los papelitos muestran los intentos de construir alguna suerte de legalidad “desde abajo” y emular actividades económicamente reconocidas: “prohibido para menores de 18 años”, “no arrojar a la vía pública ley 260”.

 

Hace pocos meses Lara, una trabajadora del microcentro,  nos mostró su nuevo volante. Sabe que ahora está prohibido por el Código de Faltas [3] pero no le importa porque, dice, en los diarios no puede publicar y en la web le sale carísimo. Es el dibujo de un taco, un número telefónico y la leyenda: “trabajo sexual no es trata”. Los pega ella misma y a veces, cuando le va bien, le paga “a algún pibito de estos que andan por acá, se hacen un pesito y yo descanso”.

 

 

 

En los volantes podemos encontrar los rastros, con lenguajes más o menos politizados según el caso, de los intentos de las trabajadoras sexuales de permanecer visibles. De publicitar su trabajo y ofrecerlo. Pero también de visibilizarse ellas en ciudades donde los códigos contravencionales y de faltas las quieren fuera del espacio público (no está permitida su presencia ni sus volantes). Y, finalmente, de sostener sus fuentes de trabajo y sus economías familiares.

 

Si narrar algo de estas vidas es “romantizar la prostitución”, ¿cuáles son las vidas narrables? ¿con qué lenguajes? La crítica por romántica a la instantánea sobre el trabajo sexual no reconoce que la publicidad de Barón es un recorte que la artista elige contar. Deja afuera otro universo, es verdad, pero no lo niega. Ese recorte molesta porque, aun si le cupiera la caracterización de romantizado, cuestiona la idea abolicionista de que la prostitución es siempre violencia.

 

Así, mientras se encienden las alarmas por la “romantización” -y luego ya de varios años de investigación en torno al comercio sexual y las políticas anti trata- nos preocupan otras retóricas que han resultado mucho más eficaces en estructurar percepciones monolíticas sobre el comercio sexual e incidir en las políticas públicas. Dice la antropóloga Carol Vance que “el melodrama es una técnica inteligente y popular para desviar la mirada lejos de las complejidades y las contradicciones, ofreciendo un substituto simplificado y emocionalmente cautivante”. Los relatos de malvados tratantes (casi siempre varones) que captan a inocentes mujeres logran una perfecta articulación con los lenguajes judiciales que distribuyen las responsabilidades en términos de víctimas y victimarios. La preeminencia de estos lenguajes ha sobresimplificado la comprensión que las feministas necesitamos construir sobre el comercio sexual y las formas en que el estado interviene en esta actividad. Se trata de una conversación que necesitamos llevar al terreno de las estructuras económicas y sociales sin perder de vista la agencia y experiencia de los sujetos y que requiere ponderar el género junto con otras dimensiones tales como la clase y la raza. Una de las paradojas que requiere una urgente atención es el inusitado índice de encarcelamiento de mujeres que las políticas anti-trata han producido. ¿Cómo sucedió que una campaña destinada a “salvar” mujeres terminó encarcelándolas?

 

 


Mientras las trabajadoras sexuales organizadas denuncian las confusiones entre trabajo sexual y trata en la persecución penal, algunas feministas dan por probada la conexión entre papelitos y trata a partir de los resultados de las investigaciones judiciales. Nos preocupa que desde los feminismos asumamos la perspectiva de la administración de justicia (que después no dudamos en denunciar como machista y patriarcal) como una verdad indubitable, un dato puro y objetivo de la realidad. Los feminismos debatieron largamente en torno a la noción de “experiencia” de las mujeres, la valorizaron así como discutieron su naturalización. A la vuelta de estos debates y lejos de los lenguajes penales, necesitamos volver a las propuestas ya clásicas de las epistemologías feministas. Se trata de empezar, ni más ni menos, que por la vida de las mujeres.

 

 


 

[1] En este artículo nos referimos fundamentalmente a la experiencia de las mujeres cis que conocimos trabajando en departamentos privados. El mercado sexual es heterogéneo y de él participan otras identidades sexo-genéricas con realidades y problemáticas que resultan específicas. 

 

[2] En este contexto realizamos una investigación sobre la vulneración de derechos de las trabajadoras sexuales, recorrimos departamentos privados y asistimos a las reuniones que se llevan adelante semanalmente en el sindicato de trabajadoras sexuales. El informe puede verse en  https://www.ammar.org.ar/IMG/pdf/informe-ammar.pdf 

 

[3] En diciembre del  2012 se prohibió, en todo el ámbito de la Ciudad, los volantes callejeros del sexo comercial. Las modificaciones en la ley de publicidad exterior y en el código de faltas, incluyeron entonces la prohibición de los volantes de oferta sexual “que se entreguen, distribuyan o coloquen para ser retirado en cualquier espacio público”, la publicidad y los volantes de “contenido sexual” (oferta de servicios sexuales).


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