El tarifazo, la apertura de las importaciones y la devaluación de la moneda, medidas claves del gobierno de Mauricio Macri, fueron el combo letal para las pyme. Hubo empresarios que frenaron la producción, pararon por meses y hasta cerraron las fábricas. En lo que va de 2019 suman 7518 las pequeñas y medianas empresas —con menos de 100 trabajadores— que bajaron la persiana. Tali Goldman recorrió localidades del conurbano donde algunos sueñan con prender las máquinas otra vez.



Qué barbaridad, es lo que sospechaba. Ves, ¿ves ahí? Ahí entran ratas, qué barbaridad, mirá ahí, te das cuenta, esto es una barbaridad, esto es para llorar, te das cuenta. Nuevos están estos baños, sin uso y hay ratas. 

 

Santiago recorre el galpón en desuso, rezonga, suspira fuerte, hace “tst” con los dientes y no no con la cabeza. Tiene 73 años y está jubilado pero sigue trabajando en Sociedad Franci S.A., la fábrica de pintura a la que entró hace más de quince años. 

 

Esto se hizo con todo lo mejor, te das cuenta, es una joya, mirá, mirá esto, vestuarios, comedor, todo. Mirá las máquinas. Acá están los lockers para los trabajadores, ¿ves? Todo nuevo se puso. ¿Querés subir a las oficinas? Esto es una barbaridad, esto es para llorar. 

 

El galpón de 1200 metros cuadrados, en el polo industrial de la localidad bonaerense de San Martín, se construyó de cero hace seis años y nunca se utilizó. Fue la última gran apuesta que Luciano Forte, su fundador, llevó adelante junto a María Clara De Lazzer, su esposa, antes de morir.

 

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La inversión fue el resultado de la demanda de trabajo que tenían desde 2004. Venían creciendo a la par de la industria automotriz. La especialidad: pintura de autopartes. La planta también había experimentado un gran crecimiento que se vio reflejado en la adquisición de maquinaria nueva, de última generación: cabinas de pintura en polvo, de pintura líquida, hornos de secado, grandes espacios de lavado, montacargas. Desde ese año la fábrica había logrado estar encendida las 24 horas, los 365 días del año. Dos turnos extendidos de doce horas. Cien trabajadores. Un espectáculo. Y entonces la gran inversión, la otra planta. 

 

Compraron el terreno de al lado que aún era un descampado. Fue una inversión de millones de pesos que implicó, como en toda pyme familiar sin grandes inversores internacionales, utilizar todo el capital —y más— de una familia de inmigrantes italianos. La fábrica original la inauguraron en 1963: tenían apenas un horno y un soplete con el que María Clara hacía los fileteados a mano sobre las motos Zanella. La empresa sobrevivió a todos los vaivenes económicos del país, incluso al de 2001. Ni siquiera entonces se les ocurrió cerrar, aunque se habían quedado con diez trabajadores. Dos años después, en 2003, la incipiente reconstrucción de un país que había estado en llamas luego del piquete y la cacerola también impactó en la industria automotriz. Sociedad Franci comenzó no solo a ver la luz al final del túnel, sino a crecer. Las automotrices llegaban a pedir hasta 73.000 piezas por mes. Un récord. 

 

En 2018, María Clara de Lazzer y su hija, que hoy dirigen la empresa, pensaron por primera vez en la vida en cerrarla. Había meses que tenían cero, sí: cero pedidos de automotrices. Pero no lo hicieron. Ahora trabajan a media máquina: con un plantel de 21 personas, un galpón en desuso y el otro funcionando por partes. 

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Qué barbaridad —reitera Tato—, es para llorar.

***

En junio pasado, los diarios económicos titularon: “Se recupera el uso de la capacidad instalada industrial tras tocar un piso en enero” ubicándose en un promedio del 62%, según datos del INDEC. En enero, este índice había alcanzado un piso de 56,2%, el pico más bajo desde 2002.

 

La capacidad instalada es el potencial máximo que puede aportar una planta fabril o una empresa. “Es una medida de máxima eficiencia. Todo lo que esté por debajo de eso te indica el nivel de sub-utilización de esa capacidad instalada”, explica la economista Julia Strada. El dato se refleja de una medición que hace el INDEC y es un promedio del funcionamiento de las industrias en todo el país: la novedad es que existe un porcentaje de capital fijo que ya fue invertido y que está sin utilizar y desperdiciado. “Vos tuviste un esfuerzo de inversión pasada y no está aprovechada. No solo no tenés inversión hacia delante— una variable importante como componente de la demanda agregada— sino que no utilizás la inversión pasada que pudo haberse basado en un esfuerzo estatal (gastos público o inversión privada a través de incentivos públicos)”, reflexiona Strada.

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El 11 de diciembre de 2003 Néstor Kirchner visitó el Parque Suarez. El predio aún esperaba el trámite para ser catalogado como “parque industrial” —años después se convertiría en uno de los polos más grandes del conurbano—, pero en ese momento todo estaba a media máquina. Acompañaban a Néstor los intendentes de los partidos aledaños, ministros, miembros del cuerpo diplomático, autoridades. El Presidente iba a cortar la cinta inaugural de una pyme, Laminadora Paulista, una empresa familiar de fundición de aluminio.

 

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Ante este grupo y algunas cámaras dijo: 

 

Quiero agradecerle profundamente al señor Domingo Fedelle la invitación a participar de esta inauguración, es la cara de la Argentina que queremos construir entre todos con pluralidad, consenso, armonía y convivencia; es la cara de la Argentina de la producción y el trabajo, pero partiendo de la base de que son muchos años de retroceso que ha vivido nuestra patria. Los argentinos sabemos que el voluntarismo y el inmediatismo siempre nos llevan a la puerta de otro fracaso, que hay ir construyendo así, día a día, cotidianamente, la realidad de una nueva Argentina.

 

Nunca un país vivió esta situación; ¡destruimos tanto trabajo argentino en tan poco tiempo! Nunca a un pueblo se lo quiso llevar a la construcción de una cultura de sentir vergüenza de la inversión y de la industria nacional, diciendo que lo que venía por importación necesariamente era mejor que el trabajo argentino y que el trabajo argentino robaba a los propios argentinos. Ese fue el discurso que se instaló muy fuerte durante toda la década pasada, nos hicieron perder la autoestima como pueblo, como trabajadores, y esa gran industria nacional argentina, ese empresariado nacional, las pymes, fueron sustituidas paulatinamente por una desnacionalización de nuestra economía.

 

Hoy estamos acá, venimos a apostar a la construcción del trabajo nacional, a las pymes, a la reconstrucción del empresariado nacional, a la reconstrucción del trabajo nacional y a la inclusión nuevamente de los trabajadores argentinos para que recuperen la dignidad perdida durante todo este tiempo, que sólo se recupera con trabajo, sólo se recupera con inversión. (Aplausos)

 

Norberto Fedelle es el hijo de Domingo y el actual gerente de la pyme. Muestra orgulloso una placa dorada, colgada a la entrada de la fábrica cuando aún no estaba en funcionamiento. Ese 11 de diciembre de 2003 tuvieron que darles la camiseta de la empresa a los obreros de la construcción que ponían a punto el nuevo galpón. Ni siquiera habían contratado al primer empleado de la flamante fábrica. A poquitos metros de la placa hay un cartel pegado con cinta scotch que dice:

 

25/02/2019

 

A partir del día de la fecha y hasta nuevo aviso, no se darán más adelantos a cuentas, bajo ningún concepto debido a la situación del país.

 

Día de cobro, hasta el quinto día hábil CERRADA LA QUINCENA/MES.

 

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En 2015, en plena campaña electoral, el entonces candidato a Presidente Mauricio Macri decía en un spot televisivo: “En vez de frenarte, el estado te va a impulsar. Vas a poder iniciar tu emprendimiento o abrir tu negocio en un solo día. Ese es mi compromiso”.

 

Según un informe del Centro de Economía Política (CEPA) elaborado con datos oficiales publicados por la AFIP, en lo que va del año 2019 cerraron 7518 pequeñas y medianas empresas —con menos de 100 trabajadores—. Es decir, 43 pymes cerraron por día entre enero y abril de 2019. La cifra total alcanza a 15.424 desde finales de 2015. Desde que asumió Macri, cerraron en promedio nueve pequeñas y medianas industrias por día. 

 

Cuando en los noventa Ariel Aguilar fundió la pyme familiar, una fábrica de cuero en Morón, vio una forma de reinventarse. Compraba retazos de cuero de algunas fábricas que quedaban en pie y armaba llaveritos que vendía en los kioscos cercanos a las estaciones de los trenes. Todos los días tomaba el Sarmiento o el San Martín y se bajaba en cada estación, recorría los puestos de la redonda y dejaba en consignación los cinco modelos para colgar las llaves. Desde 2003 volvió a poner en pie la fábrica y llegó a tener varios locales. Ahora quedan solo algunos abiertos. 

 

Ariel hoy preside la Cámara Industrial de Manufacturas de Cuero y Afines (CIMA); es el vicepresidente de la Confederación Empresaria Argentina (CGERA) y una de las personas que más sabe de la situación de las pymes. Para él, la “apertura indiscriminada boba”, una de las primeras medidas que tomó el Gobierno apenas asumió, “mató” el mercado interno. Desde la Cámara idearon cuatro medidas contingentes para el futuro gobierno: cortar con la apertura indiscriminada de importaciones; congelar las tarifas; colocar tasas de interés a no más del 20 o 25 por ciento; reactivar el consumo mediante un pacto social, un acuerdo entre las cámaras, sindicatos. 

 

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—Con el resultado de las PASO, los empresarios pymes que resistieron estos años empezaron a soñar con prender las máquinas otra vez.  

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Un sábado de 2005 Norberto Fedelle pasó a buscar a Luis (el hornero que trabajaba en la laminadora) y a su esposa y los llevó a Car One. Durante el viaje el empleado le hacía preguntas. Si le parecía bien que se comprara un cero kilómetro, si no era mejor cambiar su Peugeot 505 por otro usado.

 

—Norberto, ¿usted me va a seguir dando trabajo?

 

—Pero claro, qué duda te cabe. Vos elegí el auto que quieras y déjame que yo te lo negocio. Te merecés un cero kilómetro, Luis.

 

Llegaron a la concesionaria y Luis fue directo a ver el Chevrolet Aveo. Catorce años después, el hornero sigue trabajando en Laminaciones Paulista y cambió por segunda vez su cero kilómetro. 

 

Norberto sabe todo de sus empleados: quién festejó el cumpleaños de 15 de la hija, quién se casó, quién se separó, quién tiene un familiar con problemas de salud. En 2016, los reunió a todos, en ronda, en esa imagen casi paródica del jefe que les habla a sus empleados.

 

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—Muchachos, no puedo dar más horas extras, ni puedo abrir los sábados, ni puedo darles anticipos. No puedo pagarles nada por adelantado.

 

Ese año sus empleados lo vieron poco por la fábrica que se encarga de fundir y laminar (producen materia prima para otras industrias). Y no es que se hubiera tomado vacaciones. Norberto comenzaba a experimentar un rol que nunca hubiera imaginado: ser un burócrata. Desde que llegó la primera factura de luz en 90 mil pesos, hasta que ingresó el primer laminado importado de China lo que le significó una drástica reducción en su producción, el hombre recorrió estudios de abogados; la cámara de aluminio; el ministerio de producción; la Comisión Nacional de Defensa a la Competencia; al INTI. Se reunió con sus competidores y la fábrica madre de su industria, el gigante Aluar. Necesitaba explicarle a todo el mundo que la medida del Gobierno que abrió las importaciones de manera indiscriminada lo estaban llevando literalmente a fundir su fábrica. Norberto dice que cada vez que se sentaba y contaba la historia de Fabricaciones Paulista, cada vez que recordaba cómo con un horno en un galpón de 800 metros cuadrados empezó la primera fundición, que a través de créditos de los ministerios de ciencia y tecnología y de economía pudo comprar maquinaria de última generación, que de ese galpón se mudó a otro de 9000 metros cuadrados, se ponía a llorar. Ahora también, cuando lo cuenta, se le ponen un poco los ojos vidriosos.

 

—Yo me preparé para ésto. Invertí. Viajé a China. Formé al personal. Compré maquinaria de última generación, construí esta fábrica que no tenía estructura. Yo estaba en Disney, a punto de apretar el acelerador para que Laminaciones Paulista funcionara las 24 horas, los 365 días del años. Pero llegó Macri y nunca pude hacerlo. Ahora trabajo por campaña, es decir, enciendo las máquinas tres semanas y abastezco, después freno unos meses. Apago las máquinas. Para que se entienda bien. Es como que yo durante doce años cosí el ajuar de la novia. Pero cuando esa novia llegó al altar finalmente para casarse, el novio se fue corriendo. La sensación es que me dejaron plantado.

 

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Marianela Salazar le pregunta a Tato cómo se prende la luz de la cabina. Tato le hace una broma, le dice que no sabe, y a los dos minutos aprieta el botón escondido que enciende el “corazón” de Sociedad Franci. Ahora muestra el otro galpón, el que no está en desuso. En esa cabina de pintura líquida se elaboran la mayoría de las piezas de autoparte. Es un lunes al mediodía y ese mismo lugar, cuatro años atrás, nunca hubiera estado con la luz apagada. Pero ahora sí. 

 

Marianela entró a trabajar a la pyme en 2001 y se convirtió en la negociadora comercial, relaciones públicas e integrante de la comisión directiva de la Unión Industrial de San Martín. Es de las pocas mujeres en el espacio. Pero además, Nela, como le dicen todos, se siente parte de esa familia. Siente orgullo por lo que hace, por lo que hacen. Cuando muestra la fábrica en una perfecta visita guiada se frena en cada rincón, como si fuera su casa. Agarra las piezas pequeñas de autoparte, las frota en su camperón y las muestra como un trofeo. Dice que ese color bordó es carísimo, que es muy bueno.

 

—Trabajar así es muy doloroso. Todo apagado. Máquinas nuevas con muy poco uso. Necesitamos que esto cambie. Esperamos que esto cambie. 

***

En 1998 San Rafael Cristalería cerró la persiana de su fábrica. El golpe fue durísimo. Tan duro, que Luis Arruzzoli, uno de sus dueños, falleció en menos de un año producto de un cáncer. En 1985, junto a Rafael Decancellis habían comprado el galpón de 1200 metros en Lanús Oeste y el primer horno para confeccionar artículos de vidrio para iluminación. La fábrica funcionó durante trece años y fue muy próspera, pero la crisis de fin de siglo los obligó a cerrar. El galpón y las máquinas nunca se vendieron. Ahí estaban, abandonadas, pagando los impuestos municipales. En esos años ambas familias siguieron trabajando con algunos derivados del vidrio: es lo que sabían hacer, a lo que se habían dedicado toda la vida. El vínculo entre ellas seguía intacto. 

 

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Nueve años después, en 2007, cuando la industria volvió a activarse —y quizás también como homenaje a su padre— Mariano, el hijo de Luis, llamó por teléfono a Roberto, el hijo Rafael. 

 

—Volvamos al ruedo. Tenemos el galpón, las máquinas viejas y el vínculo con los clientes. El país se está reactivando. Hay laburo.

 

Al día siguiente Roberto lo pasó a buscar y se fueron a Rosario. Los hijos, la segunda generación de la pyme familiar, se ponían al hombro la travesía. En esa ciudad estaba la mayoría de los clientes de la época de sus padres. Todos se alegraron al ver que San Rafael Cristalería volvería a abrir sus puertas. Algunos los ayudaron concretamente: les hicieron adelantos de pagos y con eso Mariano, Roberto y Rafael—que ansiaban ver funcionar la antigua fábrica— volvieron a ponerla en marcha.

 

En 2007 San Rafael Cristalería reabrió. Construyeron un nuevo horno de siete toneladas, compraron insumos, matrices, contrataron a veinticinco trabajadores y apretaron el botón de encendido. Durante nueve años la fábrica estuvo abierta las 24 horas, los 365 días del año. Los veinticinco operarios rotaban durante tres turnos. Solo frenaban en febrero, durante quince días, cuando hacían el servicio técnico de la máquina. La demanda de trabajo era tanta que la decisión de mandar a construir un nuevo horno de diez toneladas no se dudó. Nunca imaginaron que no iban a encenderlo ni una vez. 

 

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El 20 de julio de 2016— Mariano se acuerda porque ese día del amigo fue un drama—, por primera vez desde 2007, apagaron la máquina. No tenían ni un solo encargo. El tarifazo, las importaciones y la devaluación fueron el combo letal de una rueda que venía desacelerando y que se frenó. Durante un mes y medio no prendieron los motores. Hasta que no terminaran de vender el stock no iban a producir más. La dinámica sigue hasta hoy, casi tres años después. Trabajan un mes, paran dos. 

 

—Es muy difícil mantenerse en pie, es muy desgastante—confiesa Mariano—pero seguimos porque es lo que sabemos hacer. Resistiremos hasta lo último. Ahora tenemos esperanza.


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