Hace dos décadas, Macri quería que la Bombonera no recibiera visitantes: toda la cancha debía ser para los socios del club. Ahora, en plena neurosis colectiva ante el megasuperclásico, pidió por la famosa “vuelta de los visitantes”. ¿Quiénes quieren, de verdad, la vuelta de los visitantes? ¿Cómo se desplazó la violencia desde que las canchas tienen solo hinchas locales? ¿Porqué y para qué se “plateizaron” y militarizaron los estadios? ¿Y cuándo fue que ir a la cancha se convirtió en una experiencia riesgosa para el hincha y sospechosa para el Estado? Escribe Alejandro Wall.



Un amigo acaba de rechazar una oferta de mil dólares a cambio de su platea en la Bombonera. Cuarenta lucas, le decimos, casi desesperados por robarle el carnet de socio activo de Boca, un bien suntuoso para los hinchas de un club que tuvo que inventar la categoría adherente, una especie de lista de espera para ir a la cancha. Boca tiene más adherentes que socios, unas 86 mil personas -contra las 52 mil privilegiadas- que pagan la mitad de la cuota de un activo, el paraíso al que aspiran llegar algún día. Boca recauda con ellos treinta millones de pesos por mes. Si tienen suerte, apretando F5 con pasión, pueden conseguir una entrada para algún partido. Esas cosas pueden pasar, por ejemplo, si un abonado como mi amigo cede su lugar, le deja al hueco a otro. Se llama abono solidario.

 

—Ni en pedo, yo quiero ir a ver a Boca —dijo mi amigo cuando los que escuchamos sobre la oferta le repetimos que eran mil dólares, que quizá el Boca-River de la Copa Libertadores podía aprovecharlo como un pequeño negocio personal, cerrar el año empatándole a la inflación. Mi amigo es un periodista precarizado.

 

No, nada.

 

Ir a la cancha es pertenecer, mucho más si se trata de Boca y de River, clubes que fueron convirtiendo sus tribunas en espacios exclusivos. Si en algún momento fue sinónimo de rito popular, de un tránsito inmodificable que comenzaba en los barrios, estar en el estadio fue mimetizándose con una situación de privilegio. El que se quedaba en la casa era un amargo, no como nosotros que vamos a todos lados, no como nosotros que no nos importa si ganamos o perdemos. Una mezcla de programación horaria -que en las categorías de ascenso se hizo insoportable-, de aumento de precios, de prohibiciones, de barras, de carrera de obstáculos para sacar una entrada. Ir a la cancha es hoy una experiencia corporal que implica otros compromisos, otros riesgos, y no siempre físicos. Es la plateización total de la tribuna. A la inglesa, pero sin la comodidad de los estadios. Sin el fútbol. Y también sin jeques y magnates.

 

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Que no haya visitantes también contribuyó a que la “experiencia cancha” se convirtiera en privilegio. Es cierto: desde que no van los visitantes a la cancha, los locales vamos con más tranquilidad, miramos menos a los costados, no tenemos que esperar a nadie a la salida. Hasta ocupamos sus espacios. Mi nuevo lugar en la cancha de Racing es la ex visitante.

 

Por necesidad, pero también por elitismo, Mauricio Macri fue el dirigente de fútbol que comenzó a achicar los espacios rivales en las canchas. Antes de Macri era posible para algunos equipos llenar las dos bandejas que dan al Riachuelo en la Bombonera. Con Carlos Bianchi en el comando exterior y Juan Román Riquelme en la cancha, la masa societaria de Boca pedía otra cosa. Pero incluso antes de meter esos hits, Macri avisó que no le importaba nada de lo que sucediera afuera de Boca. Cuando todavía no había modificado la modulación que arrastraba del Cardenal Newman, a los pocos meses de ser presidente de Boca se quejó en Fútbol de Primera de los fallos de Javier Castrilli y su asistente Alberto Barrientos.

 

“El fútbol argentino gira alrededor de lo que Boca genera –le dijo indignado a Marcelo Araujo y Enrique Macaya Márquez-. O nos damos cuenta o no va a haber plata para prender la luz, ni plata para pagar a los referís, ni plata para nada, porque el que viene a la cancha es Boca y Boca se va a cansar. Lo que yo tendría que proponerle a la gente de Boca, gracias al lineman Barrientos, o como se llame, que quiere hacerse famoso a costa de Boca, es que no vaya más de visitante. Hagamos una campaña todos los hinchas de Boca que no vamos más a una cancha de visitante. Y vamos a ver qué pasa. Se muere el fútbol argentino”. Macaya intentó decir algo, una interrupción, una aclaración, pero Macri estaba cebado, había encontrado el tono, estaba cómodo. “Nosotros llenamos nuestra cancha –dijo- y los demás que se mueran”. Si le sacás que es Boca, esto fue macrismo de anticipación.

 

 

Veintidós años después, Macri es presidente y un día se levantó con el deseo de que en el Superclásico de Copa Libertadores, la final que consume los nervios de un país, haya hinchas visitantes. Es una prohibición que no rige para ese torneo pero que atraviesa al fútbol argentino. Se estableció en el Ascenso en 2007, cuando el hincha de Tigre Marcelo Cejas fue asesinado en un partido de ese equipo con Nueva Chicago. En junio de 2013, se impuso en la provincia de Buenos Aires para los partidos de todas las categorías después del crimen de Daniel Jerez en un Estudiantes-Lanús a manos de policías bonaerenses, y al mes siguiente se extendió a todo el país después de una interna entre barras de Boca que terminó con dos muertos. Fue una decisión del último ministro de Seguridad del kirchnerismo, Sergio Berni.

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Según datos de la organización Salvemos al Fútbol, en la última década las muertes en el fútbol por hinchadas opuestas cayeron frente a otros conflictos, como los que suceden intrahinchadas. De las 94 muertes que se produjeron desde 2008 hasta acá, 51 fueron por disputas entre facciones de una misma barra, mientras que hubo 27 víctimas por choques entre hinchadas rivales. El resto se divide entre la intervención policial (2), la infraestructura (7), el conflicto barrial (2) y motivos que no se pudieron establecer (5). Salvemos al Fútbol genera sus estadísticas a partir de la información periodística, con lo cual eso acumula siempre algunos asterísticos aclaratorios, imprecisiones o indeterminaciones.

 

Lo que se ve, además, es que en 2015 comenzaron a reducirse las muertes en las canchas, incluso hasta la mitad. De las 18 que se produjeron en 2014, la cifra bajó a siete al año siguiente. Hubo cinco muertes en 2016, seis en 2017 y tres en lo que va de 2018. El último caso fue el de Matías Diarte, un hincha de San Martín de Tucumán de 28 años, atacado por barras de Boca en Formosa antes de un partido por Copa Argentina. Matías murió por complicaciones en la operación de su rodilla, fracturada por los golpes.

 

“Con la prohibición del público visitante lo que ocurrió es que se incrementaron los conflictos intrahinchadas. Eso se observa con claridad”, dice Federico Czesli, con una maestría en antropología y un trabajo de campo con la hinchada de Platense. “En los últimos tres años cayó con importancia la cantidad de muertos, pero eso no necesariamente implica una merma en los conflictos”.

 

La conflictividad en el fútbol no sólo se puede observar a partir de las muertes. Para el sociólogo Nicolás Cabrera más que una caída de los incidentes, lo que hubo fue un corrimiento de los lugares donde se producen. “No podemos decir si la violencia aumentó o disminuyó, es un índice problemático, lo que sí podemos decir es que se movió. Hay estadios relativamente pacificados pero también un alto índice de muertes vinculadas a enfrentamientos que ocurren fuera de los estadios”, explica. Cabrera, cordobés, investigador del Conicet, observa que desde la prohibición del público visitante, sumado a la experiencia de Hinchadas Unidas Argentinas, lo que hubo fue una reconfiguración de las alianzas entre las barras. “Barras que antes eran enemigas ahora se hicieron amigas”, dice. Y entonces así hay barras que pueden viajar cuando sus equipos juegan de visitante. “La barra local los recibe como anfitrión. Eso hace que las barras de los diferentes equipos se peleen menos. Lo que sí aumentó fueron las peleas entre barras de los mismos equipos”, explica Cabrera.

 

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A la vez, existe lo que llama una lógica panóptica, que incluye al sistema de cámaras dispuesto por los clubes pero sobre todo a esa red de vigilancia incontrolable y autónoma que son los smartphones de los hinchas. Cualquiera pueda filmar, cualquiera puede subir el video a las redes sociales, cualquiera puede quedar escrachado. “Por eso –dice Cabrera- si tienen que pelear, mejor pelear lejos de ahí”.

***

El regreso de los visitantes fue una promesa del macrismo. Se hizo por goteo, estudiando cada partido, dependiendo la conflictividad entre las hinchadas, la demanda de traslado. En la práctica, los visitantes son una excepción. En la última fecha, por ejemplo, hubo visitantes en dos partidos que se jugaron en la provincia de Buenos Aires: Estudiantes-River, en Quilmes, y Defensa y Justicia-Vélez, en Florencio Varela. A los dos los autorizó la Agencia de Prevención de la Violencia en el Deporte, el organismo que dirige Juan Manuel Lugones, un abogado que fue presidente de Familiares de Víctimas de la Violencia en el Fútbol (Favifa) y terminó en las filas de Cristian Ritondo, actual ministro de Seguridad de María Eugenia Vidal. Lugones se muestra activo, irreductible, pujante en la lucha contras las barras. Después de cada partido, la Aprevide cuenta a sus detenidos, a las entradas falsas que decomisa, algunas banderas, las facas, algunas armas de fuego, botellas de alcohol. Todo un relato que se mueve en paralelo al de Vidal: estamos enfrentando a las mafias.

 

Sin embargo, lo que creció en la provincia fueron las denuncias de detenciones arbitrarias, la violencia policial, los operativos de ahogo a los hinchas comunes y una militarización de los estadios de fútbol. La Aprevide suele informar detenciones por “resistencia a la autoridad”. Pero cuando se busca cuál fue el delito específico, a quiénes se llevaron, quiénes fueron los apresados, se encuentran casos como los que sucedieron en abril pasado en la cancha de Independiente, donde hinchas de ese equipo denunciaron que se los llevaron detenidos por cantar contra la policía. El acta posterior al partido entre Independiente y Defensa y Justicia de la 24º fecha de la Superliga 2017-2018, firmada por el comisario Ariel Ramírez, se parece a una confesión: “Los mencionados estando en las tribunas comienzan a realizar cánticos ofensivos contra el personal policial e incentivaban al resto de los concurrentes a acciones violentas”. Se los llevaron por cantar contra la policía. Mientras tanto, las barras siguen ahí. 

 

Estos episodios tienen un poco de visibilidad cuando Independiente o Racing juegan de local, tal vez porque sus hinchas hacen ruido, pero son pan de cada día en los partidos de Ascenso menos mediáticos que se juegan en la Provincia de Buenos Aires. Todo bajo el manto de la lucha contra las mafias. Cuando el clásico rosarino se mudó a Sarandí sin público también hubo detenidos. Hinchas de Newell’s y Central llegaron a arreglar con vecinos para espiar el partido desde sus terrazas. A los habitantes de las casas lindantes con a la cancha de Arsenal les ofrecieron desde plata hasta hacerles un asado. Ese día, un jueves laboral por la tarde, la Aprevide informó que hubo 25 detenidos. “A pesar de que el partido era a puertas cerradas, hubo hinchas que se acercaron y desde zonas vecinas a las cancha se dispararon fuegos artificiales. Tras ubicar el lugar en el que ocurría esto –en el momento en que comenzaba el partido- personal de la Aprevide junto con Infantería procedieron a la detención de veinticinco personas a quienes, además de pirotecnica, se les secuestró drogas”, informó la agencia en un comunicado. ¿Y cuál era el delito? ¿Estar en una zona cercana a la cancha? ¿Tirar fuegos artificiales? ¿Tener droga para consumo personal? “Fueron producto de dos pequeños incidentes: uno en las vías, protagonizado por hinchas de Central que usaron pirotecnia, y otro en una casa vecina al estadio, con simpatizantes de Newell’s”, aclaró la agencia.

 

Para la Aprevide ir a la cancha es convertirse en un sospechoso. Y a eso se le suma la creación de una figura que hasta el Estado resalta cuando sale a buscar  a hinchas en las terrazas de las casas de Sarandí: el infiltrado. El año pasado, durante Talleres-Belgrano, mataron a Emanuel Balbo. Aunque había una historia previa, relacionada con el barrio, alguien gritó que Emanuel era de Talleres y estaba infiltrado entre los hinchas de Belgrano. Una “acusación” falsa, pero que terminó con Emanuel arrojado desde una bandeja por los hinchas.

 

Si hay problemas con los locales y con el público de los partidos sin público, mucho más problemas hay, entonces, cuando la Aprevide autoriza a los visitantes. Los hinchas de River mostraron en las redes la violencia con la que la policía los recibió en la cancha de Quilmes. Hubo cuarenta detenidos. La Aprevide respondió a esas denuncias con su mantra: resistencia a la autoridad. Pero hinchas de Vélez mostraron cómo llegaron a Florencia Varela regados por las balas de goma de la Bonaerense, que apuntaba a micros donde había mujeres y niños y en los que no se mostraba ningún tipo de resistencia. Pocos recuerdan que cuando se prohibieron los hinchas visitantes también se prohibió a la fuerza policial el uso de balas de goma. Los visitantes volvieron de a poco, las balas de goma volvieron con todo.

 

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Aunque son un factor de conflicto, incluso una molestia para el hincha local común, los visitantes no eran la principal causa de violencia en las canchas cuando fueron prohibidos. Si no lo eran en ese momento, ¿por qué lo serían ahora? “Es una posibilidad de mostrar que somos capaces de cambiar la cultura del barrabrava”, dijo Patricia Bullrich al defender los deseos de su jefe. Pero, ¿qué cambió de ese tiempo a esta parte? La prohibición y la apertura funcionan como resoluciones espasmódicas, según convenga.

 

El deseo de Macri al despertar sólo implicaba que se abrieran las canchas a cuatro mil hinchas visitantes. Y se sabe que la mitad de esas entradas van a parar a las barras y que el resto se lanza a la venta bajo la ley de la selva de la venta por internet, la ley del que clickea más rápido, tiene mejor banda ancha o el algoritmo lo bendice. Cuando sos local también pasa. A esta hora, martes a las 16.30, un amigo de River que tiene “Tu lugar en el Monumental” está detrás de 2900 personas en la cola virtual. Son los privilegiados que podrán sacar primero las entradas para el Superclásico de vuelta, el que se juegue en el Monumental, el que defina todo. Mientras él espera en su computadora, mi otro amigo, el que no quiso vender su platea de Boca, avisa que ya pagó los 1500 pesos del adicional para el sector F. Tiene que sumarle eso a los 680 por mes y los 14 mil por año que paga por la platea, de las más baratas. No se queja. Tampoco hace cuentas de lo que pudo haber ganado. Esa demencia, sea Boca, sea River, la hace el Superclásico de todos los tiempos. Ahora en Twitter alguien retuitea a @BocaAdherentes: “$110k 1 entrada, $200k por 2, Hotel Boca????????????????????????????????????”. Y la imagen de un mail en donde se ofrece una estadía y dos entradas al sector K por 200 mil pesos, y una estadía y una entrada al sector K por 110 mil pesos. Los negocios en el fútbol siempre son ajenos. Las penas, dependerá de esos dos partidos.


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