De las fiestas en Bogotá, a las que entraba con documento falso, al sillón de un vecino 30 años mayor. María del Mar Ramón reconstruye el lado noche de su adolescencia en Colombia, las salidas con amigues, "el heroísmo" que sentían al emborracharse y el lugar de la sexualidad. Eran cazadoras de besos y de números de teléfono, "preventivamente perras" para evitar que cualquiera les rompiera el corazón. De la experiencia con el vecino recuerda dos cosas: que no sintió nada y que dijo que no. "La violencia no suele ser tan literal y clara, y muchas veces no genera reacciones contundentes", escribe en Coger y comer sin culpa, el placer es feminista (Paidós).



 

Ilustración Luisa Castellanos

 

Esa noche me había puesto el vestidito floreado y las medias largas con los zapatos de tacón. Lo pienso, lo recuerdo, aún después de diez años. Las botitas me incomodaban porque eran una talla menos, pero me las puse igual. Pelo, toda esa cantidad de pelo, en una media cola arriba de la cabeza y los aretes grandes. Por esa época lo mejor de salir era, sin duda alguna, todo el proceso de maquillaje. Todo el ritual performativo de la sexualidad y la feminidad adolescente. Coquetear y darnos besos: objetivos principales de la noche. Darnos besos y compartir teléfonos. Compartir teléfonos y mandar mensajes. Volverse a ver y volver a darse besos.

 

Siempre fui la más chica de mi grupo de amigos. Siempre fui la más chica en general. Yo tenía 16 y ellos oscilaban entre los 18 o 19. Éramos jóvenes y veníamos de familias bien de Bogotá. Nos juntábamos con gente que nos caía mal, pero fingíamos que no. Cualquier idea que cuestionara la dinámica de nuestras noches era repudiada y se veía mal. Cualquier idea política, o interés más allá de la fiesta y el trago era ridícula. Quizás es por eso que ahora ninguno de nosotros vive en el país. Había un heroísmo en consumir alcohol sin ninguna clase de limitación. Creo, a la luz del presente, que nuestras vidas eran tan insulsas y aburridas, y que sabíamos tan poco del mundo y teníamos tan poco acceso a lo que sucedía de verdad —fuera de la realidad inventada de nuestros barrios, quizás de algunos libros, y las historias de nuestras empleadas de servicio y de los porteros de nuestros edificios— que emborracharnos era nuestra única opción de liberación para paliar el aburrimiento de clase, de contenidos y de curiosidades de un sector social que se condena todos los días a vivir en siete cuadras y charlar con las mismas cien personas en una cadena infernal.

 

Me habría gustado, también a la luz del presente, que se nos hablara de otra cosa. Que el alcohol se nos mostrara desde otro ángulo, uno más presente y menos prohibitivo o uno que fuera más honesto: todo el mundo se emborrachaba como nosotros, pero éramos jóvenes y no éramos tan amigos, o no conocíamos el sentido de autocuidado de la amistad. Tampoco creo que todas nos emborracháramos por las mismas razones, aunque el resultado era igual, pero nunca nadie nos incentivó a indagar en los motivos de tener que borrarnos así la conciencia. Todo el mundo lo hacía y nosotros también.

 

A mí me gustaban los hombres mayores. Sentía que había un ejercicio de poder y seguridad en la conquista de alguien más grande.

 

De alguien que sabía más, que sabía mucho más, entonces yo también podía demostrar que sabía cosas y que podía fingir más edad. Creía —y lo creí durante mucho tiempo— que había un mérito en ese hecho y que el mérito era mío. Creía —y me duele haber estado convencida de esto tanto más de lo que debía— que no había un problema en que hombres mayores se fijaran en mí, pues yo era así de atractiva, así de mayorcita, así de sagaz.

 

Ese señor debió de ser lindo de joven. Como hombre entrado en los 40 curtía un aspecto elegante y altivo, un poco derrotado por la noche, la fiesta y tras el divorcio de una mujer que se comentaba en las páginas de sociales de las revistas. Era, seguramente, un buen partido para muchas mujeres que rondaban los 30 y que pertenecían a ese nido corrosivo, misógino y racista que era la clase alta bogotana, con la angustia de la soledad perpetua pisándoles los talones y conformándose tristemente con hombres canosos de medio pelo, que no las merecían, pero que al menos tenían todos los dientes, olían bien, poseían un par de carros y ostentaban un apellido que sonaba raro en Bogotá. Me acuerdo del suyo, del de ese señor, pero no tiene sentido mencionarlo.

 

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Yo, que tenía 16, también le sonreí. No esa noche, pero otra. También le sonreí y noté cómo me miró. La mirada fue antes de que yo le sonriera, como para ponerme a la altura del coqueteo del señor. Pensé, ingenuamente, que yo me veía mayor y que si me coqueteaba seguro pensaba en mí como un par. No tuvo que decir nada, porque nunca tienen que decir nada, para que yo supiera qué estaba pensando y qué se le pasaba por la cabeza cuando me miró así. No fue la primera vez que alguien, solo con los ojos, invadió todo mi espacio personal. No fue la primera vez que no pude explicar con palabras qué había sentido, o qué había pasado (porque no había pasado nada que pudiera narrarse con hechos y no con emociones), pero quizás sí fue la primera vez que respondí a esa mirada con una sonrisita tímida.

 

Me cuesta, aún hoy, reconocerme como víctima y no responsabilizarme un poco. La responsabilidad la entiendo, pero la mía sigue intentando justificar, sigue atenuando la situación, poniéndole un manto de duda a lo que es certeza para comprarme la tranquilidad de estar “bien”, “sana” y “buena”. De no habitar este cuerpo afectado, cicatrizado, vivo. Para comprarle la mentira de no ser una víctima. Para garantizarme alguna sensación de autonomía, porque quizás sea eso lo que duele, entre tantas otras cosas de ese recuerdo: el no poder decidir, no poder elegir. No poder.

 

Fuimos a una fiesta a la que no debíamos entrar porque éramos menores de edad, pero habíamos comprado unos documentos falsos que nos garantizaban el ingreso (algo que acostumbrábamos los adolescentes de clases acomodadas en la ciudad, porque la plata puede comprar legalidad). Yo me sentía preciosa con mi vestidito, las medias y las botas. Me sentía letal. Quizás ese es un mejor término para lo que yo quería proyectar.

 

Las tetas se me veían geniales en ese escote y ya por esos años había empezado a poner en práctica una forma de mirar que funcionaba muy bien con los hombres. La idea, como todas las noches, era darnos besos y ya. Era acumular muchachos con referencias de boliches bogotanos en unas listas largas que hacíamos y que guardábamos en nuestras billeteras para registrar cuántos besos nos habíamos dado. No sé para qué. Durante ese tiempo no teníamos intenciones sentimentales. No queríamos encontrar el amor. Queríamos acumular besos con extraños y quizás esperar un mensaje al otro día, quizás no. Creo que, en el fondo, queríamos ganar. Sabíamos que la naturaleza de las relaciones con los hombres era tan desigual y tan injusta que, si nos adelantábamos a no querer nada de ellos y a no esperar el esquivo amor que nos legitimaría socialmente, entonces ya teníamos una ventaja. Éramos —lo que habríamos dicho en esa época— perras por autoconvicción. Preventivamente perras. Nos habíamos apropiado del término y fingíamos disfrutarlo —¿o lo disfrutábamos?— antes de que ellos lo usaran para hacernos daño. Quizás ahí sí teníamos una victoria entre manos.

 

Me gustaría contar más de lo que pasó en el boliche, pero lo olvidé. Recuerdo que había una marca de aguardiente nueva y que nos lo regalaban y que me emborraché mucho. No era una novedad. No puedo decir si me emborraché más o menos que otras veces. Solo que esa vez mis amigas también lo hicieron, o no me pusieron tanta atención, o estaban dándose besos con extraños para poner en sus listas y a mí me dio una pulsión por irme del boliche, seguro porque ya era tarde y yo tenía hora de llegada, pero no podría asegurarlo. La cosa es que me fui. Dejé mi chaqueta y mi cartera en el guardarropa del lugar y me subí a un taxi para irme.

 

La sensación de haber sobrevivido por una especie de milagro a los peligros de la voraz noche bogotana es algo que también me acompaña hoy. A ninguna de nosotras le pasó nunca nada “grave”, ninguna apareció drogada en un potrero, sin ropa y con burundanga. Las historias pululaban por esa época y siempre eran de la prima de alguna conocida, pero nosotras ignorábamos la alta probabilidad de ser las próximas y seguíamos nuestras vidas con euforia e inconsciencia: muy como se debe vivir a los 16. Del trayecto no recuerdo nada. No es porque hayan pasado diez años, es que nunca lo recordé. Alguna idea borrosa de cuando llegué a mi edificio y me percaté de que no tenía ni cartera ni chaqueta ni plata para pagar un taxi. Y después de que alguien, una sola persona en todo el edificio, acudiera en mi ayuda: el señor de más de 40, buen partido, recién separado, que me había mirado tan lascivamente y al que yo, para no sentir vergüenza, había respondido con fingida reciprocidad.

 

Cuando subíamos por las escaleras del edificio me propuso que tomáramos un vino en su casa. Tomar un vino con alguien en mi estado era una invitación con saña. Le dije que sí, porque tenía 16 años y estaba borracha, él había pagado el taxi y también le dije que sí porque yo esa noche no me había dado besos y pensé que quizás eso podía ser una buena idea. Solo unos besos con el señor pintón del segundo piso no es algo que a mi adolescente fiestera le sonara mal. No me parecía que eso indicara nada que no fuera inocente y que alguien pudiera siquiera malinterpretar o necesitar algo más que esos besos de esa noche. Total, él me había mirado, pero yo había respondido a su mirada.

 

Total: unos besos y ya.

 

Las imágenes se ponen borrosas en el ejercicio de volver a esa noche.

 

Lo recuerdo arriba mío, sacándome las medias y las botas. Lo recuerdo besándome el cuello y recuerdo la fuerza que hice tratando de quitármelo de encima.

 

Quizás no fue tanta la fuerza y yo pienso que sí, es difícil determinarlo. Tengo muy claro, claro como el agua, el punto en el que dije que no. Me acuerdo de la luz de la lámpara de su cuarto, de mirarla mientras el peso de ese cuerpo seguía arriba mío y de no recordar más. Paradójicamente, en ninguna de las escenas que tengo está la de habernos dado un beso como el de las discotecas.

 

Volví a mi casa con las medias en la mano, me contó mi mamá. No tenía llaves ni cartera ni chaqueta y tuve que timbrar. Me regañaron y yo contraataqué con algún alegato de borracha adolescente y me fui a dormir. Me castigaron por un par de semanas en las que no pude salir. Dije que me había enredado con un clavo en la entrada del edificio y que estaba tan borracha que me había sacado las medias. Me reí. Se rieron.

 

Al otro día, cuando fui a hacer pis, me salió sangre. No supe cómo pensarlo y se lo acredité a una especie de mérito, a que quizás él la tenía muy grande, algo de lo que hablábamos con admiración, aún sin haber tenido casi relaciones sexuales. La historia se la reproduje a mis amigas con risas fingidas. No sabía cómo más sentirme, porque así no es como suceden las escenas que nos enseñaron que eran violentas de verdad, no tenía idea de cómo interpretar la serie de grises que me llevaron a esa casa, a esa cama y a decir que no, así que solo pude acomodar los hechos de la forma en la que me dejó más tranquila interpretarlos. Nadie vio que había algo extraño en la narración. Éramos todas adolescentes, algunas más grandes que yo, pero adolescentes al fin. No recuerdo haber sentido ningún placer recordando la secuencia. No recuerdo haber sentido nada. Solo puedo recordar haber dicho que no.

 

Me habría gustado que la situación hubiera sido más clara. Hasta más violenta, más como una se imagina que son estas situaciones y menos como fue. Me habría gustado tener claro el rótulo, la categoría y la reacción desde el principio. Me habría gustado no sentirme responsable y no haber pretendido que todo estaba bien cuando no lo estaba. Me habría gustado decirle a alguien, en el tono que la situación mereció, lo que había pasado y que alguien hiciera algo. Al mismo tiempo, la reacción prediseñada ante estos casos habría sido insoportable. Nos habría puesto a los dos: la adolescente que sí estaba borracha y sin cartera y el señor de buena familia, buen apellido y buen partido en un mismo lugar y yo sé —quizás en ese entonces ya lo sabía— que iba a valer más su palabra contra la mía. Entonces fingí.

 

La primera vez que dilucidé, o consideré siquiera el rótulo de violación, no fue mi cabeza sino mi cuerpo quien me lo hizo notar. Fue varias semanas después de esa noche. Salíamos del estacionamiento en el auto con mi hermano y el vecino venía a estacionar. Para esperar a que saliéramos, puso su auto atrás del nuestro, me miró a los ojos por el espejo retrovisor y me saludó con la mano. Sé que fue un gesto lleno de malicia y poder. Lo sé ahora. En ese momento sentí cómo se me paralizaba el cuerpo y me temblaban las manos, cómo la mente se me ponía en blanco y un miedo me helaba la sangre. No pude pensar nada. La violencia no suele ser tan literal y clara y muchas veces no genera reacciones contundentes. Me paralicé. Por primera y única vez en la vida. Mi cuerpo me estaba diciendo, calculo, que el episodio no había sido como yo me lo había dicho y se lo había dicho a mis amigas. Que yo no había querido y que aun si mi mente no podía recordarlo, algo que me recorría de la cabeza hasta los pies, sí.

 

Pasaron muchos años antes de que yo volviera al episodio con ojos críticos y dispuesta a revisarlo, entregada a trabajarlo con la psicóloga y a dejar de usar los eufemismos con los que lo había descrito para mí durante todo este tiempo. Muchos años en los que tuve parejas, terminé con ellas, tuve sexo casual y también comprometido y amoroso, aprendí del placer y aprendí a acabar y no podría decir que nada de eso estuviera determinado por esa situación. Probablemente sí, pero en la vida de las mujeres hay tanta violencia de por medio, que la agresión es la normalidad y aprendimos “o tenemos que aprender” a vivir con ella. Eso también lo aprendí.

 

No quise decirle a mi familia, o decir su nombre, porque, aunque ya no tiene sentido legal, sé que estaríamos en la misma posición que yo intuí desfavorable a los 16: él y yo, su palabra contra la mía. Me gusta pensar que en el contexto actual la balanza no está tan de su lado, pero en Colombia para la clase alta, la gente que se saluda con otra gente y posa en las páginas de la oxidada revista Jet-Set, yo no tengo ningún valor. Habría acusado al amigo de mis amigos y conocidos en Facebook, al tipo que les gusta saludar y con el que se toman unos whiskys cada tanto. Nadie quiere ser amigo de un violador. Nadie quiere creer que lo es. Yo tampoco.

 

Una vez entré a ver su perfil de Facebook. Tuvo una hija hace poco. Quizás tenga bajo su cinturón más de una historia como la mía, o quizás no. En una versión más optimista de la historia a veces pienso que los hombres están criados para la violencia y el sometimiento y que quizás él no registró que me estaba violando, aunque esa teoría nos devuelve a que seguramente haya más mujeres que pasaron por esa situación, que intentaron un no que fue ignorado y que fueron abordadas cuando estaban tan borrachas y eran tan jóvenes como yo. No lo sé. No puedo saberlo. No quiero asumir el peso que requiere que yo sepa esa información. Quiero que ese tipo, todavía pintón, que aparece en las fotos cargando a su nueva hija, no lo vuelva a hacer.

 

Nunca volví a usar el vestidito de flores.

 

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