“El virus nos pone la existencia a contramano”, escribe Dolores Reyes, que vive en un barrio “donde el otro vuelve la vida llevadera”. Cómo se siente hoy allí la distancia de los cuerpos y la dificultad de ponerse virtuales sin medios. La agudización de las medidas comunitarias que saben de supervivencia y capean la precariedad en todas sus formas.



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Me levanto muy temprano y no puedo creer el silencio con el que atravesé la noche. No hay peleas, nos hay risas, los gritos alegres de los pibes que vuelven a su casa se evaporaron. Hace días que no se escucha ni siquiera una cumbia. La enfermedad me llega como una muralla de silencio y asusta.

 

En los barrios de esto que llaman el conurbano bonaerense -Nosotrxs nunca nos nombramos así sino decimos: Soy del oeste, Soy del sur, Soy de La Matanza, Soy de Varela o de Morón- hasta que se decretó el aislamiento vivimos desde siempre del mate compartido, del abrazo, del beso, del calor del otro, de la cerveza que circula de mano en mano acompañándonos. El otro vuelve la vida llevadera. Cuando llevamos vida normal, hacemos las compras juntxs, buscamos a nuestros pibes de la escuela y a los de la vecina o de la hermana también y esos pibes van a compartir desde libros y fotocopias hasta los botines del club. La vereda es nuestra tanto como la esquina, el portón o la placita. La birra o el mate nunca fueron de nadie en particular pero circulan desde siempre entre todxs nosotrxs. Muchas familias resisten el verano armando la pelopincho en la vereda o directamente en la calle. En este momento, hacerle frente a un virus que te obliga a mantener distancia entre los cuerpos y a encerrarte en tu casita es extremadamente difícil porque nos pone la existencia a contramano. Nosotros sabemos abrazarnos en directo y la enfermedad nos obliga a ponernos virtuales sin los medios.

 

En estos días de cuarentena pienso decenas de conversaciones que tuve con alumnos y compañeras de trabajo:

 

¿De qué vive la familia de X? La familia de X vive la caza y de la pesca. (Esto es, subsiste de hacer changas).

 

¿Con quién estás viviendo ahora? Con mamá, mis tres hermanos, mi hermana y su hijo allá, en los locales antes de la ruta (Unos locales fuera del circuito comercial hace décadas, cada uno alberga a media docena de personas o más y tiene un bañito ínfimo).

 

¿Por qué ya no venís más a la escuela? Porque conseguí trabajo en un frigorífico, 14 horas por día y apenas llego a dormir.

 

Cientos de familias de nuestras comunidades no pueden quedarse sin trabajar durante quince días; ni siquiera podrían hacerlo durante tres y esa realidad no se resuelve llamando a la patrulla.

 

Tampoco podemos intentar vencer a una epidemia con la lógica patriarcal de ganador-vencido porque esto no es una guerra en la que se necesiten ejércitos. Es una pandemia y requiere medidas comunitarias para las que será necesario conocer la diversidad de dinámicas de nuestras comunidades, incluyendo a todas las otredades que formamos el temido conurbano bonaerense. Sepan que nunca estuvimos más cerca.

 

La solidaridad, ante todo, va a requerir empatía. Mandar a su casa a un niño y sus cuidadores requiere saber en qué consiste eso que con tanta liviandad estás llamando casa. Sé que muchos de nuestros alumnos no se van a lavar las manos hoy porque nunca en su vida tuvieron un hogar con agua corriente y que ante esta emergencia van a necesitar todo tipo de asistencia para poder hacer lo que vienen haciendo desde al menos dos generaciones, sobrevivir.

 

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Gente que escribe

 

Para mí, en este momento, pertenecer también al mágico mundo de los escritores es un privilegio enorme. El privilegio no es económico, como creerían muchas de mis compañeras maestras para las cuales el mundo de los que escriben configura la otredad de un universo romántico, ostentoso e inexistente, sino experiencial. Aunque sea tener parado un cuarto de pie ahí adentro gracias a Cometierra me oxigena el encierro. Tengo de a ratitos el privilegio de cruzar por el ropero de Narnia. Puedo leer y escribir con otrxs. Alguien me manda música desde el otro lado del mundo.

 

Los escritores han articulado distintas redes para no sentirse tan solos y tan perdidos en la incertidumbre. A todos nos cuesta un horror escribir porque estamos angustiados y dispersos. A todos nos han cancelado viajes, Ferias del libro, lecturas, presentaciones y casi la totalidad de nuestras actividades. Escribir problemáticas abiertas me resulta mucho más fecundo que dar soluciones clasistas y parciales, pero escribir en estos momentos es casi imposible. Lo único que no lo vuelve imposible del todo son las redes que fuimos articulando -whatsaap, facebook, instangram o skype mediante- para no dejarnos caer, como equilibristas de un circo flexibilizado, a veces nos toca caminar en la cuerda floja y otras sostener la red que abraza y protege a los demás.

 

Nos leemos, nos escuchamos, somos por momentos nuestro público y para los que tenían que presentar libros en estos meses, somos sus promotores. Abrimos el libro, lo mostramos, leemos las palabras de otro escritor con el mismo amor y pasión que le pondríamos a las nuestras.

 

Compartimos juegos, películas, música, textos y todo aquello que permita abrazarnos a la distancia y ganarle al aislamiento. El afecto se siente llegar por la red, consuela, divierte, acompaña en ausencia como lo hace un buen libro. Estamos ahí para escucharnos los problemas aunque esos problemas sean tan diferentes a los de mi barrio, en donde el novio de mi hija, que trabaja de canillita para pagar el alquiler de la casa que habita junto a su mamá, empleada de una carnicería al borde del cierre, se ve cada vez más acorralado. 

 

A nosotros nos llaman negros aquellos mismos que condenan nuestra existencia a la precariedad de trabajar en negro, siempre. La policía está parando por cortar el pasto o cartonear a caballo y los vecinos protegen a los trabajadores con lo primero que llegan a improvisar: “Viene a cortar el pasto por los mosquitos”. Es maravilloso ver salir a un vecino, después a otra, y así a toda la cuadra defendiendo al que sale a cortar el pasto porque no le queda otra y que ese hombre que vino por el pasto de una vereda termine cortando a toda la cuadra. 

 

Lo que estalla con esta pandemia es la precariedad en todas sus formas. Las redes barriales se están articulando pero todavía no alcanza, y ese es el mayor desafío ante una plaga que se ríe de nuestras distancias y de nuestras jerarquías. Si viviste toda tu vida ignorando a quienes ranchan de este lado de la General Paz, ha llegado una peste que te obliga a mirar para acá y conocernos.

 

Los alcances de la derrota ante la enfermedad serán directamente proporcionales a las fallas de todas nuestras redes.

 


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