Lxs argentinxs sabemos de inflación desde antes de que existiera el mail y se inventara la telefonía celular. A 30 años del trauma colectivo que fue “la hiper del ´89”, la economista Natalí Risso documenta testimonios de supervivencia cotidiana de aquellos días. Y piensa sus parecidos con la actualidad.



Para bajar la inflación soy monetarista, estructuralista y todo lo que sea necesario; y si hay que recurrir a la macumba, también” Adolfo Canitrot, viceministro de Economía (1989)

 

Desde hace un mes Luca pregunta el precio de todas las golosinas que le gustan: “Mami, ¿está más caro el paragüita de chocolate?”. Su mamá sabe que sí, que todo está mucho más caro, pero le dice que no se preocupe, que esos son problemas de adultos. Luca la acompaña a hacer las compras y escucha que el verdulero no vende más choclos porque están a $57 cada uno. El verdulero es adulto. El remisero que los lleva de vuelta a casa se ve cansado. Tuvo que trabajar doce horas para poder vivir igual que cuando trabajaba ocho. Ya con la cabeza en la almohada, Luca pregunta:

 

—“Ma, ¿nos va a seguir alcanzando la plata para comprar las figus de Pjmax?”

 

Si hacemos una línea de tiempo inflacionaria nacional, el punto de partida estaría anclado en 1943, cuando se publicó por primera vez el índice de variación de precios. Para los argentinos que crecieron, trabajaron y ahorraron entre la década del 50 y principios de los 70 ganarle a la inflación no significaba un gran conflicto: más allá de algunos picos, era de un 25% promedio y no generaba histeria, no afectaba los modos de ahorrar, de consumir, de invertir. Tampoco se metía en la cabeza de les niñes: Luca no sabe qué quiere decir “inflación”. Pero para él significa que Ninjalino ataca a Gecko Ululette, su personaje preferido de Disney.

 

A partir del 75 los aumentos descontrolados de precios traccionaron hacia arriba aquella curva y se convirtieron en marca país. Su pico máximo fue en el 89. La inflación fue de 4.924%. Si en enero comprabas una leche a 45 australes, en diciembre estaba a 2.260. Hoy, a tres décadas de ese diciembre, tenemos una nueva moneda y compramos el kilo de pan a $140, el asado a $240, el queso cremoso a $360. Existen cupones de descuento para ir al cine, comer un kilo de helado, pasar un fin de semana en una casa en Tigre o comprar una docena de sandwiches de miga. No solo los alimentos crecieron, también creció la incertidumbre: el valor de la UVA al que actualiza las cuotas del crédito hipotecario en el que se embarcaron más de 34.000 argentinos estos últimos años creció un 40% desde enero, el transporte un 31,7% y la ropa 35,6%.

***

En enero del 89, los diarios titulaban que Eduardo Duhalde y Carlos Menem estaban empezando la campaña presidencial en la Costa Atlántica y empezaba a preocupar el aumento del costo de vida: 6,8% en un mes.

 

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Para Alicia, hiperinflación es igual a riesgo. Entonces, tenía un negocio a la calle a media cuadra del Congreso: vendía zapatos de hombre, botas, zapatillas. También hacía arreglos. A medida que empeoraba la situación del país, los encargos para arreglos crecían considerablemente. Los precios aumentaban tanto que cada vez menos gente podía comprar calzados nuevos. Alicia instaló el teléfono fijo al lado de la máquina de coser para no tener que levantarse cada vez que sonaba: podía recibir en un mismo día más de cuatro llamadas de sus proveedores remarcando precios, avisándole a qué monto tenía que vender las botitas en ese minuto. “El Pela”, uno de sus proveedores preferidos, pasaba todas las mañanas con una traffic blanca y bajaba bultos cerrados de productos. Las reposiciones se hacían a diario. En una de esas tardes de verano que a veces se hacen eternas, alrededor de las 18 horas la gente empezó a entrar desesperada a comprar. Alicia vendió casi todo que tenía, hasta que vio la traffic de “El Pela” y a él bajando y agitando los brazos en cruz. Le hacía señas desde afuera, que cerrara, que bajara la persiana, que no vendiera más, que estaba regalando la mercadería.

 

El teléfono se había roto y ella seguía manteniendo el precio del mediodía. Todas las zapaterías de la zona estaban cerrando. Por eso había tanto movimiento en su local. “Como comerciantes teníamos que desarrollar una capacidad extra: si vendíamos distraídos sin remarcar, después no nos alcanzaba la plata para reponer la mercadería.”

 

En marzo de ese año, el costo de vida volvió a aumentar: 9,6%. Hubo una cumbre radical con el ministro de Economía Sorrouille por la crisis económica, se cayó un avión en una favela brasileña, Charly y Spinetta participaron de un recital en apoyo a Angeloz, el candidato a presidente por la UCR. *** La híper del 89 se explica por varios fenómenos que resultan de la disputa en el frente fiscal (la capacidad de recaudación y de gasto del sector público) y una problemática estructural que presenta históricamente la economía argentina: la restricción externa. Es decir, la poca capacidad de obtener divisas para sostener ciclos de crecimiento económico, que resultan en una economía débil, muy dependiente de los shocks provocados en el resto del mundo. El primer gobierno democrático después de la dictadura del 76 se encontró con una deuda que se había quintuplicado: entre 1983 y 1989 los compromisos con el extranjero se incrementaron un 40%, llegando a representar el 118% del PBI. No solo la cantidad de capital adeudado crecía, sino también la tasa de interés que Argentina debía pagar por haber tomado deuda. Los precios internacionales de los productos típicos de exportación argentina estaban bajos y generaban menos ingresos de dólares en el intercambio comercial.

 

El déficit fiscal también se encontraba presionado por los grandes grupos económicos, que exigían mantener los beneficios obtenidos durante la dictadura militar -como los reintegros por exportaciones o subsidios para la promoción industrial-. Cuando los dólares dejaron de alcanzar para hacer frente a estos déficits, el gobierno tuvo que postergar el pago de intereses de la deuda. En ese momento, empezó un proceso de especulación y la corrida cambiaria fue creciendo: primero la banca internacional, después los nacionales, después grandes empresarios, después la clase media; todos comprando dólares.

 

La crisis fiscal y de balanza de pagos devino en una crisis institucional que aceleró la dolarización de los activos financieros (acciones, bonos, deuda). La devaluación se trasladó a los precios que variaban constantemente y sin criterio. La falta de referencia en el sistema de precios de la economía profundizó esa dolarización y no solamente los productos exportables o con componente importado aumentaban ante las sucesivas devaluaciones, sino que también se comenzó a tomar al dólar como referencia en productos de transacción cotidiana. Acompañando a la suba de precios, muchos de los contratos (alquiler, salarios, tarifas) se encontraban indexados. Es decir, contaban con mecanismos de ajuste automático ante variaciones del Índice de Precios al Consumidor. Eso generó un espiral inflacionario que se frenó con la convertibilidad y la prohibición de indexar contratos hasta el día de hoy.

 

En abril de 1989, la carne aumentó un 22% en los primeros 13 días del mes. Renunció Sorrouille. Los gremios pidieron aumentos de entre 50% y 100%, los empresarios aceptaron. El Oscar fue para Rain Man y Dustin Hofman.

***

Para Gustavo, hiperinflación es sinónimo de hambre. En el 89 vivía con su hermano y sus dos sobrinas en CABA. El resto de su familia estaba en Mar del Plata, su ciudad natal. Su rutina era despertarse, cepillarse los dientes, alzar a las nenas y llevarlas al Supermercado Norte de Paternal. Las sentaba entre las góndolas y les abría un paquete de jamón, uno de queso, uno de pan y una leche larga vida para desayunar. Cuando algún guardia se les acercaba, él se defendía: no tengo para darles de comer.

 

A Gustavo le empezaron a pagar su sueldo de la heladería cada quince días. La estrategia era cobrar e ir directo a comprar comida. Le alcanzaba para cuatro bolsas de galletas sueltas, yerba y harina para hacer pan. Aguantó así hasta que consiguió que un tío lo recibiera en una casa en Francia. Gustavo estuvo tres años viviendo en Toulouse, donde dos familias españolas lo contrataron como personal trainer y él logró aplicar lo que había aprendido en el Instituto Superior de Educación Física Romero Brest. En las cartas que le escribía a su mamá desde el exilio económico le comentaba lo asombrado que estaba: el queso, el pan y el vino casi no variaban de precio. En mayo de ese año Menem ganó las elecciones presidenciales. Se decretó Estado de sitio por saqueos a supermercados y se establecieron precios máximos para el pan y la harina. Maradona salió campeón de la copa UEFA con el Nápoli. El costo de vida aumentó 33,4%. Alfonsín anunció que se quedaba hasta el fin de su mandato, en diciembre, y todo su gabinete presentó la renuncia.

 

Claudia piensa “hiperinflación” y se le vienen a la mente bolsones y bolsones de pañales. Hace 30 años estudiaba estadística en la UBA, y sus dos hijas eran bebés: Julia tenía 1 año y Sara 2 meses. Ella no ahorraba en pesos ni en dólares, ahorraba en fideos y pañales. Un miércoles de mayo del 89 mandó a un fletero amigo a una pañalera de Once, que volvió con el camión lleno. “¡No tuve que comprar pañales por tres años! -recuerda-. Abrías un cajón de la cocina, del baño, un ropero, mirabas abajo de la cama y salían pañales.” En esa época, su papá vendió el negocio de producción de azulejos: le pagaron la mitad en efectivo con la firma del boleto de compra venta, y la otra a los tres meses. “La segunda cuota apenas nos alcanzó para comprar un minicomponente de doble casetera y hacer un asado.”

 

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Para Samuel, decir “hiperinflación” es decir “pesadilla”. Vivía en José León Suárez con su familia. Habían resignado el living que daba a la calle para convertirlo en almacén. Pusieron vidrios, compraron heladeras exhibidoras, una máquina cortadora de fiambres, mandaron a hacer un cartel “Tienda la bendición” que después los vecinos rebautizaron como “El almacén del Negro”. A los meses, después de sufrir varios intentos de robo, el Negro puso rejas delante del mostrador.

 

Un día por junio del 89, llegó vecino corriendo:

 

—Negro, cerrá rápido. Vienen hordas de gente a robar todo. El Negro corrió a buscar un palo (“A mí nadie me va a tocar mis cosas”). Cuando volvió vio que unas 150 personas estaban rompiendo y tironeando entre ellas para llevarse la caja exhibidora de fideos, galletitas y queso. Tenía todo listo para electrificar las rejas, pero no pudo. Cuando identificó que los saqueadores tenían caras conocidas no supo qué hacer y desistió.

 

A cinco meses de terminar su mandato, Alfonsín renunció. El gobierno lanzó un plan de asistencia social y congelamiento de precios. El costo de vida aumentó 114% (los taxis, 245%). Brasil salió campeón de la Copa América. Le dieron once años de prisión a Monzón por el femicidio de Alicia Muñiz.

 

En agosto de 1989, los Redondos tocaron en Pinar de Rocha. Sólo el 40% de los consumidores pudo pagar el servicio de agua. Se acordó un indulto para los militares. En septiembre, Menem firmó un acuerdo con el FMI por 400 millones de dólares, jugó al Básquet con la selección nacional, anunció la privatización del Teatro Colón y del Autódromo. En noviembre cayó el muro de Berlín. Menem y Scioli ganaron una carrera motonáutica en el Delta. Se casaron Claudia y Diego Maradona. *** En el 89, la mamá de Luca tenía la edad de Luca hoy. En ese momento, no le hubiera preocupado el 53,5% de inflación que la economía argentina acumula treinta años después. Su situación es similar a la de muchos argentinos: el efectivo se esfuma, la plata rinde cada vez menos, el dólar cada vez más. El lunes post PASO, cuando el tipo de cambio saltó de 45 a 60, se dio cuenta que tenía un instinto de economista o de supervivencia: con lo poco que tenía ahorrado compró zapatillas de verano para Luca, una lámpara para la mesita de luz, unos parlantes bluetooth. En el camino de vuelta del jardín, Luca le cantó la canción que habían aprendido en la escuela y le contó que le había preguntado a una compañera si quería ser su amiga y ella le dijo que no, que ya tenía un montón.

 

¿Hay riesgos de volver a caer en otra hiper? No. La economía argentina hoy atraviesa otra situación. Los aumentos mensuales están muy por debajo del 50%. La restricción externa sigue siendo un problema pero hoy la principal deuda es con el FMI -y se puede “reperfilar”-. La deuda interna con el sector privado ya está siendo negociada. Y la devaluación de 2018 hizo más competitivo al sector exportador a la vez que enfrió las importaciones, por lo que la balanza comercial (exportaciones menos importaciones) fue superavitaria durante el 2019, aumentando la oferta de dólares.

 

“La hiper del 89”, esa marca país, fue mucho más que el aumento descontrolado de los precios. Fue un trauma social y colectivo. También fue el fracaso del primer gobierno democrático. Fue terrorismo económico. Fue la puerta de entrada al menemismo, la victoria del neoliberalismo en Argentina.

 

Hoy la situación macroeconómica es delicada pero la madurez social no va a permitir retroceder 30 años en la historia.


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