La agroecología no es una moda pasajera: en Argentina lleva al menos treinta años de organización. Movimientos sociales, científicxs y productorxs vienen construyendo una nueva certeza: esta forma de producir nos alimenta mejor, genera trabajo y cuida nuestra salud. También tienen demandas, como la lucha por la tierra y políticas que promuevan otro modelo de agricultura. Paula Serpe y Andrea Sosa recorrieron chacras, hablaron con productores, participaron de verdurazos y, a la vuelta, escribieron esta crónica.



Desde que empezó la pandemia, Laura completa cada quince días un formulario online para pedir su bolsón de frutas y verduras agroecológicas. Va a retirarlo a un nodo de comercialización a tres cuadras de su casa, en el barrio de La Paternal. Lo descubrió al comenzar la cuarentena, buscando alimentos sanos y accesibles.

 

La encargada del nodo es Isabel. Tiene cuatro hijes y milita desde hace más de una década en la unidad básica donde entregan los bolsones. Dos veces al mes recibe los formularios, entre ellos el de Laura, y envía los pedidos a las organizaciones de productores. Hace cinco años su grupo encontró en la comercialización de productos agroecológicos una forma de acercar alimentos baratos y sin agroquímicos a la gente del barrio. Se conectaron con la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT) durante un verdurazo, una de esas jornadas en las que productores de alimentos se muestran ante el público urbano y dan a conocer sus demandas donando su producción. A partir de entonces el local de Isabel se transformó en un enlace entre productores y vecinos, que también visitaban las huertas para ver de primera mano lo que compraban en el nodo. Desde marzo, aunque los encuentros se interrumpieron, los pedidos se multiplicaron: pasaron de vender 20 a 100 bolsones cada dos semanas.

 

A la experiencia de Isabel hay que sumar los nuevos nodos autogestivos en otros espacios de militancia, centros culturales, o edificios de departamentos de las grandes urbes. Todos ellos surgieron en estos meses, en tiempos de COVID-19. Sólo la UTT tiene 250 nodos en el AMBA y otros 100 en el resto del país. Junto a otras organizaciones como el MTE-Rural o emprendimientos como la Asociación de Productores Hortícolas de la 1610 (solo para mencionar algunos), comercializan bajo formatos similares alimentos agroecológicos bien antes de que la pandemia los pusiera de moda.

 

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En Argentina hay experiencias agroecológicas de más de 25 años, como la granja Naturaleza Viva en Guadalupe Norte, Santa Fe, o el establecimiento “La Aurora” en el partido de Benito Juárez, al sudoeste de Buenos Aires. Además de estos proyectos, algunas ONGs desde los ochenta comenzaron a fomentar entre agricultores de pequeña y mediana escala prácticas productivas que valoraran los conocimientos locales y cuidaran el entorno natural. Con el tiempo esas organizaciones se encontraron con otras y crearon redes como el Consorcio Latinoamericano de Agroecología y Desarrollo, el Movimiento Agroecológico Latinoamericano o la Red de Agricultura Orgánica de Misiones. 

 

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En esas redes se formaron referentes sociales, académicos e institucionales que expandieron el alcance de la agroecología en el país. Como en Quimilí, Santiago del Estero, donde el MOCASE-Vía Campesina sostiene una Escuela de Agroecología desde 2007. O la Licenciatura en Agroecología que se abrió en 2014 en la sede de El Bolsón de la Universidad Nacional de Río Negro. O la creación de la Sociedad Argentina de Agroecología en 2018. Entre muchas otras iniciativas a través de las que se propagan las raíces de este enfoque por todo el territorio nacional. 

 

Hoy la agroecología se ha convertido en una alternativa agronómica, ecológica y sociopolítica para la producción agropecuaria. Su historia se nutre de la trayectoria de movimientos sociales rurales que a lo largo y ancho del mundo luchan por la soberanía alimentaria. Lo sabe bien Leonardo, que desde hace cinco años combina cultivos y prepara abonos sin químicos en su huerta agroecológica del cinturón hortícola de La Plata, a 69 km del local de Isabel. Él es uno de los miles de pequeños productores familiares que, se estima, cultivan en el país más de la mitad de las hortalizas y crían más de la mitad de los pollos y los cerdos, casi la totalidad de los caprinos, más del 20 % de las vacas, y que son responsables de un 30 % de la leche que consumimos (según datos de FAO, de 2014). Desde que dejó los químicos con acompañamiento de su organización y del programa ProHuerta, dice que se siente libre y que duerme más tranquilo. Lo que aprendió en el último tiempo le recuerda lo que hacían sus padres en el campo antes de migrar desde Bolivia, sólo que ahora su producción está mejor diseñada y sus abonos son más completos.

 

Los rabanitos crecen en tres días entre las líneas de espinaca, que plantamos debajo de tomates, morrones o berenjenas. Así aprovechamos mejor el espacio —dice mientras vigila su terreno de una hectárea, lleno de microorganismos que de manera natural le dan vida y fertilidad al suelo. 

 

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Generar equilibrios al interior de los sistemas agropecuarios es uno de los puntos de partida de Leonardo y de la agroecología. Así como ninguna especie animal o vegetal crece en soledad, en estos espacios se crean combinaciones para permitir un mejor desarrollo de los cultivos en ambientes más estables y eliminar el uso de insumos de la industria petroquímica (pesticidas, herbicidas, fertilizantes químicos), contaminantes y dolarizados. Gracias a los intercambios con técnicos y técnicas de su organización, Leonardo aprendió a hacer biopreparados baratos y naturales que suplen a los insumos químicos cuando se necesita.

 

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En los últimos años la palabra agroecología llegó a las altas esferas de la gobernanza global. La FAO empezó a repetir lo que los movimientos sociales, científicos y científicas plantean desde 1980: que la agroecología puede alimentarnos mejor, generar trabajo, cuidar nuestra salud y proteger la del entorno. También ayuda a mitigar el cambio climático y conservar la biodiversidad, dos cuestiones que ocupan los debates de la agenda internacional.

Muchos campesinos y campesinas cultivan de este modo desde antes de que la agroecología tuviera ese nombre. Por ejemplo, los trabajadores rurales y campesinos del norte argentino tradicionalmente han producido sus propios alimentos sin usar insumos industriales. Como Marta, productora chaqueña, hija de un paraguayo y una santafesina que trabajaron toda la vida en el corte de caña de azúcar y en su chacra. 

 

Detrás de una mesa con verduras, huevos, frutas, queso y yuyitos de la feria franca de un pueblo del Chaco Húmedo, Marta atiende con prisa a los últimos clientes una mañana de calor de septiembre. Tiene que regresar pronto a su hogar porque a la tarde va a estar ocupada sembrando sandía y zapallo. Entre comprador y comprador, charla con Eva, una compañera feriante, que le pregunta por las condiciones del tiempo. Pero no por la lluvia, sino por las fases de la luna.

 

Ayer estuvo llena.

 

¡Entonces, está ideal! 

 

¿Por qué?

 

— Porque con la luna no hay bichos.

 

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A casi 30 km del centro del pueblo, Marta vive con sus tres hijes y su nieto en la casa donde creció su difunto marido. El terreno no es suyo: por más de 100 años perteneció a un ingenio azucarero para el que trabajaba toda la población de la zona. Hasta que la empresa cerró, a principios de los noventa. Desde entonces, la chacra y los animales se volvieron centrales para el sustento de Marta, sus hijes -que trabajan como peones en estancias ganaderas- y el resto de su familia. Todavía esperan obtener el título de la tierra que habitaron por generaciones. 

 

La gran mayoría de las y los agricultores familiares de pequeña escala viven en la pobreza, no tienen acceso a crédito ni a vivienda, ni son dueños de la tierra que trabajan. Además, quienes abastecen a los mercados concentradores están sometidos a formas de intermediación comercial que determinan los tiempos de cosecha y disminuyen el margen de ganancia del productor directo. Estas condiciones y la falta de asesoramiento obligan a muchas familias a producir de formas insostenibles, sin respetar los tiempos naturales y con tóxicos que resultan dañinos para ellas, el ambiente, las poblaciones vecinas y los consumidores. Solo así consiguen pagar el alquiler a fin de mes. 

 

Es por estas situaciones que la lucha por la soberanía alimentaria y la agroecología de organizaciones transnacionales como La Vía Campesina y otras de alcance nacional van de la mano de la lucha por la tierra. La transición a una agricultura sustentable empieza por el acceso a la tierra y condiciones de vivienda digna: agua potable, luz, conexión a internet, acceso a la salud, educación, espacios de sociabilidad, asesoramiento técnico. Reconocer las tareas esenciales que realizan las y los agricultores es el primer paso.

 

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—En 1996, cuando se aprobó la soja transgénica, no había ninguna maleza resistente al glifosato. Veinte años después, en 2015, tenemos 17 malezas resistentes al glifosato y a otros productos.

 

El que habla es el ingeniero agrónomo Eduardo Cerdá. Es febrero de 2018 y en Entre Ríos se debate un proyecto para la regulación del uso de agroquímicos. Todavía faltan dos años para que el Ministerio de Agricultura cree la Dirección Nacional de Agroecología y él asuma como responsable. Ahora, en la Cámara de Diputados de la provincia, frente a políticos, asambleas ciudadanas, colectivos ecologistas y entidades rurales como la Federación Agraria Argentina, Cerdá explica que el modelo de producción industrial está agotado: los químicos se están volviendo en contra, porque cada vez se aplican más cantidades para lograr los mismos rendimientos. 

 

—Están generando un desequilibrio por la forma de producir. Y lo solucionan con más agroquímicos, agrotóxicos, o como quieran llamarlo. ¿Qué le conviene más al productor? ¿Cuidar su campo? ¿Tener fertilidad? ¿O seguir comprando falopa? Este es un esquema drogadicto: cada vez pide más. 

 

En 2020, dos años después, hay casi 30 malezas o yuyos que sobreviven a los herbicidas. 

 

Cerdá, fundador de la RENAMA (Red Nacional de Municipios y Comunidades que Fomentan la Agroecología), promueve la agroecología en agricultura extensiva: cereales, oleaginosas, ganadería. Referentes como él recorren este y otros países, y ahora también los webinars, para derribar un mito: que los agrotóxicos son necesarios para alimentar al mundo. Sí los necesitan las empresas proveedoras, que aumentan sus ganancias al vender más aplicaciones de insumos químicos dolarizados, y reducen así el margen de renta de quienes producen. 

 

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Desde el ámbito científico, distintas investigaciones han demostrado que los agrotóxicos no son indispensables para producir. Algunas lograron la atención de los medios, como un estudio del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) presentado en el primer congreso argentino de agroecología de 2019. En la región pampeana, los integrantes de la Chacra Experimental Integrada Barrow probaron que el trigo cultivado de forma agroecológica tiene rendimientos similares al modelo convencional, pero ahorra los gastos en herbicidas, fertilizantes e insecticidas químicos. 

 

En solo dos años la RENAMA triplicó sus socios. Tal vez la designación de Cerdá sea un reconocimiento al hecho de que producir cuidando los suelos y la salud de quienes viven y trabajan en el campo es posible, no atrasa ni empobrece.

 

Durante la pandemia, otros sectores del Estado también se hicieron eco de la importancia de la producción agroecológica. Ejemplos recientes son los planes de establecer colonias agroecológicas de abastecimiento urbano y cinturones verdes en torno de ciudades, o el plan de inversiones presentado por el presidente y el ministro de agricultura en septiembre. En cuanto a la Ley Nacional de Reparación Histórica de la Agricultura Familiar, Campesina e Indígena, que reconoce el papel de este sector para construir la soberanía alimentaria y contempla el acceso a tierras propias, desde 2015 esperamos su reglamentación. Mientras, se aprobó el primer trigo transgénico de manera unilateral y sin ningún tipo de consulta pública, que de comercializarse afectará la alimentación y la salud de toda la población. 

 

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Es mayo de 2020 y en el mediodía de Constitución hace algo de frío. Frente a la estación de trenes se detiene un camión con la bandera de la UTT. De la puerta trasera asoman decenas de cajones de madera rebosando de lechuga, espinaca, tomate cherry, apio, cebolla, morrón.  En la vereda, expectantes, vecinos y vecinas observan embarbijades el despliegue de frescura que baja de a poco. Mujeres de la organización dan discursos sensatos, políticos, bajados a tierra, desde el megáfono o hablando con los medios. 

 

Nosotros seguimos trabajando. Somos quienes producimos para el pueblo. Entre todos los productores nos organizamos para donar verduras a todos los comedores. Muchas organizaciones nos llamaron y estamos entregando cajones para lugares que alimentan hasta 500 personas —explica una productora frente a una cámara de televisión.

 

Los estómagos rugen. Algunos integrantes de la incipiente Red de Comedores por una alimentación Soberana se acercan de a poco a recibir la donación. Un pulpo de pasamanos extiende sus tentáculos colaborativos para que los cajones de verdura lleguen a los vehículos que los llevarán a cada comedor. Mientras, otros entregan verdura para varios días a las y los vecinos que forman fila. Todos respetan la distancia social. Y preguntan cuánto cuesta. 

 

¡Nada! Tome, coma bien y disfrute: esto es un verdurazo.

 

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Algunos de los nombres utilizados aquí son de fantasía para preservar la identidad de las personas que colaboran en nuestras investigaciones. La confidencialidad y el anonimato es un acuerdo ético sobre el que establecemos los vínculos en el trabajo de campo. 

Agradecemos la lectura atenta del Ing. Agr. Enrique Goites, del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria.

 


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