A los seis prendió fuego la cuna de su hermano. En la adolescencia rompió ventanas, robó y provocó peleas. El padre y la madre se suicidaron. Tiene una condena por robos a conocidos y familiares. Y después de 16 años está otra vez en la mira de la justicia: es uno de los sospechosos de matar a María Marta en el country El Carmel. Nadie lo visita en la cárcel, nadie quiere hablar bien de él. Martín Sassone cuenta quién es la oveja negra de una familia “bien” que jugó siempre al límite.



Este texto fue publicado el 16 de julio de 2018

 

 

 

—Nadie te va a decir nada bueno de Nicolás salvo yo.

 

Natalia L. se excusa de seguir hablando de su novio porque, dice, antes debe consultarlo con él. Tres días después, por whatsapp, da una respuesta que deja interrogantes sobre la relación:

 

—No voy a dar la entrevista. Con él no hablo y quiero mantenerme lo más alejada posible de toda esta situación.

 

Nicolás Pachelo está preso en el pabellón evangelista de la Unidad 24 de Florencio Varela desde el 21 de mayo. Entre muros lleva una vida solitaria. No estudia ni trabaja. Algo parecido a lo que hacía cuando estaba en libertad, pero sin el habitual café de Starbucks, las partidas de póker, los Ray-Ban, las camperas de cuero y la moto de alta cilindrada. Antes, desde el 7 de abril, estuvo detenido en los calabozos de la DDI de Pilar. En ambos lugares recibió pocas visitas. Nadie de su numerosa familia fue a verlo. Ni sus medio hermanos y mucho menos sus hermanastros, que lo consideran una mancha negra en sus vidas. Tampoco sus hijos.

 

Sus familiares no quieren hablar de él. Lo desterraron porque los avergüenza. Su imagen y su historia atenta contra su estilo de vida que transcurre en countries de zona norte y veraneos en Punta del Este. Varios de ellos ya declararon en alguna de las tantas causas en las que está imputado y no lo favorecieron. Hernán Coudeu, su hermanastro y marido de la ex modelo Sol Acuña, lo reconoció ante la Justicia cometiendo un robo.

 

El único incondicional es el abogado defensor Roberto Ribas, quien siempre se mostró muy atento y amigable con los periodistas, pero ahora es esquivo y distante: “Nicolás no quiere que hable en este momento”. Y este momento es, casualmente, el que Pachelo está más comprometido con la Justicia.

 

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A los seis años, Nicolás Pachelo prendió fuego la cuna de Francisco, su medio hermano recién nacido. Ese es el primer registro de violencia en su vida. Con el tiempo vendrían peleas juveniles, mentiras, robos, estafas, amenazas, los suicidios de sus padres, arrestos y una acusación gravísima, que por alguno de esos insondables misterios de la justicia argentina, eludió durante 15 años: el crimen de María Marta García Belsunce.

 

El nombre de Pachelo estuvo desde el principio en la causa: la familia de la víctima cercada por la Justicia se defendió atacando al por entonces conflictivo vecino del country Carmel de Pilar.

 

María Marta era la vicepresidenta de Missing Children Argentina y esposa del financista Carlos Carrascosa. La encontraron muerta en el baño de su casa del country el 27 de octubre de 2002. Ese día y el siguiente, mientras la velaban a pocos metros de donde el viudo la había encontrado muerta, los Belsunce cometieron una serie de actos que el fiscal de Pilar Diego Molina Pico interpretó como de encubrimiento. Más de un mes después, a comienzos de diciembre, el fiscal ordenó la demorada autopsia. A la mujer le habían pegado seis tiros en la cabeza: cinco proyectiles estaban incrustados en el cráneo y un sexto, el famoso pituto, había rebotado.

 

El 11 de diciembre de 2002, el crimen tomó estado público y Molina Pico apuntó toda su artillería contra el círculo íntimo de la víctima. Como él había estado junto a dos jefes policiales en el velorio se sintió engañado por la familia y nunca -mientras estuvo al frente del caso- barajó otra hipótesis que no fuera que el homicidio lo había cometido el viudo Carrascosa acompañado por al menos dos personas de su confianza. El fiscal nunca estableció un móvil concreto y su teoría de que el crimen estaba relacionado con el lavado de dinero del narcotráfico internacional a gran escala pronto se esfumó.

 

Como una cruel ironía del destino, el apellido Belsunce, que hasta entonces gozaba del prestigio que le había legado el jurista Horacio García Belsunce (p), cayó en desgracia. Y la familia salió a defenderse con todo. Horacio hijo recorrió los medios. El estudio de abogados de José Licinio Scelzi se ocupó de la parte legal. Y el perito criminalístico Raúl Torre y el médico legista Luis Alberto Kvitko hicieron una investigación paralela.

 

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Así apareció en escena Pachelo, el vecino problemático, el ladronzuelo mal llevado, la oveja negra de una familia “bien”. Nadie le conocía trabajo fijo: vivía allí porque el padre había sido uno de los fundadores del barrio privado y él había heredado un chalet. Ante cada acusación del fiscal, los Belsunce contraatacaban con datos de Pachelo. Por entonces tenía 27 años, estaba casado con Inés Dávalos, tenía tres hijos y un tendal de problemas con la ley. Para ayudarlo estaba Ribas, un viejo amigo de su familia, quien no sólo ejerció su defensa, sino que también fue su protector y vocero.

 

En el Carmel habían registrado una serie de robos menores que tenían intranquilos a los vecinos porque sospechaban que era alguien de adentro, o al menos con acceso diario al country. Se habían robado palos de golf, computadores, herramientas y sillones de exteriores. A María Marta le robaron el perro labrador Tom. Nora Burgués de Taylor, una de las mejores amigas de la víctima, contó que ella le tenía pánico a Pachelo porque consideraba que era responsable del “secuestro” del animal.

 

Si bien nunca le pudieron probar la mayoría de esos robos, Pachelo fue condenado por otros. En 2005, mientras Carrascosa y los Belsunce estaban con la soga judicial al cuello, Nicolás Pachelo fue sometido a un juicio abreviado por una serie de hurtos y robos cometidos en departamentos y casas de la Ciudad de Buenos Aires entre agosto de 2003 y abril de 2004. El Tribunal Oral en lo Criminal porteño N° 15 le dio una pena de tres años y tres meses de prisión. Todos los episodios tenían un patrón en común: las víctimas eran conocidos suyos o familiares de conocidos.

 

El fiscal Molina Pico, que desde el comienzo apuntó a la familia de María Marta, también ignoró esa sentencia.

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Tres acontecimientos marcaron a fuego la vida de Pachelo. El primero fue la separación de sus padres, a fines de los setenta, cuando él era un niño. Roberto Pachelo era piloto de autos de Turismo Carretera -compitió desde 1967 hasta mediados de la década siguiente, por lo general al volante de un Fiat 1500. El matrimonio con Silvia Ryan, la madre de Nicolás, fue efímero y él se puso en pareja con Jacqueline Barbará, “Jackie”, una amiga suya que había enviudado hacía un tiempo.

 

Los mitos alrededor de su personalidad continúan en la adolescencia: peleas, problemas en la escuela (un costoso colegio privado de Pilar), destrozos sin sentido y los primeros robos. Uno de sus amigos de aquella época declaró que a principios de los noventa solían ir a bailar y cuando salían del boliche Pachelo agarraba un palo y se dedicaba a romper los espejos de los autos estacionados. Una vez otro amigo le había prestado una moto y Nicolás la vendió. Cuando los padres del chico le recriminaron a Roberto Pachelo lo que había hecho su hijo, el hombre compró otra moto para zanjar el problema.

 

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El segundo episodio determinante en la vida de Pachelo fue el suicidio de su padre. Roberto Pachelo se pegó un tiro en su casa de Villa Rosa, partido de Pilar, en enero de 1996, cuando Nicolás tenía 20 años. La causa dejó algunas dudas que, en plena investigación del crimen de María Marta, los Belsunce hicieron trascender: el cuerpo tenía un impacto bala en el parietal izquierdo cuando el hombre era diestro; había desaparecido documentación y las llaves de la caja fuerte de su propiedad; y el incendio de la casa borró todo rastro. Un empleado de la tosquera propiedad de Robero Pachelo declaró que después de la muerte sorprendió a Nicolás disparándole a fotos de su padre pegadas en una pared. Y Mariano Maggi declaró que le había vendido una camioneta a Nicolás y que luego lo acusó de haberlo estafado con unos cheques sin fondo. Tras la denuncia, a Maggi le balearon su concesionaria de autos en Pilar y cuando lo increpó Pachelo le respondió: “Si tuve huevos para matar a mi viejo, tengo huevos para matarte a vos”. Pese a los indicios, la causa que se instruyó como “muerte violenta” se cerró como “suicidio”.

 

Años más tarde, en plena sucesión de la tosquera y otros bienes de Roberto Pachelo, al hermanastro Hernán Coudeu se le incendió la casa. Los peritos de la compañía de seguros determinaron que había sido intencional: la justicia no acusó a Nicolás pero la relación familiar ya no tendría arreglo.

 

El tercer hecho dramático en la vida de Pachelo fue el suicidio de la mamá. Silvia Ryan se tiró desde el departamento del piso 11 de Avenida del Libertador 184, frente a la estación de Retiro, el 28 de mayo de 2003. La mujer dejó tres cartas en las que explicaba que lo había hecho porque no podía tolerar las acusaciones contra su hijo por el crimen de María Marta. Pachelo amenazó telefónicamente a Horacio García Belsunce, y Molina Pico decidió ponerle custodia policial al hermano de la víctima. Eso tampoco modificó su posición ante el caso.

 

En 2004, durante la instrucción del juicio por los robos en Capital, Pachelo fue sometido a pericias psiquiátricas realizadas por expertos de la Academia de Medicina Legal y Ciencias Forenses de la República Argentina. El informe, que lleva la firma Enio Linares, dice que Pachelo tiene un trastorno de personalidad. “Este trastorno se reconoce en la niñez, y continuará en la adolescencia, juventud y seguirá en la adultez y la vejez, por realizar actos como los ofrecidos por Pachelo: incendios, robos, presencia de suicidios de los padres debido a que hace al desarrollo de la personalidad, protagonismo llamativo en todas las desviaciones de conductas cometidas: simulación, mentiras, ocultamiento de identidad, proyección patológica”.

 

El informe también sugiere que pudo haber inducido al suicidio a sus padres. “El psicópata -N. Pachelo- rara vez realiza el suicidio, pero con su comportamiento psicopático induce, impulsa, facilita y favorece a que el otro lo realice. Cuanto más vecino y próximo está el potencial suicida que contempla su trastorno de conducta antisocial, será el más expuesto a padecer la dependencia. Cuando es mayor y más profunda la relación afectiva -la madre en este caso-, es ella la que se somete, obligada por la presión social y la justicia que cuestiona la conducta de su hijo”.

 

“Pachelo no aprendió -como psicópata que es- la experiencia del suicidio de su padre, por su egocentrismo patológico y su incapacidad de amar (descalifica y desplaza al otro, aunque sea la madre suicida, ‘lo que me hicieron’ dice en el velorio) y por su falta de previsión que la madre, ante su conducta, podría repetir la experiencia paterna”, agrega el estudio. El diagnóstico de Linares fue que Pachelo “padece un trastorno severo de personalidad”, que su psicodinámica evolutiva es la del “psicópata desalmado”, que es “peligroso para terceros” y que su rasgo principal es el de “total incorregibilidad”.

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En 2007 llegaron las condenas a Carrascosa y su círculo íntimo. Luego las apelaciones, y las idas y vueltas de la justicia que absolvió al viudo en 2016. La figura de Pachelo se diluyó en el inconsciente colectivo. Tuvo una fugaz y sorpresiva aparición a comienzos de 2012 como campeón del Mantra Grand Slam de Póker de Punta del Este. Con un poderoso par de reyes en la última jugada alcanzó el premio de 61 mil dólares. En un video del programa Código Póker se lo ve sonriente y explicando cómo llegó al triunfo: “Era una mesa muy competitiva. Pero bueno… paciencia, cafecito, música y un poquito de suerte ayudaron a llevarnos el primer premio”.

 

Esa versión de Pachelo seguro con las cartas sobre el paño verde en distintas competiciones, bailando al ritmo del DJ David Guetta en fiestas electrónicas, disfrutando de la velocidad arriba de su moto fue la que a fines de 2014 enamoró a Natalia L. Al año de estar con él, ella tuiteó: “Nuestro amor a primera risa fue lo que me enloqueció”.

 

El Pachelo distendido en el póker y romántico con Natalia es una versión muy alejada del agresivo y reacio muchacho que durante años esquivó a la prensa, como si fuera Dr. Jeckyll y Mr. Hyde.

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En junio de 2003 Pachelo habló casi por única vez ante los medios. En una entrevista con la Revista Gente, un mes después del suicidio de la mamá, negó las acusaciones en su contra. Por eso cuando declaró como testigo en el juicio oral y público a Carrascosa, realizado en los Tribunales de San Isidro en 2007, fue un verdadero acontecimiento mediático. Según las crónicas periodísticas, ese día la sala de audiencias del entrepiso de los Tribunales de San Isidro estuvo abarrotada. Pachelo vestía “traje gris a rayas finas, zapatos de cuero beige, corbata rosa, camisa blanca, barbita a medio dejar tipo yuppie”, escribió Horacio Cecchi en Página 12. Durante el tiempo que estuvo sentado frente a los jueces se apegó a su coartada, cuestionada por los Belsunce pero no por Molina Pico, y apeló a los baches en su memoria. Se mostró desafiante e irónico y en más de una oportunidad respondió a las preguntas de la defensa con tono provocativo, lo que le valió el reto del tribunal.

 

Los problemas de Pachelo con la justicia se agudizaron a partir de diciembre de 2015 y eso le dio más trabajo a Ribas. Las causas fueron cayendo una detrás de otra. Primero lo detuvieron junto a otras doce personas acusadas de integrar una banda que vendía drogas sintéticas en fiestas electrónicas en casas y quintas de zona norte. En abril de este año, cayó de nuevo por una serie de robos a casas de empresarios en el country Tortugas. Cuando los fiscales Raúl Casal y Martín Otero lo interrogaron negó haber cometido los robos y dijo que había ingresado a ese barrio privado porque allí tenía una amante a la que prefirió no nombrar porque estaba casada. Pero las filmaciones de las cámaras de seguridad y los objetos secuestrados en su casa -dólares, euros, relojes y joyas- lo complicaron. La imagen más fuerte fue verlo salir esposado y con la cabeza tapada por la misma puerta por la que 15 años antes habían sacado el cuerpo de la madre: Pachelo vivía en el departamento de Avenida del Libertador que había heredado (luego lo vendió y más tarde se lo alquiló a quien se lo había comprado).
A esos robos también se le suman el que sufrió el ex secretario general de Boca, César Martucci, en su casa del Barrio Parque El Carmen de Hudson, en Berazategui, en abril del año pasado, y en el barrio Portezuelo de Nordelta en enero.

 

Ahora los fiscales María Inés Domínguez y Andrés Quintana se hicieron cargo del voluminoso expediente del caso Belsunce, recopilaron nuevos testimonios y fueron detrás de la hipótesis que sostenía la familia: que a María Marta la habían matado cuando descubrió que estaban robando en su casa. Con Pachelo quedaron en la mira Inés Dávalos -quien a su vez había denunciado a su ex por amenazas y coacción entre 2010 y 2011- y cinco ex vigiladores del country. Están acusados de “robo agravado por el uso de arma y homicidio criminis causa”, es decir, matar para ocultar otro delito. Domínguez y Quintana ya pidieron que les pasen todas esas causas por robos en otros countrys porque consideran que configuran el perfil delictivo de Pachelo.

 

Y hay más: aunque resulte increíble, los investigadores hallaron un nuevo perfil de ADN en las evidencias de la escena del crimen recolectadas hace 15 años. Es un rastro de sangre que no pudo ser peritado antes porque la muestra era escasa, pero, al ser analizado con nueva tecnología, dio como resultado un perfil genético masculino. Esta semana la justicia hizo una nueva reconstrucción del crimen. Como un jugador compulsivo, arriesgado y arrogante, Nicolás Pachelo siempre apostó fuerte, jugó al límite y perdió mucho más de lo que ganó, aunque nunca cayó del todo. ¿Será esta la carta que finalmente se selle su suerte? 


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