En el cine las carreras de autos representan una fantasía de gloria y reconocimiento, en los medios la perspectiva es condenatoria y reduccionista. El antropólogo vial Alejandro Otamendi y el cronista Walter Lezcano se metieron en las picadas legales e ilegales y escribieron esta crónica Anfibia. En la calle, los corredores no solo se rebelan contra las pautas de convivencia y la autoridad sino que, en su afán de adrenalina, pueden terminar matando.



Matías “Pato” Cardozo, afeitado, el pelo corto, casi calvo, se dio cuenta de que no tenía crédito en su celular. Vivía con su familia en la casa de siempre, en San Martín y decidió ir hasta la estación de servicio a comprar una tarjeta de recarga. Quería hablar con su novia. Eran casi las diez menos cuarto de la noche del lunes 16 de junio del 2008. Tenía 22 años, se ganaba la vida como profesor de Kick Boxing, y mantenía los amigos de la secundaria. Aquella noche les avisó a sus padres que saldría y caminó hacia la Avenida Presidente Perón. Un recorrido habitual; cuadras que había transitado miles de veces.

 

Una hora después, su madre, Noemí Romero de Cardozo miró el reloj pensó que su hijo debería haber vuelto. Lo llamó. Él no atendió. Entonces le dijo a su esposo fuera a buscarlo. Cuando el papá de Pato llegó a la avenida vio policías por todos lados, gente amontonada y preguntó qué había pasado. “Un accidente de tránsito”, fue la respuesta. Después siguió hacia la comisaría: quería hacer la denuncia de la desaparición, pero no se la dejaron hacer: su hijo –le explicaron– era la persona que había sufrido el accidente. Estaba muerto.

 

 

Siete años después, Noemí Romero de Cardozo está sentada en el Mac Donald´s de San Martín, cerca del lugar donde murió su hijo. Dirige la ONG “Malditas Picadas”. Se la ve entera cuando recuerda aquella noche: “Lo único que teníamos entonces era un mal llamado accidente de tránsito.”

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Todavía no es la medianoche, pero falta poco. Sobre la Avenida Gaona, en Haedo, cerca de unas cincuenta personas y algo más de cuarenta motos esperan que comiencen las tiradas. La convocatoria fue por Facebook. Los espectadores de menos de 30 años, usan pantalones cortos, musculosas o remeras y muchos llevan puesta una gorrita con la visera hacia atrás. Hay pocas mujeres, se las ve eufóricas, sonrientes, en sus manos tienen bebidas alcohólicas en vasos de plástico (cerveza y, sobre todo, fernet con coca) que comparten con su grupo. Las motos comienzan a circular. Los caños de escape interrumpen la tranquilidad de la noche. La gente grita, quieren que el “espectáculo” arranque. Alguien camina hasta el centro de la calle, deja pasar algunos autos y hace señas para que se acerquen dos motos, pero se ubican tres y toman posición. El hombre queda en el medio, levanta los brazos y los deja caer. Es la primera picada de una serie que terminará a las dos y media de la madrugada.

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En la largada la emoción se expresa con mayor fuerza. El ganar o perder parece sólo importarles a los competidores. Las picadas pueden enfrentar a dos, tres y hasta cuatro corredores. En algunas motos van hasta dos personas arriba. Ninguna lleva el casco puesto. No existe un sistema de seguridad ni de control.

 

Llegan dos camionetas de la policía e irrumpen con las luces y las sirenas. Pero es más una advertencia de oficio que una amenaza real. Entonces el rugido de los motores y los espectadores se dispersan con cierta parsimonia. 

 

Una vez que los patrulleros se fueron, un pibe de unos 20 años le pregunta a otro si filmó alguna de las tiradas y cuándo lo subirá a YouTube. “En un rato- le contesta-. Lo subo y te lo mando por el Face”. 

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Las picadas, para decirlo de una manera aséptica, son competencias que deriva del automovilismo. Arrancaron en Estados Unidos en 1974. En las dragracing, compiten dos autos o motos en una pista recta de cuarto de milla, unos 402 metros. Los objetivos principales son ganar y hacer una buena marca, pero siguiendo reglas y normas, bajo el control de los jueces y la fiscalización de las autoridades. Sin duda es una forma mucho más “domesticada” de los duelos callejeros extremos.

 

Porque cuando se ingresa a ese territorio desconocido que son las picadas ilegales, lo primero que emerge es la complejidad de un mundo donde se ponen en juego todos los modos, costumbres y códigos presentes en cualquier universo cercado por el desconocimiento exterior.

 

Tienen una jerga propia, una forma de ver el mundo, condiciones económicas básicas, y un sentido de pertenencia articulado por consumos culturales relacionados con el mejoramiento del status del automóvil, que junto al piloto, se amalgama en un particular cuerpo metálico. También es una pasión. Así como la mitad del planeta piensa en una pelota, otra parte de los seres humanos sueñan con motores, velocidad y grandes dosis de adrenalina.

 

Para correr hace falta algo más que ganas: es necesario invertir. Dinero, tiempo, y, a veces, la propia vida. Mientras algunos eligen hacerlo de forma legal y controlada y van a los picódromos preparados con todas las medidas de seguridad necesarias, como el Gálvez o el de Esteban Echeverría; otros deciden poner en riesgo su vida y las de los demás. Son los que corren en la calle. 

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A medida que se avanza hacia la Avenida Coronel Roca, en Villa Lugano, se escucha un murmullo lejano y áspero, como si fuera un grito desganado y sin suerte, perdido en medio de la oscuridad. Más cerca tiene una forma reconocible: son autos que buscan hacerse notar y lo logran. Cuando se ingresa como espectador al Autódromo Gálvez, después de pagar 140 pesos por persona más 80 pesos por el vehículo para ir hasta los boxes, lo que estalla bajo las estrellas radiantes de Villa Lugano es el rugido endemoniado de unos caños de escape.

 

Para correr, además, hay que pagar una inscripción de 150 pesos para boxes más $200 por “entrada a pista” y el vehículo debe pasar una revisión técnica exhaustiva.

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Los autos, de todas las marcas, colores y cilindradas, circulan con cierta ansiedad. La sensación es de expectativa: algo va a ocurrir. Una cuestión tan primitiva como humana, una competencia donde alguien va a ganar y destruir el sueño de otro, que también sueña con hacerlo.

 

En el predio se mezclan caños de escapes, arengas, bocinas y frenadas hirientes. Hay olor a gomas quemadas, aceite para motores y nafta súper mezclado con los de hamburguesas recién hechas y panchos con mostaza.

 

Es viernes y el reloj marca las diez de la noche. Para las casi 3.000 personas que dan vueltas y los 450 autos que están listos para correr en algunas de las dos pistas del autódromo parece que no existiera otro momento del día más que este. La gente espera toda una larga semana para vivir esta experiencia repetitiva y, a la vez, siempre única: la de correr en una pista.

 

El horario marca el después del trabajo; el tinte amateur del manejo con ánimos de gloria. El bancario diurno es corredor nocturno. La familia sabe de su gusto por la velocidad y suele tolerarlo.

 

Esteban anda por los 35 años y, desde hace dos años se encarga de la concesión de un puesto de hamburguesas y panchos. También vende bebidas, pero se ocupa de aclarar rápido que “nada de alcohol”. En su rol de observador permanente habla del riesgo. “Siempre existe cuando hay velocidad, pero la seguridad acá es lo más importante”. Para el caso en que “algo salga mal” hay una ambulancia con personal médico y distintos tipos de extinguidores de incendio listos.

 

—En la calle, en cambio, vale todo —comenta Esteban— se puede tomar, estar drogados o borrachos, nadie controla eso. Y una vez que empiezan no se sabe cuándo terminan y mucho menos cómo.

 

Para un observador externo al mundo de los fierros, el de las carreras de cuarto de milla en los picódromos autorizados y el de las picadas callejeras tienen varias semejanzas: la obsesión, la competencia, el desafío, la adrenalina, el vértigo y la velocidad. La reglamentación, la seguridad, el control y, en especial, la concepción del espacio hacen la diferencia con las ilegales. El picódromo es un reducto territorial especialmente autorizado y montado para tal fin con reglas no negociables. No tomar alcohol, no ingresar a la pista como peatón, usar casco y cinturón de seguridad. Los pilotos deben estar registrados, sus licencias al día, y ser mayores de edad. Los autos, a su vez, pasan por una verificación técnica, se adecúan a las categorías establecidas, según el tiempo que tarden en realizar los 402 metros. Al momento de la performance deben respetar las pautas para la largada y la llegada. Hay jueces y público. En cuanto a lo tecnológico, existen semáforos y cronómetros que no se equivocan ni mienten. La descalificación es una posibilidad y no se puede apelar a un fallo. Quienes trabajan allí se ocupan de ejercer el control.

 

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La picada callejera no sólo es transgresora de las normas viales sino también de pautas de convivencia, del uso del espacio público. La rebeldía a la autoridad es una de sus normas. Esteban dice que comparar el cuarto de milla con la picada clandestina “es como hacerlo entre el box y la pelea callejera. El primero es un deporte, te entrenás, tenés reglas, no podés pegar bajo, en cambio cuando dos chabones se trenzan en la calle pueden agarrar un palo, o cualquier cosa, y romperse la cabeza, hasta matarse”.

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Federico es empleado bancario, vive junto a su esposa en el centro de Adrogué y desde muy chico tuvo una relación cercana con los autos. En su casa no se miraba fútbol. “Era todo fierro a morir”, cuenta. A su papá lo recuerda siempre arreglando autos. Veía que les metía mano, les cambiaba las cubiertas y las llantas, los lustraba con sumo cuidado o le ponía un caño de escape nuevo brilloso. Cuando lo visitaban sus amigos o su hermano se la pasaban comparando qué había hecho cada uno con el suyo. En ese mundo no había otra alternativa: Federico siempre quiso subir a un auto; sentirlo, usarlo y comprobar si todas esas sensaciones que había visto en los ojos de los demás eran ciertas.

 

A los diez años iba al garage de su casa, se subía al coche estacionado, encendía la radio y durante horas simulaba manejar y, mientras practicaba “Punta y Taco” y tiraba cambios en una ruta imaginaria, se sentía poderoso.

 

— Ya a los 12 años manejaba. Me puse más fierrero que mi viejo-.

 

Con los años le empezó a gustar cada vez más la velocidad, acelerar, el fierro en sí. Se pasaba horas en lo de algún vecino mecánico viendo cómo preparaba el auto. Los domingos al mediodía no se perdía Carburando en la televisión.

 

A los 16 años, Federico sacó el carnet de conducir.

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Estas carreras, cada tanto, tienen sus picos de rating popular en los noticieros y los programas de investigación, donde el soundtrack rockero acompaña la mirada irritada de los conductores. Pero la comprensión del campo vial no sólo exige un conocimiento de las normas y de las sanciones, sino también de los aspectos culturales e históricos a partir de los cuales la gente les da sentido. En la calle se manifiestan gestos, conductas y movimientos que no son ajenos a los valores culturales y sociales de las personas que los llevan a la acción. En todo caso, a partir del conocimiento de las motivaciones, significados y valores culturales que subyacen simbólicamente se pueden obtener las herramientas para alterar el rumbo hacia una mayor conciencia social sobre el campo vial.

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La televisión y los diarios son condenatorios y reduccionistas, pero en el cine las picadas representan fantasías excesivas que apuntan a la búsqueda de gloria y reconocimiento. Le da a las carreras callejeras un estandarte de evento cultural. El caso paradigmático es el de la saga, que va por la séptima película, de Rápido y furioso.

 

Diego Lerer, crítico de cine se muestra perplejo frente al éxito comercial de estas películas. El mercado de cine de Hollywood cada vez lanza mayor cantidad de sagas basadas en comics de superhéroes populares allá pero que en nuestro país son más de culto. El fanatismo por Marvel es grande también, pero no tan masivo. “En Estados Unidos, Avengers 2 es más taquillera que Rápido y furioso 7, pero en el resto del mundo es al revés. Hay algo popular en las películas de acción sobre coches, velocidad y chicas lindas. Son como un retro sin retro, pelis de los ‘80 de acción en las que no tenés que saberte el nombre de veinte villanos, cincuenta superhéroes y combinarlos entre sí”, dice Lerer. Atraen a un público que no va al cine habitualmente. Están muy bien hechas y muy bien narradas, son divertidas y con grandes escenas de acción. “Por otra parte –explica Lerer- son multiculturales. Los protagonistas son latinos, negros, blancos. Dwayne Johnson -The Rock- y Vin Diesel no son el típico americanhero”.

 

Lerer no cree que esta clase películas tenga influencia real en las conductas de los espectadores: “Sé que hay un público tuerca que le gustan las pelis pero no creo que salgan a 200 kilómetros por hora del cine. Si lo hacen, no es por las pelis. Ya son un poco desquiciados.” 

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A los 16 años Federico, con sus ahorros y los de su hermano, compró su primer auto: un Fiat 128. Era barato, ágil y con pequeñas modificaciones en el motor podía darle más velocidad. Lo lustraba y lavaba cada dos días. Ni bien fue suyo empezó a meterle mano: le cambiaba las bujías, le adelantaba un punto el encendido para que la chispa vaya más rápida y genere “un poquito más de acelere”.

Más allá del interés por mantenerlo estéticamente perfecto, manejar el auto le generaba adrenalina. Le gustaba acelerar cuando un auto se le ponía al lado. El código callejero de incitar al otro a correr.

 

—Todos los que piloteamos en el cuarto de milla somos amantes de manejar y de hacer carreras de autos. Como los costos son altísimos en las carreras profesionales, el cuarto de milla es el modo más accesible que podés correr legalmente.

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Durante el velorio de Matías Emanuel “Pato” Cardozo surgió la primera sospecha de lo que había pasado la noche del 16 de junio de 2008. Lo habían atropellado durante una picada ilegal. San Martín, en ese entonces, era uno de los centros de picadas del conurbano. El circuito comenzaba en Pancho 46, un local sobre la calle Arturo Illia y Avenida Constituyentes, ahí se juntaban los que después correrían por las calles. Esas mismas calles se convirtieron en el terreno del pedido de justicia de los amigos y familiares de Pato. Las cortaban para hacer marchas. Las empapelaban con su cara. Los medios cubrían las manifestaciones. Más tarde organizaron recitales en contra de las picadas callejeras. El plan inicial era crear conciencia y, con la cara de Pato dar un nombre a la tragedia. Noemí dice que quisieron crear una ley contra las picadas.

 

—Pero descubrimos que ya existía.

 

La ley 26.362 fue sancionada tres meses antes de la muerte de Pato. Por ella se incorporó al Código Penal argentino un nuevo delito: las picadas ilegales. La norma castiga las competencias de velocidad o de destreza con un vehículo cuando se pone en riesgo la vida o la integridad personal de una o más personas. Las penas van de seis meses a tres años de prisión e inhabilitación especial para conducir por el doble del tiempo de la condena. La misma pena le corresponde a quien organiza o promociona las picadas.

Los amigos y familiares de Pato, con el tiempo y la insistencia, consiguieron cuarenta testigos. Uno de esos testimonios permitió reconstruir el recorrido que había hecho el auto que atropelló a Matías. 

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Cerca de las once de la noche del lunes 16 de junio del 2008 Víctor Hugo “Chicho” Altamirano “volaba” con su Fiat Bravo azul, patente DKD 963, a 90 kilómetros por hora. Corría, como hacía casi todas las semanas, una picada por la Avenida Perón, en San Martín. Le estaba costando ganarle a su competidor. Pasó un semáforo en rojo y, de pronto, apareció un auto que lo obligó a hacer una maniobra para pasarlo: se metió en contramano por el carril contrario. Cuando llegó a la calle Alvear vio el semáforo en rojo, luego a su competidor y apretó el acelerador. En ese momento cruzaba Pato Cardozo. Se lo llevó puesto. Lo arrojó a 30 metros de distancia. Altamirano siguió sin detenerse con el parabrisa roto, el capó abollado y perdiendo aceite. Pasó por la puerta de una comisaría y, luego de casi 5 kilómetros, llegó a su casa. Estuvo escondido ahí durante unos días y después se fugó.

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— Cuando se hizo el allanamiento en su casa sólo estaba el auto —recuerda Noemí.

 

A los seis meses de iniciada la causa, Altamirano se presentó en el juzgado. Fue después de que sus abogados pidieran la excarcelación y la fiscalía se la otorgara. Pero el fiscal había caratulado la causa como “homicidio simple con dolo eventual”. Significaba que Altamirano había supuesto que su conducta podía ocasionar una muerte y pese a preverlo, no hizo nada para evitarlo. Era algo inédito para un juicio sobre tránsito y fue la primera vez que, a nivel nacional, alguien fue condenado bajo esta tipificación. Víctor Hugo Altamirano debería pasar ocho años y cuatro meses de prisión. La pena fue ratificada en dos instancias.

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Federico, subido a su Fiat 128, está por entrar a la pista del Autódromo Gálvez. Los nervios comienzan a ganarle el cuerpo. Es como el comienzo de un estado febril, pero sin la temperatura alta. Federico sabe que esa sensación es única e imposible de explicar. Unos segundos después, cuando le toca ingresar, los nervios son más palpables. Está cebado y se pregunta si todo saldrá bien. Son casi las cuatro de la madrugada y llegó al autódromo a las ocho de la noche del día anterior. Repasa las modificaciones del auto que hicieron en el taller con su mecánico, las prácticas que hizo, las veces que lo probó. Una vez adentro de la pista sube la ventanilla, se coloca el casco y comienza a calentar cubiertas. Por fin se siente metido en un universo donde sólo hay lugar para él y sus ganas de correr. Algo parecido a la libertad. El humo del caucho se convierte en una nube de ansiedad que rodea al Fiat 128, Federico mira el panel de luces rojas que controla el tiempo. Su mejor marca fue 14,74. Esta noche quiere superarla.

 

Por uno de los parlantes avisan que los autos deben ubicarse para la carrera. Su pie izquierdo, el del embriague, empieza a temblarle. Pero es un temblor que le gusta y disfruta; es parte del encanto del momento. Dan la largada. Federico pisa el acelerador fuerte. Es todo tan fugaz: los 402 metros pasan imperceptibles.

 

Por 16 milésimas de segundos perdió la carrera.

 

Lo que sigue es frustración, aunque sabe que perder era una posibilidad. Levanta el capó del Fiat 128 y mira el motor como si fuera a darle alguna explicación. Su mecánico y sus amigos lo acompañan, todos buscando las mismas respuestas.

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Su competidor, un piloto a quien ya conoce, le da la mano. Esta camaradería es algo natural, un código de caballeros que los corredores tratan de mantener. Federico lo saluda con respeto y distancia. El otro piloteó mejor que él. Federico le empieza a hacer preguntas sobre la preparación y modificaciones del auto. Lo que escucha, entonces, es un titubeo tras otro. El ganador no quiere develar algo y eso también es parte del juego: cada piloto funda su propia mística y crea sus propios trucos con el auto.

 

Ahora Federico está en un bar del centro de Adrogué, a dos cuadras de la estación de trenes, con un chop de cerveza al lado, pela un maní y se lo lleva a la boca.

 

—Mucha gente dice que el corredor de cuarto de milla es el piloto frustrado. Es que en realidad es poder, en esos segundos que dura la carrera, tener esa sensación de manipular tu auto, de la velocidad, de la adrenalina que te genera el contexto, de la transmisión de esa potencia en la que estuviste laburando. No sé, te proyecta, es increíble. Y lo que te genera al cuerpo no se puede comparar con nada.

 

Noemí acompañó varias veces a la policía en operativos para que no se corrieran picadas ilegales y los asistentes le gritaban: “¡Andá a buscar ladrones que nosotros nos estamos divirtiendo!”.

 

“Se hacen cosas desde el gobierno. Los atenuadores son una buena medida, pero a la vez son contraproducentes para bomberos o ambulancias, por ejemplo. Lo operativos son buenos, pero es muy difícil que se logre la sanción. Me parece que la Policía no hace nada. No se aplica la ley que ya existe. Falta mucho por hacer. Pero lo principal es la sanción de la sociedad. Son peligrosos para ellos mismos y para nosotros. Tienen una conducta asesina, omnipotente. Y después, consumado el hecho, tiene cosas de la ley a su favor dado que se ve como un accidente de tránsito. Y no es así en absoluto.”

 

La ONG fundada después de la muerte evitable de Pato Cardozo se convirtió en un centro de atención y ayuda a gente que había pasado por la misma circunstancia. Noemí además se recibió de psicóloga social.

 

“Hicimos mucho por la Ciudad y tuvimos algunas respuestas. Pero el tema de las picadas es un problema social. Porque es una actitud que tienen los que las corren: para ellos es como si fuera un hobby. Y lamentablemente, ellos mismos lo dicen, lo que les produce más adrenalina es correr por las calles. Es un mal social. Pasa un auto bien tuneado y nadie llama al 911, se dan vuelta y lo miran por lo bien que lo tienen. Sin condena social es difícil que se terminen.” 

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En una calle despejada y oscura, cerca de la ribera de Quilmes, se mueven una docena de autos, aunque hay algunas motos más. Es viernes, pasadas las doce, y está fresco. “Es por el viento que viene del río”, explica Peca, un colorado de 22 años, con la piel blanquísima. Hace tiempo que conoce los códigos de convocatoria. El mensaje le llegó por Whatsapp hace unas horas.

 

—Esto estuvo parado cinco meses. Por suerte ahora volvió. Igual, siempre hay tiradas: en La Plata, en Berazategui, en Varela, en Camino Centenario, en Lanús, en todos lados. Pasa que a veces se corta porque llegan los de Gendarmería.

 

En la picada clandestina a diferencia del cuarto de milla o dragRacing, se comparte el asfalto, bocacalles e infraestructura que utilizan otros conductores y peatones. Los escenarios y performances rituales, varían pero suelen definirse en espacios marginales, intermedios, en los cuales, la autoridad policial escasea.

 

El límite de una localidad, como en este caso, es ideal. Aunque es casi imposible que un duelo callejero pase inadvertido a nivel sonoro para los vecinos, quienes suelen denunciar luego de escuchar ruidos de motores, bocinas, derrape de cubiertas, gritos, festejos, música y aglutinamiento de corredores.

 

Los autos van llegando junto a motos pequeñas y gente en bicicletas. Lo que da una idea de las edades de los espectadores: la mayoría no tiene más de treinta años. Hombres y algunas mujeres abrazadas a sus novios como si fueran una posesión. La belleza femenina tiene un componente de valor para los códigos de grandeza impuestos en estos territorios. En las picadas se arriesga mucho más que dinero, se juega profundo con la masculinidad, el prestigio y el honor, además de con la vida propia y la de los demás. Por lo tanto, la acción adquiere significación más allá de la supuesta inutilidad práctica o irracionalidad que esto tiene para otros.

 

Después de un rato, los stunt, motociclistas, dan un show de piruetas. Las caídas son parte de la gracia; lejos de provocar alarma se festejan con aplausos y risas. Desde los autos se escucha cumbia villera (Damas Gratis, Néstor en Bloque, El Polaco, entre otros) a todo volúmen.

 

A Peca le gusta “todo lo que es el ambiente”. Muchos lo usan como previa. “Yo vengo con mis amigos un rato y de acá ya salimos”, cuenta. “Pero también se trata de ver las motos, cómo las preparan. Las adaptaciones que les hacen a los autos, es entretenido.”

 Luego de dos carreras de autos se hace una de motos. El ruido ensordecedor parece ser lo más trabajado. Siguen unas pocas carreras más de autos y llega el final. Antes de subir a un Duna ‘98 azul, Peca dice que fue corto “para evitar quilombo con la policía. Fueron pocas tiradas, pero estuvo bueno, ¿no?”.

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Policías y vecinos se vuelven los enemigos naturales. Son los “ortivas”, “buchones” y “aguafiestas”: La policía dispersa o reprime. En casi toda picada callejera existe un “campana” que avisa, haciendo sonar la bocina de manera extensa y repetitiva. Dependiendo de la hora y las ganas de los participantes, puede que la picada se arme en otro lugar “seguro” o en el mismo un rato más tarde.

Esta vez no, dice Peca. Y sale rumbo a Diversión, el boliche de Quilmes. “La noche –dice con una sonrisa con pocas muelas- empezó de la mejor manera”. 

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Federico piensa que las carreras callejeras existen porque a mucha gente le gusta correr y no hay espacio para todos.

 

En las picadas ilegales el deseo es correr, ver cómo rinde el auto y después se piensa lo demás.

 

—El tema de las motitos desvirtuó mucho el sentido original. Es gente que no tiene acceso a otra cosa que no sea las ilegales. Y a los que andamos desde siempre nos parece una locura estos pibitos que toquetean la moto para que ande más fuerte y van sin casco y sin responsabilidad—dice.

 

Federico, y muchos de los fierreros “ortodoxos”, diferencian a los que “tunean” el auto como un simple modo de exhibición de los que trabajan en el motor y conocen bien el funcionamiento de la máquina. Se ven a sí mismos como corredores que pilotean naves. En cambio, quienes gastan fortunas en la estética exterior del auto son considerados rangos inferiores para las jerarquías fierreras. Una “grasada”. 

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Cerca de las doce de la noche, en una de las pistas del Autódromo Gálvez, donde corren los autos más caros, más veloces y más preparados, un hombre y una mujer miran las carreras del otro lado del alambrado. Él es de Tucumán y ella, de Buenos Aires. Él le cuenta, a modo de dato sorprendente, que en esa pista corren autos valuados en un millón de pesos. Después él le dice que los autos andan muy rápido por el chipeado. Se entusiasma demasiado con el tema.

 

—Chipear es cuando aparece la inyección electrónica. El carburador desaparece porque se controla electrónicamente la cantidad de nafta que le va a ingresar al auto. Chipear es cambiar la reprogramación de esa computadora electrónica que maneja los parámetros de avance, de caudal de nafta, más tiempo de inyección. ¿Me sigues? Con el chipeo empiezan a aparecer gente más especializada. Es un laburo que no puede hacer cualquier taller mecánico…

 

—Mirá vos—dice ella y sigue atenta a la carrera. 


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