Ni brasileños ni argentinos pueden entender cómo estas dos historias futbolísticas que se suponía iban a cruzarse en la final quedaron separadas. San Pablo es una mezcla de solemnidad y euforia. Un día, todo es bronca verdeamarela, búsqueda de culpables, colectivos quemados; veinticuatro horas después, los argentinos se pasean afónicos por las calles. Federico Bianchini llegó al Mundial en octavos y, como todos, no puede creer que estamos en la final.



I

 

Toda gran ficción suele tener una historia y otras laterales, núcleos narrativos menores, que hacen avanzar la principal.

 

Puede haber, también, relatos en paralelo, historias alternadas. Aunque no aparezcan signos o indicios, el lector intuye que en algún momento van a cruzarse. Sucede en Ensayo sobre la ceguera del portugués Saramago, sucede en el relato del Brasil nordestino de Vargas Llosa La guerra del fin del mundo. Están los que todavía esperan también el momento en que las dos historias de Las Palmeras Salvajes, de Faulkner, terminen siendo una.

 

En esta ficción que es el Mundial, el capítulo impar empieza y termina ayer. En el estadio Mineirao de Belo Horizonte. Que es como decir aquí y en muchos otros lados porque en Brasilia, en San Pablo, en Río, en la calle, en los negocios, todos siguen el desenvolvimiento de esta telenovela recursiva y aleatoria que es el Mundial. En las rodoviarias, los negocios cierran y los portavalijas y los que cortan los tickets y los empleados de la limpieza ven el fútbol mínimo en la pantalla de sus celulares.

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El capítulo par acaba de concluir: no lo podemos creer.

 

Ficción o no, estamos en la final.

 

Pero no se pueden pensar las dos historias como separadas porque, al menos hasta ayer antes del primer gol alemán, todos hablaban de lo mismo y en cada aeropuerto, al cortar el ticket, en cada micro al recibir el número de asiento o cuando uno compraba un jugo de abacaxi, el hombre preguntaba si la final iba a ser entre Brasil y Argentina. Y cuando uno decía que, lo cierto, era que para los dos estaba difícil, el otro sonreía y en voz baja: difícil para los dos.

 

Y en la calle embarazadas, ancianas, chicos, hombres, mujeres, sobre otra remera o el pulóver, la camiseta de la selección de Brasil, o una vincha, una bufanda, una pulsera, un gorro con los colores verde azul y también amarillo, o una bandera, que expresara la voluntad firme de sumergirse en la ficción.

 

El capítulo impar está por empezar. En su enorme casa de Jardim Das Bandeiras, Murillo Leite Chaves, médico radiólogo de 96 años, mira el partido sentado en un sillón frente al televisor. Hoy no lleva sweater amarelo sino uno azul y un chaleco gris, anteojos negros. Junto a él, de pie, su esposa María Aparecida, 85 años, canta el himno brasileño con una mano en el corazón.

 

Fanática del Palmeiras, conoce la edad y la historia de cada jugador.

 

—Nunca pensé que podría ver algo así —dirá en un rato.

 

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Pero no ahora: el partido acaba de empezar y Brasil parece un equipo sólido. Ataca con ímpetu. Sus defensores todavía no mostraron que no marcan a nadie, que están perdidos bajo la mirada de millones. Los torcedores siguen sentados en sus butacas. De vez en cuando, gritan. Promediando el primer tiempo, muchos se habrán ido a sus casas.

 

En el estadio habrá entonces un silencio ruidoso. Sonoro y siniestro.

 

No se habla, todavía, de la peor derrota en cien años. Los relatores no piden aún la cabeza de Felipao, aunque falta poco para que lo critiquen por jugar con tres delanteros y un enganche, por desproteger el medio y arriesgarlo todo.

 

Aún no culpan a Mick Jagger por mufa: no descubrieron su extensa sonrisa en la tribuna, no lo llaman “pé-frio”.
María Aparecida habla por teléfono.

 

Su hija Marta, bióloga y corredora inmobiliaria, escucha el relato desde lejos. Sentada en el piso de la sala, mientras todos se absorben en la televisión ella lee un libro: con historias, trata de escapar de esta ficción. El fútbol la pone nerviosa, dirá después. En el partido contra Colombia no paró de llorar.

 

Y Muller.

 

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María Aparecida niega con la cabeza.

 

Su hijo Francisco, un hombre enorme de 50 años, ex jugador de la selección brasileña de Waterpolo que vive en Australia y está de visita, prepara unos panes de queijo, caramelos de coco.

 

Acomoda los platos, las servilletas. Y Klose.

 

Sentado en su sillón, Murillo no dice nada. Como si supiera.

 

Y Kroos.

 

Marta sale de la sala. Y de nuevo Kroos.

 

Francisco ofrece cervezas, se sirve un whisky con hielo.

 

Y Khedira.

 

El relator de Rede Bandeirantes grita “Mineirazo”.

 

 

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Y Schurrle.
 

“Mineirazo” repetido. Como si estuviese queriéndonos vender el concepto.
 

Alguien dice en twitter y en portugués que traigan el exoesqueleto: así también juega Neymar.
 

Otro, que ni en la fábrica de Volkswagen hacen cuatro goles en seis minutos.
 

El relator que para mí esta goleada tiene un responsable. Scolari, ¿Quién sino?
 

—¡Meus Deus! ¡Meus Deus! ¡Meus Deus! —grita María Aparecida, las manos sobre las mejillas ante un nuevo ataque alemán.
 

Francisco, el vaso de whisky casi vacío, grita el gol de Óscar. Más irónico que alegre.
 

El gol de la dignidad.
 

El pitazo final marca la simbólica muerte. El desconcierto.

 

Y, luego, aquí en esta enorme casa de Jardim Das Bandeiras, en Vila Madalena a unas cuadras, en Cambuci, Cracolandia y en cada barrio paulista, candango, carioca, en cada barrio de Brasil: la noche.

 

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Habrá duelos internos y silenciosos. Habrá fiestas: la vida sigue y las viejas ficciones deben ser reemplazadas por otras nuevas. Pero la ilusión de la copa no falleció de modo natural: la asesinaron. Scolari dice ser el único culpable, pero siempre hay uno que quiere salvar a los demás.
 

En distintos lugares de la ciudad, bronca. En M´boi Mirin queman veinte colectivos. En otras partes, otros diez.
 

El ruido del fuego se mezcla con una solemnidad brasileña e inédita.
 

II
 

El día siguiente a la derrota, los brasileños amanecen como si en realidad nunca se hubieran convencido de que el Mundial es una ficción.
 

Como si no supieran que en toda ficción, salvo algunas reglas externas que los personajes desconocen (tienen que ver con la gramática y la sintaxis y aún así pueden hacerse pedazos), no hay nada que no pueda suceder.
 

Nada.
 

Amanecen como si hubieran visto algo que corriendo rápido se escapa de los límites de lo verosímil.
 

Amanecen irreales, disruptivos.

 

Y si uno les pregunta, prefieren no hablar. No hay mucho que explicar, dicen y lo miran a uno tratando de descubrir qué hay detrás de la pregunta argentina, si interés genuino o simple burla.

 

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Acusan a Scolari (los jugadores estaban perdidos) y a la corrupción de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF): Así, no hay forma de que ganemos, todo tendría que estar mucho más organizado. Pero no es como el Maracanazo porque en aquella época no había redes sociales y hoy uno puede descargarse, hacer memes, reírse de esto que a fin de cuentas no es más que fútbol.

 

Es distinto. En serio. Es distinto. Grave, pero distinto.

 

Y alguno: que ahora sí podrán volver a la vida, salir y sumergirse en la realidad cruda. Porque no todo es Fan Fest y goles y gritos, también hay hambre, viviendas, salud pública, problemas.

 

Amanecen. Esa sensación extraña que surge después de pegarnos en un dedo con un martillo; extraña sensación de culpa y reflexión absurda.

 

¿Podríamos haberlo evitado? Preferiríamos hacerlo.

 

Amanece San Pablo nublado y oscuro. Hasta el cielo está en shock.

 

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 Amanecen y tratan de convencerse.

 

Convencerse de que la vida no es otra cosa que una sucesión arbitraria de ficciones imprevisibles en la que la selección Argentina puede, aquí en Brasil, salir campeón.

 

III

 

El capítulo par terminó hace una hora y las palabras sobran.

 

Usted, lector, sabe de lo que hablo.

 

Porque no importa si vio el partido en el Arena Corinthians, en una inhóspita estación de servicio perdida en la ruta tres, en casa con su familia o en esta microficción que la FIFA ha denominado Fan Fest: un lugar donde hay hombres que lo revisan a uno, lo palpan, le sacan las botellas de agua, la comida. Y donde la cerveza y las hamburguesas cuestan lo mismo que en la cancha, aunque no hay entradas y no hay césped y jugadores sino una gran pantalla donde se ve la ficción que, a fin de cuentas, es lo que se supone que importa.

 

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También hay música y, aquí, uno puede vivir el partido con miles y miles de hinchas porque si llueve, uno se moja y si quiere ir al baño debe soportar la hediondez de la casilla química. Aquí, uno puede sentirse protegido, porque cuando el Partido empieza en cada uno de los cuatro accesos, más de cincuenta policías con cascos y palos impiden la entrada, controlan la salida de estas 25 mil personas.

 

Si viviera, Foucault se haría un festín.

 

Porque no importa, decía, dónde lo vio.

 

La ficción es una, lector. La impotencia fue la misma.

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Uno no puede hacer nada. No hay cosa que incida en el resultado de un partido entre Argentina y Holanda, nada.

 

Y sin embargo.

 

Mover la pierna como si pudiéramos anticipar a Robben, aplaudir, insultar, seguir con precisión ciertas costumbres absurdas: quién se sienta dónde, qué remera llevaba cada uno la vez anterior; y gritar, los puños cerrados, la mirada hacia arriba: Oooooooooh, les hicieeeeron sieeete, les rompieron. Gritar desquiciados delante de una pantalla después de que un hombre de barba haga coincidir, dos veces, la posición de su cuerpo vestido de amarillo y violeta con esa esfera denominada “brazuca” en un sendero atroz llamado de los penales.

 

Eso, y no otra cosa, es la ficción.

 

Una ficción de dos historias que terminan por no cruzarse, como las de Las Palmeras Salvajes, donde Faulkner decidió necesario un contrapunto, equilibrar un relato con el otro.

 

Aquí, también, el equilibrio.

 

 

Una historia solemne en Río, San Pablo, Cuiabá; una historia exultante en el obelisco, de a miles cantando hasta enronquecer, en las galerías del Arena Corinthians, donde fuera.

 

 

Una ficción hermosa y compleja que hace que este cronista ignoto, hoy, sólo tenga para decir que Argentina es finalista del Mundial (no lo podemos creer).

 

Que todo lo demás (estas palabras) importa bastante poco.

 

 


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