A 40 años del último Golpe de Estado, los miembros de la Asociación de Reporteros Gráficos de la Argentina (ARGRA) eligieron tres fotos para hacer memoria: proponen imprimirlas como mural y pegarlas en paredes de los barrios de todo el país. El 28 de abril de 1983, Daniel García llegó a la plaza un rato antes de las tres y media. En este texto el fotógrafo narra cómo esa imagen se transformó en un ícono



 

 

Los zapatos me los había comprado la mañana de ese jueves de 1983 en una zapatería famosa sobre la calle Florida, a pocas cuadras de la Agencia.

 

Desde el 79 frecuentaba esa zona del centro porteño y los veía detrás de la vidriera.

 

La dictadura seguía, pero muchos teníamos la sensación de que un empujón bien dado podría terminar con ellos.

 

Como casi todos los jueves, fui a la Plaza de Mayo para estar un rato antes de las tres y media de la tarde. Si bien la situación era más distendida, seguíamos con reflejos de la época de “dictadura dura” y era costumbre ir un rato antes para evaluar el clima.

 

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Además de los zapatos nuevos, llevaba una campera liviana. Había refrescado y mientras caminaba por Diagonal norte hacia Hipólito Yrigoyen se acercaban algunas nubes: nada hacía presagiar una tormenta fuerte. Llevaba un bolso con la cámara y dos lentes, de veinticuatro y ciento treinta y cinco milímetros.

 

La Plaza estaba relativamente tranquila y la ronda de las Madres empezó puntual pero después, como era costumbre en esos días, los familiares se alinearon enfrentando a la casa de gobierno: cantaban consignas y exigían aparición con vida y castigo a los culpables.

 

Ese día el reclamo duró más que de costumbre, yo envié el rollo a la agencia y me quedé porque había un grupo que no se iba.

 

— ¡Que digan donde están! ¡Los desaparecidos! —. Se escuchaba continuo.

 

 Las nubes eran gris plomo, había olor a tormenta.

 

— ¡Que digan donde están! ¡Los desaparecidos! —. Cuando empezó a llover y las voces siguieron y las gotas, que al principio eran tibias y diminutas fueron creciendo.

 

— ¡Que digan donde están! ¡Los desaparecidos! —. Seguía el canto. Como si eso fuera lo único que importara. Casi se hizo de noche, hasta que fue un diluvio y los pocos que quedábamos “del lado de los malos” nos cobijamos bajo los balcones de la Casa Rosada.

 

Eso de “Llueve, llueve, llueve y el pueblo no se mueve…” no se cantó, pero las Madres, las Abuelas y los Familiares no se movían, bajo la tormenta solitaria.

 

Desde abajo del balcón disparé dos veces con un teleobjetivo corto montado en mi cámara, y seguí mirando. Ya tenía una foto del momento.

 

La imagen era desapacible, de una fragilidad alarmante: las expresiones, los cuadros, las pancartas, el agua sobre los tobillos, pero no era eso lo que miraba exactamente.

 

Miraba en dos direcciones: hacia adelante, todas esas sin protección ni lugar donde guarecerse, reclamando ante un poder que no los escuchaba. Gritando por sus desaparecidos.

 

No había nadie más en toda la plaza, apenas un puñado de periodistas.

 

Pensé que, por la composición de la imagen, la foto que tenía que sacar no era la que había hecho sino la que podría hacer con el gran angular. Lo sabía. El problema era que me tenía que acercar lo suficiente.

 

Madres

 

También miraba hacia abajo: los zapatos nuevos, mojados. Buscaba argumentos y como si fuera un debate académico, intenso y fugaz, defendía las posiciones a favor y en contra.

 

La estupidez de meterse en el agua con esos zapatos impecables era una argumentación contundente para el sector conservador y miserable: el lado cómodo del cerebro me retenía frente a ellos, de lejos, debajo del cobijo de un balcón en poder de la dictadura.

 

Del otro lado estaba la audacia, la generosidad, el compromiso obvio con el registro, la denuncia y la estética de la imagen que que muchos de los integrantes de la generación de fotoperiodistas a la que pertenezco abrazamos desde un comienzo.

 

El argumento interrogativo ¿qué carajo me importan un par de zapatos si la foto que yo tengo que sacar es otra? terminó con la disputa que duro unos segundos, pero fue para mí un fiel exponente de la cultura -en el sentido amplio de la palabra- de la miseria humana que nos parasita cuando los ejes de convivencia y solidaridad han sido destruidos, como fue durante la dictadura. En ese esquema de poder político y económico donde el yo reemplaza al nosotros.

 

Hubo una fotografía que sacó Pichi Martínez en la que se me ve a mí caminando hacia las madres empuñando la cámara con el angular puesto, calculando distancia, con el agua por arriba de los tobillos. Me la regaló un tiempo después, una copia 18×24 con el sello del diario Crónica en el reverso. La perdí, pero era mi foto favorita. Era la prueba de que al menos otro compañero también se metió al charco grande a registrar la escena. Era la prueba de que si bien ante un acontecimiento de esa magnitud éramos un número insignificante, no estaba solo. Pichi Martínez también había metido las patas en el agua.

 

Muchas veces, desde esa tarde, me pregunté por qué decidí meter las patas en el charco.

 

La cuestión no era dinero, la cuestión era si “meter las patas en el charco” era o no comprometerse, si era o no contar mejor lo que pasaba, y además conseguir una imagen contundente. Todavía hoy sigo pensando que, de no haber existido esta imagen, la otra habría contado la historia, pero (y sí, la cuestión es el “pero”) yo hoy sabría que la historia fue contada a medias.

 

Muchas veces, desde esa tarde, me pregunté por qué decidí meter las patas en el charco.

 

Creo que los familiares de desaparecidos nos hicieron avergonzar un poco, o un poco mucho. Para ellos, los que veíamos en las calles, en reuniones o conferencias, era superlativo su compromiso e inquebrantable.

 

Decían cosas que a uno lo hacían mirar alrededor para ver si había alguien cerca escuchando, aunque muchas de esas cosas eran dichas a gritos, con consignas, cantando. Escritas en paredes, pancartas, banderas. Eran las imágenes de los desaparecidos apareciendo en las marchas portados, acunados, por sus madres, abuelas u otro ser querido. Eran siluetas que, aunque lo tenían, no necesitaban nombre pues eran causa.

 

Luego que saqué esa bajo el agua me fui. Ya sabía que la imagen sería la más importante del día.

 

Se publicó al día siguiente en Clarín, a dos columnas, con el crédito de un fotógrafo del diario. Pero en realidad, nadie la vio en realidad. Como casi todas las fotos emblemáticas de esa época no tuvo demasiada difusión en el momento. No recuerdo haberla visto en otro periódico.

 

Esas fotos empezaban a ser conocidas cuando aparecían en muestras, en algún diario o revista del extranjero y alguien la recortaba y la guardaba, la atesoraba, y quizás la mandaba por correo a un amigo o familiar. En un sobre discreto, con estampilla común y ahí pasaba de mano en mano. O algún organismo la pedía y la lleva a una conferencia, o a una gira de denuncia por el exterior, o hacían un poster, o la estampaban en una remera o en una bandera, ahí es cuando una foto comienza a ser símbolo.

 

Alguien me preguntó si en ese momento sabía que tenía una gran foto. Respecto a eso hay algo que la tecnología cambió: de la película a la imagen digital. Hoy, la “sensación” no existe más.

 

Cuando fotografiábamos con película nos íbamos con una intuición de “tengo una buena” o la frustración ya puesta. Hoy se mira en la pantalla menos de un segundo después de haberla tomado. No creo que por esto cambie el mérito, ya que la cámara es solo un medio, simplemente baja la ansiedad. 

 

En aquellos tiempos con la experiencia fuimos teniendo cada vez más veces sensaciones “correctas”.

 

Ese día yo llevaba la “sensación” adentro y era buena. Ese día el tiempo del relevado parecía no pasar. Lo hice con mucho cuidado pues en la segunda marcha de la Resistencia, si no recuerdo mal el 9 de diciembre de 1982, cuando en la agencia sub-revelaron algunos rollos, los negativos de las Madres tratando de quebrar el cordón policial no quedaron en su mejor calidad.

 

Ahora, la luz era muy pobre y los negativos estaban húmedos, pero luego de lavar y secar, después de una enjuagadita rápida confirmé la sensación: era una gran foto.

 

En la muestra Perder la forma humana. Una imagen sísmica de los años ochenta en América Latina que fue realizada por Red Conceptualismos del Sur en el Museo Reina Sofía, la foto ocupó una pared de tres metros de ancho. Cuando Alejandro Amdan me mandó las imágenes que él tomó de la exposición no lo podía creer.

 

Un poco como reivindicación, en la contratapa de mi libro sobre desaparecidos que está por salir puse la foto tomada con el teleobjetivo. Me da lástima por ella y por mí que haya quedado tan relegada. Uno con esas imágenes se engancha emocionalmente. Esas imágenes representan mucho. 

 

Muchas veces, desde esa tarde, me pregunté por qué decidí meter las patas en el charco. Pude respondérmelo, pero más importante que eso fue haberlo hecho. 

 

 

 

 

 

 

 

Fotografía es memoria.

 

INTRUCCIONES :

 

1- Descargá los archivos en PDF en : https://drive.google.com/folderview?id=0Bwo-aAuWeBatYktrN1huVFQybFU&usp=drive_web

2- Imprimilas en cualquier impresora en hoja tamaño : A4

3- Prepará la solución con 1 parte de cola vinílica y 1 de agua

4- Pegá las fotos en alguna pared de tu barrio, o armala en un afiche y llevala el 24 de Marzo a la Plaza

5- Sacá una foto de la foto pegada y subila a las redes sociales con el hashtag #ARGRA40añosdelgolpe

6- Compartilas por mensaje privado enhttps://www.facebook.com/argraweb así nosotros luego las subimos al facebook de ARGRA

Videos instructivos :

https://vimeo.com/157237999
https://vimeo.com/157496477

 

 

 

 

 

 

 


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