La justicia hizo lugar a la apelación por el pedido de hábeas corpus para la orangutana Sandra. Negó que fuera una “persona no humana”, como pedían sus defensores. El mismo día se anunció la reconversión del zoológico donde vive, en un ecoparque. Muchos piensan que fue ella quién motivó este cambio. Su caso abrió el debate sobre la ampliación de derechos más allá de los seres humanos. La abogada Anabella Cerrato y el escritor Félix Bruzzone indagaron sobre el tema. ¿Qué consecuencias genera en nuestra relación práctica, política y afectiva con los animales?



Las fotografías (excepto foto 1) forman parte del ensayo Naturaleza, exhibido en Buenos Aires Photo, Galería Casa Florida, y Casa de las Américas, Madrid (muestra colectiva).

 

La orangutana Sandra es nuestra Truman Burbank; el protagonista de la película The Truman Show. Un nuevo mito de la caverna contemporáneo, mediático y judicial. Siempre vivió en un zoológico. No sabe qué es una selva y ni siquiera podría ser llevada -por problemas de impureza racial (es hija de un orangután de Borneo y de una orangutana de Sumatra)- a ninguna de las selvas originarias de sus padres.

 

Sus problemas de identidad no terminan ahí. En el zoológico alemán donde nació fue llamada Melissa y, a los nueve años, ya en su nueva jaula del zoológico de Buenos Aires, fue rebautizada con su nombre actual: Sandra.

Sandra nació en el zoológico de Rostock, Alemania. En septiembre de 1995, a los nueve años de edad, fue trasladada al Zoo de Buenos Aires.

Sandra nació en el zoológico de Rostock, Alemania. En septiembre de 1995, a los nueve años de edad, fue trasladada al Zoo de Buenos Aires.

 

Un destino triste en el triste zoológico de Buenos Aires que, sin embargo, fue casi el mejor destino posible. Allí se fijó en ella Pablo Buompadre, presidente de AFADA, que en 2014 decidió iniciar las acciones legales para liberar a la orangutana. Acciones que terminaron dando resultados inesperados y muy prometedores para todos los que persiguen la obtención de nuevos derechos para los animales.

 

Ayer, luego de un largo proceso de discusión, tensiones y secretos varios sobre qué hacer con el zoológico de Buenos Aires, el Gobierno de la Ciudad decidió expropiárselo a su concesionario y  prometió generar en ese espacio un ecoparque. Y que todos los animales en condiciones de salir de allí serían trasladados a lugares más aptos a sus necesidades.


 

¿Y Sandra? ¿Serán considerados los nuevos derechos que se reclaman para ella, los que llevaron la presentación de un hábeas corpus en su favor y a que se planteara jurídicamente su condición de persona no humana? Por ahora, en el Gobierno de la Ciudad dicen que no. Como la última sentencia del caso, también publicada ayer. En ella, si bien se le otorga muchos de los derechos reclamados, no se la reconoce como sujeto de derecho. Sin embargo, su caso (y más recientemente el de su vecina Mara, la elefanta, también en la Justicia) parece haber sido la punta de lanza. Este proceso de transformación terminó con un zoológico de 140 años de historia.

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En el “caso Sandra” todo parece, por momentos, una discusión de definiciones. ¿Es animal? ¿Es persona? ¿Es, como establece el código civil, un objeto semoviente? Es decir, ¿una cosa apropiable y con dueños que pueden hacer con ella lo que quieran siempre y cuando la alimenten y no la maltraten?

 

No solo estar en el centro de la tormenta de estas definiciones convierten a Sandra en el raro ser que es hoy. De alguna forma, todas esas discusiones ya estaban en su historia: el origen híbrido, la imposibilidad de volver a la tierra de sus padres, el exilio, la vida en cautiverio, el borramiento de su nombre de origen. Su destino, parece, es ser una bola de problemas de identidad y de formas posibles de redefinir las cosas, jugadas siempre en los bordes. Una disputa de derechos.


 

–Somos iguales a Sandra, nos guste o no nos guste. Esto no es opinable, es científico –dice la jueza Elena Liberatori en su despacho lleno de plantas, animales en miniatura desparramados por los estantes de la biblioteca y pájaros de papel pegados a las ventanas. Inmediatamente después, comentará: el ADN de orangutanes y humanos es idéntico en un 98%.

 

En malayo “orangután” significa “Hombre del bosque” (oran: hombre, hutan: bosque). Sin embargo, a simple vista, la jueza Liberatori y la orangutana Sandra no tienen mucho en común. Sucede con la comparación entre cualquier animal y cualquier ser humano. La distancia entre ellas, incluso, parece mayor a la que puede haber entre un habitante de Borneo o Sumatra y los orangutanes que habitan los bosques de aquellas regiones. Sandra está encerrada en el zoológico de Buenos Aires y Liberatori se mueve a sus anchas en su despacho de Avenida de Mayo y Florida. Liberatori siempre quiso ser abogada para defender los derechos de los animales, y la sentencia que dictó en diciembre de 2015, clave en el caso “Sandra”, ya comenzó a ser referente en casos semejantes. Sin embargo, Liberatori no conoce personalmente a la orangutana.

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–Odio los zoológicos –dice.

 

Y luego agrega que su relación con el de Buenos Aires, en particular, es pésima.

 

En el juzgado, en cambio, sí conocen a Sandra. Fue la propia jueza, durante el proceso, quien se ocupó de enviar misiones secretas al zoológico para constatar que estuvieran haciendo las cosas bien con el animal. Una de las enviadas, Johanna, incluso tuvo encuentros cercanos con ella, llegando a establecer contacto visual y besos a través del vidrio: cosas muy poco frecuentes entre estos animales y los visitantes esporádicos. Por otro lado, una de las secretarias del juzgado de Liberatori, Noelia Villarino, fue rebautizada con el nombre de la orangutana

 

–Es la ventaja de que mi hobby sea hacer acrobacias con telas –bromea; y comenta, entendida en el tema, sobre las dificultades de Sandra para hacer sus acrobacias en el zoológico a causa de la mala disposición de los elementos de donde puede colgarse.

 

Al terminar la entrevista, será Noelia alias “Sandra” quien mostrará, ya en la computadora de su oficina, las fotos de archivo del caso, donde se documenta el estado de abandono e inadecuación de buena parte de las instalaciones del zoológico. Frente a cada foto de Sandra, Noelia se emociona. Y antes de despedirnos, ella misma dirá, refiriéndose a su hijo de 8 años:

 

–Bueno, me tengo que apurar, tengo que ir a buscar a mi monito.


 

Para ir a los orígenes del caso “Sandra” hay que remontarse a 2014, cuando Pablo Buompadre, presidente de AFADA (Asociación de Funcionarios y Abogados por los Derechos de los Animales), contacta al abogado y constitucionalista Andrés Gil Domínguez para pedirle apoyatura académica.

 

—Necesitaba un soporte conceptual para establecer que los animales son sujetos de derecho y no, como lo establece el Código Civil, objetos poco más atendibles que un mueble— dice Gil Domínguez, su perfil alumbrado por la luz de una mañana helada que parece reventar contra los vidrios de la oficina del piso 20 con vista a la Reserva Ecológica y al Río de la Plata.

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Por ese tiempo, Gil Domínguez venía investigando, a partir de la lectura del filósofo constitucionalista alemán Robert Alexy, las posibilidades de la ampliación de la titularidad de los derechos más allá de los seres humanos. No pensaba en animales, pero la propuesta de Buompadre lo llevó a hacerlo, así que Gil Domínguez, citando al filósofo, logró publicar, en una carta de lectores en el diario La Nación, sus cuestionamientos a lo que suele entenderse como “sujetos de derecho”. Y luego este engranaje entre praxis y teoría siguió en concreto: durante las primeras escaramuzas judiciales para lograr la liberación de Sandra.

 

¿Por qué Sandra y no otro de los animales maltratados del zoológico de Buenos Aires, o de cualquier otro zoológico del país? Fundamentalmente, explica Gil Domínguez, porque el proteccionista Pablo Buompadre evaluó, revisando la historia clínica de Sandra, que se trataba del caso más urgente.

 

Es un primate que no corresponde a una especie en particular: es una mezcla de dos especies distintas, casi un experimento de laboratorio, un mestizaje entre orangutanes de Borneo y Sumatra. Cuando fue madre y, a pesar de que los orangutanes suelen ser muy cuidadosos con sus crías, Sandra no demostró ninguna intención de criar a la suya, que finalmente tuvo que ser criada por cuidadores humanos. Según Gil Domínguez, Sandra sufrió varias operaciones y vivió en el zoo durante más de veinte años –al día de hoy tiene treinta. Allí, hasta hace poco, no podía siquiera ejercer sus habilidades básicas de braquiación (colgarse de los árboles y sogas).

 

El objetivo de AFADA, entonces, era que algún abogado de la Ciudad de Buenos Aires (AFADA tiene sede en Corrientes) se constituyera en representante legal de Sandra y presentara un hábeas corpus en su favor. El elegido para la misión fue Gil Domínguez. Aceptó gustoso.


 

En determinado momento, el calor de la oficina obliga a Gil Domínguez a desprender los botones del cuello de su sweater, quitárselo y secarse la frente. Desentonan con su ropa los zapatos rojizos fabricados con cuero símil víbora. Verlo así, mientras comenta aspectos de derecho animal, y se desprende del buzo en un piso 20 de puro vidrio lleva a pensarlo en medio de su metamorfosis hacia el superhéroe salvador de animales en peligro que en cualquier momento saltará al vacío para volar sobre el cielo de la Reserva Ecológica. Una estampa de justiciero que no desentona con su foto de whatsapp, donde se lo ve con campera negra, pantalones negros, brazos cruzados y mirada perdida en el horizonte junto a un Batman tamaño natural construido con piezas de Lego.

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Gil Domínguez renegó un poco de presentar un recurso de hábeas corpus. No le parecía posible que algún juez fuera a prestarle atención. En primer lugar, porque el habeas corpus es una acción sumarísima destinada a las personas que han sido privadas ilegítimamente de su libertad, y busca terminar con su detención. Por otra parte, llegado el improbable caso de obtenerlo, la consecuencia inmediata hubiera sido que él mismo tuviera que ir al zoológico a buscar a Sandra para sacarla y llevarla de la mano.

 

¿A dónde?

 

La situación de la orangutana era mucho más compleja.

 

Y algo de razón tenía Gil Domínguez porque, en efecto, la estrategia, similar a la del famoso abogado norteamericano defensor de animales Steven M. Wise, fue rechazada tanto en el juzgado de Instrucción como en la Cámara Criminal y Correccional. A pesar de ello, en la apelación elevada a la Cámara de Casación, obtuvo el pequeño triunfo que hizo que el caso “Sandra” diera la vuelta al mundo. TheGuardian, BBC y Huffington Post, entre muchos otros, le dedicaron notas y menciones. La Cámara no hizo lugar al hábeas corpus pero sí redactó una sentencia breve que, aunque remitiendo por incompetencia el caso a otro fuero, habilitaba a recorrer el anhelado camino de pensar, ahora dentro del sistema judicial, y no en la mera teoría, a los animales como “personas no humanas”.

 

No se logró la imagen espectacular: Gil Domínguez saliendo del zoológico con Sandra de la mano. Pero se había logrado algo que ni siquiera Wise, con 30 años de estudio en la materia y más de 8 años litigando en EEUU por sus también famosos chimpancés Hércules y Leo,consiguió: que la justicia abriera una puerta.

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Por otra parte, la resolución de la Cámara fue traducida por los medios como un éxito rotundo para Sandra. Al punto de que muchos titulares dieron a entender que la orangutana, en efecto, había sido liberada.

 

–Muchos piensan que Sandra está en un santuario –dice Gil Domínguez.


 

Sandra todavía vive en el zoológico. Y el zoológico ahora se transformará en ecoparque (Ver proyecto). Y si el Gobierno de la Ciudad no decide el traslado de Sandra a un Santuario acorde a las pretensiones de Gil Domínguez y AFADA, es probable que ella, acaso la principal responsable de todos los reclamos que llevaron a la decisión de desmantelar el zoológico, permanezca allí por mucho tiempo más.

 

Un dato curioso del caso “Sandra” es que su gran disparador, luego del relativamente fallido habeas corpus sobre el cual la Cámara se declaró incompetente, fue una simple acción de amparo, proceso que, en principio, no debería requerir mayor amplitud de debate o prueba. Sin embargo, un juzgado como el de Liberatori, que todos los días decide sobre ejecuciones fiscales, empleos públicos y amparos habitacionales, al enfrentarse a la rareza de “Sandra”, y conociendo el antecedente mediático de la sentencia de Cámara sobre el habeas corpus, decidió detenerse y ponerse a estudiar. Convocó a especialistas en carácter de amicuscuriae(algo poco usual en este tipo de procesos) e incluso coordinó audiencias vía Skype con científicos extranjeros.

 

Después de la sentencia de la Cámara de Casación, la AFADA y Gil Domínguez cambiaron de estrategia judicial: mantuvieron el habeas corpus, que al día de hoy continúa tramitando (ahora en el fuero Penal, Contravencional y de Faltas de la Ciudad de Buenos Aires), e iniciaron una acción más amplia en el fuero Contencioso Administrativo y Tributario de la Ciudad: el amparo colectivo tramitado en el juzgado de Liberatori, la jueza que odia los zoológicos.

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Pero tampoco la sentencia de Liberatori, que avanzó aún más que la de Cámara de Casación en el reconocimiento de derechos hacia Sandra, y dispuso mejoras en su entorno, llegó a ordenar su liberación. El hecho parece contradecirse con las intenciones de Liberatori y todo su equipo. Pero se debe a que durante el proceso judicial los expertos citados no se pusieron de acuerdo en cuál sería la mejor solución. Y la decisión final quedó sujeta a conclusiones más definitivas.

 

Por otra parte, la sentencia de Liberatori fue apelada por ambas partes y hasta ayer se encontraba a la espera de la resolución de la Sala I de la Cámara de Apelaciones. El Gobierno de la Ciudad, disconforme con la sentencia, la apeló en su totalidad. Y Gil Domínguez, que está dispuesto a llevar el caso hasta la última instancia posible, aunque reconoce como “muy satisfactorio” todo el trabajo llevado adelante por Liberatori-que incluyó un inédito esfuerzo junto a especialistas, gran producción de prueba- apeló la parte resolutiva porque entiende que sí existen pruebas que permiten concluir que Sandra estaría mejor en un santuario.

 

Y ahora, la sentencia de Cámara, dada a conocer ayer a última hora, después del anuncio de la expropiación del zoológico. Según ella, Sandra no sería un sujeto titular de derechos y elude completamente la discusión abierta por la jueza Liberatori en cuanto a si Sandra puede ser o no considerada como una persona no humana. Tampoco dispone su liberación, ya que considera que los informes técnicos no acreditaron la conveniencia del traslado de la orangutana a un santuario. Además señala que, según nuestro ordenamiento jurídico, Sandra, al tratarse de un ser dotado de sensibilidad, solo debe ser protegida de malos tratos y de toda clase de actos de crueldad, imponiéndole al ser humano el deber de atender a su cuidado. Sandra, según la Cámara, seguiría siendo un objeto.

 

De todas formas, obliga al Gobierno a garantizar al animal las condiciones adecuadas para su hábitat: mantener el recinto de la orangutana en condiciones adecuadas a su especie, establecer indicadores de bienestar animal, planificar actividades diarias, hacerse cargo de su nutrición y observaciones clínicas periódicas, así como mediciones no intrusivas y regulares del estrés.

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Consultado hoy sobre esta decisión de la Cámara, Gil Domínguez dice que le parece contradictorio que se le reconozcan a Sandra derechos que la constituirían en un sujeto de derecho.Y, por otro lado, se revoque el fallo de Liberatori donde planteaba que Sandra lo es. Y todo sin siquiera mencionar el fallo anterior de la Cámara de Casación, el gran disparador, el gran motor. Por otro lado, entiende que esta acción coordinada entre el Gobierno y la Cámara implica que no existe voluntad de sacar a Sandra, al punto de que de a poco se empieza a instalar en los medios que Sandra no está en condiciones de salir. Algo que no estaría demostrado en la causa.

 

Hoy Gil Domínguez está con cierto enojo. Hace dos semanas, cuando hablaba del caso, mucho más relajado, derivaba todas estas posibilidades con otra cadencia. Aceptaba, por ejemplo, que de ser Sandra trasladada podrían desencadenarse otros inconvenientes. El santuario Sorocaba, donde se baraja una posible reubicación, queda en Brasil, y si Sandra cruzara la frontera la ley brasilera le sacaría su estatus de “persona no humana” otorgado por el ordenamiento jurídico argentino, devolviéndola a su estatus de objeto.

 

-A menos -dice Gil Domínguez- que la hagas cruzar a Brasil con una decisión judicial que le otorgue el carácter de persona no humana. Y en ese caso sería algo único, porque implicaría que Sandra tiene nacionalidad, y un pasaporte.

 

Gil Domínguez se estiraba en su silla, sonreía, suspiraba.

 

-Yo no sé si le tramitaría un pasaporte con la foto, pero sí que podría cruzar la frontera con una cobertura judicial donde se estableciera que ella es persona no humana también en Brasil.

 

Sea como sea, Gil Domínguez parece mucho más dócil en sus objetivos últimos que en el aspecto de sus intervenciones en la causa. Llegaría a aceptar, llegado el caso de que se determine que Sandra, en efecto, no puede ser trasladada por cuestiones médicas, que se quedara en el zoológico. Es que, en cierta forma, lo ya conseguido es muchísimo. Y él mismo parece entender que los medios de comunicación son una ayuda fundamental, más allá de lo que luego haga la justicia.


 

La elección de los especialistas tuvo sus idas y vueltas. Un veterinario rosarino, frente a los primeros pedidos de informes, decidió retirarse. Nadie entiende bien cómo llegó a ser convocado: era especialista en ortodoncia porcina. También hubo periodistas que poco o nada tenían para agregar a los aportes de los cuidadores, biólogos y antropólogos citados. Pero lo cierto es que en el juzgado, más allá de esos ripios y primeros malos entendidos, se creó un ambiente de gran equipo trabajando para entender el caso.

 

–Esto parecía la ONU –relata Noelia Villarino, intentando darle entidad a aquella especie de Salón de la Justicia montado para Sandra.

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Los súperamigos de Sandra, una vez sorteadas las dificultades para entenderse entre zonas de conocimiento tan lejanas como la biología y el derecho, encontraron diversos obstáculos. Judiciales, como era de preverse: el Gobierno de la Ciudad objetó todo y no asistió a ninguna audiencia (record de inasistencia superior incluso al que se produjo durante los debates por la causa de matrimonio igualitario, también tramitado en el juzgado de Liberatori). También obstáculos mediáticos. En medio del proceso, el Procurador General de la Ciudad de Buenos Aires y jefe del plantel de abogados que representa al Gobierno en los procesos judiciales (incluido el juicio de Sandra), Julio Conte-Grand, publicó en La Nación un artículo titulado “Darwin ha muerto“, donde consideraba que el caso “Sandra” no solo iba en contra de siglos de derecho sino en contra de décadas de biología darwiniana.

 

–Acá entran cuestiones de ética –se queja Liberatori. –Si el juez está pensando qué resolver, no es el momento de andar bardeando. Bueno, acá bardearon. Eso habla de la trascendencia que tiene esto.

 

La respuesta a Conte-Grand, de manos del primatólogo canadiense Shawn Thompson, no tardó en llegar, pero La Nación no quiso publicarla y recién se pudo leer un mes después en Página12 acompañada por otra respuesta, firmada por 253 científicos: “Darwin sigue vivo, y también las malas interpretaciones”, donde se desacreditaba a Conte-Grand por su concepción arcaica y esquemática sobre la teoría darwiniana, y por sus ideas interesadas y poco dinámicas sobre cuestiones de derecho animal.

 

–La firman algo así como el equivalente a la cámara de diputados de los científicos argentinos –defiende Liberatori. –¡Y todo esto durante el proceso!

 

Sin embargo Conte-Grand ya contaba con apoyo académico. Apenas unos meses antes, en la editorial La Ley, prestigiosa en aquel ámbito, el abogado Sebastián Picasso había publicado un incendiario artículo en contra de las pretensiones de proponer a los animales como sujetos de derechos. Picasso consideró que aún existiendo la posibilidad técnica de crear esta nueva categoría, la misma resultaría muy poco útil en la práctica. Lo verdaderamente importante no son las declaraciones de principios, ni el genérico encasillamiento en una categoría jurídica, sino las herramientas concretas que la ley prevé para frenar los malos tratos, los actos crueles, o la explotación desenfrenada, dice. “La idea de que para “salvar” a los animales hay que convertirlos en personas, ¿no encerrará, al fin y al cabo, una ilusión narcisista de nuestra especie?”, se pregunta Picasso en el artículo. La misma editorial La Ley se había rehusado a que Gil Domínguez publicara una respuesta a estas objeciones de Picasso.

 

El avispero estaba revuelto. Los abogados no solo se tiraban dardos en el expediente de la causa, sino por fuera: en diarios, editoriales y debates académicos. ¿Por qué tanta beligerancia por una orangutana? Porque hay intereses en juego. Si Sandra en algún momento quedara reconocida como persona no humana y sujeto de derecho, sus súper amigos habrían obtenido un triunfo en potencia para una larga lista de animales maltratados. No solo animales encerrados en zoológicos, sino también para toros, galgos, caballos de polo y un largo etcétera. De todas formas, parece haber algo más. Siempre hay algo más.


 

Sentado en un café ubicado justo enfrente del despacho de la jueza Liberatori, Ricardo Ferrari, uno de los especialistas convocados como amicuscuriae para la causa, da sus impresiones sobre Sandra. A diferencia del rosarino especialista en ortodoncia porcina, que abandonó el caso  cuando entendió que no tenía demasiado para aportar, Ferrari asistió a todas las audiencias y fue uno de los que se ocupó de acercarse a Sandra (unas 30 horas de trabajo, en total) para determinar qué era lo más aconsejable para ella. Es biólogo, especialista en etología y bienestar animal, antropólogo y guionista de comics. El bar donde se apasiona con sus apreciaciones sobre el caso es muy ruidoso y lo obliga a levantar la voz.

 

–¿Qué significa eso del 98%? –dice–. También tenemos el 72% del ADN de las ratas. ¿Eso qué significaría? -se ríe.

 

Critica a los abogados por no entender nada de biología. Y argumenta desde su lugar de antropólogo:

 

–Esta causa no se trata de Sandra, se trata sobre qué cosa es el ser humano. Parece un habeas corpus de AFADA contra el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, pero en realidad es el primer intento darwiniano de redefinir qué entendemos por ser humano. ¡La diferencia entre animales y hombres se empieza a achicar! -festeja.

 

El problema, entonces, es que la justicia no parece tener herramientas para resolver lo que la biología ya resolvió hace décadas. La reciente reforma del Código Civil no modificó nada en lo concerniente a los derechos de los animales, manteniéndolos en su carácter, como ya se dijo, de objetos semovientes: cosas con dueños que pueden disponer de ellos, siempre que los alimenten, no los maltraten, los quieran. No son un mueble cualquiera: no podrían prenderse fuego o tirarse por un acantilado. Pero sí se puede, como pasa con la enorme mayoría de los animales domésticos, e incluso con los animales de compañía, tenerlos en cautiverio. Y, por lo que parece, a la luz de la letra del Código Civil vigente, la posibilidad de que los animales sean finalmente considerados sujetos de derechos dependería de reformas y redefiniciones mucho mayores.

 

Ferrari es enfático:

 

-Los abogados actúan como creyentes: invocan justicia, verdad -dice.

 

Y se decepciona un poco cuando recuerda las dificultades de comprensión que había en las audiencias.

 

-Lo interesante sería que el abogado no desconozca tanto de biología ni el biólogo crea que el animal que está libre en la jungla está bien. Yo tampoco entiendo esa mirada Disney de un paraíso perdido. Sé que esto va a sonar horrible pero: la jungla está llena de animalitos muertos sobre el suelo, descomponiéndose entre los árboles, siendo comidos por otros.

 

Ferrari, como guionista de comics, tiene varios hitos. El más resonante, acaso, su participación en varios números de la serie Nippur de Lagash. Hoy, mientras trabaja para un editor italiano en un proyecto donde los personajes son monos que aprenden a usar armas, a propósito del caso “Sandra”, piensa un rato en El planeta de los simios. Le da vueltas a su taza de café, concentrado. Levanta su mirada y dice:

 

-¡Vivimos en él!

 

¿Qué clase de superamigo de Sandra es Ferrari? Durante la causa, e incluso hasta hoy, el caso de ella ocupó buena parte de sus horas del día. Ferrari se enorgullece de haber tenido asistencia perfecta a todas las audiencias y todavía recuerda las palabras con las que daba explicaciones a su familia cuando volvía tarde a casa luego de jornadas intensas dedicadas a la orangutana. Era irónico:

 

–Con Sandra solo somos amigos.

 

A la luz de las concepciones de Ferrari, el tema de la amistad entre seres humanos y animales parece ser una piedra central en todo esto que devino problema jurídico. ¿Hasta dónde es posible pensar a los animales como pares? En el caso de Timothy Treadwell, el mejor amigo de los osos -coprotagonista junto a ellos, del documental de Werner Herzog, “GrizzlyMan”-  hasta ser devorado por un oso.

 

¿A qué se debe esa necesidad de considerar a los animales como iguales? En su tesina “Animales y nuevas moralidades sociales”, Julia Stubrin, licenciada en Sociología por la Universidad Nacional del Litoral y becaria doctoral de CONICET, explora las características del trato hacia los perros rosarinos por parte de sus dueños en los últimos diez años. La investigación concluye con algo que parece saltar a los ojos como evidencia rotunda cuando vemos a un perro en una peluquería canina: la devoción por los animales, en los últimos años, se ajustó no solo a una apertura de la sociedad en la consideración hacia ellos, quizá producto de las ampliaciones de derechos a sectores de la sociedad antes olvidados, sino por el temor de las personas a compartir sus vidas con otros seres humanos.

 

“Un perro no miente, no roba, no engaña”, se lee en uno de los testimonios recopilados en la investigación. Esta relación perro-persona, explica Julia Stubrin, quizá sea otra forma, de las tantas que pueden apreciarse en la sociedad contemporánea, de proto-protesta contra el individualismo y contra los lugares tradicionales de canalización de la sensibilidad social. Sin embargo, esa cercanía produce catástrofes. Ya nombramos el caso de Timothy Treadwell, el ambientalista y director de documentales amigo de los osos, quien fue devorado por un oso. Una catástrofe extrema. En lo cotidiano, las catástrofes son más módicas. Como alguna vez planteara el propio Ferrari: ponerle un pulovercito a un caniche, ¿no sería también una forma de maltrato?


 

Gil Domínguez visita a Sandra cada quince días.

 

–Bueno a veces cada un poco más. Me camuflo para que no me reconozcan y voy. A veces llevo a mis hijas.

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Su relación con los animales es intensa y se traduce en amor intenso a sus gatas siamesas. Sus hijas, por otra parte, también se deben un poco a un animal: otra gata, también siamesa, que los acompañó hasta hace algunos años.

 

-Fue gracias a tenerla a ella, tratar con ella, que con mi mujer decidimos tener hijos -comenta.

 

La jueza Liberatori una tarde le pidió a su piletero que le saque un yuyo que había crecido en su jardín.

 

–Pero es una planta de tomates –dijo el piletero al ver el yuyo, y entonces ahí la dejaron, y ahora la planta creció y ya dio más de 60 tomates.

 

–El tema –explica Liberatori –es conocer al otro, entenderlo. Si a mi mañana me demuestran que una planta de lechuga es un ser sintiente, bueno, es para pensarlo, algo se podrá hacer.

 

Mientras tanto, Sandra sigue en un zoológico devenido proyecto de ecoparque del que no se sabe si la van a sacar o no.

 

Gil Domínguez ya planea sus nuevas estrategias para avanzar. Estaría dispuesto a pedir la inconstitucionalidad de la sentencia de Cámara, por contradictoria. A pesar de eso, dice que está contento con la decisión del Gobierno de la Ciudad con respecto al zoológico. Le parece, en parte, producto de lo que él mismo hizo en su lucha por liberar a Sandra. Un paso más. En lo judicial, piensa llegar hasta la Corte Suprema y, de ser necesario, hasta la Corte Interamericana.

 

-Ahí es difícil -dice- tenemos dos problemas: la misma Convención establece que persona es todo ser humano, y no hay cláusula ambiental.Habría que pensar bien cómo hacerlo.

 

En la selva los orangutanes pasan el 90% del tiempo en las copas de los árboles; incluso duermen en las alturas, en nidos hechos con ramas frondosas. Sandra vivió siempre en zoológicos. Y siempre caminó sobre tierra y cemento, arrastrando sus brazos larguísimos en el piso. En el zoológico, decían, no había espacio ni presupuesto para que pudiera vivir trepada. Pero ahora Sandra tiene amigos y los amigos también le hacen regalos. Para el día del animal la jueza Liberatori se acercó a López Mena, dueño de Buquebús, y le pidió sogas viejas para Sandra. López Mena se las dio y Sandra estrenó sogas. Con algo de imaginación, o más bien mucha, podrían pasar por lianas y ramas de las selvas de Sumatra o Borneo, donde nacieron, separados, su mamá y su papá.


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