El premio Nobel sudafricano John Maxwell Coetzee visitará Buenos Aires invitado por la Universidad Nacional de San Martín. En este artículo, la escritora Claudia Piñeiro propone un camino de lectura por su obra y analiza su manera personal de construir una exitosa carrera literaria. En una época en la que los autores se esfuerzan para que sus textos circulen, Coetzee no da entrevistas y, si debe presentarse en público, lee en inglés. Lo que tiene para decir, cree, ya está expresado en su obra.



¿Qué opinaría J.M.Coetzee si leyera la versión en castellano de su entrada en Wikipedia? Allí dice que “John Maxwell Coetzee” es un escritor “nacido en Sudáfrica de expresión inglesa y nacionalizado australiano, país donde reside actualmente”. Qué pensaría él, descendiente de colonos holandeses, autor que hizo foco en su condición de afrikáner desde la pesadumbre -sin hacer turismo literario por su tierra, como sí otros autores sudafricanos-, de la calificación: “de expresión inglesa”. ¿Qué prejuicio esconden esas palabras? (La Wikipedia en inglés no comete el mismo error). No es una pregunta retórica. Porque aunque J.M. Coetzee ha sido uno de los escritores sudafricanos descendiente de colonos que más han condenado el apartheid, en su novela “Desgracia” también cuestiona -de alguna manera- el devenir de los hechos que terminaron con ese sistema de discriminación. O al menos muestra que el proceso tuvo sus contradicciones, tal vez más en lo individual que en lo social. En Sudáfrica, algunos dijeron que la novela es racista, sin embargo, creo estamos ante un texto valiente que cuestiona hasta las propias ideas del autor frente una realidad compleja. Por ejemplo, cuando se atreve a plantear que a la hija del protagonista la violan sus jóvenes vecinos negros, una circunstancia ficcional que se tomó en su país como políticamente incorrecta.

 

John Maxwell Coetzee es novelista, lingüista, ensayista, filólogo y matemático. Personaje particular dentro de la literatura, su tesis como doctor en lingüística computacional consistió en un análisis computadorizado de la obra de Beckett. Dice Javier Marías, en una biografía que le dedica en su blog, que poco se sabe de su vida personal además de que es vegetariano y abstemio. Lo cual, por cierto, no es muy de “expresión inglesa”. Se sabe también que tuvo una vida transnacional que lo llevó a vivir en distintos países y hoy tiene su residencia estable en Adelaide, Australia, donde da clases en la Universidad. En el año 2003 ganó el premio Nobel, y fue uno de los elegidos que tuvo más consenso entre la crítica internacional: Coetzee merecía ese premio. También el premio Booker que ganó dos veces, en 1983 por “Vida y época de Michael K”y en 1999 por “Desgracia”. Mario Vargas Llosa, que ganaría el Nobel años después, lo admira y dice de él: “Es uno de los mejores novelistas vivos y no digo el mejor porque, para hacer afirmación semejante, habría que haberlos leído a todos. Pero, entre los que conozco, muy pocos tienen su maestría y sutileza contando historias.”

 

Escritor difícil de ser entrevistado: no le gusta hablar. Sostiene que lo que tiene para decir ya está expresado en su obra. Por eso, cuando se presenta en ferias del libro o en festivales literarios no habla, lee. Se pone frente a un micrófono, saca un papel, y pronuncia en inglés. Una actitud admirable en tiempos en que los escritores vamos dando vueltas por el mundo respondiendo lo que sea y participando en mesas redondas sobre el tema que nos asignen, aunque nos parezca una discusión vana o alejada de nuestro interés literario, porque nos han convencido de que ser escritor “hoy” lleva asignada esa tarea si es que uno quiere que sus textos circulen y sean leídos. Bueno, parece que a Coetzee no lo han convencido de eso; él no lo necesita. Escribió 12 novelas, 4 autobiografías noveladas, 8 libros de crítica, y un libro epistolar que incluye su intercambio con Paul Auster y que es el motivo que lo trae nuevamente a Buenos Aires y a la Feria del Libro de esta ciudad. Sus textos circulan por todo el mundo, sobre todo luego del Nobel, que le permitió estar traducido a muchas lenguas. Así que si no quiere, Coetzee no habla. Y generalmente no quiere. En el Festival literario de la ciudad de Paraty, durante una cena de la que participaban grandes luminarias de la literatura mundial tan importantes como él o más, llegó, se presentó y dijo: “Perdón, yo no voy a hablar. Pero me encantará escucharlos, me hará muy feliz”. Y no volvió a abrir la boca en toda la noche. 

 

Coetzee en sus libros

 

Uno puede hacer distintos recorridos para adentrarse en el mundo Coetzee. Seguramente todos son válidos, pero si pudiera proponer un camino de lectura, sería el siguiente: “Desgracia”, “Infancia”, “Elizabeth Costello”.

 

Sé que muchos propondrían otro, barrer primero sus textos autobiográficos más paradigmáticos y así empezar por Infancia, seguir con “Juventud”, luego “Verano”. Da la sensación de que quien elige ese recorrido hace “el camino de Coetzee”. El que yo propongo es más desprolijo; mezcla novela y autobiografía, pero transita los tres textos en los que creo que el autor sudafricano está más presente. Un orden arbitrario desde lo cronológico aunque más contundente. Quien lee “Desgracia” y se conmueve va a seguir leyendo a Coetzee. Entonces que lea “Infancia” para saber de dónde vino ese autor. Y que luego se ponga en la piel del escritor, convertido por la magia de su escritura en mujer, y vaya con Elizabeth Costello a recorrer lugares y ensayos literarios con un ingrediente que no aparece en los otros dos libros elegidos para este recorrido: el humor,  humor estilo Coetzee que no será nunca estridente, sino casi imperceptible.

 

“Desgracia”

 

Este libro fue fundamental para mí. La recomendación me llegó de manera azarosa, como llegan muchas recomendaciones de libros y autores. Yo había ganado el Premio Clarín Alfaguara de novela y me llevaban de pueblo en pueblo a promocionar el libro (algo que Coetzee seguramente no habría aceptado). Me acompañaba en el tour Vicente Muleiro, escritor, poeta y periodista, que en aquel momento trabajaba en la revista Ñ. Un día, hablando de lecturas varias, Muleiro me dijo: “¿Leíste “Desgracia” de Coetzee? Vos tenés que leerlo”. Y con su indicación selló la urgencia de esa lectura. Porque cuando alguien que uno considera un buen lector dice “vos tenés que leerlo”, y no “hay que leerlo”, o “todos deberían leerlo”, el consejo no puede pasarse por alto. Algo había en esa escritura, en ese autor, en el lenguaje que usaba, en los mundos que contaba, que hizo que Muleiro creyera que yo debía que leerlo. Y no se equivocó, la lectura de “Desgracia” de Coetzee no fue una lectura más, fue fundacional. Había algo en ese texto que se metió dentro de mí para siempre. “Desgracia”, es una traducción desafortunada de “Disgrace” que está más cerca de deshonra, vergüenza o, como sugiere Mario Vargas Llosa, “caer en desgracia”.

 

David Lurie, el protagonista, es un profesor universitario que trabaja en Ciudad del Cabo. Está divorciado, y cuando el romance con una de sus alumnas, Melanie, toma estado público, todo el prestigio y lo que logró en esos años académicos desaparece. La chica, presionada por la familia y el novio, lo denuncia por acoso sexual. Pero Luire prácticamente no se defiende, y ésa es una de las claves del texto. O no se defiende lo suficiente.  Él toma esta primera Disgrace como algo casi natural, una circunstancia que hay que soportar con estoicismo. Agacha la cabeza, no opone resistencia ni esgrime defensa alguna, y así se ve obligado a dejar su cargo en la Universidad. Decide entonces pasar un tiempo en la casa de su hija Lucy, a la que hace un tiempo no ve, una granja en medio del campo, a 40 kilómetros de la ciudad de Salem, en la provincia del Cabo Oriental.

 

A partir de ese primer episodio, las disgraces se suceden unas a otras, cada vez con mayor intensidad y hasta crueldad. Y lo que se pone en juego es la capacidad de los personajes de la novela, especialmente David Luire y su hija, para aceptar estas circunstancias penosas. Lucy vive sola (su última pareja se fue a Johannesburgo), cultiva flores y cuida perros en un pequeño terreno. La ayuda Petrus, un nativo de la zona. Allí Lurie pasa el tiempo colaborando con su hija y tratando de escribir un texto sobre el poeta Byron. Pero cuando todo transcurre sin demasiado sobresalto, tres hombres negros irrumpen, encierran a Lurie, desvalijan la casa y violan a su hija. Aún así, no es ésta la última disgrace. Denuncian el robo pero Lucy se niega a reportar la violación. Ni siquiera habla de ese episodio con su padre. Incluso acepta, a cambio de protección, un arreglo de silencio que le propone Petrus, quien conoce a sus atacantes, cuando se entera de que está embarazada de sus violadores y decide tener el bebé. Petrus pasa a ser algo así como su “marido nominal”, y ella le entrega la propiedad de sus tierras aunque mantiene el uso. Esta situación resulta totalmente humillante para Lurie, pero no puede convencer a su hija de que no lo haga. En las semanas siguientes, la relación cortante entre ellos lleva a Lurie a relacionarse con Bev Shaw, una amiga de Lucy que maneja un hospital para animales y con quien él empieza a colaborar. Y es en esa tarea que emprende Lurie, especialmente en el triste trabajo de sacrificar a los animales abandonados, donde la novela llega al máximo clímax.

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Va a continuación un fragmento de esta última parte que muestra lo que creo es la base del atractivo que ejerce sobre mí, y sobre muchos otros lectores, la prosa de Coetzee: la contundencia de las palabras con que describe las imágenes.

 

“Cuando la gente les lleva un perro, nadie dice directamente: “le he traído este perro para que me lo mate”,  pero eso es exactamente lo que se espera de ellos: que dispongan el animal, que lo hagan desaparecer que lo despachen al olvido. Lo que en efecto se pide es Losüng (el alemán siempre a mano con sus apropiadas y nítidas abstracciones): la sublimación, como se sublima el alcohol del agua sin dejar residuos, sin dejar regusto alguno. (…) Como es Bev Shaw quien empuña la aguja y la clava, es él quien se ocupa de disponer de los restos. A la mañana siguiente a cada sesión de matanza, viaja con la furgoneta cargada al recinto del Hospital de los Colonos, a la incineradora, y allí entrega a las llamas los cuerpos envueltos en sus negras bolsas. (…)  Los perros son acarreados a la clínica por ser animales que nadie desea: porque “semos” demasiados. Ahí es donde aparece él en sus vidas. Tal vez no sea su salvador, el ser para el cual no son demasiados, pero sí está dispuesto a ocuparse de ellos tan pronto como sean incapaces, totalmente incapaces, de cuidarse por sí solos una vez que hasta Bev Shaw se haya lavado las manos.  (…) Curioso que hombre tan egoísta como él vaya a ofrecerse al servicio de los perros muertos. Ha de haber otras formas, formas harto más productivas de entregarse al mundo, a una idea determinada del mundo. 

 

Lurie ya no entiende más un mundo en el que dejó de pertenecer (como hombre blanco) a la clase dominante; un mundo donde la vida de un viejo blanco es manejada por jóvenes negros. Y en ese mundo, y en el campo donde vive su hija y esos jóvenes, la palabra y la comunicación verbal, que habían sido el eje de su vida, lo que sabe, con lo que se maneja, dejaron de ser armas válidas. Los códigos no escritos, ni siquiera dichos, se imponen sobre las palabras, y él no puede entender ese mundo donde la desgracia es la constante. Otro punto de identificación con los lectores de cualquier sitio. El mundo cambia, todo el tiempo, en todas partes. Y algunos cambios son tan profundos que muchos quedamos patas para arriba hasta que se logra establecer un nuevo equilibrio.

 

La vida de niño afrikáner de J. M. Coetzee quedó retratada magistralmente en su libro “Infancia”, con la potencia de imágenes inolvidables. Se consideran “Infancia”, “Juventud”,“Verano” y “Diario de un mal año” sus autobiografías noveladas. En “Infancia” está el origen; leyendo la historia puede entenderse mucho del escritor. Y aunque ese niño es él mismo, el autor habla de sí y de su familia en tercera persona. Lo hace con tanta pasión, a pesar del lenguaje contenido, que por momentos nos olvidamos de que narrador y protagonista son uno solo.

 

En “Infancia”, Coetzee nos cuenta su vida cotidiana en Worcester, una pequeña localidad al norte de Ciudad del Cabo. La historia transcurre en los cincuenta, cuando él tenía entre 10 y 13 años. El protagonista no tiene claro si odia o quiere a su madre, con quien vive; con su padre tiene una relación distante, y a su hermano pequeño lo ignora. La vida de este niño es doble y contradictoria: en la escuela se esfuerza por sacar las mejores notas y pasar desapercibido, para escapar de las palizas y los insultos de sus compañeros, e incluso de sus profesores; en cambio en su casa es el niño mimado y, por momentos, se transforma en tirano. Las contradicciones siguen: le gusta el criquet pero prefiere jugarlo solo, elige a los comunistas rusos y no a los soldados norteamericanos, se dice católico aunque no lo es. Sin embargo, el clima de la novela no es sólo el de este niño y su familia, sino el de Sudáfrica toda en los años cincuenta. Porque la novela transmite la difícil convivencia entre blancos y negros, pero también entre ingleses y afrikáners, entre ricos y pobres, entre judíos, católicos y protestantes. Y el niño de “Infancia” no sabe en cual de las clasificaciones ubicarse. Algo que no sólo le sucede al niño Coetzee sino a muchos niños sometidos a relatos sociales múltiples, lo que produce una fuerte identificación con el lector.

 

 “Viven en una urbanización en las afueras de Worcester, entre las vías del ferrocarril y la carretera nacional. Las calles de la urbanización tienen nombre de árboles, aunque todavía no hay árboles. (…) En cada patio trasero hay una pequeña construcción con un cuarto y un lavabo. Aunque no tienen criados los llaman el “cuarto de los criados” y el “lavabo de los criados”. Utilizan la habitación  de los criados para almacenar trastos: periódicos,  botellas vacías, una silla rota, una estera vieja. (…) Al fondo del patio instalan un gallinero para tres gallinas, con la  esperanza de que pongan huevos. Pero las gallinas no medran. El agua de la lluvia, que la arcilla no filtra, se encharca en el patio. El gallinero se transforma en una ciénaga hedionda. A las gallinas le salen bultos en las patas, como piel de elefante. Enfermas y contrariadas dejan de poner huevos. La madre lo consulta con su hermana de Stellenbosch, que le asegura que sólo volverán a poner si se le estirpe la membrana callosa que tienen bajo la lengua. Así que la madre va  colocándose las gallinas una tras otra entre las rodillas, les aprieta el pescuezo hasta que abren el pico, y con la punta de un cuchillo corta en sus lenguas. Las gallinas chillan y se debaten, con los ojos desorbitados. Él se estremece y se va. Imagina a su madre echando la carne del estofado sobre el mármol de la cocina y cortándola en tacos: imagina sus dedos ensangrentados.

 

Leí “Infancia” hace casi diez años y aún recuerdo detalles mínimos de esa madre y de sus gallinas. Como recuerdo detalles mínimos de los perros sacrificados porque nadie los quiere que aparecen en  “Desgracia”.

 

Elizabeth Costello

 

 

Elizabeth Costello, personaje que también aparece en otros libros de Coetzee, es una escritora australiana de 76 años que viaja por el mundo dando conferencias, en especial sobre dos temas que le apasionan: la literatura y los derechos de los animales. La mujer, con su lúcida cabeza, desbarata los argumentos de ocasionales conferencistas rivales. Pero además de con rivales, tiene que enfrentarse con ella misma, con el gran éxito que tuvo años atrás, y con temas recurrentes que la siguen torturando: la relación con su hijo, la sexualidad, el lenguaje, el mal.

 

La novela se divide en ocho conferencias y un epílogo; muchas de ellas coinciden con algunas que dio el mismo autor. Los capítulos 3 y 4, por ejemplo, son las que impartió en Princeton durante 1997 y 1998. Coetzee camina por una cornisa entre la novela y el ensayo, dándole sus propias palabras y argumentos a esta escritora que podría considerarse su alter ego, alguien que en su fanatismo vegetariano y de defensa de los animales llega a comparar el maltrato de éstos con el Holocausto.

 

Elizabeth Costello, evidentemente, tiene mucho de J.M.Coetzee. Pero nunca sabremos cuánto, básicamente, porque Coetzee no habla de su vida. Más que en sus textos, claro.

 

Elizabeth tiene problemas de salud y sin la ayuda de su hijo John, profesor de física y astronomía no podría recibir un importante premio que le acaban de otorgar. Llegan a Williamstown, van al hotel y en la habitación sucede esta conversación:

 

–¿Estarás cómoda? –le pregunta su hijo.

 

–Estoy segura de que sí –contesta ella.

 

La habitación está en el piso doce, desde donde se pueden ver un campo de golf y unas colinas boscosas más allá.

 

–Entonces, ¿por qué no te tumbas y descansas? Nos vienen a buscar a las seis y media. Yo te llamo cuando falte un rato.

 

Él se dispone a salir. Ella habla.

 

–John, ¿qué quieren exactamente de mí?

 

–¿Esta noche? Nada. No es más que una cena con miembros del jurado. No nos retiraremos tarde. Les recordaré que estás cansada.

 

–¿Y mañana?

 

–Mañana es otra historia. Me temo que vas a tener que remangarte.

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El círculo que se cierra sobre sí mismo. Todo empezó con “Infancia” y todo concluye allí, en aquella madre y sus gallinas. Así se desprende del discurso que dio Coetzee en el banquete con motivo de su Premio Nobel, un discurso más íntimo, breve y emotivo que los que suelen darse en la ceremonia oficial de aceptación.

 

“El otro día, de pronto, mientras estaba hablando sobre algo completamente diferente, mi compañera Dorothy pronunció algo como: “Por otro lado, ¡qué orgullosa habría estado tu madre! ¡Qué lastima que no viva todavía! ¡Y tu padre también! ¡Qué orgullosos habrían estado de ti!

 

―¿Aún más orgullosos que mi hijo el doctor?”, dije. ¿Aún más orgullosos que mi hijo el profesor?

 

―Aún más orgullosos.

 

―Si mi madre todavía viviese, continué, ella habría tenido 99 años y medio y, probablemente habría tenido demencia senil. No habría sabido qué está pasando a su alrededor.

 

Pero, claro, yo no capté la idea. Dorothy tenía razón. Mi madre habría estado explotando de orgullo. “Mi hijo el ganador del Premio Nobel”. ¿Y por quién, de todas maneras, hacemos las cosas que llevan al Premio Nobel sino por nuestras madres?

 

―¡Mami, mami, gané el premio!”

 

―Maravilloso, mi amor. Ahora come tus zanahorias antes de que se te enfríen.

 

No sé si, como dice Mario Vargas Llosa, J.M. Coetzee es “uno de los mejores novelistas vivos”. Como él, yo tampoco leí a todos. Pero sí sé que haber conocido sus textos marcó para mí un antes y un después como lectora:  si no los hubiera conocido, yo no sería la misma. Aquel  “vos deberías leerlo” que me dijeron alguna vez escondía una certeza ineludible.

 

¿Por qué nuestras madres deben tener 99 y estar bajo tierra antes que nosotros podamos llegar corriendo a casa con el premio que compensará todos los problemas que les hemos causado?

 

A Alfred Nobel, 107 años enterrado, y a la Fundación que tan fielmente administra sus deseos y que ha producido esta magnífica noche para nosotros. A mis padres, cuánto siento que no puedan estar aquí”.


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