Primer universitario de su familia, Héctor Magnetto entró a Clarín hace 44 años. A pesar de su poder e influencia, ya no asiste a comidas: por su enfermedad, tiene dificultades para tragar y para calmar la sed se refresca con un pañuelo húmedo. Cree que aun si ganan los candidatos del Frente para la Victoria, el 11 de diciembre, termina el conflicto con el kirchnerismo. Piensa que Clarín se imprimirá por última vez en 2029 y dice, ¿en chiste?, que espera no estar vivo para esa fecha. Perfil de uno de los hombres más poderosos de la Argentina. Fragmento del libro “Clarín, la era Magnetto”, publicado por la editorial Planeta.



 

Antonieta Niro, de noventa y siete años en 2015, lo llamó alarmada desde Chivilcoy:

 

—¿Te va a pasar algo?

 

La madre de Héctor Horacio Magnetto escucha lo que dicen de su hijo en la radio y en la televisión y se preocupa, como se preocupan las madres. Y se intranquiliza porque, desde 2008, empezó a oír cosas que antes no se decían. Su hijo tenía un diario, una radio, un canal de televisión y muchos otros negocios; veía a los presidentes. Pero se sabía poco de él.

 

Antonieta y Héctor hablan una vez por semana. Son conversaciones breves, con tres preguntas: «¿Cómo estás?», «¿Qué estás haciendo?», «¿Qué comiste?». Antonieta come regularmente huevos fritos con papas fritas, en una muestra de la resiliencia de su hígado.

 

Tiene la misma edad que el juez de la Corte Suprema Carlos Fayt y uno más que los que tendría Eva Duarte de Perón. La cocina ha sido un tema familiar: Manuel Magnetto, esposo de Antonieta y padre de Héctor, tuvo un restaurante en Chivilcoy. Héctor, mozo y lavacopas, no cobraba sueldo. Suele explicarlo con un gentilicio: genovés. Una forma de señalar la relación apegada al dinero que él heredó. Ese padre tuvo una aparición única y fulgurante en las páginas de Clarín.

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Falleció el señor Manuel Magnetto», se anunció el 1º de septiembre de 1978.

 

El artículo destacaba la congoja en Chivilcoy, pero respetaba ciertos límites para contar su vida.

 

Tenemos la costumbre de intentar representar la realidad con datos, con cifras. La trayectoria de Manuel Magnetto es en cierto modo más modesta, más secreta (…) Solía reivindicar su condición de chacarero y su estirpe labriega, por su indeclinable amor por el campo, por su entera dedicación a la familia, con la adustez con que solía encubrir su ternura y su imperturbable rectitud (…) El extinto era padre del gerente general de Clarín y vicepresidente del directorio de Papel Prensa, Héctor Magnetto. (Clarín. Primero de septiembre de 1978).

 

Fue uno de los escasos momentos en que en el diario se dijo algo del actual CEO del Grupo Clarín, o de su familia. Héctor Horacio estaba de viaje: volvió para el entierro y se encontró con esa nota publicada.

 

 

Las apariciones de Magnetto se multiplicaron durante la guerra imaginaria y prolongada con el matrimonio Kirchner, que empezó en 2008 y aún no ha llegado a su fin. Magnetto perdió el patrimonio de su invisibilidad. Un presidente retirado y su esposa en ejercicio se referían a él en fervorosos actos públicos y, en sintonía, los medios vinculados al gobierno lo convirtieron en el villano perfecto de la época. Su empresa y su persona resultaron centrales para entender la Argentina de 1976 en adelante. Lo compararon con torturadores por el caso de Papel Prensa. Lo llevaron a los tribunales. Los medios de Magnetto empezaron repentinamente, después de un lustro de armonías y pocos conflictos, la demolición de la pareja presidencial y sus gestiones, muchas veces sin los matices o los procedimientos profesionales que solían desplegar.

 

En 2010, cuatro días después de la presentación de Papel Prensa: la verdad (el informe de la investigación oficial), uno de los protagonistas principales, Isidoro Graiver, desacreditó el testimonio de su ex cuñada, Lidia Papaleo, que fungió de columna vertebral de la pesquisa del kirchnerismo. Eso lo salvó de la cárcel, pensó Magnetto:

 

—Sin ese testimonio yo terminaba preso.

 

No obstante, hasta el invierno de 2015 la posibilidad de su detención permanece latente. Esa posibilidad fue el disparador de la pregunta de la madre.

 

Magnetto dice que tolera cualquier cosa de las acusaciones en su contra menos que se insulte su inteligencia. Entre esos agravios enumera que haya pedido una devaluación en 2001 que perjudicaba a su empresa, o que haya vetado la candidatura de Cristina Fernández de Kirchner.

 

No obstante, no exhibe en público esa inteligencia. Nunca le gustó dar entrevistas:

 

—No es mi estilo —se ha excusado muchas veces—. No me parece necesario, simplemente. Ya bastante hablo en la vida interna de Clarín.

 

Casi no existen registros sonoros públicos del CEO. El primero fue la entrevista que le dio a Bernando Neustadt en diciembre de 1989, después de haber ganado la licitación de Canal 13. Sonreía. El segundo, en Montevideo, en octubre de 2012, fue una breve declaración para los periodistas tras haber sido distinguido como socio de honor en un acto de la Asociación Internacional de Radiodifusión (AIR):

 

—Estamos recibiendo un ataque oficialista muy fuerte, directamente relacionado al Grupo bajo la fachada de una ley de medios. La justicia está sometida a una prueba muy difícil, el gobierno la está atropellando escandalosamente.

 

Había cruzado el río para hablar.

 

Durante las tres presidencias del matrimonio Kirchner, de 2003 a 2015, la vida de Magnetto cambió drásticamente por otras razones: se le declaró una enfermedad que le impide comer y beber y le mancó el habla, que debió reeducar. Su voz sale, metálica, de un pequeño orificio en la garganta, a la altura de la nuez, cubierto con fragmentos de piel de su pantorrilla. El orificio recuperó el latiguillo legendario que el número uno había perdido cuando debía comunicarse por escrito en una computadora que daba voz a sus trazos:

 

—Eh, eh, eeehhh…

 

Sus interlocutores regulares en la empresa descubrieron que tras el tratamiento recuperó una vitalidad avasallante, como si la guerra contra el kirchnerismo y la otra, contra su cáncer, le hubieran brindado una razón para sumar años adicionales de vida. Néstor Kirchner observó lo mismo. Él, no.

 

—Sabía de mi finitud. Pero cuando la vi fue muy duro —ha dicho, apenas.

 

Por momentos Magnetto habla como si su imposibilidad no existiera. A veces se frustra cuando no lo comprenden; entre quienes lo cortejan algunos no entienden nada pero no le repreguntan, y otros piden que repita algunas frases. A veces una persona que traduce sus palabras lo acompaña en las reuniones.

 

Además de la voz ha perdido uno de los cuatros placeres de su vida: el buen comer. Sus otros tres —la lectura, el sexo y la música— se siguen acomodando, como años atrás, sin orden especial.

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Le gustaban el restaurante Vasco Francés y la comida italiana. Antes, por su tendencia a subir y bajar de peso por atracos y cuidados, le había pedido al cocinero de Clarín, Lalo, que sólo le sirviera veinte ravioles en su plato (cuatro menos que una plancha regular de cualquier casa de pastas). Era su almuerzo de casi todos los mediodías. Su obsesión lo llevaba a contar uno por uno: varias  veces le marcó al cocinero que había pasado los veinte. Hace ya siete años que Magnetto no puede tragar por su enfermedad. Este límite ha disminuido su disposición a la vida social, siempre magra: ya no asiste a comidas. Para apagar la sed se refresca con un pañuelo húmedo.

 

La noticia de su cáncer habilitó especulaciones. Los principales competidores en el mercado evaluaron que, dado su liderazgo interno avasallante, sin Magnetto el multimedios corría peligro. En la redacción circularon rumores sobre una venta rápida. Raúl Moneta, archienemigo por veinte años, pagó a una agencia de seguridad para que le consiguiera copias de los estudios médicos del CEO en el hospital de Chicago (Estados Unidos), donde se ha tratado, y sobre esa base anticipó que le quedaba un semestre de vida. A principios de 2015 la situación se había invertido: el último control médico de Magnetto había salido bien y su ex socio Moneta se encontraba postrado, gravemente enfermo, y con sus hijos al cuidado de la empresa familiar.

 

Los primeros años de su enfermedad le enseñaron a Magnetto algo incómodo: mucha gente se interesaba por su salud sólo para calcular cuánto tiempo de vida le quedaba. Empresarios como Moneta, dirigentes políticos como Kirchner. Pero también empleados del Grupo.

 

El banquero Jorge Brito, en nombre de Kirchner, les sugirió a José Aranda y Lucio Pagliaro —los otros dos contadores del trío que hizo el Grupo Clarín— que era mejor vender antes de su muerte.

Pero el CEO no murió. Ni él ni sus socios son vendedores, excepto por las acciones que cotizan en bolsa. Ha sostenido que conforman un frente muy sólido. Se reúnen todos los miércoles. En ese encuentro se han consensuado las principales decisiones de la empresa de los últimos treinta años. Kirchner intentó entrarle de muchas maneras:

 

—Hay ganancias extraordinarias en otros rubros, como el petróleo.

 

—No me como dos bifes a la vez, Néstor —argumentó Magnetto: otra de sus frases con ecos gastronómicos y campestres.

 

Muchos de sus competidores discutirían aquella literalidad. El CEO se ha comido varios bifes a la vez.

 

Antes de que en las escaladas de la guerra perdiera el anonimato, el cáncer le había hecho considerar la posibilidad de dejar un testimonio sobre su vida. Los directivos de la empresa lo convencieron de concretar esa exposición pública: un libro sobre su vida. Un legado.

 

Además de las largas cavilaciones sobre el cómo, el cuándo, el quién, el para qué, el para quiénes, surgió un tema incómodo adicional.¿Cuánto costaba la tarea de escribir la biografía autorizada de Magnetto? Se debía poner un precio a la vida en riesgo del CEO, a su relato.

 

José Ignacio López, reconocido entre sus colegas periodistas y con cuarenta y cinco años de carrera, escribió El hombre de Clarín.

 

La ilustración de tapa mostró la fuerza industrial que siempre ha entusiasmado a Magnetto: las rotativas del diario imprimen un número a color. El único elemento humano que se divisa es la figura de Ariel el Burrito Ortega, crack de River y de la Selección Nacional. Ningún retrato del biografiado elusivo.

 

Por un azar editorial más que por estrategia, el libro salió en mayo de 2008, cuando la pantalla de TN partida en dos —los cortes de ruta de los ruralistas y la imagen de la presidente— sacaba de quicio a Néstor Kirchner. La obra fue arrasada por la campaña sostenida del matrimonio gubernamental. Clarín reguló su promoción: no la quería masiva, la prefería un registro para pocos, una presentación para menos en el Museo de Arte Latinoamericano (MALBA). Aunque los productos de la empresa siempre han sido masivos, Magnetto se preocupó por cómo lo leería y lo percibiría una minoría.

 

Instagram gillymahaffey, hija de Héctor Magnetto

Instagram gillymahaffey, hija de Héctor Magnetto

El libro no tiene las exactas características de aquel subgénero fatigado en la historia de Clarín: las hagiografías del padre fundador y sus derivados. Luis Sciutto (que firmaba como Diego Lucero) fue el biógrafo autorizado de Roberto Noble, su compañero de viajes, su escritor fantasma de columnas comentadas y cartas privadas. Lucero publicó Boceto de una biografía en 1961; su obra definitiva, Roberto Noble, un gran argentino, salió junto con la de Luis Alberto Murray, Vida, obra y doctrina de Roberto Noble, como parte de los homenajes en el décimo aniversario de su muerte, en 1979. La de López cuenta, desde la perspectiva de Magnetto, su historia personal siempre atada a la historia del diario, primero, y luego de la empresa. Aporta lo que no se conocía: la voz del CEO en el papel. Sus palabras, sus entonaciones, sus argumentos. Y al final pasó lo que no estaba previsto: el biografiado sobrevivió al libro.

 

(…)

 

El CEO y el porvenir

 

Magnetto nació en 1944. Un año antes que Clarín y el mismo día de la independencia argentina: el 9 de julio. Sus padres se habían conocido en un baile de San Sebatián, una colonia de irlandeses, italianos y vascos ubicada cerca de la ciudad de Chivilcoy, en la provincia de Buenos Aires. Su madre vivía en esa ciudad; su padre se había criado en el campo, con doce hermanos.

 

El CEO se considera de Chivilcoy, aunque nació en la Capital Federal por un trabajo circunstancial de Manuel Magnetto en una empresa láctea alemana. Se instaló en la ciudad bonaerense, con sus padres y sus dos hermanas mayores, cuando todavía no había cumplido dos años. Allí completó el comercial; con un grupo de compañeros del secundario se mudó a La Plata para estudiar Ciencias Económicas. La Capital Federal les quedaba demasiado más lejos.

 

Fue el primer universitario de la familia, que incluye también a decenas de primos. Se graduó con medalla de oro. Después de recibirse ingresó como contador general en la concesionaria de autos Berlingheri. Era coordinador económico financiero de la casa central de la ciudad de Buenos Aires cuando renunció por un llamado de la política. Su segundo empleo en el sector privado fue en Clarín. Y allí se quedó hasta convertir a la catapulta de Noble en una corporación multimedios y abandonar las filas de los asalariados para saltar a la de los propietarios.

Doce años después de haber entrado, ya al mando de la empresa y con cuarenta años, el CEO se convirtió en padre. En su biografía autorizada contó que en 1984 él y su esposa Marcia adoptaron a Marcia y un año más tarde, a Ezequiel. Sus fotos prevalecen en el despacho del cuarto piso. Se separó de su mujer durante los turbulentos años de las posdevaluación. Poco después del divorcio se declaró su enfermedad, y ella lo acompañó durante los tratamientos.

 

La posibilidad cercana de la muerte lo ha abierto a la conversación sobre esos temas con las personas de su confianza y también con extraños que le han preguntado por su familia:

 

—Mis hijos son lo más importante de mi vida; Clarín es una parte de ella.

 

Reconoce rasgos suyos en Marcia y Ezequiel: son personas sencillas, van a la esencia de las cosas, son austeros. A veces piensa que le quedaron asignaturas pendientes, como cantar o tocar algún instrumento. Algunas ya no son posibles, consecuencia de la enfermedad. También la docencia, pero no sabe si tendría la paciencia.

Siempre operó con una idea acabada del porvenir: en la década de 1970 aceleró la compra de Papel Prensa; en la de 1980 peleó con persistencia para entrar al negocio audiovisual y en la de 1990 compensó su llegada tardía al cable con una inversión extraordinaria.

 

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Pero una suma de factores le ha quitado la posibilidad de mirar el mañana con la claridad que solía tener. Por primera vez la industria que ha liderado por cuarenta años ha asumido la fragilidad de su destino. Hoy el principal estratega de medios no sabe en qué consiste el porvenir. La marcha hacia la digitalización parece irreversible, pero no es garantía de nada.

 

—¿Qué va a reemplazar a la prensa? —se preguntó en una de las conversaciones que tuvimos—. Occidente no tiene conciencia de lo que significará para el mundo la pérdida de la centralidad de los medios. La función social del periodismo y los periodistas sigue siendo esencial.

 

Ha descartado que, ante la crisis, Clarín se convierta en un holding con inversiones en otros rubros distintos de la industria de los medios. Ya hubo una discusión de ese tipo en la empresa y ganó la posición del número uno: la libido y la atención se deben poner en la comunicación masiva.

 

Magnetto tiene una certeza: el 11 de diciembre de 2015 termina el conflicto con el kirchnerismo, aun si ganan los candidatos del FPV. Las secuelas —entre ellas, los juicios— se extenderán en el tiempo, pero la guerra terminará. Augura una era más tranquila, para la pacificación de los ánimos; sólo le preocupa que, en su opinión, la economía está mucho peor de como la ven los opositores.

 

Su estrategia de los últimos años fue defensiva: en lugar de avanzar, debió cuidar lo que tenía para malograr lo menos posible en el campo de batalla con el kirchnerismo. Perdió una cantidad enorme de dinero sin resignar audiencia. No ha hecho el cálculo sobre la cifra exacta porque es complicado (habría que establecer lo que no pudo ganar para sumarlo a lo que efectivamente dejó por el camino) y le parece un desperdicio de su valioso tiempo. Suele elegir una imagen gráfica. Una mano masculina que simula una masturbación y una palabra: el harakiri. Desde su perspectiva de CEO, el Grupo ganó al plantarse:

 

—Somos lo que somos y estamos muy orgullosos.

 

Curiosamente, el multimedios no se propone revisar sus posiciones empresariales y periodísticas sobre el conflicto. No existe autocrítica. Sólo la vanagloria de —como se dice en la calle Tacuarí— haber impedido la cristalización de una tiranía.

 

Instagram, hija de Héctor Magnetto,

Instagram, hija de Héctor Magnetto,

Más allá de la coyuntura, Magnetto tiene una mirada muy pesimista del país. Cree que la Argentina no sale de su decadencia, según insiste en diagnosticar. Si acaso, las cosas mejorarán de modo gradual. Al nuevo gobierno no le atribuye más que la posibilidad de sembrar las bases para un futuro mejor. Esa mirada negativa es un contraste notable con lo que difunden a diario los medios de su propiedad. Al centrarse en la crítica y la denuncia al kirchnerismo, sugieren, sin decirlo, que las razones de la decadencia del país se encuentran en los Kirchner.

Desacuerda. No cree que la información que difunde Clarín sea hostil o de guerra contra el gobierno.

 

—Es una cobertura —me dijo— que, sobre todo, refleja la preocupación por la situación del país. Que, en general, es muy mala: en lo político, en lo económico y en lo social.

 

Repite su diagnóstico:

 

—La Argentina ha quedado inconclusa.

 

No culpa a la política por la decadencia nacional: también responsabiliza a los dueños del capital y a los intelectuales. Habla de su mediocridad persistente y general.

 

Hace tiempo que esa decepción es mutua: algunos editores importantes de Clarín, empresarios y dirigentes políticos coinciden en que el Grupo genera más miedo que respeto en los círculos corporativos, como ocurría en los partidarios.

 

Magnetto recibe a pocos empresarios de su propio sector; delega ese vínculo en otros. Dos de ellos, Daniel Hadad y Manzano, lo saludaron por primera vez en el coctel de la embajada de los Estados Unidos el 4 de julio de 2012. A Hadad le preguntó sin preámbulo si Cristóbal López ya le había pagado por sus empresas. Su relación más sólida y perdurable se mantiene con las dos familias que gobiernan La Nación, los Mitre y los Saguier, a quienes prefiere.

 

Su desencanto al mirar el paisaje empresarial argentino reconoce una sola excepción: los Rocca y su empresa Techint. Vuelve sobre el diagnóstico:

 

—La Argentina ha quedado inconclusa. No encuentra un lugar en el mundo ni sabe cómo llegar.

 

Como si el país se hubiese estancado en ese libro duplicado en su despacho, el que lleva la firma de la Directora.

Magnetto sabe que, más allá de la guerra imaginaria, los diarios del futuro serán para pocos. Algo que afecta especialmente a un matutino multitarget como el suyo. Entre las especulaciones sobre el porvenir, una de 2014 le ponía fecha de vencimiento a su matutino en papel: se imprimirá por última vez en 2029. Dice que espera no estar vivo el día que Clarín no salga en papel. Lo dice y se ríe. Puede ser un chiste. Y no.

 

Marcia Magnetto (treinta y un años, estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Torcuato Di Tella) ha contado en sus cuentas de Twitter e Instagram algunas de las conversaciones con su padre. En su avatar se presenta como «Hija orgullosa».

 

Lo llama Beto.

«Papá… estemmm… Nada. Me voy. Eso. Bah. Sí, eso, así: papá, me voy (cara de “de qué habla esta mujer”)».

Lo ha retratado a partir de sus máximas: «#Beto es como Zapata, si no la gana, la empata».

 

«#Beto fuente de toda sabiduría dice: no vayas a cazar al zoológico».

 

Suelen recorrer juntos lo que Marcia llama la «Betoguarida»: la chacra familiar en Mercedes. En una de las fotos de Instagram se lo ve guiando a cinco perros de la misma raza: de espaldas, con un short y una remera de manga corta.

 

No hace demasiado caminaba con él cuando lo sorprendió con una pregunta que no mencionó en las redes sociales:

 

—¿Qué vas a hacer después de tu retiro?

 

Magnetto no tiene la fantasía de la vejez en la paz campestre ni la de recorrer el mundo. Siempre vuelve a ese despacho poco iluminado, con muebles y objetos viejos. Cree que alguna vez alguien le avisará cuando ya no pueda aportar a la organización. Y que en ese caso se jubilará.

 

Nunca había pensando en el retiro y no supo qué responderle a su hija. Hablaron de otros temas en los kilómetros que quedaban de caminata.


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