La construcción del gobierno que accedió al poder el 10 de diciembre de 2015 tuvo un pilar impensado: el acercamiento de dos enemigos. “Lilita es la única persona que cree que hay que matar al peronismo para salir de esto”, dijo el que era el candidato del PRO cuando propuso juntarse. ¿Quién los sentó a la mesa por primera vez? ¿Qué cuestionó Carrió? Los reproches al juego en la Ciudad y a Angelici. Qué le respondió Macri. La intimidad de los primeros encuentros fueron centrales en la construcción del “Partido del Ballotage” y del voto no peronista. Los relata el periodista Ignacio Zuleta en este adelanto del libro “Macri Confidencial. Pacto, planes y amenazas”, editado por Planeta.



Fotos: DYN

 

Tanteos. ¿Quién sentó a Macri con Carrió la primera vez? Muchos lo habían intentado, pero lo logró Javier Campos, hermano de Jaime Campos, el titular de la liga AEA, que es amigo personal de Lilita y también comparte casa en el mismo club de chacras con Emilio Monzó, unos de los estrategas clave en la construcción de Cambiemos.

Este Campos, que ha tenido intereses en medios y actividades agropecuarias, es uno de los típicos satélites de Lilita y lo conoce a Macri desde joven. Junto a Monzó fue fogonero de encuentros que Macri y Carrió recuerdan más como ajustes de cuentas y pases de facturas que de acuerdos.

—Vos me dijiste esto y lo otro.

—Pero vos te las merecías.

—No me las digas más.

—Entonces no hagas más ciertas cosas.

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Entre sopapos y reproches fueron encontrando el camino común. Del par de reuniones de  intermediarios de los dos que hubo entre agosto y diciembre de 2014, Carrió siempre salió repitiendo una frase muy radical: «Fue una buena reunión». Sus escuderos sí se mantenían en contacto desde hace tiempo por otras tareas paralelas, como las que llevaban a cabo el principal operador hoy de Carrió, el diputado chaqueño (pero que representa a la Capital) Fernando Sánchez y «Maxi» Ferraro en la Cámara de Diputados y en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, junto al operador discreto Fabián Rodríguez Simón y, como intermediario neutral, el peronista sin jefe Julio Raffo, un solanista que migró hacia el massismo de baja intensidad (forma parte de un interbloque, aunque mantiene su banca como monobloque) con una escala en UNEN.

 

«Pepín» —así llaman los amigos a Rodríguez Simón— aparece también porque su personalidad les fascina a estos amigos con quienes comparte las cenas de la Secta del Pastel de Papa. “Me divierte mucho, es un creativo delirante”, Sánchez dice de él, una opinión que importa porque viene del jefe del bloque de diputados nacionales de la Coalición Cívica. Es además quien más conoce a Carrió porque la había acompañado durante años en funciones  diversas, desde telefonista a jefe de despacho, y de asesor a jefe de bancada. Se tratan de «camarada» y «compañero», respectivamente.

El entramado del acercamiento entre Macri y Carrió lo mantienen los protagonistas hundidos en el silencio. Pudo despegar todo de un diálogo entre el jefe del PRO y Rodríguez Simón en una combi, mientras iban a un congreso de operadores de cable del interior, que esperaban un discurso de Mauricio, quien deslizó como al pasar:

—Lilita es la única persona que cree que hay que matar al peronismo para salir de esto. ¿Por qué no intentás un acercamiento?

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Se pasaron años criticándose, se dijeron de todo, pero en 2014 entendieron que estaban condenados a un destino común. Eso movilizó el encuentro de la reconciliación final, que ocurrió en enero de 2015. Cuando terminaba ese año, Lilita ya les comunicaba a sus íntimos que iba a haber una foto con Macri. «Es lo que nos falta,  porque los radicales ya están», se entusiasmaba en esos días. No podía ser más compleja la operación, porque una semana antes de Navidad, el 18 de diciembre, Fernando Sánchez había sido lanzado como candidato a vicejefe de Gobierno en la fórmula encabezada por Martín Lousteau por la sigla UNEN, lo que quedaba de ella después de la migración del ala Proyecto Sur: la Coalición Cívica, el candidato como independiente, los socialistas y la UCR.

 

Acercamientos. Monzó, encargado de barrer cuarteles ajenos para sumar aliados, fue un factor decisivo en el acercamiento de Macri y Carrió. En sus fines de semana, cultivó la amistad de un vecino de la casa de fin de semana que alquila en el club La Colina, de Don Torcuato: el empresario Javier Campos, de quien supo que era uno de los amigos de Carrió y también de Macri. En diálogos de vecinos se reconocieron con esos amigos comunes y Monzó le explicó lo mismo que sostenía en sus conversaciones con el PRO, que un arco ganador de un ballotage en 2015 debía incluir a los radicales y a la Coalición Cívica.

Monzó tenía en su oficina un tablero colgado en la pared con cinco carteles: Macri, Scioli, Massa, UCR y Carrió y en las charlas que mantenía con su gente los movía de lugar para ilustrar quiénes podían juntarse y quiénes no. Podía pegar a Macri con Scioli y con Massa. A Scioli no lo podía poner junto a la UCR y a Carrió. También podía pegarlo a Massa junto a la UCR, pero nunca con Carrió. De ese juego de mover los carteles de lugar imaginando posibles e imposibles alianzas, pasó a la acción.

Logró que Campos, un hombre ajeno a la política, hablase con Carrió y la convenciese de que hablase con Macri. Éste estaba al tanto de los movimientos de Carrió, pero la veía más que lejos. En noviembre de 2014, cuando ella se había divorciado de FA-UNEN y de Solanas, Macri dijo a Radio Mitre que nunca había podido acercarse a ella. “Yo sigo sin haber tomado nunca un café con la doctora Carrió, por decisión de ella”, dijo el 14 de noviembre. Y agregó: “En esta cosa de construir algo nuevo hay que tener amplitud y aceptar que las PASO pueden ser un mecanismo inteligente para acordar sin perder identidad”.

Ella respondió de inmediato mediante un mensaje público (en su cuenta de Facebook): “Ya lo vamos a mantener”, dijo, en un giro sorprendente, porque venía después de una historia de mucha agresividad hacia Macri. Lo más ácido habían sido declaraciones contra el jefe porteño cuando lo acusaron por las escuchas del espía Ciro James. «Las escuchas existieron y Macri fue quien designó al “Fino” Palacios [como jefe de la Policía Metropolitana] sabiendo que era un delincuente». Ahora estaba invitándolo a una conversación.

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Charla a solas. Se encontraron en enero de 2015 en un lugar neutral y fuera de cualquier mirada indiscreta, la casa de la madre de Campos, en San Isidro. Ella fue acompañada por el anfitrión y Macri junto a Monzó. Los dejaron solos y tuvieron una extensa charla en la que los dos recuerdan haberse dicho de todo. Macri le dijo «Preguntame todo lo que quieras», y ella lo sometió a preguntas personales y políticas, algunas de ellas cargadas de reproches. Él recuerda haber respondido a todo con una sinceridad insólita porque nunca habían hablado antes. Se pareció a una sesión de terapia en la que ella también explicó sus planes políticos de armar una fuerza con el mismo objetivo que él: derrotar en 2015 al peronismo y cambiar el signo de la historia. Macri se sorprendió por la fuerza de convicciones y el estilo seductor de la visitante, a la que incorporó de inmediato a su «olimpo de las Diosas» (en la que se anotan su madre, Gabriela Michetti, María Eugenia Vidal y su mujer, Juliana).

Macri y Carrió son dos estilistas en la ciencia y arte de la seducción. El jefe del PRO es un galán serial en su vida privada, un homme à femme, condición que desearía él que aflorase cuando hace política, rol que lo muestra serio, tímido, refrenado. Tiene un buen cerca y un mal lejos. Es amable, entrador y practica los modos muchacheros de beso, el abrazo, el golpe suave en la espalda que se usa en las plateas de fútbol, que emulan la confianza masculina de los vestuarios. Ella es también una seductora serial con un mejor lejos que Macri; eso le ha valido convertirse en una de las figuras públicas más influyentes. Tiene gestos cariñosos que entremezcla con miradas fulminantes y un lenguaje de un poder que también quisiera Macri para él. Se entregaron el uno a otro. Parecían en eso una pareja perfecta. Y lo han sido hasta ahora.

Esa reunión fue decisiva no sólo para el armado de la alianza para el 2015, sino también para superar el principal escollo del programa, que hasta entonces había sido el tema del juego en la Capital. El Gobierno de la Ciudad había prorrogado los acuerdos de la era Ibarra con el Gobierno Nacional para seguir cobrando un diezmo del canon que los concesionarios le pagaban a la Nación, pero quedaban zonas grises por la suspensión del pago del impuesto a los Ingresos Brutos. También el macrismo porteño tenía contactos de convivencia con los empresarios a través de negociadores discretos como Nicolás Caputo y Cristian Ritondo, socio político y amigo íntimo del dirigente Daniel Amoroso —dirigente de ALEARA, el sindicato de los trabajadores de los juegos de azar— y que orbitaba en el PRO-peronismo, con acercamientos a Francisco de Narváez.

Macri escuchó los argumentos de Carrió sobre la necesidad de terminar con la actividad del juego como fuente de financiamiento de la política, pero también como pantalla de negocios espurios que podían encubrir delitos como el narcotráfico y el lavado. Aunque Carrió puede definirse como una católica de un fuerte compromiso espiritual, su actuación la define como una anticlerical. Puede ir todas las mañanas a misa, como lo hacía para las ceremonias exprés que le armó a la carta el cura de las estrellas, Guillermo Marco; pero nunca se la vio cerca de las sotanas ni de los obispos, como lo prueba su relación tensa con Jorge Bergoglio.

En el juego, Carrió estaba alineada con las posiciones del Episcopado católico y sus voceros para la condena de esa actividad, como Bergoglio y Jorge Casaretto, martillo de bingueros y apostadores en la provincia de Buenos Aires. Macri dijo estar de acuerdo con esa posición, de la que se mostró convencido, y citó tomas de posición anteriores, como en 2008 cuando el peronismo había condicionado el voto al presupuesto de la ciudad a que Macri prorrogase cláusulas del acuerdo con los concesionarios del Hipódromo y de los barcos. En esa oportunidad, Carrió le había acercado apoyos en la Legislatura.

Carrió sonrió al ver a Macri tan cerca de su posición. A ella, que es una de las mentes más claras, hay que explicarle que en política hay dos cosas que determinan las acciones: el negocio y también la ideología. Pero ello lo llevó a Macri a las efectividades conducentes y le sacó el nombre de Daniel Angelici. Macri se puso firme y le respondió:

—A Angelici lo conozco, pero nunca le di nada ni opera nada para mí. Pero maneja juego. Sí, pero nunca le di nada a Daniel. Es un empresario que tiene bingos que se los han dado los radicales en la provincia de Buenos Aires. Además, ¿qué vas a decir de él?

Defendió su honestidad citando una frase del presidente de Boca: «Yo de noche duermo, y de noche no puedo gastar la plata que gano», expresión de un hermetismo tal que reclama un intérprete.

Así cerró la explicación sobre este personaje al que Carrió siguió teniendo en la mira. Es el emblema del mundo radical que Carrió menos aprecia, ya que tiene ramificaciones en los negocios y el espionaje, y que la tiene a ella como enemiga, aunque imbatible hasta ahora.

Macri superó ese nivel de la discusión sobre el juego y pasó al segundo tema, el juego en la Ciudad. Dijo que había hecho lo que podía para sacarle alguna ventaja a acuerdos de administraciones anteriores (Ibarra, Telerman) y que su intención era avanzar en un plan para reducir la actividad. Carrió pidió más y él respondió: “Hago lo que puedo, pero entendé que los jueces trabajan para los concesionarios del juego, cada medida que tomo se frena con amparos que nadie puede mover”. Carrió se quejó de que había funcionarios de la Ciudad que, dio a entender, tampoco se empleaban a fondo en la pelea en los Tribunales, que dejaban pasar pasos para apelar y prolongaban esa situación.

“¿Puede cambiar eso?”, preguntó Carrió. “Creo que sí”, dijo Macri. “Si ganamos las elecciones vas a ver cómo cambia la actitud de los jueces.”

Con una crudeza que la intimidad de ese encuentro, cuyos detalles últimos sólo conocen los dos,  impide precisar; las palabras que usaron uno y otro sintetizaron el plan que llevó a cabo Macri en su primer semestre como presidente: tienen que bajar su negocio por lo menos a la mitad, y además pagar los impuestos. ¿La mitad de qué?, preguntaron. Sobre 100 que recaudan, un 30% era para Néstor, imaginá ese plan, y del 70% que queda, que lo reduzcan a la mitad.

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El balance de los personeros del macrismo que llevaron adelante la campaña de 2016 contra los concesionarios del juego festejaban a mediados de año: vinieron a hablar. La primera reunión duró 15 minutos; la segunda duró media hora. A la tercera vinieron a preguntar dónde tenían que firmar la capitulación y qué tenían que pagar. El gerente de esa campaña fue uno de los confidentes del macrismo cerca de Carrió desde aquellos años, el abogado Fabián Rodríguez Simón.

El tercer nivel del debate sobre el juego fue también para acordar entre los dos: la importancia que ha ganado la actividad del juego en todo el país. Macri dijo que ése es un tema federal, que depende de los gobernadores y que aun si ganaban las elecciones nacionales, sería muy difícil hacer algo. Desde entonces han sido inseparables.

 

Imágenes. Pocos días después, Carrió le dijo a Sánchez que se preparara para la foto de ella con Macri. Sólo alguien que ha acompañado a Lilita  durante más de 15 años tiene el temperamento para resistir la ansiedad ante proyectos en los cuales los mismos protagonistas aparecían proyectados por varios caminos a la vez. Macri cree en el valor de los emblemas ante el público que los sigue y por eso ponderó la foto, que se registró en la plaza Vicente López, a la vuelta del departamento que ocupaba sobre la avenida Santa Fe. A pocos metros tiene su departamento Monzó, que albergó más de una conspiración multipartidaria.

Macri y Carrió se encontraron en ese departamento a desayunar un sábado muy temprano y la placa la hizo un fotógrafo llevado por Macri, quien se la guardó durante una semana. Carrió estaba ansiosa de que se publicase, pero eso ocurrió el domingo siguiente, el 31 de enero. Apareció en la cuenta de Facebook de los dos, con el mensaje de que iban a competir en las PASO presidenciales dentro de la misma alianza, porque compartían el mismo objetivo.

Fernando Sánchez y Federico Pinedo fueron los encargados por las dos partes para salir a explicar en los medios, y hacia adentro de las respectivas fuerzas, las razones de ese entendimiento. No sorprendía a nadie, respondía al instinto de sangre de los dos dirigentes, pero no era fácil de racionalizar, y menos en medio de una campaña electoral. En tiempos de proselitismo, los discursos tienen que blindarse para la lectura de mala fe de los adversarios. Monzó, un hombre que había pasado por todas las estaciones del calvario político, recaló, ya con fama de experto en finezas políticas, en el macrismo. Resistió como armador de algunas construcciones locales y lo premió Macri con la presidencia de la Cámara de Diputados, una dignidad que, como las otras jefaturas, nunca las concede a jefes de banda ni a caciques. Esos cargos los reserva para personalidades que dependan directamente de él, que no arrastren compromisos ni negocien situaciones a espaldas del vértice. Los jefes del macrismo son débiles, como Carmen Polledo o Lía Rueda en la Legislatura porteña, Sergio Bergman, Iván Petrella, Silvia Lospennato, Nicolás Massot, ruedas auxiliares en cualquier baraja política —al entender de los profesionales— pero que han ocupado cabezas de lista y cargos en bloques y cuerpos designados por el solo mérito de ser lobos solitarios que están a tiro de decreto para salir del escenario en cualquier traspié.

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El método no lo descubrió Macri. Busca construir autoridad desde otras bases distintas a las tradicionales del oficio. Lo hacen caciques que también son producto de emergencias que los hacen también débiles a ellos. Quien ocupa cargos como la presidencia sabe que es duro habérselas con los problemas a resolver, con la oposición, pero también con los aliados, que presionan por posiciones de privilegio en el corazón del que manda. Carlos Menem usaba a las María Julia Alsogaray y a las Adelina de Viola para que mediasen entre él y los lobos feroces del peronismo. Néstor Kirchner hacía lo mismo haciendo depender a los poderosos de su Gabinete, como Julio De Vido, a la vigilancia de funcionarios cuyo único mérito era la relación personal con el jefe. ¿Por qué Macri no le daría una presidencia de la Cámara de Diputados a un loco solitario que viene despedido de varios planetas políticos y que tiene una hora de gloria, sólo por ser un macrista despegado de las tribus que lo componen: el radicalismo, el peronismo, los conservadores?

Monzó llegó al macrismo con antecedentes y experiencia; había visto todo en el ucedeísmo, el duhaldismo marialaurista (fue pareja de la senadora kirchnerista María Laura Leguizamón, de quien fue asesor en el Consejo del Menor y la Familia), el randacismo, el kirchnerismo, el sciolismo, el denarvaísmo. Encantador de serpientes con finezas de conservador bonaerense entra en el tipo de las predilecciones de Carrió, quien se mueve bien con todas las etnias, pero respeta a quienes dice que «los bañaron antes de nacer»; el calificativo lo han recibido Alfonso Prat-Gay, Federico Pinedo, Monzó. Esta empatía no debe extrañar en Carrió que pertenece a una familia principal del Chaco, educada con los mejores recursos de su tiempo y con aspiraciones de excelencia que ella cumplió de manera acabada. Esperable que se sintiese bien con estos dirigentes de la milla dorada de la sociedad metropolitana. Eso explica buena parte de la identificación que tiene el público de la Capital Federal con Carrió, que la hizo ganar la elección presidencial de 2007 en ese distrito y que la ha hecho diputada ya por tres mandatos. Esta relación con el público arrastra la que muchos dirigentes quieren tener con Carrió. Su manejo del poder y de la opinión hace que quienes tienen buena relación con ella se sientan unos privilegiados. Carrió da fueros.

Para Macri, entrar en ese círculo era ganar una primaria más importante que las PASO. Eso hizo inevitable que Macri y Carrió se buscasen: comparten el mismo público y por eso nunca rompieron del todo, cuidaron la distancia y moderaron los ataques que se cruzaron. Agredir al otro era herir, afectar al público que los prefería a los dos.

Desde 2013 Carrió se había adueñado en la Capital de la bandera de la intransigencia, confiada en que los radicales la van a apoyar siempre más allá de los roces de primos de una misma familia.

A Macri le fascinó cómo Carrió ha destilado una teoría del poder que alza como bandera: había que votarla para que permaneciera en el Congreso, porque eso le da poder para ser intermediaria entre el oficialismo y la gente. «Si no tengo votos, no tengo poder y no puedo ser la barrera entre quienes gobiernan y el público, que tiene que saber que entre el kirchnerismo y ellos estoy yo», «o Pino», concede sobre su socio en esa alianza extravagante que había cerrado con Fernando Solanas en UNEN.

 

El aporte Carrió. Carrió tiene una percepción afinada de cuáles son sus peleas en cada momento y se mueve con una gramática distinta de la de sus adversarios. Su proyecto es de poder —algo que tiene por encima de los votos que obtiene en cada turno— y a diferencia de sus colegas usa la política como instrumento. No es que haga política porque tiene poder. Lo tiene porque hace política. Eso la exime del juicio sobre las alianzas que promueve o los gestos de discurso que le sesgan su perfil y le crean enemigos irreconciliables. Su ejercicio del poder se verifica en la opinión pública, los medios y también en el Congreso, donde suele ser la vara de muchos proyectos, hasta del oficialismo, para hacerlos avanzar o retroceder. Nadie lo admite, y menos en tiempos de campaña, pero Carrió ha integrado durante años el grupo de legisladores con más experiencia y a los que acudió hasta el kirchnerismo cuando quiso tener una tabla de mareas. Integraron ese grupo inorgánico y casi clandestino, en diversas épocas, Pinedo, Jorge Yoma, Ricardo Gil Lavedra. Durante los gobiernos Kirchner en Casa de Gobierno los llamaban «los normales de la oposición», y permitieron, sin resignar su posición opositora, que salieran proyectos como los referidos al lavado de dinero que el Gobierno necesitaba para evitar reproches del GAFI.

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Esa percepción de Carrió sobre el poder es el resultado de una lectura refinada del sistema político argentino, que tiene candidatos cuentapropistas, partidos congelados y vive en un estado de perpetua emergencia que justifica cualquier medida de gobierno y la existencia de mandatarios que gobiernan sin avisar lo que van a hacer. Esa situación que describe la crisis argentina de los últimos 15 años devuelve la acción política a sus technicals tradicionales: caudillismo, gobiernos débiles sin mandatarios construidos de abajo hacia arriba, sociedad civil potente y autónoma ante la dirigencia y sus voceros que vive rebelada contra el sistema político.

Carrió aprovecha esa situación para sobrenadar la crisis que arrolla a otros y acumula poder usando la política en un país en donde el poder pasa por la política. No ocurre esto en todos lados; en otros países, en donde la emergencia no empuja la agenda o con instituciones más sólidas, el ranking del poder no es encabezado por los políticos, sino por empresarios o figuras del espectáculo.

Los Obama y los Clinton van detrás de los Tom Cruise, Bill Gates o Julia Roberts. Esa inteligencia de lo que es el poder explica que Carrió con tan poco logre tanto, como que Macri la buscase para construir una alianza ganadora.

Estaban además en una nueva etapa de la relación. El macrismo había pedido auxilio en otras oportunidades a Carrió ante emergencias, como el presupuesto de 2008/9, que el peronismo rechazaba salvo que Macri firmase una prórroga del acuerdo por el juego con los concesionarios de ese negocio. En esa oportunidad Carrió disciplinó a Macri, quien apenas asumió había querido un acuerdo propio, distinto al que había cerrado Jorge Telerman.

En ese momento Carrió y Enrique Olivera lo enfrentan por eso, Gabriela Michetti, Jorge Bergoglio y Pinedo se alinean también en contra. Carrió y Olivera dan una conferencia de prensa en contra, y al día siguiente Macri, Michetti y Pinedo dijeron que no iban a acordar con los barones del juego. «No vamos a dejar a la ciudad sin Presupuesto, pero la condición que le ponemos al macrismo es que no haya ningún aumento de impuestos a los ciudadanos. Los únicos impuestos que vamos a apoyar son a la actividad financiera y al juego», dijo para coronar el acuerdo.

Ese episodio, puede contarse ahora, estuvo envenenado informativamente porque los relatos respondieron, como ocurrió después en 2011 con Amado Boudou y la guerra por la Casa de Moneda (en realidad una puja de empresas entre las firmas Ciccone y Bolt por un negocio), a fabricaciones informativas de las terminales empresarias del negocio. En aquel momento José Torello y Nicolás Caputo aparecían como los interlocutores entre el macrismo incipiente y los barones del juego. El tiempo ha indultado a Torello; sobre Caputo hay aún probation. Eso lo saben Macri y Carrió, pero quien aprendió de aquel episodio fue Macri, quien tomó nota de dónde debía poner a cada uno de sus amigos. Y también de sus aliados, porque desde aquel episodio se enteró de que algunos peajistas de la Legislatura, elegidos en listas PRO, controlaban algunos molinetes también ligados al negocio del juego. También ajustó a los procuradores para que controlasen las facilidades que la Justicia le daba a las empresas para evitar el pago de los tributos y movilizó el avance de una brigada propia encabezada por Rodríguez Simón para intervenir con fuerzas propias trincheras indefensas como el Instituto del Juego y el Consejo de la Magistratura.

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Cuando Macri fue denunciado por las presuntas escuchas del agente Ciro James Pinedo, se había presentado ante ella y había logrado el voto del ARI para ese presupuesto, lo cual le permitió a Macri no firmar ese año el compromiso con el juego. También le llevó en 2009 las pruebas de que esas denuncias eran insolventes. También allí Carrió ofreció apoyo. Sánchez, quien encabezó la comisión investigadora en la Legislatura, escuchó de ella:

—Vos hacé lo que tengás que hacer.

El dictamen se cerró sin incriminar al jefe de gobierno por las tropelías del agente federal de Inteligencia, que estaba plantado en el gobierno porteño por la administración nacional, a través de uno de los miles de sospechosos contratos de universidades del Conurbano con oficinas de la rama Ejecutiva de los gobiernos. Las universidades son autónomas y manejan sus recursos como quieren sus consejos directivos. Los gobiernos, no. Están sujetos a controles de los cuales se liberan mediante esos convenios que han hecho la fortuna de tantos.

Esos contactos no eran prueba de amistad; más bien revelaban lo mal que se llevaban; al menos lo lejos que estaban el uno del otro. Pero le dieron a ella la oportunidad de jugar su juego, que no incluía la competencia por el poder en la Ciudad de Buenos Aires.

—Mi proyecto no es que a Macri le vaya mal y que reviente su gestión en la ciudad —decía a quienes le pedían letra para conducirse en el distrito—. Si yo buscase eso, hubiera sido candidata.

La prueba de que esa estrategia era la adecuada la tuvieron los dos en las elecciones de 2007: Macri ganó la ciudad y ella ganó la presidencial en el distrito. No hacía falta ser un analista fino para entender cuál era la combinación de boleta mayoritaria.

La foto de enero de 2015 resume el final de una relación que tuvo más gestos a la distancia que encuentros a cuatro ojos entre los dos. Para Macri era clara la ventaja del acuerdo con ella, que significó una validación de sus pretensiones de representar al público de Carrió, que es más amplio que el de la Capital Federal.

Esa foto le dio a Macri el ISO 9000. Pero era más complejo; fue el fruto de una reflexión sobre los cambios que advertía en el público. El método de construcción de poder de Carrió revela una capacidad notable para adaptarse a los cambios del humor colectivo y también a las estrategias de sus adversarios. Sabe el costo que tiene cada paso táctico.

Ese acercamiento también concretaba para Carrió un objetivo de largo plazo que se planteó desde que creó su primer partido, el ARI: ser parte de una alianza de centro. El ARI era Carrió, una liberal progresista, con aliados que venían de experiencias de la izquierda o al menos de la centroizquierda. Con alianzas de este tipo intentó ponerse por encima de los debates ideológicos estándar; los que hacen planteos ideológicos, dijo siempre, no defienden lo que dicen defender. Por eso no hay que dar respuesta ideológica al debate; hay que dar una respuesta ética. En 2005 amplió el arco con la Coalición Cívica, con radicales conservadores como Enrique Olivera y Teresa de Anchorena, o con Patricia Bullrich. En ese año se enfrentó en las elecciones legislativas con Macri y con Rafael Bielsa. Perdió contra Macri y su candidato a legislador, Olivera, fue víctima de una falsa denuncia sobre cuentas en el extranjero que perjudicó a su formación.

En 2007 Macri resigna su candidatura presidencial y la deja sola a Carrió en representación del voto de centro. Ella se acerca a Jorge Telerman, que le permite poner un candidato para cumplir en la Capital mientras ella se dividía las preferencias con Cristina de Kirchner. Después viene UNEN, un invento de Carrió y «Pino» Solanas para resucitar después del 1,82% de votos logrado en 2011.

—Dicen que me muero. Yo no me muero nada —dice. Y emprende

la alianza con Solanas.

«Vos buscá por la izquierda; yo busco por el centro» era la fórmula de 2013. Solanas hacía fuerza por evitar la dispersión de grupos de izquierda de esa liga. Acerca a Victoria Donda, Humberto Tumini, Alfonso Prat-Gay, el socialismo de Roy Cortina. Al final se acerca Lousteau, que lleva a otro radicalismo, el de Enrique Nosiglia y la UBA, lejano aún del resto de la UCR.

La salida de Carrió y de Lousteau de UNEN terminó de desarmar esa formación. Eso le dio aire a sectores del radicalismo que querían una misma estrategia de acercamiento. Uno era el de Ernesto Sanz, otro el de Nosiglia, quien desde hacía dos años repetía: quiero ser parte de un proyecto ganador, y no cabeza de un proyecto para perder. Eso significaba un acercamiento a Macri.

Lo que venía tampoco era sencillo: estaba atada a Macri, pero tenía a su principal escudero, Sánchez, atado a Lousteau como segundo en la fórmula a la ciudad. Debía ponerle energía al compromiso en las presidenciales, pero advertía que el ticket local Lousteau-Sánchez era tan competitivo que podían quedarse con el triunfo. «Les van a ganar, les van a ganar», le decía a Sánchez casi con pena, sufriendo la contradicción de estar jugando en dos niveles el mismo partido y que cualquier resultado iba a tener un costo de energía para ella. Buscó apartarse de la campaña activa junto a Lousteau-Sánchez y se dedicó a recorrer el interior. Estar mucho en la Capital hubiera deteriorado la relación con Macri. Cuando le mostraban las chances de que le ganasen al PRO parecía angustiada: “No va a pasar nada… pero, en fin, en una de ésas es bueno que las cosas cambien”.

Ese ánimo se agravó con el resultado de la primera vuelta en la ciudad, en la cual el PRO sacó del 5 de julio 44,70% contra 25,02% del ECO. Con el peronismo fuera de juego, las chances de la alianza UCR-ECO se potenciaban para el ballotage de dos semanas más tarde. Carrió, mortificada, se dividió: un día hacía campaña con UCR-ECO, el otro les hacía anticampaña mostrándose con Macri. «Miren siempre que para mí lo primero es la estrategia nacional», les decía a los suyos que le reclamaban más presencia. “Ustedes pueden hacer un gobierno divino, pero para mí lo principal es lo nacional”, insistía. Eso expresaba su admiración por lo que entiende es el talento de Lousteau. “A éste lo va a votar todo el mundo”. A Lousteau lo que le fascinaba era el poder que mostraba Carrió y cuyas mieles probó cuando hacían picardías juntos en la Cámara de Diputados. “No lo puedo creer —decía admirada al verla negociar leyes con Miguel Pichetto, que siempre la llamó “Doctora” o “Diputada”—. Esta mina hace lo que sesenta de estos boludos del Congreso no pueden hacer”. Pero era un romance de estación; el que tenía con Macri era de largo aliento.

Para la segunda vuelta se apartó de la campaña. Cuidó la campaña nacional y prefirió no ver qué hacían sus candidatos para ganar esa elección. Lousteau, en gesto que nunca admitirá, negoció apoyos del peronismo e incluso del kirchnerismo. Hay quienes registran reuniones de Lousteau con Gustavo Marangoni —se conocían por sus posiciones en el Banco de la Provincia de Buenos Aires— en donde se negociaron apoyos. Es imaginable que había más interés de los terceros partidos, entre ellos el peronismo, en apoyar a Lousteau-Sánchez. Física política. Era el escenario más complicado que podía imaginar el PRO, pero que estaba en la estrategia de sus adversarios, los radicales. En ninguna de las elecciones porteñas, decía ese diseño estraté gico, Macri ganó en primera vuelta. Arrasó en segunda vuelta porque enfrente tenía al peronismo kirchnerista que rechazaban los porteños. Para eso tenía el apoyo de radicales, socialistas, conservadores, independientes. Pero si en el ballotage tenía un candidato competitivo como Lousteau, el juego sería otro. Esa presunción se cumplió y explica que la diferencia final fuera de apenas 2,06% a favor de Larreta-Santilli. El viernes anterior a la elección ese pánico lo compartía Macri, quien admitió en un mensaje privado: “Esta elección se gana o se pierde por un voto”.


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