Durante casi toda su vida, a James Joyce lo insultaron y lo maltrataron por ser un genio, dice Jack Kerouac. Quien crea un lenguaje nuevo suele ser atacado por sus contemporáneos por pretencioso. Este artículo, por primera vez publicado en español, en la compilación “La filosofía de la generación Beat y otros escritos” (Caja Negra), reflexiona sobre sobre la originalidad y los gestos copistas de diversos escritores del siglo XX.



Los escritores se hacen en la medida en que nadie que sea analfabeto puede escribir; pero los genios de la escritura como Melville, Whitman o Thoreau nacen. Examinemos un momento la palabra “genio”. No significa ni contorsión ni excentricidad ni “talento” excesivo. Proviene de la palabra latina gignere (engendrar) y un genio es sencillamente alguien que origina algo no conocido hasta entonces. Nadie salvo Melville podría haber escrito Moby Dick, ni siquiera Whitman o Shakespeare. Nadie salvo Whitman podría haber concebido, originado y escrito Hojas de hierba; Whitman nació para escribir Hojas de hierba y Melville nació para escribir Moby Dick. “La cuestión no es qué hacer”, dijeron Sy Oliver y James Young, “la cuestión es la manera de hacerlo”. Cinco mil estudiantes de escritura creativa que estudian la “lectura obligatoria” pueden poner sus manos en la leyenda de Fausto pero únicamente Marlowe nació para hacerlo de la manera en que lo hizo.

 

Siempre me causa gracia escuchar a los sabios de Broadway hablar sobre el “talento” y el “genio”. Un virtuoso sin fallas que puede tocar una pieza de Brahms para violín es llamado “genio”, pero el genio, la fuerza que todo lo origina, pertenece realmente a Brahms; el violinista virtuoso es simplemente un intérprete talentoso —en otras palabras, un “talento”. También se oye decir que fulano de tal es un “escritor importante” porque tiene “mucho talento”. No puede haber escritor importante que no posea un genio original. Los artistas de genio como Jackson Pollock pintaron cosas que no se habían visto nunca antes. Quien haya contemplado su Samapattis de color no tiene derecho a criticar su “método delirante” de goteo, de salpicado y de danza en torno del lienzo.

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Tomemos el caso de James Joyce; mucho opinan que “dilapidó” su “talento” con el fluir de la conciencia, cuando en realidad nació para darle origen. ¿Quién querría pasar los últimos años de su vida leyendo libros sobre la vida contemporánea escritos en el estilo pre-joyceano de, digamos, Ruskin, o William DeanHowellso Taine? Algunos genios son pesados, caminan solemnes como Dreiser; sin embargo, nadie escribió mejor que él sobre esa América perdida. Los genios pueden ser resplandecientes o sombríos pero poseen siempre esa ineludible hondura dolorosa que brilla a través de ellos como un rayo —la originalidad.

 

A Joyce lo insultaron durante casi toda su vida y lo maltrataron en Irlanda y en el mundo por ser un genio. Algunos idiotas partidarios del Celtic Twilight le concedieron apenas que tenía cierto talento. ¿Qué más podían decir si pronto iban a empezar a imitarlo? Pero cinco mil escritores formados en la universidad podían meter las manos en un día de junio en Dublín en 1904 o en los sueños de una noche, y jamás lograrían hacer lo que Joyce hizo con eso: él había nacido para hacerlo. Por otro lado, si los cinco mil escritores “formados” y Joyce redactaran un artículo para Reader’s Digest sobre las “Claves de las vacaciones” o “Tips para arreglos domésticos”, incluso entonces Joyce sacaría ventaja por su innata originalidad para el lenguaje. Tengamos siempre en mente lo que Sinclair Lewis le dijo a Thomas Wolfe: “Si Thomas Hardy hubiera conseguido un contrato con el Satuday Evening Post, ¿habría escrito los relatos como Zane Grey o como Thomas Hardy? Yo sé la respuesta. Habría escrito como Thomas Hardy. Habría escrito siempre comoThomas Hardy. No podría haber escrito como nadie más que como Thomas Hardy. Habría seguido escribiendo como Thomas Hardy ya fuera que lo hiciera para The Saturday Evening Post o Captain Billy’s Whiz-bang”.

 

Por lo tanto, cuando la pregunta es “¿Los escritores nacen o se hacen?”, debería en realidad preguntarse primero: “¿Hablamos de escritores con talento o de escritores con originalidad?”. Porque cualquiera puede escribir pero no cualquiera inventa formas nuevas de escritura. Gertrude Stein inventó una nueva forma de escritura y sus imitadores no son más que “talentos”. Más tarde Hemingway también inventó su propia forma. Los criterios para juzgar el talento y el genio son efímeros, para hablar racionalmente en este mundo dominado por gráficos y números, pero uno tiene una sensación muy definida, exacta, cuando un escritor de genio provoca un asombro inesperado por efecto de una fuerza inédita hasta entonces y, sin embargo, familiar (el famoso “shock del reconocimiento” de Wilson). Tuve esa sensación con Por el camino de Swann y con Hijos y amantes. No la tengo con Colette, pero sí con Dickinson. La tengo con Céline, pero no con Camus. La tengo con Hemingway, pero no con Raymond Chandler, salvo cuando escribe realmente en serio. La tengo con el Balzac de La prima Bette, pero no con Pierre Loti. Y así.

 

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Toma de John Cohen en el backstage de la película de Pull My Daisy, de Robert Frank

 

Lo importante es no olvidar que el talento imita al genio porque no queda nada más que imitar. Puesto que el talento no puede dar origen a nada, se ve forzado a imitar o interpretar. El poema en la segunda página del New York Times, con todo su “silencio alado en la tiniebla de los bosques” y demás gorjeos lapidarios no es sino una pobre imitación de anteriores poetas de genio como Yeats, Dickinson, Apollinaire, Donne, Suckling…

 

El genio da a luz, el talento solamente pare. Aquello que Rembrandt o Van Gogh lograron ver en la noche no podrá ser visto de nuevo. Ninguna rana podrá saltar en un estanque como la rana de Basho. Los escritores natos del futuro están abriendo ya los ojos con asombro ante lo que ven ahora mismo, eso que nosotros veremos después por primera vez y que veremos luego imitado muchas veces por los escritores hechos.

 

En el escritor nato, el genio está implicado en la formación de un estilo nuevo. Si bien es cierto que la lengua de Kyd es isabelina en términos históricos, la lengua de Shakespeare solo puede ser llamada shakesperiana. Suele pasar que quien da origen a un lenguaje nuevo sea desdeñado como “pretencioso” por algún talento dominado por los celos. Pero la cuestión no es nunca qué escribir sino la manera en que se escribe lo que quiere escribirse.

 

*Foto de portada: Imagen del rollo mecanografiado original de la novela “En el camino”, de Jack Kerouac.

 


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