Conocida la abdicación del Rey, miles de madrileños salieron a las calles a protestar. Muchos españoles ven en la monarquía una institución arcaica e inútil, sobre todo jóvenes a quienes más les afecta la crisis. La periodista y escritora Gabriela Wiener vive en España hace once años. Cuando llegó creía que un rey era como un tío tonto; luego descubrió la importancia de la institución conservadora que hoy ve caer su imagen por los recortes y el desempleo.



Poco antes de las diez, mientras la clase media española se tomaba el segundo café de la mañana, y los 6 millones de parados se preparaban para pasar otro lunes al sol, las redes sociales empezaban a hervir ante el anuncio de un inminente comunicado oficial por parte del Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. Con el bipartidismo recientemente reventado por el novísimo partido Podemos —inesperado invitado a la fiesta del Parlamento Europeo— y los ánimos caldeados por el resucitado espíritu “indignado”, muchos se preguntaban cuál sería la jugada del gobierno para opacar a los líderes más proactivos del 15 M que parecen finalmente irrumpir en los pasillos oficiales. La “jugada” sorprendió a la mayoría. Pasado el medio día abdicaba el Rey en mensaje grabado presumiblemente horas antes, y ardía la Troya republicana que, por lo demás, nunca estuvo muerta ni andaba de parranda. Una especie de espejismo. Porque lo que ha venido a anunciar el monarca no es ni mucho menos la esperada Tercer República española sino la continuidad, sin más, de la monarquía, que quedará en manos de su hijo, el Príncipe Felipe, en adelante Felipe VI. “Una nueva generación —ha dicho el monarca— reclama un papel protagonista”. La convocatoria popular no se hizo esperar y quedamos todos citados para una manifestación pacífica contra los Borbones en la puerta del sol. Las portadas de todos los medios nacionales pasaron rápidamente del “fenómeno” Podemos, a la estampa del vetusto monarca haciendo su última aparición oficial. Y así seguirán hasta que el nuevo Monarca y la Reina (ex colega de la prensa) Letizia paseen sus testas coronadas por las calles del Madrid de la crisis. Problema resuelto. ¿Problema resuelto?

 

“Felipe sexto, cómeme esto”

Antes de las ocho de la tarde ya habían manifestantes blandiendo banderas republicanas sobre la estatua del Oso y el madroño, símbolo imperturbable de la capital del reino. Media hora después se contaban por miles. “Felipe es adoptado/ yo no le he votado”, “El régimen del 78/ me oprime el chocho”, eran algunas de las proclamas más ingeniosas esgrimidas en improvisadas pancartas ante la mirada feroz de los policías antidisturbios que no tardaron en blindar el Palacio Real, hacia donde se dirigía parte de la masa. Jóvenes en su mayoría, enfundados en los colores amarillo, rojo y violeta de la República, no habiendo conocido más sistema que la monarquía constitucional, los manifestantes hacían alarde de creatividad. “Los elefantes no olvidan / los exiliados tampoco” (en alusión a uno de los últimos y tristes desencuentros del Soberano con sus súbditos: cuando ya en plena crisis económica este se fue de caza a África y se tomó una impopularísima foto con una de sus víctimas; y a los miles de jóvenes españoles que han tenido que salir del país por ante la falta de oportunidades). O “Los borbones, también/ a la cola del INEM” (es decir, las abarrotadas oficinas en las que la gente se inscribe para el subsidio de desempleo).

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Mientras que para la clase política la abdicación del Rey supone un intento por modernizar una institución decadente y arcaica —en horas bajas, además, y asediada por escándalos de corrupción como el que ha implicado recientemente al propio yerno Su Majestad—, para gran parte del pueblo español el hecho de que el Príncipe sean simpático, “esté muy preparado” y se haya casado con una plebeya no es garantía en absoluto de ningún cambio. “Ya quisiera yo dejar de trabajar como este” me decía esta mañana un camarero contemporáneo del Rey cuya jornada empieza a las seis de la mañana y que seguramente esta noche dormirá igual de cansado que cuando mandaba Juan Carlos.

 

Un rey para Latinoamérica

Así titulaba su columna Miguel Angel Bastenier en El Pais. Recordaba el periodista que el finiquitado JC ha sido el primer monarca español en visitar el “vasto continente de nuestra lengua”. Y reclamaba que “Para reinar en el siglo XXI hay que saber ser el Monarca, por supuesto sin corona, de toda América Latina.”

En la Puerta del Sol, con la mani en plena ebullición —y los “lateros” (vendedores informales de cerveza) haciendo su agosto en pleno junio entre la sedienta concurrencia— algunos latinoamericanos no lo ven tan claro. Johnatan Rupire, peruano que forma parte del colectivo del Patio Maravillas, centro okupado desde el 2006, el mismo año en que Jonathan llegó a España, está en la plaza porque no cree que se debe mantener un sistema que vive de los privilegios. “En el Perú no hemos vivido una figura mediática, por eso me interesaba ver cómo gente de mi edad y otras personas, se manifestaban contra eso”. ¿Podría mejorar España sin monarquía? “No depende tanto del modelo ahora mismo. Hay cosas que están bien y otras que están mal. Yo no sé si sería mejor como República. De hecho, si se redujeran los privilegios de esta clase, se avanzaría en la democratización pero tampoco es lo que va a resolver los problemas de España. Es un paso importante, históricamente ya le tocaba, hay mucha gente que está involucrada en el proceso de memoria histórica y que recién ahora está encontrando algún tipo de justicia”.

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Micaela Bastidas se mezcla con la multitud

Yo, que voy con mi camiseta amarilla de Cherman, la de la cara roja e incendiaria de Micaela Bastidas entre las tetas, y que me he puesto un pañuelo violeta en la cintura, para terminar de configurarme como emblema republicano e inmigrante, pienso en las portadas del Hola nacional, en los agasajos a Felipe cuando viene a las tomas de posesión, tratado como un Brad Pitt en las portadas de los suplementos de Espectáculos; pienso, claro, en las reventadas de cuete a todo lo que huela a realeza por parte de las clases altas limeñas. Y me pregunto si en nuestro país somos más monárquicos que el monarca. “No creo que seamos monárquicos —dice Johnatan—y menos con respecto a una monarquía vinculada a la española. Han pasado demasiadas cosas entre los dos países.”

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Pasadas las diez de la noche, con las manifestación disolviéndose lentamente, algunos todavía creen ver en la abdicación una oportunidad para iniciar un proceso que culmine en referéndum. Pilar Lucia (59), profesora de secundaria que ha sufrido los últimos recortes en Educación del gobierno de Rajoy, también da vueltas a la plaza y comparte apasionadamente sus opiniones con otros cuatro amigos. “No se entiende una monarquía en estos tiempos, es anacrónica. Yo la España que le quiero dejar a mis hijos es una España republicana, democrática, que sea mejor que esta. Lo llevo pidiendo hace 40 años. Alguna vez me harán caso, digo yo. Yo creo que puede iniciarse un proceso, que se están moviendo muchas situaciones, la educación, la sanidad, los jóvenes… Siempre he creído que las luchas son muy largas y que se dan por las ideas y no por los cambios políticos de cuatro caras”.

Lilia Bella (41), mexicana y editora de Plaza y Valdez —espectadora, más que manifestante— dice que le gusta la monarquía pero no la española. Le gusta la inglesa, porque “se lo cocinan y se lo comen” o los de Bhutan que, asegura, son felices con su rey. “En cambio Felipe Sexto suena al Escorial puro y duro. Es más difícil que cambie la monarquía que este país se haga republicano”.

Quedan pocas llamas republicanas en Sol sobre las doce de la noche. Los antidisturbios han tenido una jornada tranquila y ya solo los helicópteros de la policía acompañan al pueblo, que lentamente vuelve a casa (o se va de cañas). Mañana, una parte de la madre España será republicana, como lo ha sido durante décadas. Para que sea República, me temo, hará falta más que un cambio de posta en el Palacio Real.

 

Publicado originalmente en La Mula


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