Crónica

Anfibia en Irak


Los desaparecidos de Mosul

Uno de los dramas humanitarios invisibilizados en el mundo son las desapariciones en Irak. Desde junio de 2014, los organismos internacionales reciben miles de denuncias y se teme que sean muchas más que, ante el miedo, no salen a la luz. El fotógrafo Hugo Passarello Luna habló con las mujeres que buscan a sus familiares y escribió esta crónica desde uno de los campos de refugiados.

Texto: Hugo Passarello Luna

Hacía ya varios días que Noor no sabía nada de su padre. Sin esperar respuesta, una vez más lo llamó a su celular. Pero esta vez alguien le respondió.

“Este es el número de mi marido”, dijo la madre de Noor cuando tomó el teléfono ante la sorpresa de su hija. El hombre que le respondió no se lo negó. Se identificó como soldado y se limitó a decir: “Pero ahora es mío”. No era el robo lo que le preocupaba a la madre de Noor sino no tener noticias de su marido, Kamil Fatih Ahmed. “Llámeme en otro momento y lo dejaré hablar con él”, fue la promesa del supuesto soldado.

Una semana más tarde se atrevieron a hacerlo. “Si vuelve a llamar, sólo usted será la culpable”, fue la amenaza que lanzó la misma voz del llamado anterior antes de colgar.

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“Fue hace seis meses y todavía no sabemos nada de él”, explica hoy Noor sentada en el suelo hirviendo de una carpa de lona en uno de los campos de desplazados en los alrededores de Mosul, en el norte de Irak. En enero, luego de que el barrio fuera recuperado por el ejército, su padre salió a buscar medicina para su esposa enferma. “Nunca volvió”, dice Noor, “sus hermanos eran parte del Estado Islámico, pero él no. No tenía relaciones con ellos”. Los vecinos vieron cuando era arrestado en un puesto de control.

Sin un hombre para mantenerlas, como es la costumbre en Irak, ella, su madre, y sus cinco pequeños hermanos abandonaron Mosul hacia un campo de desplazados.

El caso del padre de Noor no es una excepción. Muchas familias denuncian que, desde hace un tiempo, no tienen noticias de algunos de sus parientes, casi exclusivamente hombres, luego de que fueran detenidos por las fuerzas iraquíes en la guerra contra el grupo yihadista Estado Islámico. Ellos son los desaparecidos de Irak.

Un país en guerra. Los iraquíes no son ajenos al conflicto. Sufrieron la cruenta guerra con Irán en los 80; la efímera, pero fatal invasión por Irak de Kuwait a principio de los 90; y la caída definitiva de Sadam Hussein en 2003 seguida por la ocupación de Estados Unidos que, si bien terminó con una despiadada dictadura, dejó al país sumergido en una guerra civil.

Ese conflicto sigue vivo y nada indica que terminará en el futuro cercano. Los sunitas se enfrentan con los chiitas, las dos grandes ramas del islam; los árabes con los kurdos, que ocupan el norte del país, dónde lograron crear una región autónoma de Bagdad y todavía no abandonan el sueño de separarse por una vez por todas llevándose con ellos tierras que los árabes consideran propias.

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El Estado Islámico fue otro cruel episodio de una espiral violencia de la que Irak no logra salir. Y las desapariciones anuncian, quizás, la próxima tempestad.

En junio de 2016, unos días después de que el gobierno iraquí recuperara Fallujah, un grupo de 1.300 hombres de la ciudad fueron separados de sus mujeres e hijos. Más de un año después todavía no se sabe nada del destino de 643 de ellos.

“La desaparición es algo recurrente en Irak”, dice Donatella Rovera de Amnistía Internacional.  “Nos llegaron miles de casos desde junio de 2014 [cuando comenzó el conflicto con el EI] y esos sólo representan una ínfima parte. Las familias tienen miedo de denunciar”.

A pesar de las promesas de investigación de Bagdad, nada cambió cuando se lanzó la ofensiva para recuperar Mosul en octubre de 2016.

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“Es una campaña de detenciones”, dice Belkis Wille de Human Rights Watch. “La campaña no está basada necesariamente en evidencia sólida de pertenencia al EI y está dañando a un gran número de familias que escaparon de la guerra.”

Detrás de las desapariciones está el amplio abanico de fuerzas armadas y milicias que deambulan por el país. Además del ejército, también combaten las fuerzas especiales, la policía federal, los peshmergas kurdos y una panoplia de milicias, llamadas Unidades de Movilización Popular (UMP).

“Hoy las milicias actúan como quieren”, dice Rovera. “Siempre hubo impunidad en Irak, pero ahora con las milicias es más grave. La línea que las separa de las fuerzas formales es difusa. Hay policías que a la vez son milicianos.”

Las UMP tienen en sus filas más de 100.000 hombres armados que responden, nominalmente, al Primer ministro, pero muchas actúan con poco reparo a la autoridad política.

Salvo contadas excepciones las milicias se identifican como chiitas, una de las ramas del islam, y mayoritaria en Irak. Los chiitas están en conflicto directo con la otra gran familia musulmana, los sunitas, minoría en Irak. Esta última es la rama reivindicada por el EI que considera apóstatas a los chiitas, y por lo tanto merecedores de muerte. Luego de sufrir las masacres yihadistas, que a su vez eran el resultado de años de opresión chiita, algunas milicias fueron a la lucha con la ley del Talión en los ojos. La reciprocidad de la crueldad.

Las UMP son mencionadas una y otra vez en los informes de ONG que denuncian arrestos arbitrarios, ejecuciones extrajudiciales y, por supuesto, desapariciones. Como el caso de los 643 hombres de Fallujah.

“Algunas entregan los detenidos al Ministerio del Interior que es la única autoridad que tiene jurisdicción para detener e investigar”, dice Wille. En ese caso la persona aparecerá con el tiempo en el algún tribunal. Si es culpable de terrorismo la ley iraquí prevé dos destinos: prisión perpetua o pena de muerte.

Pero el catálogo de abusos no es exclusivo a las UMP, las otras fuerzas no le dan la espalda a la desaparición forzada.

“Si vas a cualquier campo de desplazados y preguntas si a alguien le falta un ser querido vas a encontrar muchos casos”, dice como un oráculo Wille.

Su profecía se cumple en los labios de Khadira Moutar cuando dice: “El ejército se llevó a mi hijo”. La encontré apenas treinta minutos después de mi llegada al campo Khazer al borde de la ruta hacia Mosul, a solo 40 kilómetros al Este de la ciudad, pero ya en territorio kurdo.

-“¿Podemos hablar en su tienda?”, pregunto luego de que el círculo de curiosos se agranda a su alrededor. Solo en Khazer viven hoy 30.000 de los 800.000 desplazados por la batalla de Mosul. Casi en su totalidad son árabes sunitas.

Mientras camina entre las filas interminables de carpas, Moutar cuenta que su hijo, Ali Hussein Mohammed, buscó trabajo en el EI. “Tiene cinco hijas y no tenían nada para comer”, explica. Su relato no es muy diferente al de muchos otros jóvenes que buscaban en las filas yihadistas un ingreso.

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“Estuvo solo 20 días con esos perros. Le dije que renuncie, pero él me decía que nos íbamos a morir de hambre”.

Si su madre no logró convencerlo de los riesgos de ser yihadista, sí lo hizo la bomba lanzada desde un avión que lo hirió levemente cuando sus superiores lo enviaron a buscar comida para los otros cadetes. Entonces Ali abandonó la organización y trató de ganarse la vida robando el cobre de los cables de electricidad. Hasta que los yihadistas lo detuvieron y amenazaron con cortarle la mano si continuaba.

O por la denuncia de un vecino o por simple sospecha, el ejército se lo llevó apenas salió de Mosul. Todo hombre, sobre todo si es árabe y sunita, y si está en ´edad de combatir´, entre 14 y 50 años, merece la sospecha de ser yihadista para las fuerzas iraquíes.

“Se lo llevaron hace cuatro meses. No sé adónde. Fui a la Media Luna Roja les di sus datos, pero todavía no sabemos nada de él”, dice Moutar. “Nosotros acá y él ahí”, agrega mirando al vacío.

Ya es mediodía y el verano iraquí llegó con sus 50 grados. Adentro de la carpa el calor es intolerable.

“¿Conoce otras personas con familiares desaparecidos?”. Moutar no llega a responder cuando varias mujeres, afuera de la carpa, dicen casi al unísono “yo”. Alguien les había avisado que había periodistas interesados en sus desaparecidos y se acercaron a la tienda.

Entre sus manos llevan el documento de identidad de sus hijos, maridos, hermanos o padres que faltan. Se sientan dentro de la carpa. El calor ya es sofocante.

Es la más anciana quien toma la palabra, aunque la guerra hace que todos parezcan ancianos. Su nombre es Shaha Abdoul y en su caso fueron los assayish, la policía kurda, quienes se llevaron a sus dos hijos, de 25 y 19 años.

Antes ella y su familia vivían en Zanjili, uno de los barrios de Mosul arrasados por los violentos combates. “Mucha gente murió allá. Uno de mis hijos fue herido”, dice Abdoul que logró huir con los dos jóvenes en febrero. Atrás dejó a su marido, para proteger lo poco que les quedaba.

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Para recorrer los 40 kilómetros hasta el campo sus hijos fueron examinados e interrogados en varios puestos de control para asegurarse de que no fueran yihadistas. Las identidades de todos los hombres son cotejadas con una lista de 90.000 nombres de supuestos miembros del EI. La nómina es el fruto de los servicios de inteligencia iraquíes y su veredicto es implacable.

“Un día el padre dijo que venía a visitarnos al campo, para ver a su hijo herido. Entonces los dos fueron a esperarlo a la verja de entrada”, dice Abdoul. Una vez que se ingresa al campo no se puede salir sin un permiso especial. La verja es el límite para todos los desplazados.

“Uno de ellos volvió a la carpa porque los assayish en la puerta le habían pedido sus documentos”, narra Abdoul. “Lo acompañé hasta el puesto de la policía para ver qué pasaba.” Desde el otro lado del alambrado, vio a sus hijos esperar durante horas sentados en la tierra polvorienta bajo el fulminante sol del desierto. Hasta que los assayish los subieron a una camioneta.

“¿Adónde los llevan?”, preguntó la madre. “A transportar unos ladrillos y los traeremos de vuelta”, respondió uno de los policías.

“Yo creí que iban a volver. Y ahora ya van… ¿cuántos días van Alaou?”, pregunta Abdoul a un familiar sentado a su izquierda que le indica la cifra de “quince días”. “Y no tengo noticias de ellos”, agrega.

Una y otra vez volvió al puesto policial en la entrada para preguntar por sus hijos. “No nos dan respuestas. Ni siquiera nos prestan atención. Me dicen que los van a liberar. Cada día me dicen ´mañana´. Pero nosotros ni sabemos dónde están.”

Como con los hermanos Abdoul otros hombres fueron detenidos en los campos de desplazados, incluso luego de haber sido examinados varias veces, según denunció HRW en junio.

“La conducta de los kurdos no es correcta”, dice Rovera de AI, “pero es diferente de lo que sucede con las otras fuerzas en Irak. El nivel de violación de los derechos es menor. Aunque no den información a las familias, a veces durante más de un año, los desaparecidos, en general, aparecen.”

Esa es la esperanza de Arkan Mohamed Salem, uno de los pocos hombres en la carpa, que quiere contar que a su hijo también se lo llevaron los assayish, hace cuatro meses. “Me dicen que está en Akre, luego que está en Erbil”, cuenta Arkan que no puede salir del campo para buscarlo. “Ni siquiera sé por qué se lo llevaron”.

Ninguna de las familias conoce los cargos que pesan sobre sus parientes.

“No reciben ningún tipo de notificación a pesar de que la ley obliga entregar una”, dice Wille de HRW. “El Ministerio de Justicia nos dijo que no es el trabajo del gobierno notificar a las familias sobre el paradero y los cargos. He visitado algunas cárceles y charlado con detenidos cuyas familias no saben que están ahí. Para sus parientes, ellos están desaparecidos. Pero para el Ministerio son las familias que deben encontrar una ONG o acudir a la Media Luna Roja, y son estas organizaciones las que pueden consultar al gobierno sobre el desaparecido”.

Más y más personas de las otras carpas en el campo Khazer se acercan para contar que les falta tal o tal pariente. Entre ellos vuelve a aparecer Noor, la joven que no encuentra a su padre desde hace seis meses. En su mano trae un papelito color rosa con su número de teléfono, “para que la llamemos si sabemos algo.”

“La policía federal nos dijo que lo habían llevado a Gayara”, dice Noor mencionando una ciudad a dos horas de ruta, o mucho más aún en tiempo de guerra, al sur de Mosul. “Mi madre fue hasta allá y no quisieron darle información”.

“Sólo queremos saber dónde está”, dice antes de perderse entre las tiendas.

Todos ponen su esperanza en la Media Luna Roja y en las otras ONG que trabajan en el país.

“He hablado con más de cien familias que tienen algún familiar desaparecido,” dice Wille. “Todavía no logré encontrar ni a uno.”

“Al observar cómo han actuado hasta ahora las milicias y las fuerzas gubernamentales, no tenemos mucho lugar para el optimismo”, dice Rovera de AI. “Salvo casos excepcionales, en general los desaparecidos no vuelven. Es muy probable que desaparecido en Irak quiera decir muerto.”

En el país las autoridades sueñan con que la impunidad, el olvido y la justicia retributiva pueden cerrar una guerra. La historia reciente de Irak nos enseña que es el caldo ideal para anunciar que pronto habrá otra.