Desde hace 129 años, en el corazón de Buenos Aires, la Sociedad Rural muestra sus mejores vacas y le habla al poder político. Sus demandas suelen repetirse: menos intervención estatal y una idea propia de república y democracia. Lejos del protagonismo que tuvieron en 2008, de los once agrodiputados y con una agenda preelectoral en la que todos están a favor del Estado, el empresariado rural no logra que ningún candidato diga lo que ellos quieren escuchar porque nadie cree que el país funcione sin las retenciones.



—Biolcati, ¿te acordás de esas batallas campales?

 

El payador trae la imagen con un dejo de nostalgia. Es torpe la manera de decirlo, así, delante de todos, en ese pequeño acto en “La Matera ‘e la UATRE”, donde posará en breve el candidato presidencial Mauricio Macri junto a los principales dirigentes del PRO. Sin embargo, su nostalgia no está tan alejada del ánimo colectivo, de un deseo que se respira en el ambiente de la Rural, este sábado de invierno, a una semana de las PASO.

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Varios productores y empresarios del agro vinieron al acto de apertura de la Exposición Rural en Palermo expectantes de un discurso “subido de tono”, que “no se calle nada”, que “corte con la diplomacia”. Y como el payador, muchos toman como referencia “la sangre y los huevos” de Hugo Biolcati durante esas semanas de 2008, cuando el entonces presidente de la Sociedad Rural se reía en la tele sobre la posibilidad de que Cristina Fernández de Kirchner terminara su mandato antes de tiempo. 

 

Desde esas batallas campales muchas cosas han cambiado. Esta Expo 2015 es, de hecho, la primera después de la fractura de la Mesa de Enlace por el recambio de dirigentes en la Federación Agraria (FAA). La elección de Omar Príncipe como nuevo titular en diciembre del año pasado abrió una grieta en las alianzas de la entidad y por allí entró el gobierno, a través de políticas segmentadas y de estímulo a los pequeños productores. Por eso, este acto no concluirá con la usual foto de los cuatro dirigentes ruralistas, ni con la fantasía de un campo unificado, un amasijo de agricultores regionales, sojeros medianos de la Pampa Húmeda, pooles de siembra y ganaderos propietarios de cientos de miles de hectáreas.

 

—¡Cómo te viniste! ¡Qué viejo prolijo! —se ríe ahora el payador de Alfredo De Angeli, que luce traje y raya al costado. Pasó de piquetero a senador nacional, en 2013. Y aunque no es de las figuras más queridas, su elección fue un alivio para los ruralistas que perdieron nueve agrodiputados en sólo cuatro años.  Las legislativas de 2009 fue su mejor momento: once legisladores llegaron al Congreso representando al “campo”.

 

Como Biolcati, el ex chacarero entrerriano espera entre la gente, la invitación del anfitrión, el secretario general de la UATRE, Gerónimo “Momo” Venegas, para subir al escenario. En el pequeño rancho de paja y madera circulan mate y pastelitos. Es la imagen de un campo que ya casi no existe, o que al menos contrasta con la que se ve por estos días en los pabellones de Palermo: la de un campo moderno y genéticamente modificado.

 

Hace 129 años que la SRA expone en su discurso de apertura, ante líderes democráticos o gobiernos militares, sus mismas preocupaciones: la defensa de la propiedad privada ante la intervención estatal, la cuestión de los impuestos, los precios de los productos, la inserción internacional; una idea propia de democracia. Son temas presentes en todas sus Memorias, desde 1927 hasta la actualidad. Desde estos escenarios también abuchearon al ministro de Agricultura de Yrigoyen y al Presidente Alfonsín; se opusieron al aguinaldo y al estatuto del peón rural.

 

En general, el evento suele ser una cita obligada para gran parte de la dirigencia política. Sin embargo, este año, el discurso de su presidente, Luis Etchevehere, será escuchado desde el palco por un sólo candidato: Mauricio Macri. El referente de una derecha moderna que, orientado por su gurú, dio hace quince días un sorpresivo vuelco estatalista.

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Macri llega al predio luego de desayunar con Elisa Carrió y Ernesto Sanz, los otros dos precandidatos de Cambiemos, pero ninguno decidió acompañarlo hasta acá. El radical viajó a Córdoba a destapar un busto de Raúl Alfonsín. Dirá presente a través de la pasada veloz de su compañero de fórmula, el economista Lucas Llach, más interesado en mostrar apoyo irrestricto al campo, que a la propia SRA. Tampoco estará hoy Sergio Massa. Uno de sus asesores se encargó de explicar el porqué: “prefiere buscar votos en La Matanza”.

 

Macri llega con una sonrisa apretada, costosa. No responde a los llamados de la gente, esquiva los pedidos de fotos, se queda mudo ante las preguntas de los periodistas. Su gesto, mezcla de desconcierto y hostilidad, contrasta con la ligereza de Horacio Rodríguez Larreta y Diego Santilli que, con su misión electoral cumplida, hasta se divierten con las chicanas del movilero de 678.

 

El Jefe de Gobierno sube al escenario y la contradicción es notoria. El empresario porteño parece tener poco que ver con ese rancho y ese payador, que le hace un chiste tras otro, sin ningún éxito. Adelantado, el Momo Venegas se encarga de aclarar que aunque parece que no, esa alianza tiene un sentido: “Mucha gente se preguntará qué tenemos que ver. Yo, peronista hasta la médula, y él, PRO. Pero la unión va más allá de las ideologías políticas. Esta es una patriada de todo los argentinos”, dice vehemente, antes de terminar su discurso con unos cuantos “viva la patria”.

 

Macri camina hacia el predio principal, atravesando el pabellón de las aves y los puestos con productos regionales. El olor ácido que viene de la paja se mezcla con el aroma de quesos y salamines. Antes de entrar al palco, el Jefe de Gobierno se frena ante las cámaras y posa junto a su mujer Juliana Awada, que acaba de llegar y los custodios ya colocaron a su lado. Allí, habla de la inflación, del cepo al dólar, de la falta de trabajo y del estancamiento económico. No repite su promesa de eliminar las retenciones, pero transmite un mensaje de optimismo a todos los que la están pasando mal: sólo hay que esperar cuatro meses. Debajo de él, cubierta por los micrófonos, Gabriela Michetti limpia sus anteojos de sol.

 

—El campo va a ser el primer gran motor de la Argentina —concluye el candidato y se retira dejando sola a su compañera de fórmula.

 

La entrada de Macri al palco es acompañado por cierto clamor. Lo aplauden incluso las personas que no piensan optar por él:

 

—¡Sí que voy a votar! Pero a Sanz y a Solá —cuenta una jubilada de 73 años, que arenga sentada en la primera fila del palco de visitantes. —Es que si no tenemos un poquito de política en la sangre, de amor para defender un ideal…

 

—¿Qué ideal?

 

—La honestidad, el buen gusto, el hablar bien.

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Junto a ella, una pareja comenta el porte de los grandes campeones, toros, vacas y terneras que posan sobre el campo húmedo de la pista central. La pareja tiene propiedades en Entre Ríos, pero vive en Buenos Aires y no responde a ninguno de los estereotipos que circulan por allí: ni múltiples cirugías, ni campera de cardón. En la mañana, escucharon por Radio Mitre que habrá un fuerte discurso contra Daniel Scioli, el único candidato que no visitó la Exposición y que no presentó un proyecto propio para el campo.

 

El resto tampoco fue muy preciso. Las propuestas van de una “lluvia de inversiones” y una mejora en la carga impositiva, a través de eliminaciones parciales de las retenciones o de políticas locales de desarrollo, a la anulación del impuesto a las ganancias y la Ley de abastecimiento. Por eso, dice la pareja, tienen expectativas, y también esperanzas, “de un país donde reine otra mentalidad, donde haya libertad de expresión, donde no tengamos miedo a hablar”.

 

Es una respuesta que se repite, un sentimiento que se comparte en estas tribunas y sobre el que también hablará el presidente de la Sociedad Rural Argentina. Así, este temor se retroalimenta, se legitima, crece. “El miedo es el veneno de la democracia, la peor opinión es el silencio”, dirá Etchevehere en unos minutos. Y ahora dicen acá abajo: “Che, no le hables más a esta chica que vamos a terminar todos presos”, “¿Vos le vas a contar todo a Cristina?”, “¿Por qué estás anotando esto? ¿Para quién me dijiste que trabajabas?”. 

 

Aunque no estén en los cálculos de nadie, ni en los palcos oficiales, ni en las gradas, también hay miedo a hablar entre los trabajadores rurales:

 

—Ni loco te digo lo que pienso. Si lo hago, pierdo mi trabajo —dice un cabañero de Rufino, mientras prepara a  uno de los tres toros Angus que tiene a su cargo. —Yo estoy bien, pero si vieras cómo trabajan algunos pibes acá, cómo los tienen. La de estos tipos es una hipocresía terrible. 

 

Eso piensan muchos de los cabañeros, que los políticos “sólo van y caretean”. Por eso, lo que pasa “allá” parece importarles poco y nada. Prefieren descansar durante el discurso, pasar un rato tomando mate y quejándose de los jurados que les exigen a su raza, la Hereford, animales moderados y macizos un año, despojados y altos, al siguiente.

 

—Los políticos vienen con las cámaras, nos dan la mano, nos dan tarjetas, y después, nada —dice un trabajador de Saladillo, mientras pasa un peine sobre el lomo del animal.

 

Afuera se escuchan las primeras estrofas del himno nacional, interpretado por músicos militares y de la policía Metropolitana. Son siempre las mismas, pero parecen hablar de distintos países, según los escenarios donde suenen. Etchevehere está parado en el estrado, delante de dirigentes opositores, funcionarios judiciales, militares retirados, sus pares de la CRA y Coninagro, Rubén Ferrero y Egidio Mailland. Lo más significativo, sin embargo, es la escolta de representantes de las cámaras empresariales: la AEA, la Bolsa de Comercio, la UIA, la Asociación de Bancos de la Argentina, la Cámara de Exportadores, de Importadores, de la Construcción, la Bolsa de Cereales. Algunos piensan que el actual Presidente de la Sociedad Rural es un peso menos pesado por su tono no tan brutal y un poco más republicano. Sin embargo, es reconocido por su capacidad para tejer alianzas, para ganarse un lugar relevante entre los factores de poder.  

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En el palco cuelga el lema histórico de la SRA, “cultivar el suelo es servir a la patria”. Es parte fundante del mito agroexportador: que el campo trabaja al servicio del país y no por su propio beneficio. Y es pariente, además, de esa otra leyenda que circula entre generaciones y que Etchevehere se encargará de repetir el día de hoy: el bienestar del campo es el bienestar de la mesa de los argentinos.

 

El discurso empieza con citas a Lincoln, a Alem, a Alicia Moreau de Justo y tiene un objetivo estrictamente proselitista. No apoyen al oficialismo en las urnas, le pide Etchevehere al público. “El voto es un arma cargada de futuro”, dice metamorfoseando la frase de Gabriel Celaya, el poeta combatiente de la guerra civil española. Y aunque lo adjudica a la baja de los precios internacionales, insiste con la asfixia al sector agroindustrial, que representa “un 60% de los ingresos y un tercio de los puestos de trabajo”. Por eso, anuncia una vuelta a las rutas, un acompañamiento a los productores que están movilizados en Chaco, Salta, Santa Fe, Tucumán y Entre Ríos.

 

Sus palabras serán interpretadas, al día siguiente, como una dura crítica al oficialismo. Pero hoy, acá, en  este público, resultan de lo más polite. Hay quienes le festejan su oratoria, su capacidad para estar “a la altura”, su delicadeza para evitar “las groserías” y no nombrar a nadie explícitamente, salvo al vicepresidente que “vive en un médano”. Incluso están los que se ilusionan con una futura carrera política, y hasta reciclan el sueño de un partido del campo.

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—Muy bueno, un discurso con total honestidad intelectual —evalúa un ingeniero agrícola de Trenque Lauquen.

 

—Y un llamado a la reconciliación. Porque este gobierno no hizo más que fomentar el rencor, y pelearse con el campo, que es la fuente de nuestra riqueza, como dice Michael Porter —completa un ganadero.

 

 

—¿Y qué piensan del acercamiento de la Federación Agraria al gobierno?

 

—Fue una cooptación total. La mayoría de los productores está descontenta. 

 

—Hecha la ley, hecha la trampa: esa es nuestra idiosincrasia. La segmentación da lugar a las arbitrariedades y la corrupción. Si se hace a través del Estado, siempre hay fallas.

 

 

Hay otros, sin embargo, que festejan el discurso pero piensan que le faltó fuerza. “La gente lo aplaudió muchísimo, pero Biolcati ponía más sangre. Tenía los huevos de un avestruz. Este, en cambio, es nuevo y políticamente correcto”, dice un joven productor de General Rodríguez y su compañero, asiente: “Además Biolcati iba de la situación del país a la política y éste hace al revés”.

 

Al terminar, los asistentes se concentran detrás de las vallas, esperando saludar a las figuras del evento: Patricia Bullrich, Juan Bordón, Cynthia Hotton. José De Mendiguren, que hasta hace unos minutos se reía como un ruralista más, sale disparado, en un rapto de furia. Eduardo Buzzi lo tironea del saco, “no te calentés, fue un chiste, vení”, le reclama. El ex presidente de la Unión Industrial Argentina sigue derecho refunfuñando por los que “se olvidan de dónde vienen” y ahora “son un poco gorilas”.

 

Inmediatamente después, Buzzi -tapado hasta la rodilla y pañuelo, dos botones de la camisa desabrochados, canas en el pecho- cruza las rejas para hablar con la prensa. Cita a Juan Domingo Perón y a su deseo de construir una burguesía agraria. Defiende un discurso “que no fue para nada destituyente”. Hace unas semanas dijo sentirse “el Duhalde de Príncipe”, pero ahora prefiere no hablar de la interna de la Federación: sólo dirá que la propuesta del gobierno de devolución de retenciones es homeopática y dadivosa.  

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Seguramente, Buzzi también extrañe esas batallas campales que lo tuvieron como protagonista o como antihéroe. La resolución 125, del 10 de marzo de 2008, que determinaba la aplicación de retenciones móviles a la exportación de granos, inauguró una guerra gaucha inimaginable para todos: paros agrarios, cortes de ruta, cacerolazos en la capital y los principales centros urbanos, renuncia de ministros, debates en el Congreso y finalmente, el voto “no positivo” del ex vicepresidente Julio Cobos.

 

Cuando se pensaba que había llegado el final, la crisis financiera puso en evidencia la paradoja del triunfo ruralista. Con la caída de los precios de los commodities, el porcentaje fijo resultaba peor que la movilidad. El “campo” quiso entonces volver al ruedo. Pero ya era tarde: el país había pasado a discutir otras cosas, los medios, la justicia, los fondos buitre. Así, daba por saldada u obsoleta la discusión sobre un modelo agrario.

 

Desde entonces, las entidades demandan soluciones para el campo. Pero aunque hagan paros y cortes, retengan la cosecha o tiren la leche; aunque haya sequía e inundaciones, y bajen los precios, nadie termina de decir lo que ellos quieren escuchar. Porque nadie cree que este país funcione sin las retenciones a los ingresos de la soja. Por eso, el discurso de la Rural es tapa de los diarios, rebota entre los dirigentes, pero en poco tiempo, sólo unos días, quedará de él apenas un lejano eco y la nostalgia de algún payador.


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