Medio millón de habitantes de la Ciudad de Buenos Aires necesita mudarse; al mismo tiempo, una de cada cuatro viviendas está desocupada: son casas y departamentos que sus propietarios poseen como inversión. Una cronista decide alquilar su casa y mudarse a otra: ¿Somos igual de justos cuando defendemos nuestro lugar que cuando peleamos por uno nuevo? Mónica Yemayel escribió sobre la situación del mercado de alquileres porteño.



La firma del contrato estaba prevista para las tres de la tarde. La Nueva inquilina llegó a la Escribanía diez minutos antes. Una casona en una esquina arbolada sobre la Avenida Cabildo, a pocas cuadras de la Inmobiliaria Importante, en el barrio de Belgrano. Una secretaria la hizo pasar a la sala de reuniones. El ambiente formal y los gestos graves parecían decir: aquí se cumple la ley. La Nueva Inquilina se preguntó si, en caso de un conflicto, la inmobiliaria y la escribanía serían imparciales; si la defenderían a ella con la misma convicción que al Dueño Cordobés, a quien le administraban una docena de departamentos en alquiler. Unos días antes le habían enviado el borrador del contrato que un abogado amigo calificó de “leonino”. ¿Serían esas exigencias desmesuradas -y la actitud displicente del Gerente de la Inmobiliaria Importante, de los socios de la Escribanía y del Dueño Cordobés-la consecuencia de una demanda excesiva para la cantidad de departamentos en alquiler?

 

Una de cada cuatro viviendas en la Ciudad de Buenos Aires está desocupada; 341 mil casas y departamentos que sus propietarios poseen sólo como inversión, sin vender ni alquilar. La Nueva Inquilina había iniciado la búsqueda tres meses antes. Pensó que con el dinero suficiente, sin pedir rebajas, un ingreso más que razonable con el que podía pagar tres veces el valor mensual del alquiler, y con más de una propiedad para ofrecer en garantía, el proyecto se encaminaría hacia un desenlace rápido y feliz. Pero allí estaba, un mes después de haber dejado una seña, a punto de firmar y llena de dudas. Enredada en una maraña de papeles que sentía tramposos, agobiada por un universo de intermediarios que parecía exigirle en todo momento que probara su inocencia: además de su integridad financiera y moral.

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Había leído las casi cincuenta carillas del larguísimo contrato de locación y del reglamento de copropiedad y administración del edificio, y con letra roja le había señalado al Gerente de la Inmobiliaria Importante los puntos conflictivos. ¿Expensas totales? ¿No debe pagar el dueño las extraordinarias? ¿Reparar absolutamente todo lo que se rompiera? ¿Y si ella no era responsable? ¿Sesenta días para la devolución del depósito en garantía cuando finalizara el contrato, no era una exageración?

 

Antes, durante el primer encuentro, había hecho concesiones peores. Si quería alquilar tenía que adherir a los “usos y costumbres” instalados por los brokers del real state y aceptar, por ejemplo, un incremento del 15% semestral aunque la indexación esté prohibida. Tenía que pagar el impuesto de Alumbrado, Barrido y Limpieza (pero ¿no es el ABL un impuesto asociado a la capacidad contributiva del dueño?, preguntó la Nueva Inquilina, y el Gerente respondió: “Desde hace tiempo lo paga el inquilino; es –cómo explicarte– una ´práctica de mercado´”, dijo). Tenía que aceptar que la comisión de la Inmobiliaria Importante quedara fijada en el equivalente a dos meses de alquiler. Pero ¿no dicen las leyes de la  Ciudad que el valor máximo es de sólo un mes? La respuesta del Gerente fue que ese punto no entraba en discusión. “¿Otra práctica de mercado con más peso que la ley?”, le escribió en su intercambio de correspondencia virtual al Gerente de la Inmobiliaria Importante, y trató –al menos- de saltearse el pago del Impuesto al Valor Agregado; yo no necesito factura, dijo. Pero el Gerente pareció ofenderse y, esa vez, al final del mail ni siquiera le mandó saludos.

 

El departamento era a estrenar. Encargarse de contratar la limpieza de obra, la colocación de los apliques de luz, los equipos de aire acondicionado, las cortinas para  aislar el sol, el timbre que no funcionaba, también fueron concesiones. Ella se ocuparía de organizar y pagar, y después lo descontaría, mes a mes, del alquiler. Un negocio sustancial para el Dueño Cordobés que financiaba así la puesta a punto de su departamento. Si la Nueva Inquilina cuestionaba su posición (“Este señor las quiere todas para él”), la respuesta elegante escondía un mensaje rotundo (“Siempre estás en tu derecho de buscar otra opción”). ¿Serían las respuestas del Dueño Cordobés, o era la Inmobiliaria Importante que lo protegía de los problemas para obtener su fidelidad de cliente? Desde hace tiempo, la Cámara Inmobiliaria Argentina alerta a sus socios: la matriz del negocio está cambiando; las restricciones a la compra de dólares puso a compradores y vendedores en posición de “wait and see” (esperar y ver); por eso, las comisiones por alquileres y administración tienen un peso cada vez mayor en los ingresos de las inmobiliarias. ¿Explicaría eso por qué se oponen a cualquier tipo de regulación?

 

Había un tema que preocupaba especialmente a la Nueva Inquilina. El Dueño Cordobés se negaba a dejar por escrito que aceptaba en su propiedad a un perro grande. En el edificio nuevo sólo estaban ocupados la mitad de los departamentos, la administración parecía un fantasma sin respuestas, y el reglamento de copropiedad un proyecto indeciso que no definía qué tipo de mascotas podrían vivir allí. ¿Y si firmaba el contrato por dos años y resultaba que su ovejero alemán no era bienvenido? No es molestia, respondía el Gerente frente a sus dudas y marcas coloradas en el contrato borrador. Si preguntás, le dijo, significa que tenés la intención de cumplir.

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Ella preguntaba y el Gerente respondía, hasta que una vez le ofreció un consejo de experto: relajate, le dijo, esa actitud tuya de querer saberlo todo, de conseguir para cada cosa una respuesta firme puede cansar al Dueño Cordobés y, mucho peor, al portero del edificio, y ya sabés qué pasa si le caés mal al portero. Tu problema, siguió diciéndole aquella vez el Gerente, es que leés todo -y nadie lee todo-, las cosas no son blanco o negro, y vos -enfatizó- sos muy legalista.

 

Por ahora, sólo había dejado una seña. Quería asegurarse. Tres veces sucedió que mientras ella analizaba la operación alguien se le adelantaba. En la Ciudad de Buenos Aires, los departamentos disponibles de setenta metros cuadrados no alcanzan a satisfacer la demanda; medio millón de habitantes necesita mudarse; se estima que el alquiler mensual consume más del 30% del salario promedio, y el costo para ingresar se aproxima a cinco veces el valor mensual del alquiler. Cuando la relación precio-calidad es buena se reservan en dos minutos, le explicaba el Gerente de la Inmobiliaria Importante. Por eso, por éste, el del Dueño Cordobés, ella había dejado la seña casi sin pensarlo.

 

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Lo único que la Nueva Inquilina había alquilado en su vida eran casas de veraneo por quince días. El dúplex en Pinamar había terminado siendo una planta baja más un sótano con un solo ventiluz por donde se filtraba el agua los días de lluvias; de la cabaña en el Delta había tenido que huir poco después de llegar, cuando los murciélagos que anidaban en los techos sobrevolaron su cama en la madrugada. Aunque en los dos casos reclamó, jamás le devolvieron un peso.

 

Pero mudarse al centro implicaba no sólo convertirse en una Nueva Inquilina, sino también en una Dueña que alquila su casa; ubicada a 25 km del centro. Desde hacía una semana, el cartel estaba colgado en la puerta. Nunca había dejado su casa a extraños. Le habían dicho que se alquilaría rápido. Sentía que dos nuevas identidades empezaban a revelarse,  simultáneas e inminentes, en su interior. Nueva Inquilina y Dueña que alquila. Y la tensión entre ambas crecía. ¿Cómo serían sus actitudes? ¿Igual de justas en ambos bandos? ¿Lo que exigía como locataria, lo cedería como locadora? ¿Quién la protegería si los contratos no se cumplían? Si sus potenciales inquilinos no pagaban, ella no podría pagarle al Dueño Cordobés. ¿Empezaba a justificarlo en su exceso de recaudos? ¿Tendría que comportarse igual y exigir a sus locatarios el cumplimiento de un contrato tan “leonino” como el que tenía en sus manos y estaba a punto de firmar?

***

La Nueva Inquilina escribía un inventario detallado de todo lo que dejaría en su casa y del estado en que entregaba cada cosa. Seguía las instrucciones de Julie Fortabat, la dueña de una inmobiliaria especializada en el Bajo de San Isidro.

 

—Anotá: taza de inodoro blanca, impecable, sin manchas- le decía.

 

—¿Te parece poner eso, Julie?

 

—¿Que si me parece? Después se van y te dejan todo manchado.

 

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Había conseguido una reserva de una familia que, según dijo, “parecía bien”. Matrimonio con hijo único y grande. La garantía, una propiedad de los padres del futuro inquilino. Que fuera de un familiar directo daba cierta tranquilidad. En estos tiempos, por $ 2000 ó $ 3000, se puede comprar una garantía “no genuina”; el garante hace varias operaciones, cobra varias veces por sus servicios y luego vende esa propiedad, compra otra y vuelve a empezar con la rueda de su negocio indecente. Si hay que ejecutar la garantía, la propiedad se esfumó, ya tiene otro dueño. Y aunque el inquilino, dice Julie, debería informar la venta de la propiedad en garantía, nadie lo hace. Y nadie controla.

 

—Las garantías de los bancos tampoco convienen. Cubren sólo los 24 meses del contrato. Si se te quedan adentro de la casa y no los podés sacar, no ves un peso. Familiar directo es lo mejor.

 

Con la casa de los padres del inquilino íbamos a estar bien, dijo.

 

—Igual, ya sabés cómo es. Si no pagan…

 

Un juicio de desalojo debería resolverse en seis meses pero, según Julie, tardan como mínimo dos años y con suerte. A ella le pasó cuando decidió alquilar su casa para mudarse a una más chica.

 

—Una pareja divina. De repente, se separan. El tipo se va con una jovencita y me deja a la mujer y los hijos en mi casa. Ella me venía a llorar a mí, yo llamaba al marido, y él me decía“que se arregle, yo me separé”. El garante era su padre y no me atendía el teléfono. ¿Sabés que hice?

 

Con sus contactos, Julie le consiguió a la mujer un trabajo y una casa más chica y acomodada a sus nuevas posibilidades. Un poco por solidaridad –ella es reconocida en el barrio por su activismo social- y también para evitar el juicio y recuperar rápidamente su propiedad.

 

Cosas así, dice Julie, alimentan la prudencia de los propietarios que cada vez retraen más la oferta, o se ponen muy exigentes. Joseph Stiglitz llamaría a esto los costos de la “asimetría de la información”. Ante la sospecha de que el inquilino o su garante puedan poner en riesgo su patrimonio, o que puedan tener un cambio de actitud moral -moral hazard-, o que la justicia no actúe con celeridad ante un incumplimiento, o que haya un salto en los niveles de inflación, el dueño se cubre y exige una rentabilidad mayor en la transacción económica, un beneficio extra “por si acaso”, un premio por el riesgo potencial que el inquilino honesto -la enorme mayoría de los cinco millones que hay en todo el país- siente injusto y abusivo.

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La Nueva Inquilina por primera vez ponía atención a lo que decían los diarios sobre una realidad que hasta hace poco le era completamente ajena. 2015 había comenzado con una activa movilización que instaló el tema en la agenda pública. Había leído, por ejemplo, sobre la creación del Frente de Inquilinos Nacional bajo la consigna F.I.N. a los abusos y especulación inmobiliaria, y su propuesta para la regulación del sector, la creación de sistemas de garantías accesibles y un registro de contratos. Otra noticia era la propuesta presentada por el Legislador porteño Fernando Muñoz para la creación de una Oficina de Atención a Inquilinos en la Defensoría del Pueblo. Los intentos para visibilizar la problemática solían fracasar sistemáticamente, pero él se tenía fe.

 

Frente a las acusaciones, la Cámara Inmobiliaria Argentina se defendía. La crisis del sector es una de las peores de la historia, dicen, y la rentabilidad de los propietarios cayó del 10% al 5%; nuevas regulaciones sólo conseguirán disminuir aún más la oferta de inmuebles. “No hay abuso por parte de los intermediarios ni propietarios que, con sacrificio, pudieron llegar a lo poquito que tienen –opinaba el Presidente de la Cámara- Si hay profesionales abusivos, deben hacer la denuncia y seguir buscando”.

 

Julie Fortabat está completamente de acuerdo. Su experiencia le dice que cuando el Estado interviene los más perjudicados son los inquilinos. Especialmente los de la franja más baja. En su oficina tiene una larga lista de espera para alquileres con precios de entre $3000 y $ 6000.

—Un taxista del barrio, buen hombre, trabajador, necesita un departamentito para él, algo de $ 3000. Pero sin garantías nadie le alquila. ¿Sabés dónde terminó? En una villa, en un cuarto con un baño. Por la misma plata. Como no piden garantías, cobran caro. Y si no pagás te sacan a tiros. Cada vez que lo cruzo me pregunta, “¿Y, Julie, me consiguió algo?” En Estados Unidos no te piden nada. Alquilar es facilísimo, pero si no pagás te sacan en dos minutos con la policía. Por eso, hasta el trabajador más humilde puede alquilar sin garantías.

 

Aquí, en marzo el Gobierno de la Ciudad lanzó el programa “Alquilar se puede” para financiar los costos de ingreso a un contrato de alquiler. Pero ¿la solución es crear los medios para que los inquilinos puedan pagar el costo abusivo o regular el mercado para erradicar el abuso? Esas preguntas circulaban en los alrededores del Instituto de Vivienda de la Ciudad de Buenos Aires, mientras representantes de la oposición manifestaban sus críticas al plan bajo la consigna: “Alquilar NO se puede, puro humo”. Y Claudio Lozano, precandidato a la Jefatura de Gobierno por Camino Popular,  decía cosas como esta: si los permisos de construcción de nuevas unidades se hubiesen otorgado con la obligación de destinar un cupo del 10% a viviendas sociales, en 8 años se hubiesen construido 17.000 nuevos hogares; los suficientes para albergar, por ejemplo, a la población de laVilla 21 y 31. En Europa es una práctica conocida, como también lo es la penalización a las viviendas desocupadas con la imposición de un impuesto de entre el 10 y 15% sobre un valor de alquiler de referencia. “Nidos vacíos” era del título de una nota del suplemento Cash del diario Página/12 que invitaba a pensar en qué pasaría con las 341 mil viviendas vacías que hay en la Ciudad si se aplicara un impuesto similar.

 

Julie miró su agenda. Se había olvidado de algo importante. Ahora que alquilarían una casa con jardín, los inquilinos querían comprar un perro.

 

—¿Qué les contesto?

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El inventario ya eran cuatro hojas escritas a mano que habría que pasar a máquina para adjuntar al contrato de locación. Un calco del “leonino” que La Nueva Inquilina había recibido del Gerente de la Inmobiliaria Importante. Julie apenas había retocado unos detalles para ajustarlo al formato casa. De mascotas, no decía nada.

 

—Del perro, ¿qué les digo?

 

Si interviene la Sociedad Protectora de Animales -le había contado su amiga con años de inquilina- desalojar a un perro puede ser tan difícil como desalojar a una familia con niños, abuelos, enfermos. ¿Exageraba? Tal vez, pero allí estaba ella, la Nueva Inquilina, la que había suplicado por un balcón para su ovejero alemán, diciendo –en su papel de Dueña que alquila- que no, que perros de ningún modo.

***

Los dos hombres que entraban apurados en la sala de reuniones de la Escribanía quince minutos después de la tres eran el Dueño Cordobés-arrastraba una valija roja brillante;estaba de pasada, dijo, para firmar y seguir viaje rumbo a su casa en las sierras- y el Gerente de la Inmobiliaria Importante . El cordobés parecía un hombre distinguido. El Gerente alguien que cree merecer otro destino, que no está conforme repartiendo las copias del contrato, las lapiceras, pidiendo agua, extendiendo un recibo provisorio por la comisión de dos meses de alquiler. En unos días le enviaría la factura definitiva incluyendo el IVA. ¿Esperaba que ella se olvidara para no emitir la factura y quedarse con el 18%?

 

La Nueva Inquilina se puso los anteojos y trató de leer en la versión final del contrato si el Gerente había incorporado las correcciones que había señalado en letra roja sobre las páginas del borrador. Le parecía que no, que no todas, que no las suficientes. Pero qué podía hacer. Todo era tan rápido. ¿Y si desistía? ¿Y si daba la seña por perdida, y seguía en su casa con jardín? Estaba lejos y había quedado grande, y con tanto que limpiar, cortar el césped, podar enredaderas. Sin embargo, allí era la dueña. La propietaria con todas las letras. Sin contratos, reglamentos, portero, sin Gerente de Inmobiliaria Importante, sin Dueño Cordobés.

 

—No agregaste la cláusula del perro.

 

El reloj de pie dio las tres y media de la tarde. Su garante no llegaba todavía.

 

—Si no ladra y no lo hacés ver demasiado, nadie te va a decir nada- dijo el Gerente.

 

La Nueva Inquilina tuvo una idea. Si el Dueño Cordobés lo veía, no podría decir después que no estaba al tanto, que no sabía que era un perro grande, un ovejero alemán, un lobo feroz. Buscó en el celular una fotografía, la mostró. Como si esa escena fuera una evidencia, la coartada contra un futuro e hipotético pedido de desalojo. El Dueño Cordobés no se movió. No hablaba mucho. Pero sabía pedir mirando, y ahora mira al Gerente y sin decir una palabra le envía el mensaje: ocupate de lo del perro, pedí la plata, yo firmo y me voy. El avión salía en menos de dos horas.

 

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***

¿Te mudás o no?, le preguntaba la amiga con años de inquilina. Y enseguida, sin esperar respuesta, le criticaba que pensara tanto en su vulnerabilidad como locataria y tan poco en los riesgos que corría como locadora. Si tus inquilinos no cumplen, le decía, ¿me decís, entonces, cómo vas a pagarle al Dueño Cordobés? Le dictó el teléfono de Vivi, una vieja conocida. Llamala y decile que hablás de mi parte, insistió. Y que te cuente.

 

Vivi le contó. Tiene treinta años y una voz incómoda cuando dice que no entiende por qué su madre hace lo que hace. Lleva más de dos años sin pagar el alquiler de la casa que está ocupando en la localidad de Victoria. “No es la primera vez que pasa. Cuando yo tenía 17 años dejó ´clavados´ durante años a una pareja de amigos de la familia que le habían alquilado una casa. Cuando los cruzaba en la calle me moría de vergüenza. Al principio, ellos iban a ver a mi mamá para tratar de arreglar, le pedían que se fuera; ni siquiera que pagara. Que se fuera. Al final, pusieron un abogado y comenzó el juicio. Pero mi vieja se las arreglaba para seguir ahí; vivía con mi abuela, viejita, y entonces no la podían desalojar.”

 

La madre de Vivi creció en una familia de clase media, se educó en una escuela privada, se casó, tuvo dos hijas, trabajó y pagó su alquiler siempre que pudo. Y cuando las cosas no le fueron bien –porque se separó, porque la pizzería que tenía quebró- encontró la justificación en una frase que Vivi recuerda porque su madre suele repetirla cuando ella la increpa diciéndole que debe cumplir con sus obligaciones: “Que se aguanten, ellos tienen donde vivir y yo no. Las cosas me salieron mal”. Vivi jamás acordó con esa posición y tomó distancia de su madre, que se viste bien, siempre con tacos, que se plancha el pelo, que fuma y bebe vino tinto, y va al bingo seguido. “Puede no gustarte que alguien tenga más que vos, pero eso no te da derecho a meterte en su casa y no pagar -dice Vivi-. A mi mamá, en la cabeza, algo no le funciona. Ella realmente se siente una víctima de esta sociedad injusta.”

 

A Giménez, el inquilino de Cuentas Pendientes, la novela del argentino Martín Kohan, le pasa algo parecido. Se siente una víctima. Lo desvela tener que pagar. No uno. Dos alquileres. Porque se separó y no sabe cómo pero se comprometió con el de su ex. Viven en el mismo edificio, planta baja y tercer piso. Giménez no hace más que pensar en el Dueño de los departamentos. Sueña con su entierro, con su encarcelamiento en Ushuaia, con cualquier cosa que lo aleje de su vida y la deuda. Giménez ronda los 80 años. Le gusta beber, jugar a los caballos, mirar televisión por cable, imaginarse los gustos que se dará cuando acierte una apuesta. Eso sin que se entere el Dueño que últimamente se ha vuelto irascible.  “…y todo por qué: porque él no paga. En definitiva no le dice que no vaya a pagarle, aunque es eso lo que con más probabilidades acabará sucediendo; lo que le dice es que lo aguante, que lo espere, que lo comprenda.”

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Una noche, el Dueño –un cuarentón, profesor de literatura como Kohan, un escritor- logra interceptar al escurridizo Giménez y tienen una charla, ajustan cuentas, y el deudor acepta el número final sin oponer resistencias. Sin embargo, en el instante que parecen estar llegando a un acuerdo, todo derrapa por la conjugación de un verbo. “Y te lo estaría pagando ya entrado el mes que viene”, dice el inquilino. “¿Se da cuenta, Giménez, de cómo conjuga?…Conjuga y muestra la hilacha, ¿sabe? Primero promete, promete y promete. Pero después conjuga y pone todo en condicional”. Giménez no entiende la observación tan sutil. El Dueño se esfuerza, le explica la diferencia entre el futuro, el futuro imperfecto y la perifrástica de futuro que usamos en el dialecto rioplatense. Pero sólo consigue preocupar a Giménez; para él “te estaría pagando” es exactamente lo mismo que “te pagaré” o “te voy a pagar”. Para el Dueño, en cambio, “Te estaría pagando”es una nebulosa de condicionales, potenciales, suposiciones, incertidumbre. Acaso, la asimetría de información de Joseph Stiglitz. El Dueño no sabe si su inquilino actúa o no de buena fe, no tiene esa información, está sujeto al riesgo moral de Giménez. La conversación se alarga, deriva, y de pronto el Dueño se encuentra hablándolea Giménez del libro que está escribiendo, “…y en la novela qué sucede: las dos culturas dialogan. Dialogan, sí, conversan. Un poco como estamos conversando ahora usted y yo. Conversan, sí, dialogan. Pero no se entienden. Es diálogo, sí. Pero es diálogo de sordos. No importa que hablen; para comunicarse de verdad, para que haya comunicación de verdad, tienen que tener un código en común…”.

 

La Nueva Inquilina leía y pensaba.  En la Escribanía, en el Dueño Cordobés, el Gerente de la Inmobiliaria Importante, el portero del edificio, en los inquilinos que alguna vez tendría viviendo en su casa, en su amiga con años de inquilina, en Vivi, en la mamá de Vivi que era un poco como Giménez.  Y se preguntó si eso que decía el Dueño de Cuentas pendientes, esa falta de código en común, no sería un poco la madre de todos los riesgos.

***

El ovejero alemán duerme en el balcón. Aquel día, en la Escribanía, la Nueva Inquilina finalmente puso su firma al lado de la del Dueño Cordobés y la de su garante que llegó poco después de que el reloj marcara las tres y media de la tarde.

 

 Se mudó un mes después. Esa misma tarde, en su rol de Dueña que alquila, entregó las llaves de su casa a los inquilinos, la familia con un hijo grande y sin perros. Hasta hoy, seis meses después, pagan puntualmente.

 

En el edificio de la Nueva Inquilina pasan cosas serias. Por estos días, se rumorea que la Inmobiliaria Importante está en problemas, que algunos departamentos se vendieron tres veces, que por eso se bajaron los carteles de venta y alquiler de las unidades que siguen vacías, que alguien se fue del país con siete millones de dólares. Los servicios de la administración son una pesadilla. A ella le llegan liquidaciones de expensas diciendo que debe lo que ya pagó, la puerta de entrada -de vidrio- estalló hace dos meses y desde entonces está tapiada con una madera que parece cartón, los ascensores dejan de funcionar día por medio. Hace poco las sirenas de los bomberos movilizaron a los vecinos. El ascensor de autos para llegar a la cochera se tumbó hacia un lado cuando descendía con una camioneta que conducía una mujer embarazada; atrás iba su hija de tres años. El rescate duró una hora y media. Después de eso, se vieron en el lobby a escribanos, abogados,  fotógrafos. La administración -asociada a la empresa constructora- se mantiene en silencio, no informa, y nadie ofrece ni siquiera disculpas.

 

A veces, la Nueva Inquilina se arrepiente.  En un año y medio tendrá que volver a negociar el contrato con su locador y sus locatarios, discutir  aumentos, y quién paga tal y cual cosa. Tal vez las cosas empeoren, no llegue a un acuerdo y tenga que hacer una nueva mudanza. Ella siempre puede volver a su casa, olvidarse del centro, de los contratos, de los usos y costumbres, de las prácticas de mercado. No todos tienen ese privilegio, piensa mientras riega las plantas del balcón: las cosas deberían ser más amables.

 

 

 

 

*Para esta crónica se consultaron los siguientes informes y sitios de interés:

La situación habitacional en la Ciudad de Buenos Aires”, Centro de Estudios Económicos y Sociales Scalabrini Ortiz, febrero 2015.

Frente de Inquilinos Nacional 

Protectora ONG 

Unión argentina de inquilinos 

Asociación Civil de Defensa del  Consumidor de Bienes y Servicios de la Propiedad Horizontal 

Colegio Único de Corredores Inmobiliarios de la Ciudad de Buenos Aires

Alquilar se puede 

Cámara Inmobiliaria Argentina

iNFO|news


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