Desde abril más de 20 universidades y colegios secundarios están tomados por las estudiantes. Denuncian casos de acoso y abuso sexual y el machismo imperante en las instituciones. Surgidas del movimiento a favor de la educación pública e hijas del Ni Una Menos, las pibas gritan por sus derechos.



Alondra Arellano tiene 20 años, cursa tercer año de Ciencias Políticas y es integrante de la Secretaría de la Educación de Género de la Universidad Católica y de la Coordinadora Feminista Universitaria (COFEU). La mañana del jueves 17 de mayo supervisa la pegatina de volantes. Camina hasta la facultad de Ingeniería junto a un grupo de estudiantes y lleva entre las manos la foto de un profesor de Matemáticas con la inscripción de sus comentarios sexistas en Twitter: “Y pensar que cuando teníamos su edad les poníamos trago escondidas a las minas en sus bebidas para que se desinhibieran un poquito”, “¿Cómo las feminazis no admiten hombre en su fonda? Perdón en sus tomas”. Las estudiantes organizan el escrache.

 

- Una vez en clase dijo: “Aquí no pasa nadie de curso aunque me hagan sexo oral” – cuenta.
Tres varones miran a las muchachas y las interpelan:


- ¿Y ustedes de qué carrera son? ¿Tuvieron clases con el profesor? Para mí, era bueno ‘el profe’ ese – dice uno.

 

Ellas inflan el pecho, altivas, contestan a todo y siguen pegando los carteles.


Alondra sabe de qué habla: en la secretaría escucha casos de acoso de profesores a alumnas, de compañeros varones hacia las estudiantes y violaciones. Llevan un registro de 40 denuncias desde 2017 y tres casos de jóvenes hospitalizadas por los efectos postraumáticos.

 

Desde abril cerca de 20 universidades chilenas se encuentran en tomas feministas para exigir una educación no sexista. Han salido a la luz pública casos de acoso sexual y violaciones. Lo que era un secreto a voces en los pasillos de las facultades se volvió un grito que encontró eco. Las tomas partieron como un efecto dominó: primero fue la Universidad Austral, luego la Universidad Técnico Metropolitana, siguió la Universidad de Chile e incluso algunas privadas. Luego fue el turno de los colegios de niñas Carmela Carvajal y Tajamar.

 

La ebullición comenzó en 2016 con las marchas de la coordinadora Ni Una Menos por el caso de Nabila Riffo, la mujer que sobrevivió a un intento de femicidio. El caso caló hondo en las chilenas que ya empezaban a organizarse contra la violencia machista como en el resto del mundo. Muchas Se reconocieron en Nabila: también les podía pasar a ellas.

 

En esas protestas estaban las más jóvenes, que iban fraguando una idea: después de la lucha por la vida, venía la lucha por todo lo demás. La violencia de género está arraigada en las aulas. Los profesores universitarios acosadores fueron cayendo de a poco. Este feminismo ya había ganado experiencia política del movimiento estudiantil de 2011 a favor de la educación pública chilena y el 2015 se organizaron las primeras asambleas para hablar de acosos de ilustres profesores. Hoy varias secretarías de género y sexualidades se coordinan a través de la COFEU que nació en 2016 como comisión de género de la Confederación de Estudiantes de Chile  (Confech).


Incluyendo las tomas de liceos emblemáticos, las feministas del movimiento chileno tienen entre 16 y 24 años. Se organizan en Facebook, grupos de Whatsapp y la mayoría de las tomas tiene Fan Page. Es un feminismo que irrumpe, es la esperanza de la reunificación del tejido social atomizado durante la transición chilena. Un feminismo que sigue la tendencia en el mundo, pero tiene su componente local: el yugo de una educación conservadora y ser alumnas de universidades tradicionales acostumbradas al resguardo histórico de las situaciones de acoso. Y es un feminismo que está dispuesto a revelar y barrer la basura oculta debajo de la alfombra.

 

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Nahel Menares tiene 22 años, es una de las voceras de la Movilización Feminista de la Universidad Federico Santa María (UTSFM) y trabaja en la Vocalía de Disidencia y Sexualidades. Cree que la explosión del movimiento “Ni una menos” llevó a que se hicieran las primeras denuncias porque se perdió el miedo a hablar. Sumando los acosos, abusos y violaciones a las estudiantes en su universidad, los casos llegan a 80. En Chile esta casa de estudios es conocida por ser una institución con un alumnado y un cuerpo académico mayoritariamente masculino. Para Nahel, en lo cotidiano, eso se traduce en comentarios machistas dentro de las aulas y en los pasillos. El acoso naturalizado. 

 

 

- Hay un profesor que en su clase exhibe diapositivas de mujeres desnudas-, dice y suspira, mientras revisa los apuntes que ha tomado durante la asamblea.

 

 

Uno de los casos más graves fue el de un abusador reincidente en la sede de Vitacura (comuna de estrato alto de Santiago): tres estudiantes lo denunciaron por abuso sexual. Para Nahel, las jóvenes quedaron desamparadas en la Universidad: tuvieron que rendir un examen dentro de la misma sala junto al abusador. Una de las jóvenes tuvo una crisis nerviosa.

 

Desde entonces, las mujeres tomaron en la Universidad y los varones se sumaron al llamado “grupo de apañe” (ayudar en jerga juvenil).

 

- Creamos una Comisión de denuncia, pero llegaron casos tan graves que la situación se nos escapó de las manos – explica.

 

Aún así, iniciaron acciones: irrumpieron en un mall, tomaron las calles y paralizaron el tránsito. Salieron con carteles: “Ni santa ni María, anti patriarcal y rebeldía”, “Ahora me creen”, “Frente al acoso y abuso sexual no más impunidad”.

 

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El miércoles 16 de mayo parte la marcha convocada por la Confech. La precedió otra movilización de la coordinadora Ni una menos el viernes anterior. La consigna  es “Por una educación no sexista”. Entre las estudiantes se repite el aquelarre de cuerpos y senos pintados, se reparten cancioneros y se contagian los abrazos. El fervor es más visceral que en otras marchas, como el ruido subterráneo que antecede un terremoto.

 

Una imagen queda inmortalizada esa mañana: las alumnas de Arte de la Universidad Católica llevan pasamontañas burdeos y bailan. “Y cómo, y cómo es la hueá’ nos matan y nos violan y nadie hace na” corean. Mueven los brazos alzados,  una coreografìa de torsos desnudos, de senos pendulantes. La segunda postal de esa mañana es la foto de una chica que parece una integrante de las Pussy Riot. Está subida en la estatua de Juan Pablo Segundo en el patio de los Olmedos de la Universidad Católica o, como lo llaman los universitarios, “El patio del Papa”. Al final de la marcha, ponen el cuerpo a los infiltrados, a los vándalos. Les hacen frente como una manada de lobas feroces, los persiguen, los acorralan. Los encapuchados desisten. Son muchas. Ya no están solas.

 

El 6 de noviembre del año pasado, una alumna de Ingeniería Civil de esa misma Universidad contó en Facebook que fue víctima de una violación:

 

“Hoy se cumplen once meses. Once meses, en los que no ha pasado nada. Once meses, en los que nadie ha hecho nada. Once meses en que todos decidieron mirar hacia el lado. (…) Luego de un largo día de trabajo, compañerismo y distensión, me fui a dormir como otro día cualquiera, sin sospechar que cuando despertara, mi vida habría cambiado para siempre… Ese día me cambió, ese día me rompieron, me rompiste”.

 

El estudiante acusado fue sobreseído por falta de pruebas y ella tuvo que convivir con su abusador. En otro posteo una joven contó cómo la violaron en una fiesta. Los casos se replicaron en las redes.

 

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Emilia Schneider cursa cuarto año de derecho, es militante de Izquierda Autónoma y vocera de la coordinadora 8 de marzo. La joven trans es una de líderes de la toma en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. Un domingo frio de mayo en la entrada de la casa de estudios se frota las manos para calentarse un poco antes de insistir que no la destaquen tanto en la nota, que también están otras compañeras a quienes no quiere invisibilizar. Aquí no hay egos.

 

- Aunque la Universidad decidiera sacar a Carlos Carmona o él renuncia, la toma no decae – dice.

 

Carmona es profesor, ex presidente del Tribunal Constitucional. El caso de acoso saltó a la prensa y fue el puntapié inicial de la toma. Pero para Emilia el cambio tiene que ser profundo: además de la violencia sexual y las dificultades para aplicar los protocolos, ellas defienden a las trabajadoras del aseo precarizada, luchan por de las brechas salariales y las académicas y también para hablar de disidencia sexual.

 

Emilia habla de su facultad y de las demás universidades que reproducen el modelo patriarcal de hacer educación, pero dice que en su institución hay “algo” en particular: el ejercicio de poder de los hombres de la elite.

 

“Detectamos una serie de falencias: la respuesta de la institución ante las denuncias, o la conquista de un protocolo elaborado con participación estudiantil, que no han sido respetados en el caso del profesor Carmona. Además, las denunciantes quedan fuera del procedimiento porque hay mucha discrecionalidad que se le entrega a decanos y jefes de carrera”, dice.

 

En una asamblea en la facultad Emilia se encuentra con Sofía Brito, una de las estudiantes que denunció a Carmona. Sus compañeras la abrazan. Ella ríe, más tarde dirá que hace tiempo no lo hacía.

 

En agosto del año pasado, el Tribunal Constitucional analizaba el proyecto de interrupción voluntaria del embarazo en tres causales cuando la estudiante (quien era su ayudante) se quedó dormida en un sillón. Carmona todavía era el presidente del TC y en el mundo progresista se sabía que era el voto que permitiría aprobar el aborto en tres causales. Esa noche él le llevo un sweater para que ella acomodara como almohada y la cubrió con su chaqueta. Cuando Sofía despertó, él le acariciaba el cabello. Estaba sentado a su lado y se acostó sobre ella, mientras le pasaba la mano por el rostro. La acorraló. Antes hubo otras señales que la joven paró de manera directa: ella relativizó su conducta, le dio vueltas a las cosas. Solo dimensionó el acoso cuando decidió contarlo.

 

El año pasado dejó de asistir a clases, iba solamente cuando tenía la completa seguridad de que el profesor no tuviera un seminario, clases, ni reuniones.

 

- El año pasado reprobé dos ramos. Tenía miedo, soñaba que me lo encontraba en el ascensor, tuve crisis de pánico. Pensé en abandonar la carrera – recuerda.

 

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El viernes 20 de mayo diez mujeres avanzan por el hall de la Facultad de Ciencias de la universidad Austral de Valdivia (en el sur de Chile). Llevan un lienzo que dice: “¡Alerta! Violadores en la UACH. Se les acabó la impunidad”. Cantan y vociferan un aullido de guerra, es una tribu que asusta.

 

- ¡Se llama Alejandro Yáñez y es un violador! – grita una de las jóvenes.

 

La Universidad Austral de Valdivia fue escenario de la primera toma el 17 de abril:  las alumnas de Antropología actuaron para visibilizar la violencia de género y la impunidad con que la universidad habría tratado las denuncias de acoso. Así empezó la ola: tras la demora de la desvinculación del profesor Yáñez (acusado de acoso a una funcionaria) las estudiantes tomaron la facultad de Ciencias. Un día después las de Arte denunciaron acoso por parte del director de la escuela y respondieron con otra toma. Ante la falta de celeridad, ellas contestaron con escarches y más irrupciones: hoy la chapa de la oficina de Yáñez tiene pintado de blanco la palabra “Acosador”.

 

Valentina Gatica tiene 22 años y estudia Geografía en esta Universidad. En la comisión de género donde atienden casos de acoso recibieron 99 denuncias. Ahora exigen reglamentos eficientes y cobertura psicológica para las víctimas, además de perspectiva de género en la formación académica.

 

El miércoles 23, el presidente Sebastián Piñera anunció las doce medidas que integrarán la nueva agenda de género. Una lista de propuestas que el Gobierno quiere llevar a cabo para dar respuesta al contexto de movilización y en particular a “la ola” de estas últimas semanas. Las estudiantes criticaron la iniciativa, la catalogaron como homogeneizadora y de apuntar solo a una elite. La medida tuvo más bien una contra respuesta: en vez de amainar la ola encontró más fuerza y convocó a dos nuevas marchas programadas para el 1 y 6 de junio.

 

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La mañana del 27 de mayo más de cien alumnas tomaron la casa central de la Universidad Católica. Desde 1986 que no ocurría algo similar. La UC es cuna de los Chicago Boys (cerebros del sistema neoliberal chileno) y férrea defensora de la objeción de conciencia ante el aborto en tres causales. Allí las feministas se organizaron y no bajaron los brazos ante la presión del rector Ignacio Sánchez, ni el grupo de contratoma de la misma facultad. Cuatro días después se bajó la movilización cuando Sánchez aceptó algunos puntos del petitorio: regularización de pagos de trabajadoras subcontratadas; comunicarse con la mujer que acusó a un profesor de violencia intrafamiliar; la reformulación del protocolo, a eso se sumó el reconocimiento  del nombre social en listas y tarjeta para alumnos trans.

 

Había sabor a triunfo. “Esto recién empieza”, dice un lienzo que llevan en las manos durante una de las tomas. La ola feminista llegó para quedarse, para gritar que el silencio se acabó.

 

 


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