Las Turbo son, entre las fiestas queer, las que trajeron a nuestro mapa al voguing, ese baile con poses inaugurado por las maricas negras y latinas del Harlem de los años 60 que buscaban divertirse a escondidas de una sociedad que las excluía. Melisa Codina se maquilló toda y se sumó al ritual que se promete libre, seguro y feliz para derrochar mariconería y mandar a la hoguera a la homolesbotransfobia.



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Aullidos, aplausos y chasquido de dedos. La música cambia de la electrónica al tech house y las luces tiñen de un rojo infernal el piso de parquet gastado. La gente se mueve de un lado a otro y toma posición en una ronda que se forma orgánica, en el centro del salón principal. Intuyo que algo está por pasar, pero es mi primera fiesta Turbo y no tengo idea de nada. Me doy cuenta de que estoy afuera del círculo y me desespero. Las vibraciones que salen del medio de la ronda me atraen como un vórtice. Siento la adrenalina y actuó sin pensar. Me tiro al piso en cuatro patas y me escabullo como un gato, sorteando el bosque de piernas desnudas y sudorosas que me separa de la primera fila.

 

-Perdón, permiso… Perdón, permiso, gracias.

 

Asomo mi cabeza con alivio mientras inhalo una bocanada de aire. Finalmente puedo ver.

 

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Tres bailarines se desafían sin perder el ritmo de los beats que DJ Rotpando castea encendido desde el escenario. Sumides en un ritual de exaltación del placer, jamás llegan a tocarse intencionalmente, solo a través de roces casuales por lo estrecho del espacio. El público es parte fundamental de un ritual que todes parecen conocer. La potencia de la arenga de 400 personas cobra una densidad tal que la siento envolver mis brazos, mi cintura, mi cadera. Una mostra con la gorra hacia atrás y una cerradura tatuada en el medio del pecho se abraza con una colorada de anteojos, malla de triangulitos rojos y una actitud que parte la tierra. Una marica de porra enrulada con una flor detrás de la oreja, un short fucsia metalizado y un top azul anudado a la altura de su pecho se airea con un abanico en una postura de bailaora flamenca, mientras una piba con musculosa de red transparente y pantalones chupines la agita arrodillada desde el piso. Cada une está en su mambo, pero todes enredados por el mismo hilo rojo.

 

Y ahí estoy yo también, bailando desenfrenada un sábado de abril, en una maricoteca de Colegiales. Cierro los ojos para no pensar (al menos por un rato) y dejo que el goce que irradian otres cuerpes distintos al mío me tome por completo. Moverme con elles, más que una tentación, era una necesidad.

 

* * *

 

A la 1.30 de la mañana, Rodrigo Rotpando está parado en la puerta de entrada al salón principal de La Confitería como si fuera su casa. Los recién llegados se acercan y lo saludan con besos y abrazos. Me llama la atención la pesada cadena de plata sobre su remera negra, tal vez porque contrasta con la liviandad corporal que transmite el “Bailar Libera” que lleva tatuado en el brazo. Rotpando tiene 37 años -aunque parece menos- es DJ y productor de fiestas queer-punk como la Eyeliner, donde se bailar desde rock hasta cumbia colombiana, la Tropikinky, que se vuelca a un estilo más reggaetonero que invita a perrear sin machos hasta que salga el sol, y la Turbo, que en breve cumple 2 años y se autoproclama como “la fiesta queer que puso al voguing en el mapa de la ciudad”.

 

Kimono floreado, mini short de lentejuelas doradas y medias de red. Es Lucas Fauno -periodista, escritor, performer- que emerge como un huracán para improvisar una coreo. Caminó así vestido desde su casa en Palermo hasta La Confi y al menos cinco veces lo bardearon por la calle.

 

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-El vogueo es un acto político. ¡Bailar es mi venganza!- me dirá luego en boxes, cuando me acerque a pedirle su contacto de Instagram para taggearlo en una story.

 

El espíritu del voguing resurge con fuerza y se vuelve global. Algo que empezó como un juego de poses -secreto mejor guardado de las maricas negras y latinas del Harlem de los 60- se transformó en un lenguaje corporal que integra lo cultural y lo político para desafiar las normas de la moral. Como dicen los organizadores de la Turbo, estas fiestas son un espacio seguro donde se puede ser feliz y bailar en libertad, exaltar la cultura de la mariconería y romper con las poses de la vieja masculinidad.

 

Están las noches como éstas, de juego y precalentamiento, y están las otras, las que se organizan el último domingo de cada mes en el Turbo Ballroom -espacio inspirado en la cultura de los bailes de salón (ballrooms) aristocráticos- donde se disputan las batallas posta. Además de voguing, hay otras categorías en las que se puede competir: runway (caminata por la pasarela), en la que se valora la postura y la originalidad para dar vida a la fantasía del mes (desde Bollywood, la milicia y la apostasía, hasta el aborto legal), lip sync (sincronización de labios), en las que son clave la precisión y la seguridad con la que cada participante interpreta una canción en sincronía con la voz original, o freestyle (estilo libre), en el que se permite todo tipo de baile mientras se esté dispuesto a dejarlo todo en la pista.

 

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-Si lo de hoy te gusta, no te pierdas el Ballroom del domingo. La consigna va a ser Sauna no binarie…. ¡un fuega!- me dice una chica igual a Amelie con la que espero para hacer pis en la cola del baño. Antes de irse, se refresca la cara y la nuca, y se acomoda su pollera escocesa frente al espejo. Desde la puerta, me saluda sonriente. Nos vemos en la pista, me dice. Ojalá, Amelie.

 

* * *

Tian Aviardi tiene 32 años, llegó de Colombia para estudiar hace 12 y, por esas cosas de la vida, decidió quedarse acá. Cuando escucha Botox de M¥SS KETA, no duda en subir al escenario y bailar como si se acabara el mundo. Su malla negra enteriza y colaless le queda pintada, dejando al desnudo su maravilloso culo de estatua de mármol. Se mira pero no se toca, pensé, mientras contenía las ganas de estirar la mano y darle unos chirlitos juguetones. Lleva puestas unas botas puntiagudas y de caña corta con las que baila tan naturalmente que parecen parte de su cuerpo. Hay un magnetismo, una relación amorosa entre Tian y la música, que le permite fluir grácil al ritmo de cada voguebeat. Levanta una de sus piernas y la mantiene suspendida en el aire por lo que dura un suspiro, al ras de su cara. Luego se acuclilla y avanza con pequeños saltos, sin dejar de mover sus manos ni de rotar sus muñecas. A sus pies, la muchedumbre lo venera excitada. Para el gran final, nos regala un dip maravilloso que lo deja acostado en el piso con uno de sus brazos extendidos por sobre la cabeza. La música termina y se incorpora sin esfuerzo. Abandona el escenario bamboleando la cadera de un lado a otro, como una tigresa que sale de caza.

 

-Este es un espacio libre de machirulos violentos. Hacemos lo que queremos, nos vestimos como se nos canta el culo. No estamos pendientes de los cuerpos sino de la conexión que se genera cuando bailamos.

 

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Tian vive por Plaza Italia, en la “Casa Satana”, junto a Sónica Satana, reina de reinas en la escena drag local, y con Chaquito, “hijo” de Sónica. Las casas de voguing funcionan como una familia, con una madre al frente que protege, guía y contiene. En el documental de 1990 Paris Is Burning, la directora Jennie Livingston explora el mundo queer de la década de los 80 en Nueva York. Allí muestra algunas de las casas más legendarias del movimiento, como la Ninja, la LaBeija, y la Xtravaganza. Además de portar el nombre como un estandarte en el contexto de las batallas, las casas son un lugar seguro donde sus integrantes comparten, se cuidan, se ríen y generan anticuerpos para cuando toca resistir a la homofobia social y familiar.

 

Cada vez que sale a escena, Tian se exorciza con “la danza sanadora”. Combina con destreza movimientos como el catwalking (caminar como en una pasarela, exacerbando los movimientos de cadera y brazos), duckwalking (caminar acuclillado y dando pequeños saltos mientras se mueven las manos), floor performance (las poses que se hacen en el piso), hands performance (los movimientos coordinados de manos, muñecas y brazos), spins (giros sobre el propio eje) y los drops más dramáticos (caídas hacia atrás sobre la espalda). Cuando lo veo aplicar todo lo que enseña a sus alumnes en sus clases de Femmeology (un mix de vogue y de femme), la elegancia y la sensualidad de sus movimiento me hacen pensar en un jeroglífico egipcio que cobra vida.

* * *

Son casi las 3 de la mañana. Mi cabeza y mi cuerpo no pueden desconectarse de la música. Estoy tan transpirada que la tela sintética de mi body tornasolado se pegotea con mi espalda. También estoy muerta de sed y un poco hecha mierda, pero no dejo la pista ni en pedo. La piba que tengo al lado, cubierta en glitter verde abortero y con las tetas al aire, se balancea con cara de orgasmo. Nos miramos. Ella se me acerca y me baila. Yo me excito y me encanta. Daniela Cilli, la Annie Leibovitz oficial de las queer-punk partys porteñas, se cuela estilo ninja entre la piba y yo. Con maestría, logra capturar la tensión sexual y los brillos. La pesco justo y le sonrío. Ella me hace un guiño cómplice y sigue su camino, al acecho de su próxima presa.

 

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Salgo a la terraza para tomar un poco de aire y bajar la fiebre. Me sorprende encontrar un patio colonial y una vibra completamente diferente a la del piso de abajo. Hay gente sentada por todos lados -en los bancos, en el piso- o apoyada contra las paredes, relajando. Charlan, conectan, toman algo, se fuman un pucho. Otres chapan y se hacen mimos en algún rinconcito oscuro, al resguardo de todo. El punchi punchi que llega de abajo se diluye entre risas y susurros. Las bombitas de colores y luz cálida que cuelgan de un lado a otro de la terraza me recuerdan a una escena muy de kermesse. Para muches, este espacio paralelo como el dólar blue es un oasis de transición donde poder rescatarse antes de volver a la pista. Para otres, en cambio, ese Lado B de la Turbo es exactamente lo que vinieron a buscar. Si es mejor estar ahí o en la mega fiesta de abajo depende del mambo que cada une tenga esa noche. A mi me funcionó mechar, tal vez porque creo que la verdadera diversión está en la variedad.

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Ya de regreso en el infierno, una Sónica insolente -esbelta, glamorosa- se adueña del micrófono, acompañada por sus dos consortes: Tian y Nubecita. La perfo que las tres hicieron juntas en la previa, con la versión manija de la canción con la que Rafiki levanta a Simba en el Rey León (naaant-singo-nyámaaa…bagithiii…babaaa), deja la pista prendida fuego para la batalla.

 

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-¿A ver esos babies que quieran voguear y dejarlo todo por el aplauso del público y mil pesooos?- Sónica alarga la “o” de final y la gente responde eufórica.

 

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Su llamado consigue tres valientes que se atreven a la acción. Después de presentarles, Sónica da luz verde y DJ Rotpando vuelve a sus funciones. Les contendientes no tardan en aclimatarse al ritmo de la música, desplegando todos sus conocimientos básicos de voguing, desde caminatas muy a lo Sao Paulo Fashion Week hasta arqueos de torso al techo, dignos del Exorcista. Después de la primera ronda, une queda eliminade.

 

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Quedan dos bailarines y una última oportunidad de brillar por la victoria. Cuando la música se detiene, ejecutan -casi al unísono- una caída dramática y quedan extendides en el piso sobre sus espaldas. Satana pide aplausos y apunta sus manos hacia el ganador, que se lleva triunfante un cheque simbólico. El círculo se cierra y sube DJ AnaLogue a las bandejas para hacer su magia y devolvernos al trance musical.

 

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Son las 5.30. Con el amanecer, las luces del infierno se apagan y el piso de La Confitería vuelve a ser un parquet sin brillo. Camino las pocas cuadras que me separan de mi casa con mis amigues de fierro, con quienes compartí mi ansiedad por esta crónica y el disfrute pleno de una noche del carajo. Me siento como Alicia recién salida del País de las Maravillas.

 

-No estoy loco, simplemente mi realidad es muy diferente a la tuya.

 

Mientras abro la puerta de mi casa, me acuerdo de las palabras del Gato de Cheshire. Ya en mi cuarto, me desnudo y tiro al piso la ropa llena de olor a pucho, sudor y glitter. Me meto en la cama y cierro los ojos, pero el zumbido propio del post-bailongo que tengo encastrado en la médula no me deja dormir. Me doy cuenta que soy un desastre porque no me lavé los dientes ni me saqué el maquillaje, y puteo porque seguro amanezco con las pestañas pegadas a la almohada. Pienso en todo lo que transpiré y que tendría que haber tomado más agua antes de acostarme, así no me deshidrato mientras duermo. Pienso en la inclusión y en las etiquetas. ¿Por qué mierda nos gusta tanto poner etiquetas? Pienso en el placer de poder hacer lo que se nos cante el culo sin que nadie nos mire, sin que nadie se meta. En algún momento me quedo dormida y sueño que un día ya no vamos a tener que pelear por ser quienes queramos ser. Mi identidad es mía y de nadie más. ¿Cómo voy a ser la Alicia incorrecta cuando éste es mi sueño?

 

Me despierto. Todavía estoy abombada por la resaca (¡yo sabía que tenía que tomar más agua!). Pienso en el sueño y lo cuento en ayunas, porque así me dijo mi vieja que es como se cumplen. Hasta entonces, habrá que seguir cruzando el espejo y dar batalla en la pista, bailando para resistir.


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