Desde octubre, el sur de Santa Fe es el epicentro de la pandemia. El avance del coronavirus se parece a la soja: está en casi todos los pueblos. Arlen Buchara y Ricardo Robins salieron a las rutas a documentar historias mínimas: la viralización de audios jocosos, la desconfianza hacia el vecino, la costumbre de vivir con incertidumbre como enseña el trabajo de campo. El aislamiento rural y una soledad distinta, la impuesta.



Los lunes para la familia del Circo Estrellas de Colombia son de desarme y movimiento. Después del fin de semana de funciones desmontan la carpa, el péndulo y la estructura de acrobacia; juntan los caños, cables, sillas y tablones; cargan las mascotas, la niña de cuatro años, la ropa colgada y se mudan a otro pueblo. Dejan los amigos que hicieron, la iglesia a la cual la matriarca fue a misa, el quiosco donde compraron cigarrillos, la escuela de los chicos, las calles por donde circularon con la propaladora anunciando la función. Manejan por la ruta unos kilómetros y desembarcan con las cinco casas rodantes y los camiones en otro territorio que -por un mes como mucho- será el próximo hogar estable donde montar la carpa, la boletería y el buffet. Apenas pisa el nuevo destino, Daiana Salvador sale a hacer los trámites de habilitación.

 

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Es un lunes de octubre de 2020 y Daiana no tiene que correr por el papeleo. En General Lagos, un pueblo de 4 mil habitantes del sur de la provincia de Santa Fe, el silencio y la calma de la mañana son apenas interrumpidos por el ruido de los autos. En un descampado del tamaño de una manzana sin un árbol que haga sombra, la familia del Circo Estrellas de Colombia está quieta por primera vez en los últimos 70 años de seis generaciones nómades. Sus antepasados fueron artistas callejeros gitanos que llegaron a Buenos Aires desde Budapest. Armaron una carpa y empezaron a girar. Primero con osos, tigres, ponis, conejos, monos, palomas y hasta 60 personas. Hoy, con tres perros, una familia de nueve y ocho circenses más. 

 

Daiana se levanta temprano por si le sale algún viaje de remisera, uno de los trabajos que hace desde que empezó el aislamiento por coronavirus y el circo tuvo que esperar. También cocina tortas, postres en frascos, budines y todo tipo de pastelería con decoración que aprende en Youtube. Tiene 36 años, nunca pasó tanto tiempo en un mismo lugar y jamás se hubiera imaginado hacerlo en General Lagos. 

 

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En el pueblo separado por 30 kilómetros de Rosario, los barbijos son la mayor evidencia del paso del virus que dejó dos muertos y más de 120 contagios desde el primer caso del 6 de agosto. Con un pequeño centro de salud de primer nivel es una de las tantas localidades de la zona que confluyen en Rosario: la ciudad conocida por su sistema de salud modelo está al borde del colapso desde septiembre, con más del 90 por ciento de las camas críticas ocupadas. El promedio de la última semana supera los mil casos diarios y unas 15 muertes (hasta 25) cada 24 horas. Las imágenes de los cadáveres apilados en la morgue del Pami se vuelven virales mientras abren bares, gimnasios y casi todos los rubros de la economía. A eso se le suma el desgaste de trabajadores y trabajadoras de la salud que piden medidas urgentes de contención del virus. 

 

Mientras el resto duerme, Patricia Quiroga, mamá de Daiana, payasa y cocinera, acomoda una de las casas rodantes y se prepara para hacer comida para vender. Glenda Salvador, la hija del medio y estrella de la acrobacia en altura, toma pedidos de pollo estilo KFC, hamburguesas bautizadas “Big lagos” y turnos para dar clases de pool dance y acrobacia en telas en un salón del pueblo, con protocolo y barbijo. Alex Salvador, el hermano más chico, se levanta tarde después de trasnochar con la play o con los nuevos amigos y sale a hacer trabajos de albañilería, en vez de pintarse la cara de payaso. Roberto Salvador, el capitán del barco, el anfitrión, no sabe ya qué hacer con la vida sedentaria.

 

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Como Estrellas de Colombia, otros seis circos quedaron varados en Santa Fe durante el aislamiento. En el país suman 120 junto con los parques de diversiones, con alrededor de 6 mil trabajadores y trabajadoras. Para Estrella de Colombia los ingresos de los trabajos del rebusque son apenas el 20 por ciento de lo que ganan girando. General Lagos fue una suerte. El dueño del terreno al que le alquilaron por dos semanas les dijo que podían quedarse todo lo que necesitaran sin pagar. Hicieron amistades, tienen buena relación con el gobierno comunal y se sienten, tal vez por primera vez, en casa. A Daiana le gusta tener un supermercado y una peluquera fija adonde ir. “No extraño las mudanzas ni los trámites”, dice. El lunes cierra con tres nuevos contagios. 

 

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***

 

El virus vive y se mueve con las personas. Como sintetizó el presidente Alberto Fernández en un acto en Rosario, la pandemia se instaló en Buenos Aires pero luego “irradió” hacia el interior del país y sobre todo a la cuna de la bandera. Desde ahí sube por las rutas, recorre caminos hacia el oeste, conquista el norte. Los pueblos clausuraron sus accesos con montículos de tierra y controles de todo tipo pero nada alcanza.

 

Carreras, de dos mil habitantes, fue el primero en caer a mitad de junio. Un camionero volvió a su casa de un viaje por Buenos Aires e infectó a su mujer, dos hijos, una vecina y al chofer de la ambulancia que lo trasladó al hospital. A la semana había más de 50 positivos y otros pueblos fueron alcanzados. Volvieron a fase 1 y el transportista, José Núñez, pidió perdón en una publicación de Facebook con tantas interacciones como carrerenses.

 

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A partir de ahí, las historias mínimas se propagaron con la velocidad pandémica del Whatsapp: audios con detalles de infidelidades y hasta árboles genealógicos de los contagios dibujados a mano. Pequeños planos para explicar los saltos sospechosos del virus entre familias con flechas que aclaran si fue por “mate” o por “cuernos”. Lo que parecía una novela costumbrista cambió de tono a las pocas semanas. Los fallecidos eclipsaron las anécdotas.

 

En octubre, Rosario y el sur de Santa Fe se convirtieron en el nuevo epicentro de la pandemia. La provincia quedó segunda en cantidad total de casos (con un promedio de 2.300 diarios la última semana; tres y hasta cuatro veces las cifras de Caba), sólo detrás de provincia de Buenos Aires pero con cinco veces menos población. El avance del coronavirus en el taco de la bota ya se parece al monocultivo de la soja: está en todos los rincones. Se adueñó de casi todos los pueblos. Casi. De Berretta no.

 

Para llegar a Berretta, 60 kilómetros al oeste de Rosario, es necesario salir de la autopista a Córdoba y tomar un camino de tierra hacia el sur. Una palmera gigante y solitaria en medio de un campo se presenta como un faro inexplicable. Los teros dan la bienvenida. La sequía asoma en las banquinas. El paisaje breve se repite en curva y contracurva, como detenido y andando. Tanta gente se perdió estos años en este zig zag marrón que colocaron unos carteles para llegar a “Estación Berretta”. Y de repente, después de un giro más, la comunidad más chica de Santa Fe libre de coronavirus pero rodeada de ciudades infectadas. Casilda tiene más de dos mil casos entre sus 35 mil habitantes (un confirmado cada 17) y superó los 50 fallecidos. Correa, la localidad más cercana, de seis mil personas, cuenta cinco muertos y cien positivos. También acechan Carcarañá y Cañada de Gómez.

 

En Berretta viven cuatro familias y doce personas. La tranquilidad infinita de sus calles podría sugerir una fatalidad inmediata. Pero acá el silencio y el polvo siguen siendo silencio y polvo después de un rato. El “centro” es una cuadra donde se reparten el viejo club devenido en casa. La ex estación de trenes que es flamante bar con animales tipo granja y hogar de una pareja y una nena. Una vivienda en reparación. Y dos taperas abandonadas y tomadas por el monte. Más allá está la estancia La Rinconada y la escuela gigante para 200 alumnos que sólo tiene ocho; un elefante blanco rural. Y ahí, en ese puñado de construcciones dispares, Berretta esconde tres secretos que mantienen su estatus de pequeño oasis anti covid.

 

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***

Daniel Bortolussi se despierta a las 4.30 después de otra noche con pesadillas. Tiene 69 años, llegó hace 30 desde Rosario y es el poblador más antiguo de Berretta. Su campo es también una cabaña de toros Brangus campeones. Claudia Adorante, su pareja de 52 nacida en Correa, aún duerme. Él se repone en su cama dentro de La Rinconada, la casona rosa que fue la estancia de María Luisa Correa, la fundadora del pueblo sobre sus tierras en 1925. Lo soñó como “Pueblo María Luisa Correa” y hasta trazó un plano donde ubicó la Municipalidad, el Juzgado y la Iglesia. Nada de eso existe hoy y el lugar tomó el nombre de un ingeniero.

 

Las pesadillas de Daniel son recurrentes y tienen un moivo ancestral: la falta de lluvia. Se preparará y saldrá, antes que el sol, con su caballo a ver cómo están las 150 vacas. El año de la pandemia es para él, sobre todo, el año de la sequía. “Llovió tres veces en seis meses: 5 milímetros, 32 milímetros y 5 milímetros”, recita angustiado. La angustia es por el negocio y sus ingresos, por supuesto, pero también porque ve sufrir a los animales cada día. “No hay pasto y no solo empiezan a perder peso. Los animales te miran cuando llegás a la tranquera para cambiar de lote porque no hay pasturas”, dice.

 

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A las 7 se despierta Claudia. Va a la cocina. Enciende la estufa. “Las heladas acá son tres veces más fuertes que en Rosario”, se justifica. Encendedor, papel, rama fina de araucaria y al final la leña, todo dentro de la salamandra. La radio reloj del siglo pasado está clavada en una AM rosarina. Las noticias que escucha no son de su pueblo. Prepara unos mates debajo de los frascos, la pistola y la escopeta de caza en la pared. Se sienta frente a una ventana con el celular. La conexión a internet es con los datos del teléfono porque no tienen wifi. Recién por esa vía le llegarán las últimas novedades del pueblo más cercano, Correa, donde vive su familia.

 

Así se enteró del primer fallecido por covid-19: un hombre de 48 años. “En Carcarañá se desparramó por fiestas pero en Correa fue distinto. Un muchacho que es camionero se contagió y a los tres días se murió. Pensaron que era porque había viajado pero fue en un cumpleaños de una sobrina. Parece que la hermana había venido de Las Parejas, tenía el virus y estaba asintomática”, dice y así puede repasar cada caso: la mujer que sin saber contagió a toda la familia o la amiga que tenía síntomas y no la hisoparon. “Venía tranquilo y hace un mes y medio entró fuerte el virus”, resume.

 

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Después de las noticias de fuente directa, a las 8.30, Claudia sale a alimentar a las 15 gallinas, los cuatro pavos, los cuatro chivos y visita la huerta caída en desgracia por la seca. “Nosotros andamos normal acá, sin barbijo ni nada. La pandemia no nos cambió el día a día pero sí la parte social. Antes íbamos a Correa o a Cañada más seguido. Mis hijos y nietos venían el fin de semana a comer asados. O nos hacíamos un viaje a Córdoba. Salir para ver gente. Eso nos falta”, cuenta Claudia. Daniel refuerza: “Recién mandé unos animales a una feria en Totoras. Yo hubiese ido para salir y hablar un rato pero ahora la feria es a puertas cerradas y solo con la presencia del comprador”. En la ciudad alcanza con mirar por la ventana, bajar al chino o sacar el perro a dar una vuelta manzana. Acá el aislamiento sanitario se monta sobre el aislamiento rural y produce una soledad distinta: no la elegida, la impuesta.

 

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En el campo de Daniel y Claudia también trabajan y viven, en otra casa lindera, Gustavo y Silvana, una pareja que tiene tres hijas (las únicas tres personas oriundas de Berretta). Paloma nació hace 2 años e hizo crecer la población un 10 por ciento. Blanca tiene 4 y Florencia 10. Juegan en las hamacas y se ríen como si fuera su primer día de campo. La más grande tiene una sonrisa generosa que se le apaga cuando repasa: “En la escuela somos ocho pero ahora no estamos yendo, nos pasan la tarea por el celular o con un cuadernillo. Y tampoco voy a las clases de ballet en el pueblo”. Hace semanas que Florencia no juega con otros chicos o chicas, además de sus hermanas. En el “centro”, donde está la vieja estación de trenes que ahora es bar, hay una nena de su edad pero no es su amiga. No solo las dos niñas de 10 años se evitan, tampoco los adultos se reúnen o visitan entre ellos. En algunos casos existe desconfianza, por ejemplo con los “chicos del club”: los dos hijos mayores de Karina, una mujer que dejó el pueblo, y que viven en lo que era “Sportivo Berretta”, frente a una cancha de fútbol bien cuidada, con luces y redes.

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Además del camino de tierra de 12 kilómetros que parece no llevar a ningún lado, otro de los secretos del pueblo invisible para el coronavirus es que la comunidad no es tal. Las familias viven sus penas y alegrías cada una por su lado. Después de un segundo café en el living que aún luce el plano del “Pueblo María Luisa Correa”, Daniel devela una tercera clave. Muestra una pequeña caja de cartón negra y la pone sobre la mesa de madera. Tiene la cara de un toro pintada de blanco y un nombre: “Ivomec”. Se saca la boina. Se afloja el barbijo y asoma una barba algo canosa. El cuchillo con vaina de cuero que estaba en su cintura ahora descansa frente a él. Y entonces cuenta.

 

–Yo tomo esto una vez por semana.

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Patricia le tiene miedo al virus. Mantiene distancia y trata de no sacarse el barbijo con la estampa de la cara de Cristo. “Soy devota del Sagrado Corazón de Jesús”, dice y se define como la matriarca del circo. Cada vez que llega a un pueblo busca la iglesia para ir a misa. Ese territorio de la religión es nómade pero a la vez estable. Conoce los curas de cada lugar y en General Lagos se hizo amiga de las servidoras. Ella no es nativa del circo. A los 18 años conoció a Roberto por su hermano, que le vendía caramelos al entonces Circo Húngaro. Empezaron a noviar en una época en que hacían funciones en el conurbano bonaerense. Pero un día el circo se dispuso a levantar campamento a otras provincias. Y ella se sumó a la caravana. 

 

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La única epidemia que recuerda Roberto es la de la gripe A, que los llevó a suspender funciones por 15 días. Cuando llegó el coronavirus pensó que no era más que eso: dos semanas. El director y anfitrión del circo tiene 63 años y es el descendiente de los gitanos de Budapest. Durante años hizo trapecio y otras acrobacias. También entrenó animales. Roberto es de pocas palabras y lo poco que dice lo hace sonriendo. De la familia es al que más le afectó la pandemia. Casi no tiene trabajo, solo algún flete esporádico. Extraña estar de gira y conocer gente nueva todo el tiempo. Sin embargo, ahora en la quietud, antes que pensar en salir a las rutas nuevamente se anima a soñar con comprar un terreno donde montar una casa, un lugar al cual volver. 

***

 

 

Ivomec es un medicamento veterinario “para el tratamiento y control de parásitos internos y externos de bovinos, ovinos y porcinos”. La droga es ivermectina. La caja negra de cartón dice “inyectable” pero Daniel saca el frasco, con una jeringa (sin aguja) extrae un centímetro y medio del líquido y deja caer el chorro en su boca. La exposición es, y él lo sabe, temeraria. Se divierte un poco con eso. 

 

–¿No escucharon hablar de la ivermectina? ¿En serio? 

 

–No.

 

–Se está usando como tratamiento. Reduce la carga viral. 

 

–¿Pero cómo es la aplicación?

 

–En los animales se inyecta pero yo lo tomo. Hay que ser cuidadoso con la dosis, es por kilo vivo de animal, un

centímetro cada 50 kilos. Lo ideal es poner la dosis justa. ¿Vos cuánto pesas?

 

–Ochenta.

 

–Un centímetro y medio.

 

No es la primera vez que Daniel toma este medicamento. Cuando viajaba a Misiones o a Paraguay, a trabajar con ganado en zonas húmedas, sufría mucho por los parásitos que dan diarrea, dolores de estómago y trastornos del sueño. Cuando se enteró que la ivermectina se estaba usando como tratamiento anti covid, lo incorporó como una pócima preventiva. Como si él mismo fuera parte de las vacas y toros que cuida cada día. Como ese Brangus negro reproductor imponente bajo la sombra de un árbol, que él espera vender esta semana en un millón de pesos.

 

Claudia valida su testimonio pero con cautela. Cuenta que un médico de Correa está desarrollando esa droga para frenar el covid-19. “Pero el tratamiento es con una pastilla, no así”, aclara y se diferencia de su pareja. Ella no toma ivermectina pero lo haría en caso de enfermarse.

 

Unos días más tarde, el médico de Correa habla en Radio 2 de Rosario sobre ese estudio. Daniel Alonso, uno de los investigadores del Conicet que participan del desarrollo, explica que es un tratamiento que funcionó en 45 pacientes leves y moderados los primeros días de la enfermedad. Dice que se trata de “un resultado preliminar” (fase 2) y que faltaría probarlo con más pacientes (fase 3), antes de convertirlo en un medicamento oficial. “Pero yo soy investigador, no estoy recomendando su uso”, aclara.

 

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La ivermectina divide a los especialistas. El Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Nación publicó el 23 de septiembre pasado la nota: “Un estudio demuestra la respuesta antiviral de la ivermectina en pacientes con covid-19″. El Conicet se sumó una semana después: “Estudio revela que la ivermectina reduce la carga viral en pacientes infectados con SARS-CoV-2”. Sin embargo, la Sociedad Argentina de Infectología (Sadi) no recomendó su uso. El Colegio de Médicos Veterinarios de Santa Fe pidió: “Abstenerse de solicitar estos productos en una farmacia veterinaria con el fin de su utilización en seres humanos.”

 

En los campos y en las ciudades; en los circos y en los laboratorios, todos esperan que la pesadilla se termine cuanto antes. Sueñan con lluvias que multipliquen la pastura verde sobre los suelos áridos. Se aferran a una vacuna inminente o a una droga simple que cure el mal que detuvo al mundo. Pero el diluvio mágico no aparece y la inopia se estira como la sequía. La incertidumbre se les pega en el cuerpo, como una depresión. La pandemia de los pueblos minúsculos se parece bastante a la de las grandes ciudades en eso. Una tormenta de polvo en la que solo queda taparse los ojos. El que se cansa y baja la mano, pierde.

 


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