En noviembre de 2012, la CGT opositora hizo su primer paro general de la era kirchnerista. Hugo Moyano, el sindicalista más famoso de Argentina, que dos años atrás era aliado del gobierno de Cristina, daba el primer paso el lanzamiento de un partido político de base sindical. Las relaciones entre gremialistas y políticos se parecen a las de una pareja intensa y conflictiva. De la capital a la Patagonia, el sociólogo Nicolás Damin y el cronista Mariano Martín siguieron durante meses el proceso de gestación de la nueva fuerza.



Los puentes que conectan Buenos Aires con el Conurbano están bloqueados. Ciento sesenta rutas de todo el país, también. Algunas líneas de tren no funcionan. Hoy, 20 de noviembre de 2012, el desierto petrolero del sur de la Argentina está deshabitado de verdad. En un día habitual, en Rincón de los Sauces, provincia de Neuquén, tres mil personas perforan, extraen y transportan el oro negro que más tarde llegará a las refinerías y a las estaciones de servicio. Pero ahora nadie trabaja. En lugar del martilleo de las máquinas, se escucha el sonido del viento. Porque petroleros, municipales, ceramistas, judiciales, canillitas y rurales, entre otros, se sumaron al paro nacional que anunció Hugo Moyano, el líder de la Confederación General del Trabajo opositora, el sindicalista más famoso de argentina. No es sólo un reclamo, sino el primer paso, silencioso, de una idea pergeñada a comienzos de 2012: crear un partido político de base sindical y enfrentar al tantas veces triunfante Frente Para la Victoria en las elecciones del año siguiente.

Antes, tienen que cumplir los requisitos de la nueva ley electoral, convencer a propios y aliados de la nueva misión y enfrentar al gobierno nacional. Tres molinos de viento que recuerdan a otras peripecias. ¿Tiene sentido lanzar un partido de sindicalistas días después de la condena a quince años de prisión a José Pedraza, ex Secretario General de la Unión Ferroviaria, por considerarlo “partícipe necesario del delito de homicidio” del joven militante del Partido Obrero Mariano Ferreyra?

Si en Venezuela el presidente es un metrodelegado, en Bolivia un gremialista cocalero, en Brasil gobernó dos veces un metalúrgico que no había terminado la primaria. ¿Le tocará en nuestro país el turno a un militante de la CGT? Pero si Perón logró mantener la adhesión electoral por sobre Vandor, y Duhalde sobre Ubaldini, ¿cómo logrará Moyano persuadir a los trabajadores de que hay más “pureza de peronismo” en el partido sindical que en el Partido Justicialista (PJ) o en el FPV?

Grupos militantes de izquierda comparten actos con delegados de fábrica justicialistas. El sector de la prensa que siempre los denunció, difunde sus reclamos. El paro no es total porque más de la mitad del gremialismo no adhiere, es cierto. Pero el sistema político argentino está reorganizándose y, confían algunos, éste será el momento.

 

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Luego de enero, el mes con menos vida sindical del año, setenta personas se reencuentran en el Sindicato de Empleados Textiles de la Industria y Afines, de Vicente López. El martes 5 de febrero de 2013, por fin, dicen los más ansiosos, ya se puede hablar en público del inminente Partido por la Cultura, la Educación y el Trabajo. Los redoblantes, un clásico, musicalizan la previa. Hombres de entre veinte y sesenta años van ocupando las sillas de plástico blanco estilo jardín. Como casi siempre en estos actos, las mujeres son minoría. Un póster con tres retratos cuelga de la pared, cada uno acompañado por una frase. A la izquierda, Perón “el General”, a la derecha, Evita “la Capitana” y en el centro y un poco más arriba, “Moyano, el soldado más fiel”. El dirigente está de anteojos, camisa abierta y con un micrófono en la mano. Los carteles que solían adornar estos encuentros cambiaron. Hasta hace dos años, las fotos de Moyano siempre lo mostraban junto al matrimonio Kirchner.

—A nivel provincial ya está reconocido. Oficializado para jugar. Podemos poner diputados nacionales, senadores nacionales, concejales, intendentes, gobernador y presidente.

A Argüello, que habla con tono pedagógico, le dicen Argüellito. Mide casi un metro setenta, pero en este mundo de hombres grandotes parece pequeño. Es morocho y gracioso, combo potente en el mundo del conurbano. Es uno de los hombres de máxima confianza del Secretario General de la CGT. Conoce las dificultades y admite que para “jugar” en todo el territorio nacional se necesita, al menos, registrar otras cuatro provincias. Buenos Aires ya está habilitada. Semanas más tarde lograrán un reconocimiento provisorio en San Luis, Corrientes, Chubut y Tierra del Fuego.

La relación entre los dirigentes sindicales y políticos en los partidos de base sindical populistas, socialdemócratas o comunistas siempre fue similar a la de una pareja intensa pero conflictiva. Las etapas que atraviesan, por momentos, se parecen mucho a los ciclos del amor. El armado de la lista de invitados a la boda, y el de las listas electorales, suele traer roces. Pero la fiesta y la victoria en las urnas traen consigo la luna de miel. De la convivencia, a veces, surge el desgaste. Y el divorcio incluye una pelea por quién va a quedarse con los amigos en común. Porque cuando los partidos se encuentran en la oposición, fuera del aparato del Estado, son los sindicatos quienes les aportan los recursos financieros. Pero si los partidos ganan y acceden al gobierno, lo primero que suelen hacer sus dirigentes políticos es conseguir otras fuentes de financiación. Y, como si todo ese enamoramiento no hubiera sido más que la triste fachada de un matrimonio interesado, intentan independizarse de los gremialistas. Buscan dejarlos de lado y empezar una vida nueva. Se compran ropa de moda, se cambian el apodo y salen a cenar con gente de otro barrio. Pero al poco tiempo se dan cuenta de que las luces de la noche no se comparan al calor de la casa. Entonces, casi de repente, ambos se dan cuenta de que no pueden vivir el uno sin el otro. El fuego del primer amor regresa y vuelven a juntarse, recuerdan los “viejos buenos tiempos” y ven las fotos de gloriosas victorias pasadas. Al día siguiente, arman un frente electoral.

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—Históricamente la política venía a las organizaciones gremiales para aprovecharse de nuestras estructuras. Nos aprovechaban a los compañeros y después… digamos… siempre te daban cariño pero nunca te brindaban su amor – Dice Argüello en su austera oficina de la Federación de Camioneros en la Avenida Caseros. Sobre el escritorio de madera enchapada como el resto de los muebles, solo hay una revista de política provincial y una edición reciente de La Comunidad Organizada, el libro que sintetiza el planteo filosófico del peronismo. La oficina se ve demasiado tranquila para ser la sede de la federación que más conflictos gremiales motorizó en los últimos diez años. Y que en ese lapso triplicó sus afiliados, llegando a un número que varía entre 150.000 y 200.000, según cómo se lo compute y quien lo haga.

—Antes de las últimas elecciones en las que ganó Cristina, el ‘Negro’ me dijo que le diera para adelante con el partido- dice y se le escapa un tono feliz.
En la CGT intuían, encuestas en mano, que sus afiliados iban a votar la continuidad del gobierno y que ellos no tendrían espacio en esa ecuación.
Argüello razona con lógica sindical y confía:

—No puede haber partido sin territorio y Camioneros tiene estructura en todas las provincias.

Si ‘el casado casa quiere’, se sabe que de nada vale el apoyo de toda la familia para comprar el terrenito o para sacar el crédito si lo que está frágil es el amor. Y con el territorio y la estructura no alcanza: los aventureros del nuevo partido deberán ganarse el cariño de la gente, y el cariño, a esta altura, se mide en votos en una elección.

 

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Las carpetas con las fichas de afiliación del nuevo partido llegan a la CGT, suben la escalera de mármol cascado, pasan el registro de los guardias de seguridad, entran por la puerta lateral y son recibidas en el mostrador de madera. Entran una a una hasta que llega la más esperada: la afiliación número 4000, la cantidad mínima que pide la ley electoral para cada distrito. Las de Corrientes y Buenos Aires fueron las primeras. Las de Capital Federal, en cambio, llegaron espaciadas, de a poco, a los tumbos.

Las afiliaciones no fueron el principal obstáculo del nuevo partido que, como todo recién nacido, se enfrenta a la definición de su identidad. El primer problema, lo cuenta el diputado FPV Omar Plaíni, fue que el nombre elegido ya estaba asignado: Partido de la Producción y el Trabajo. Había que buscar otro. Y se buscó. Otra incógnita no menor era quién formaría parte del armado.
Los periodistas que hacen temporada en la costa, aburridos pero por fin al aire libre, lejos de la redacción, llenan sus páginas de política con fotos de diputados jugando un fulbito en la playa, con alguna visita notable a la carpa del balneario que alquila un funcionario, y con los secretos a voces de esas reuniones del PJ bonaerense que siempre llevan títulos conspirativos y poco comprobables. Y también preguntan con insistencia, las patas en la arena, por el verdadero armado de la oposición. ¿Con quién se juntarán Moyano y sus seguidores? ¿Con Scioli, Massa, de Narváez o Lavagna? ¿Con Macri? ¿Será Moyano una alternativa de oposición al modelo K o participará de la interna por su continuidad? ¿Se acercará al gobernador cordobés, José Manuel de la Sota, histórico líder de la Renovación Peronista, corriente interna que militaba por el alejamiento de los sindicalistas de la conducción del peronismo durante los años ochenta?

Recién el 1 de mayo, en la ciudad de Córdoba, se oficializó la adhesión del partido al polo del peronismo opositor.

 

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A las cinco de la tarde del 7 de mayo, dos horas y media antes del acto de lanzamiento del partido, “Yacaré” repite en la puerta del Luna Park el baile hipnótico que ensaya en cada concentración del sindicato. “Yo soy del pueblo”, declara este hombre de 35 años, con su corte mohicano y gafas oscuras. Nacido en Clorinda, Formosa, “Yacaré” empezó a admirar a Hugo Moyano en su trabajo como chofer de camiones de un lavadero industrial. Ahora se contonea a un ritmo indescifrable de bombos y redoblantes. En medio del baile, cuando en el microcentro la temperatura se acerca a los 10 grados, se quita la remera con algo de sensualidad. La besa antes de depositarla con delicadeza en la calle, para seguir desplegando las extrañas habilidades que festejan sus pares en ronda. Poco le importa la sana competencia que le plantea un joven de punta en blanco entre la multitud verde que, a pocos metros, danza estudiadísimos pasos de “break dance”. “Yacaré” ni siquiera lo mira. Sólo después del fin de la batucada está en condiciones de responder que votará al candidato que Hugo le señale.

El diagnóstico del mohicano de Clorinda no es aislado. La inmensa mayoría de la concurrencia al Luna Park promete que elegirá en el cuarto oscuro a quien bendiga su líder. Los camioneros que se preparan para ver a Moyano combinan el gusto por los choripanes y las hamburguesas humeantes con smartphones de última generación. Cortan las botellas de plástico de Coca Cola y las rellenan con fernet Branca y no de otra marca. Sus sueldos deberían ser la envidia del grueso de los oficinistas que los miran extrañados y con algo de temor.

Dentro del Luna, algunos cantan “El que no salta es un traidor” entre otros hits del cancionero sindical opositor. El entusiasmo de la pareja de locutores del acto apenas los distrae, excepto cuando mencionan la palabra mágica: “Moyano”. También cambian los cánticos por insultos y chiflidos cuando se menciona la presencia de los invitados Francisco De Narváez, Diputado Nacional, y del excarapintada, Aldo Rico.

Las segundas líneas del gremio se distribuyen estratégicamente. Omar “Manguera” Pérez, mano derecha de Moyano en varios asuntos y de permanente perfil bajo, se encarga de recibir a los invitados. Walter Anchava, secretario de Seccionales, y Marcos Vivas, como jefe de Organización, operan como correa de distribución entre los VIP de las tres primeras filas del estadio. Monitorea Raúl Altamirano, presidente de la aseguradora Caminos Protegidos y encargado de prensa de la Federación de Camioneros. De la arenga al público -y más relajado- se ocupa Pablo Moyano, en un discreto segundo plano. Es abismal el contraste entre el hijo mayor de Hugo, de equipo de gimnasia y abajo del escenario, y Facundo, de impecable traje sin corbata, con lugar asegurado en la lista de oradores. Los roles que juegan los hermanos son diferentes. Uno es el político; el otro, el gremialista puro.

Cuatro pantallas gigantes a los costados del escenario –más una en la calle para los pocos que eligieron quedarse afuera- y una jirafa mecánica con una cámara que sobrevuela la concurrencia permiten un mejor seguimiento del acto como en los recitales de algún artista internacional. Se proyecta un video bien editado que recopila la vida de Evita para conmemorar un nuevo aniversario de su nacimiento. Y hasta se sube al escenario una cantante, Cristina Casares, para interpretar con un vestido de fiesta la versión en castellano de “No llores por mí, Argentina”.

Además del exministro de Economía Roberto Lavagna, entre los invitados están los peronistas disidentes, diputados De Narváez, Jorge Yoma, Gustavo Ferrari y Claudia Rucci; José “Pepe” Scioli, Ramón Puerta, Jorge Busti, Alberto Iribarne, Carlos Brown, Alfredo Atanasof y el exvicegobernador de Santa Cruz Eduardo Arnold. También, entre los nuevos aliados, figura el presidente de la Federación Agraria, Eduardo Buzzi. Y por fin se mencionan quiénes serán dos de los candidatos provinciales salteños: Juan Carlos Romero, que buscará renovar su banca como senador y de José Ibarra, quien será candidato a diputado.

—Nosotros no somos el peronismo disidente. Somos el peronismo —dice Hugo en un tono exaltado— Los trabajadores fueron peronistas antes de que Perón creara el movimiento peronista, a veces nos sentimos un poco desplazados ya que en la historia los políticos llegaron a apoderarse del justicialismo y desplazaron a los trabajadores.

 

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Dos años y medio atrás, unos minutos antes de las ocho de la mañana del 15 de octubre de 2010 abrieron las puertas para el acto que la CGT organizó en la cancha de River para apoyar al gobierno.

Una columna de militantes del sindicato de curtidores entra por la puerta 13 y corre a ocupar el lugar principal cerca de la tarima de los oradores. Despliegan sus banderas negras con letras celestes. El Monumental todavía está vacío. En unas horas se llenará con 100.000 afiliados sindicales.

—Deseo que alguna vez un trabajador llegue a la Casa de Gobierno —dirá Hugo.

Minutos después, cuando le toque dar su discurso, la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner le replicará:

—A usted que pide un presidente trabajador, le digo que desde los 18 años que esta mujer trabaja. Estudié y trabajé, estuve toda la vida laburando.

En el escenario, sentados y con las manos apoyadas en la gran mesa, Néstor Kirchner, presidente del PJ, y Hugo Moyano cruzarán risas y miradas distendidas.

 

Un año después, el estadio es otro: El Tomás A. Ducó, de Huracán. La situación tampoco es la misma: el ex presidente Kirchner falleció, Cristina fue reelegida hace tres semanas con el 54 % de los votos, y hoy, 15 de diciembre de 2011, Hugo Moyano anuncia su retiro de la coalición de gobierno.

—El PJ es una cáscara vacía, que dejó de tener trascendencia política, un instrumento que el poder político maneja a su antojo, vaciado de peronismo —dirá desde el púlpito.
La carrera por ocupar el centro de un universo que moviliza a grandes grupos a la acción política estaba en marcha. La pelea por mostrar quien posee más pureza de peronismo había comenzado.

 

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José, el mozo de la CGT, gira y ataja con la espalda la puerta que se le cierra. Lleva una bandeja con vasitos calientes de café y unas medialunas de manteca que logra apoyar en la mesa de la sala de reuniones del tercer piso, repleta de gremialistas y asesores. Las sillas negras de respaldo alto imponen solemnidad. De la pared cuelgan cuadros de las Islas Malvinas, fotos de dirigentes abrazados y una bandera Argentina. El debate de la Comisión de Defensa y Relaciones Exteriores es acalorada.

—La política de defensa del gobierno tiene puntos débiles en la incorporación de tecnología militar —dice un asesor de lentes que desparrama carpetas con estadísticas.

—El ala blanda de la política exterior norteamericana se impuso y habrá diez años de paz. —afirma un veterano sindicalista mientras repasa las posibilidades de conflictos bélicos en el mundo y las consecuencias para Argentina.

Uno de ellos se anima y sueña con sacar un libro con estas discusiones, que muestre el trabajo de los “think thank” –así lo dice él- de los sindicatos. Charlas similares se dan en las otras comisiones de las que saldrá la plataforma del nuevo partido.

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Porque pocos lo saben, pero existen manuales sobre cómo hacer partidos políticos. Todos coinciden en algo: una organización sin plataforma no es una organización creíble para la sociedad. En el moyanismo deben intuirlo: por algo lanzaron la Red Nacional de Consultas de la CGT, un programa de gobierno.

—Y para otros que quieran adoptarlo, siempre y cuando trabajen para la unidad nacional, el federalismo, la democracia y un proyecto que vuelva a centrarse en los hombres —dice Chiqui Maldonado, colaborador histórico de la dirigencia cegetista, otro de los que trabajan, todos los días, en este Azopardo 802.

Comparte un mate en la misma sala de reuniones del tercer piso, pero ahora la mesa no tiene una merienda encima sino ocho libros recién editados sobre historia del peronismo. Acaba de comprárselos su hijo, Juampi, que trabaja con él como asesor. El Chiqui tiene de esos ‘prontuarios buenos’ dentro de la lógica del pase de factura sobre el pasado, chicana frecuente tanto en el sindicalismo como en la política. Fue cercano al Padre Carlos Mujica en los setenta y estuvo preso durante la dictadura militar por adherir al peronismo combativo. Hay una foto del velorio de Mujica, publicada en la revista 7 Días de mayo de 1974, en la que se lo reconoce custodiando el ataúd.

 

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En “Azopardo 802” como los medios llaman a ese lugar al que la mayoría de los periodistas no conocen, se hacen los encuentros para charlar sobre el partido. Las letras gigantes “CGT” están en cada uno de los cuatro costados de la torre de este edificio racionalista, donado por la Fundación Eva Perón en 1950. Los mitos y las leyendas, conviven con el movimiento diario de sus empleados.

Se dice que una noche de noviembre de 1955, un grupo de soldados llegó a la puerta de la Central Obrera. Estaban nerviosos, sabían que se jugaban la vida. Rompieron la puerta, subieron con sus ametralladoras por las escaleras, se detuvieron en el pasillo del segundo piso. No se animaron a entrar ni cuando les repitieron la orden. El coronel Carlos Mori Koening fue el único que tras juntar coraje, forzó la cerradura y abrió el ataúd: estaban secuestrando el cadáver de Eva Perón.

La historia real tuvo menos acción y más de trámite que la leyenda. Afirman que ese día no hubo ningún asalto. Antes de retirar el cuerpo, Koening le habría firmado un recibo al interventor militar de la CGT, Alberto Patrón Laplacette. Y se lo llevó sin resistencia porque toda la plana mayor del sindicalismo estaba detenida, el edificio vaciado de sindicalistas y la ciudad con estado de sitio decretado por la dictadura militar.

La habitación en la que empezaron a embalsamar a Evita nunca fue remodelada. Quienes trabajan ahí dicen, en confianza, que aquí Perón se encerraba a llorar. El cuarto mide poco más que 12 metros cuadrados y sobre sus paredes hoy cuelgan hojas de diario amarillas del día de la muerte de la madrina de la organización obrera. Algunas sillas de madera barnizada, un silloncito cuadrado, una mesa ratona. Sobre otra pared hay un cuadro de un marco grueso hasta la exageración, unos 40 centímetros de madera y, sobre ese marco, una bandera argentina y sobre ella otro marco con el retrato clásico de Eva. El Museo testimonial Eva Perón está abierto al público. Como frente al mobiliario no hay ninguna cinta ni línea divisoria que separe la colección del público, ha pasado que algún distraído turista extranjero se siente cómodamente en alguna de las reliquias con forma de silla.

 

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En el tercer piso, detrás de la pesada puerta de madera de la “Biblioteca para Obreros Eva Perón”, se asoma el “Rober”, que no quiere decir su apellido: “porque eso no importa”. Se presenta como un trabajador más que sólo quiere que las cosas salgan bien. Hace un gesto para que entre Hugo. El piso es de parqué, el sol entra por los amplios ventanales y pega sobre los sillones de lectura. No se sabe si es por los nuevos aires del incipiente partido, pero últimamente los muebles cambian de lugar, las carpetas y los libros se acomodan, como en las casas que esperan visitas importantes.

Rober es el coordinador de su equipo de prensa en CGT, el artífice del portalwww.infocamioneros.com.ar y de la cuenta de Twitter del sitio que hoy tiene más de 17.000 seguidores. Rober sigue a Moyano por todo el país, prepara la televisación de los actos y carga y difunde los videos de los encuentros a Youtube. Es fanático de Racing Club en un inframundo de religiosos del Club Atlético Independiente. Manejó un taxi, sacó fotos en eventos sociales, hizo mil y un changas hasta que un día comenzó a trabajar con un hombre que pasó de una seccional sindical local en Mar del Plata a ser el dirigente de los camioneros. Y, luego, el de la CGT. Lo acompañó en tantos viajes que ya perdió la cuenta.

Cada vez que Hugo se va de la oficina, baja con él en el ascensor para acompañarlo y desde luego, también lo recibe cuando llega.

Ahora, Roberto le muestra la nueva ubicación de los anaqueles que exhiben diminutos libros de colores con los convenios colectivos firmados por cada gremio durante el tercer gobierno peronista. Las ediciones se parecen a las artesanales de los sellos de poesía independiente. Hugo, de lentes y con un chaleco de lana, toma algún libro entre sus manos, lo deja en su lugar, y mueve los estantes para comprobar que estén firmes. Son los muebles originales. En una vitrina, pueden verse los libros que donó Eva Perón: poesía anarquista española, derecho laboral y literatura gauchesca.

Hugo se da vuelta, camina tres pasos alejándose de Rober y se acerca a dos militantes de UATRE que están sentados en una mesa de trabajo entrevistando a Verónica, la bibliotecaria. Buscan información sobre la resistencia sindical a la última dictadura para armar un documental. Uno pregunta con el grabador, el otro anota en su cuaderno. Trataron de seguir concentrados pero ante la entrada de Hugo se hizo difícil, y el gremialista parece haberlo detectado. Cuando Hugo está a dos metros se levantan, y él les da la mano con una sonrisa; ellos ponen cara de que ese saludo es mucho más de lo que vinieron a buscar, aunque sólo haya sido un “hola” y no hayan entablado ningún tipo de conversación.

 

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Hoy, 23 de abril, con una dinámica asamblearia, en el auditorio Felipe Vallese de la CGT se está presentando la plataforma del partido.

—Marri marri kom pu che. Les traigo el saludo del pueblo mapuche y la solidaridad con su lucha por la justicia social —dice el orador, Genaro Beroisa, el presidente de la mesa campesina de Quintuco.

Fue invitado por Guillermo Pereyra, líder de los petroleros de la cuenca neuquina, candidato a Senador Nacional por el Movimiento Popular Neuquino y uno de los impulsores de la nueva plataforma. Nunca antes un representante de los pueblos originarios había logrado que el sindicalismo argentino, urbano y mayoritariamente hijo de la inmigración europea incorpore su reclamo. Un comunero de Pino Solanas del público siente que es una imagen impensable para un progresista. Para colmo, el debate es a micrófono abierto y sindicalistas y asistentes pueden intervenir por igual. Para este joven pelilargo de remera y saquito de hilo, el sueño de ser un intelectual orgánico de la clase obrera, de poder conducirla a la revolución socialista, parece palpable. Nadie lo expulsa ni lo persigue como en tiempos pasados. Sin embargo, se mueve incómodo en su silla y no se anima a hacer un planteo. Asiente ante cada uno de los pedidos mapuches y se queda sentado hasta que todos se retiran. Quizá imagina que, él mismo, en unos años, podría estar en el escenario en el que estuvo Juan Domingo Perón, inaugurando este lugar.

 

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Se les dice que son burócratas y corruptos. Que no tienen representatividad. Según la época, a los gremialistas también se los acusa por su supuesta cercanía con los patrones o con los militares. Los ‘agravios’ se reproducen en los medios de comunicación, las cámaras empresarias, los partidos políticos opositores y hasta en boca de otros gremialistas que compiten por ganar la representación colectiva.

Por eso, al encarar la gesta política, tienen que luchar contra los estigmas, cambiar el look, y mostrarse en otros ámbitos. Para contrarrestar la mala imagen, los líderes deben humanizarse. Lo hizo Lorenzo Miguel, cuando siendo el jefe de los metalúrgicos contaba sus destrezas futbolísticas gambeteando rivales en el barrio de Lugano. También Raimundo Ongaro, que en tiempos de dirigir a los gráficos bonaerenses narraba su infancia tamizada por la educación religiosa. Hugo vive hablando de su madre, Celina, una jubilada evangelista de 95 años que como cualquier otra jubilada debe sortear el desafío de llegar a fin de mes. Cuando Hugo era chico, le preguntó a Celina quienes eran los comunistas de la otra cuadra de su casa. Ella le dijo: “No sé, pero no pueden ser buenos, hijo: no creen en Dios”.

 

Jorge Mancini es conciente de las operaciones que deben hacerse para pasar con éxito de lo gremial a lo político y da charlas sobre el tema pero no recurre a ejemplos concretos. Lo de él es más conceptual. Fue Secretario General de los trabajadores del CEAMSE hasta que, en 2009, se sometió a la voluntad popular y obtuvo una banca en la legislatura bonaerense por el FPV. Más tarde, se separó de ese bloque, y creó el de Lealtad Peronista. Facundo Moyano tuvo una estrategia diferente y se mantuvo en la bancada FPV-PJ del Congreso.

En una charla de adoctrinamiento, Mancini enfatiza:

— Hay que transformar nuestra historia gremial en una histórica política.

Todo muy lindo, pensarán los presentes pero ¿cómo se hace?

— Ligando nuestras conquistas gremiales con hechos más grandes. Tenemos que mostrar que no solo podemos representar a nuestro grupo, sino a todos.

En 2008 el CONICET y las universidades nacionales publicaron la encuesta sobre creencias de los argentinos. Los sindicatos tienen sólo el treinta por ciento de confianza de la ciudadanía, superados negativamente por los partidos políticos, con veintisiete por ciento. Entonces, ¿cómo sobreponerse a la mala fama sindical y a la baja imagen de los partidos políticos tradicionales para ganar elecciones?

 

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Doscientos ochenta y seis días sin accidentes, dice con orgullo el cartel de bienvenida al área de YPF, Chihuido, en Rincón de los Sauces. Las calcomanías adheridas a un tanque de combustible exigen: “usar casco, gafas, calzado y guantes de seguridad, no perturbar a la fauna y no extraer leña”. También piden “cuidar el medio ambiente. El día del paro de 2012 el guía, un operario, cuenta que desde que la empresa fue estatizada, los empleados pintaron las relucientes banderas argentinas que se ven sobre los gigantes reservorios de crudo.

Quienes se movilizan el 20 de noviembre por el centro de la Capital Federal dirán que pagan Ganancias y que eso es injusto, que es un impuesto al trabajo. Que las asignaciones familiares deben ser ampliadas a los trabajadores que no están regularizados. Que los obreros deben participar en los beneficios de las empresas, “tal como reza la Constitución Nacional”.

En el aeropuerto de Neuquén, Darío Maestra, miembro de la Juventud Sindical y del Sindicato de Petroleros Privados, hace la fila del check in. Está por viajar a Buenos Aires para acompañar a Facundo a un programa de Todo Noticias. Antes de embarcar, Maestra dice, indignado:

—No sé como en Buenos Aires no pueden entenderlo. Pasamos días sin ver a nuestras familias, trabajando en horarios interminables, con un gran esfuerzo físico y nos retienen un cuarto del sueldo como si fuéramos empresarios.

Esa misma noche, en el estudio de televisión los periodistas parecen alegres y nerviosos a la vez. Los análisis de audiencia les dicen que la ruptura entre el moyanismo y el gobierno es interpretada de diferentes formas.

Los camioneros que seguirían a Moyano hasta el fin del mundo se preparan para lo que venga cueste lo que cueste. La izquierda que siempre buscó marchar junto a un sector del movimiento obrero se ilusiona con la posibilidad de pintar de rojo los bombos verdes del camionero. Los Duros del Kirchnerismo consideran a Moyano un traidor que saltó la cerca, anunció paros en TN y busca unir al -en términos electorales- diezmado peronismo federal. Algunos Peronistas Kirchneristas lo ven como una posibilidad de balancear el poder interno en la coalición gubernamental de la que se sienten relegados. Los Viejos Liberales lo viven como un nuevo round. Temen que, una vez más, se cumpla aquella tautología que afirma que “cuando los peronistas se pelean, se están reproduciendo”.


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