Ganar la calle, recuperar un sentido de pertenencia, hacer catarsis y empezar la reconstrucción. La fiesta de asunción de Alberto Fernández mezcló a históricos del rock como Litto Nebbia, la cumbia de Mala fama y la tropi-disidencia de Sudor Marika. Entre el jolgorio y la esperanza de miles de cuerpos expectantes, Mariano del Mazo narra lo que se vivió en los márgenes de la plaza.



El chorro de sudor cae sobre el cuello joven y parece completar la boa que tiene tatuada con el mensaje “Se van”.  El instante –piel y transpiración, pétalo de sal diría Fito Páez- no puede estar más en sintonía con lo que se escucha: un cuarteto de ¡Sudor Marika! El combo ya cumplió su misión política y ahora que aquel himno de “Macri ya fue/ Vidal ya fue/ si vos querés Larreta también” se escucha históricamente anacrónico queda al desnudo la ausencia de un criterio artístico. Pero, ¿importa la música aquí, bajo baldazos de fuego y ante la esperanza de un nuevo volantazo de la historia?

 

La chica del tatoo se bambolea sola y apenas interrumpe la danza cuando se encuentra con una amiga: el abrazo es potente, si la imagen estuviera en slow motion se verían las gotas de sudor saltando de los cuerpos e incluso pequeños prismas proyectando arco iris. Pero no: rápidamente se abrazan, ríen y se besan. Es una postal furtiva. El machaqueo tropi-disidente de Sudor Marika es sopor. Se escucha mal, no se entiende nada pero se intuye todo y tiene el efecto de un orondo, viejo y querido escupitajo punk.

 

La más maravillosa música

 

El escenario no tiene efectos de humo pero sí la irresistible bruma originada en centenares de parrillas que definen una sensación térmica de 40, 45, 50 grados. Andá a saber. El calentamiento es global. La fiesta arranca y algunos preguntan si es cierto que va a tocar el Indio, si es cierto que va cerrar La Renga, si Charly está llegando en una limusina. Es curioso: la performance musical de los primeros segundos del primer presidente rockero de la historia argentina larga con experiencias fraguadas en las reivindicaciones de género y en la estética queer, con más links con la electrónica y el trap que con el rock.

 

—Eh, ¿por qué no está programada Miss Bolivia? —cuestiona una morocha de La Cámpora de La Plata. Nadie responde, y tal vez a nadie le importe.  

 

Es difícil llegar a una conclusión en estas ceremonias de catarsis social, más cercanas a los rituales de carnaval que a la configuración de una banda de sonido posible de una época. A ver: ¿a qué sonaba Salvador Allende en Chile? A Jara, a Violeta, a Inti Illimani, a Quilapayún ¿A qué el peronismo del 45 al 55? A las gloriosas orquestas típicas, a las voces entonadas de Alberto Castillo y Antonio Tormo. ¿A qué sonaron los períodos de Néstor y Cristina? ¿A Copani o a Silvio Rodríguez? ¿A Las pastillas del Abuelo o a Luis Alberto Spinetta?

 

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¿Y ahora qué pasa, eh? Alberto Fernández es el primer presidente con soberbios conocimientos de rock –de la rama de la izquierda yanqui, la de Bob Dylan y Joan Báez, que derivó en él en una impronta cancionera, pop y totalmente beatle–. Su gobierno será el primero en contemplar la revolución de géneros y ahí asoman algunas referentes, que se confunden con grupos de cumbia como Mala fama. Más avanzada la tarde, asoman algunas de los artistas más afines al presi como David Lebón o Litto Nebbia. Es entonces que una amiga, también de La Plata, me tira una sentencia que me deja la cabeza turulata: “El rock es machirulo. Y está bien: si no es machirulo no es rock”. ¿Y la famosa “deconstrucción”? La metamorfosis está en período de crisálida. Lo demás es cuestión de gustos: si Bersuit o Estelares, si Fena o Conociendo Rusia, si Eruca Sativa o la bossa ‘n rock de El Kuelgue, si Ella es tan cargosa o Super Ratones. O de sutil humor, como Juanse cantando El rock del gato. ¿No es fino?

 

Hay algo de déja vu: Iván Noble traccionando con Avanti morocha, Lito Vitale encabezando el Himno Nacional, las quejas de los tangueros y los folkloristas que apenas estuvieron representados (grageas: Adriana Varela, Bruno Arias, Arbolito…) Otra vez, no pasa nada: la música es aquello que ocurre mientras se toma fernet o cerveza y se descansa del averno debajo de algún árbol añoso o en las escalinatas del Colegio Nacional de Buenos Aires. ¿Qué diría Leonardo Favio de la fiesta? ¿Dónde ubicaría la lente?

 

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Lo más interesante, como siempre, ocurre por debajo o en los márgenes. Un grupo de chicas y chicos en llamas -pañuelos verdes por doquier, pelos pintados, miradas profundas, abismales, invencibles- cantan “Presidenta…Alberto Presidenta, Alberto Presidenta”. Otros claman por Charly García. Un globo rojinegro del Partido Intransigente brilla en el cielo como si fuera una batiseñal del Bisonte Alende desde el más allá. Hay jolgorio, cansancio, sexo en estado de latencia. Aparecen tanques de agua que refrescan al gentío y proliferan las siestitas nacionales y populares por doquier. Se escuchan cantos nuevos: “Con las rejas de Larreta/ vamo’ a hacer una parrilla/ para cocinar los chori/ para el pueblo peronista”. Escucho un cover del mismo tema: “Con las rejas de Larreta / vamo’a hacer una parrilla/ para poner en el fuego / a Don Gato y su pandilla”.

 

Mala Fama toca su cumbia mala cuando hay un entrevero (“nunca falta un entrevero cuando un pobre se divierte”, bate el tango). El cantante lanza un graznido: “Separen a esas ratas que se están peleando”. Le hacen caso. Un pibe pregunta si es verdad que Alberto Fernández va a tocar con Litto Nebbia. Le digo que sí, simplemente porque no quiero tirarle mala onda. Cuando sube Litto, me doy cuenta por qué es imposible no amarlo: es ni más menos que Stevie Wonder –teclado, gafas negras- tocando “Solo se trata de vivir”.

 

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Camino entre los cuerpos pidiendo permiso y pienso en Alfonsín y Jairo y en el “Todavía cantamos” de Víctor Heredia o el “Como la cigarra” en la voz de Mercedes; en Menem y los boleros de Luis Miguel y el tropi sonando en Punta del Este; en Shakira y los De la Rúa, en Lopérfido… Creo que debo protegerme del sol… ¿estaré delirando? Pienso también en que la música popular es más funcional en democracia que en dictadura. Al fin y al cabo, ¿quién merece estar en una plaza nacional y popular? Y más: ¿quién merece estar en una plaza nacional y popular de un Frente que enfrenta a una crisis terminal y que contempla o contiene –creo yo que inevitablemente- a un espectro ideológico que va de Jorge Manzur a Sabina Frederic?

 

Hace un par de meses leí un gran libro: El año de Artaud. Rock y política en 1973, de Sergio Pujol. Pujol narra de manera minuciosa los entretelones del Festival del Triunfo Peronista, realizado en marzo de ese año en la cancha de Argentinos Juniors para celebrar el triunfo rotundo de la fórmula del Frejuli, Cámpora-Solano Lima. Actuaron desde Billy Bond y La Pesada hasta Vivencia, desde Sui Generis hasta La Banda del Oeste. No fue una masacre –había varios sectores pesados en pugna- porque una lluvia oportuna hizo suspender el festival. Pero no era sencillo amalgamar tanta propuesta artística a una propuesta política. Ahora la idea es otra: ganar la calle por fuera de un estadio, recuperar un sentido de pertenencia y marcar territorios, poner cada ladrillo en su lugar en la reconstrucción con la parsimonia de un Pink de Roger Waters. 

 

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Chicas y chicas del Pellegrini se mezclan con militantes de mil batallas de los arrabales. Se cruzan sin tocarse. La tarde se hace larga. David Lebón canta junto a Conociendo Rusia, como un abuelito zen: “Quiero despertarme en un mundo agradable”. La aspiración de Lebón es módica y de igual modo se escucha como una utopía. Sentado al cordón de la vereda, un veterano de los ’70 que tiene un fugaz parecido a El Sabalero –melena, bigotes, una mirada melancólica-, le dice a su compañera:

 

—Esto recién empieza.

 

Atardece y la Casa Rosada se tiñe de naranja. Son las siete y media. La imagen es hermosa.

 

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