Kamala Harris lanzó su candidatura a vicepresidenta de Estados Unidos el día del cumpleaños de Martin Luther King. Su agenda contempla políticas que dialogan con demandas del feminismo y las disidencias, de las comunidades afros y latinas. Mira a la clase media devaluada que votó a Trump tanto como a la que ama a Bernie Sanders. Algunos sectores demócratas no la apoyan pero la necesitan para ganar porque les preocupa la edad de Biden. Ya en carrera a la Casa Blanca, Kamala se quedó sin plata y tuvo que renunciar a su ambición. Pero volvió. Algo se mueve en la política estadounidense.



Fotos: Gage Skidmore (Flickr) y prensa.

 

 

 

1.

 

Donald Trump va por todo el oxígeno. El necesario para respirar y mostrarse siempre viril, el aire que también necesitan los candidatos y candidatas opositores para sostener una campaña electoral que finalizará el 3 de noviembre. El Partido Demócrata ha aprendido de la derrota anterior y ha pensado en un binomio presidencial competitivo. Si bien las encuestas parecen beneficiar al demócrata Joe Biden -ex vicepresidente de Obama- y a su compañera Kamala Harris, en este tiempo no están exentos sobresaltos y variaciones. Todo puede pasar o esa es la propuesta que el actual presidente desea presentar. Un Trump con covid abandona la internación en el hospital militar Walter Reed. Se traslada a la Casa Blanca donde convoca a no dejarse dominar por el virus y se muestra como la “prueba viviente” de que todo se puede. La disputa está abierta. El “guerrero” busca posicionarse frente al parsimonioso Biden. Hace su aparición en el balcón sin mascarilla, intenta reorganizar el debate electoral. Pero el experimentado Joe Biden no está solo. Lo acompaña una candidata con “peso” discursivo y representativo: Kamala Harris. La más joven -tiene 55 años- entre hombres mayores y blancos que disputan el poder de la Casa Blanca. Podría convertirse en la primera mujer afro que accede a la Vicepresidencia de los Estados Unidos. Es la quinta mujer que intentará llegar a la Casa Blanca (Shirley Chisholm, Geraldine Ferraro, Sarah Palin, Hillary Clinton) y la segunda afrodescendiente en hacerlo. La primera fue Shirley Chisholm (llegó al Parlamento en 1968, se postuló a la presidencia en 1972). Gran lectora de los debates sociales de su época y de la apertura del Partido Demócrata, Kamala Harris se convirtió en un símbolo para los activistas de los derechos civiles y las mujeres. Inauguró el camino de muchas y el de ella misma, como reconoce. “Me paro como muchos de nosotros sobre sus hombros”, comentó en una entrevista en febrero de 2019.

 

 

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2.

 

Cuando Kamala Harris nació, en 1964, al Congreso de los Estados Unidos llegaba Patsy Mink, la primera asiática-estadounidense en acceder a la Cámara de Representantes. Cuando cumplió 4, Shirley Chisholm se convertía en la primera mujer afro en lograr un escaño en esa misma Cámara. 

 

La madre de Kamala nació en India y su padre es afrodescendente de origen jamaiquino. Ambos universitarios y con trayectorias biográficas que colocaron a su familia entre los migrantes con mayores posibilidades de ascenso social. Donald Harris fue catedrático en economía en la Universidad de Stanford. Shyamala Gopalan, científica investigadora en cáncer de mamas. Trabajó en las Universidades de Berkeley, Illinois, Wisconsin y Mc Grill, entre otras instituciones, y su curiosidad generó grandes avances para descifrar las hormonas vinculadas a esa enfermedad. Donald y Shymala se conocieron en 1962 en una reunión de la Asociación Afroamericana en Berkeley, un espacio relevante en el desarrollo de su militancia política. Más allá de su origen indio, Gopalan se vinculó a los espacios afroamericanos y esta opción fue relevante para sus hijas. 

 

Kamala, “Co mala” significa flor de loto, esa planta sagrada que tiene la capacidad de sobrevivir en entornos difíciles, como las zonas pantanosas, su adolescencia en Montreal o… los ataques de Trump. 

 

A los 12 sus padres se divorciaron. Kamala, su hermana y su madre se mudaron a Canadá. Fue a la secundaria de Westmount High School, en un distrito de barrios ricos y migrantes afroamericanos, caribeños y chinos. Ahí estaba Little Burgundy –conocido como el Harlem del Norte-, lleno de iglesias, centros comunitarios y clubes de jazz. En esos años, Kamala se identificaba como afroamericana y participaba de sus espacios de socialización. Canadá, que promovía una fuerte política multicultural, atravesaba tensiones más potentes como las iniciadas por el nacionalismo e independentismo quebequés.

 

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En la comunidad negra, Kamala afianzó sus lazos con la religión bautista y con la música disco. Le gustaba bailar Diana Ross y Michael Jackson.   

 

Al terminar la secundaria regresó a Estados Unidos y se anotó en una universidad históricamente negra, la Universidad de Howard, Washington DC. Participó de una hermandad de mujeres de letras griegas AKA (Alpha Kappa Alpha), fundada en 1908, que en los años 60 operó como centro federal de capacitación laboral, apoyó la lucha de los movimientos de derechos civiles y publicó la biografía de las principales mujeres afroamericanas. AKA colaboró financieramente con Martin Luther King. Desde los años 90 donó dinero a África y en 2005 colaboró con la reconstrucción después del huracán Katrina. La tarea de esta organización fue reivindicada en los 2000 en el Congreso por Hillary Clinton y Sheila Jakson-Lee. 

 

Kamala se graduó en ciencia política y economía en Howard. En 1989 regresó a California y obtuvo su Juris Doctor en la Universidad de esa ciudad. Durante su paso por AKA y las universidades, comienza a construir vínculos con redes comunitarias negras y con las instituciones de la justicia. Un territorio que le abrirá un lugar en la competencia electoral judicial y partidaria.

 

3.

 

La justicia fue su gran trampolín. Es un territorio donde sociedad civil y Estado se acercan. Se desempeñó como fiscala de distrito de San Francisco (2004-2011) y fiscala general de California (2011-2017). Como candidata a la Fiscalía General obtuvo el apoyo de la presidenta demócrata de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi, de senadores por California y del Alcalde Los Ángeles. Fue la primera mujer del Estado en ocupar este puesto.

 

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En 2012 pronunció un discurso que le otorgó visibilidad en el Partido y en la sociedad norteamericana. Eran tiempos de la reelección de Obama y no perdió la oportunidad de enfrentarse a él. Ella fue construyendo un perfil de gran y aguda polemista. Interviene en temas penales y participa en debates sobre el alcance de la política criminal y en el dilema entre fiscales duros y blandos. 

 

Su lanzamiento como candidata a Senadora fue en el 2016. La apoyan Obama y Biden y sus posiciones van ampliando su carácter progresista. La aparición de Bernie Sanders y su derrota con Trump dejan  planteadas demandas y expectativas que dan cuenta de la ampliación del espectro demócrata hacia la izquierda. Kamala Harris es una gran lectora y protagonista de lo que implica Sanders en la dinámica norteamericana y en el espacio demócrata. El senador por Vermont había incorporado una agenda de temas, que si bien eran revulsivos para la propia Hillary y otros dirigentes del establishment demócrata, reactualizaba una tradición socialista que habitaba en la historia demócratas, donde el Estado, la ayuda a los más vulnerables y el limite a los ricos y al capitalismo financiero adquieren prevalencia en una sociedad donde la clase media, desde los años 60, está en progresivo declive y donde las expresiones de racismo y discriminación van en aumento.

 

Como senadora apoyó el Medicare for All, la legalización de la marihuana recreativa, la reducción de impuestos a la clase media y obrera y el aumento para los ricos. Se opuso a la política migratoria de Trump. Reivindicó el derecho al aborto. Exigió atender los problemas de fondo de Puerto Rico. Participó del Comité de Inteligencia donde tuvo un  importante protagonismo. En junio de 2017 se destacó por sus preguntas y su pedido de renuncia al Fiscal General de los Estados Unidos, Jeff Sessions, quien testificó sobre la presunta interferencia rusa en las elecciones presidenciales de 2016

 

Dos años después de su elección como senadora, el 21 de enero de 2019 anunció que pelearía por la presidencia de los Estados Unidos. Lanzó su candidatura en el aniversario de nacimiento de Martin Luther King e hizo homenaje a la primera mujer del Partido Demócrata, Shirley Chisholm.

 

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Durante la campaña acentuó los aspectos progresistas de una reforma del sistema penal. Inclusive superó sus miradas anteriores como Fiscala General. La presencia de Sanders, del movimiento de los derechos civiles y de las mujeres permitió nuevas agendas de debates. Durante la campaña intentó disputar el espacio de Sanders y representar a ese movimiento negro que iba ganando espacios, visibilidad y adhesión. Como candidata presidencial se quedó sin dinero y debió renunciar a su postulación. Se retiró pero volvió. 

 

4.

 

El 11 de agosto de 2020 Biden ya había sido elegido como candidato a la presidencia. Entonces realiza una movida innovadora y pragmática, la jugada necesaria para recuperar la Casa Blanca. El dirigente del establishment demócrata mueve el tablero. 

 

Bernie Sanders deja la carrera presidencial. Su lugar “ideológico” debía ser reubicado y no clausurado, como lo había hecho Hillary Clinton. En su discurso de aceptación como candidata a Harris indicó en la Convención Nacional Demócrata que “no hay vacuna contra el racismo” y que la sociedad debe combatirlo. El racismo, la debacle económica y la relativización de los efectos de la pandemia por parte de la Administración Trump provocaron un llamado a recuperar la sensibilidad por el otro. Kamala Harris presentaba una narración ético religiosa (bautista) sobre ese tema y una mirada sobre la salida confrontativa que propuso Trump. Dos dimensiones discursivas organizadoras de la intervención de la candidata. Biden es el presidente que debe reunir a todos y no el presidente excluyente y confrontativo.

 

Hacer de Estados Unidos una “comunidad de amor” e integrada se separa de cualquier idea de grandeza en abstracto. “Los mejores días están por venir”, reza el eslogan del Partido Demócrata. Entre un futuro mejor y el cuidado por los otros “gira” la campaña electoral que propone Harris.

 

La pandemia ha cruzado dos realidades complejas, la asimetría económica entre grupos sociales y el racismo. Cuestión que Kamala Harris no deja de remarcar en la Convención: “Somos una nación que está en duelo”, “Negros, latinos e indígenas están sufriendo y muriendo de forma desproporcionada”, “Esto no es una coincidencia. Es efecto del racismo estructural.”

 

Habla a su electorado pero también a republicanos que rechazan a los discursos racistas de Trump y su desidia frente a la pandemia. “Este virus no tiene ojos, pero sabe cómo nos vemos y cómo nos tratamos. Seamos claros: no hay vacuna contra el racismo. Tenemos que hacer el trabajo. Por George Floyd. Por Breonna Taylor. Por las vidas de muchos otros nombres que quedan por pronunciar. Por nuestros hijos. Por todos nosotros.”

 

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La presencia y fortaleza de Kamala Harris debe ser destacada en un hecho político no menor: las primeras que se enfrentaron a Trump son las mujeres del Partido Demócrata, son las mujeres las que interpelan y se movilizan hacia este partido y es el movimiento LGTBIQ+ que logra potenciar sus diversidades y disidencias en clave partidaria y política. Nancy Pelosi, Alexandrina Ocasio-Cortez, Lori Ligthfoot, primera alcaldesa negra y lesbiana de Chicago; Jared Polis, gobernador homosexual de Colorado; Pete Buttigieg, alcalde gay de South Bend (Indiana); Christine Hallquist, candidata a gobernadora transgenero por Vermonth y otras dirigentes. En 2019 una encuesta de NBC News indicaba que el 68% estaba entusiasmado o cómodo con el colectivo LGTBQ. 

 

Al día siguiente de la asunción de Trump, un video con dichos misóginos que se viralizó provocó la multitudinaria Marcha de las Mujeres. Luego, por los abusos sexuales de un productor de cine y por la confirmación de un juez al Tribunal Supremo también acusado del mismo delito, irrumpe el Movimiento Me Too. Esta ola feminista desató un gran entusiasmo a sus activistas a participar en cargos representativos.

 

La incorporación de Kamala Harris no solo busca dialogar con la ola feminista y con esos universos de disidencias y reivindicaciones sexuales e individuales sino con políticas destinadas a incrementar el salario mínimo, robustecer la seguridad social y otorgar una mayor protección para la compra de vivienda. Volver a traer a la clase media empobrecida que votó por Trump, al universo millenials, a la clase media urbana que apoyó a Sanders y a las comunidades negra y latina.

 

Algunos sectores demócratas no apoyan a Harris pero la necesitan para ganar. Ella está vinculada a un importante movimiento en las redes sociales #khive (colmena de kolmena, comunidad de kamala) y se conecta con Black Live Matter. A esos sectores les preocupa la edad de Biden y una posible sucesión por parte de la vicepresidenta. Harris es una mujer para ganar y eso no está en dudas.

 

6.

 

Joe Biden y su estrategia electoral permiten sumar a Kamala Harris. El cálculo es eficiente. Logra el apoyo de los grandes contribuyentes a la campaña. Pero no solo es cálculo. Algo se mueve en el Partido Demócrata y en la política norteamericana. La ola feminista y el colectivo LGTBQ han provocado una irrupción muy potente en el escenario urbano. Como también lo ha hecho el movimiento negro, republicanos anti Trump, latinos, latinas y una clase media dispuesta a apoyar a los demócratas frente a la confrontación que propone Trump.

 

Kamala Harris integra un equipo donde es difícil que Joe Biden, si triunfa, vaya por la reelección. Esto la coloca en un lugar interesante para pelear por la presidencia en un futuro. Entre Joe Biden (un blanco de Delaware) y ella se combinan experiencia, juventud, innovación, conservación y cálculo. Buscan expresar una fórmula multirracial. Harris convoca a apoyar a “un presidente que nos unirá a todos -negros, blancos, latinos, asiáticos, indígenas- para lograr el futuro que queremos colectivamente. Debemos elegir a Joe Biden”.

 

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Biden tiene y aporta lo suyo. Hoy podría captar otro sector que constituía un votante fuerte de Trump: los blancos mayores de 65 años que hoy se oponen al presidente. Biden vuelve a la fórmula de Clinton: lograr que algunos sectores conservadores voten por él. 

 

7.

 

Kamala Harris está ante su gran debate. Se enfrentará con Mike Pence, un dirigente conservador experimentado que sabe manejar los tiempos. Es posible que haga jugar su historia personal como parte de ese esfuerzo migrante y multicultural que se produjo en Estados Unidos. Una promesa de un new american style garantizado por una diversidad de razas y trayectorias en un contexto de límite de la confrontación y de la puesta en duda de derechos. Ella, al igual de como indicaba Shirley Chisholm, no se presenta como la candidata del movimiento negro, ni tampoco de la mujeres, aunque sea negra y mujer, sino candidata del pueblo de los Estados Unidos. Su participación no es solo la representación de una minoría racial sino de los cambios que se han activado con la llegada de Trump alpoder y de su gestión de la pandemia. Ella puede dotar a Biden de frescura e innovación como de nuevas demandas sociales y de una narrativa de la unidad considerando el padecimiento de diversos grupos sociales.


Kamala Harris está ahí, como la flor de loto, puede meterse y salir del pantano. Puede resistir, y tal vez, vencer.


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