Rosario Quispe sabe que la batalla de la identidad sólo se conquista con armas pesadas. Formar sus propios abogados, contadores, administradores es la única manera de impedir otros quinientos años de pisoteo. En 2017 la Puna argentina tendrá los primeros profesionales kollas, graduados en la Warmi Huaysi Yachana de Abrapampa.



En la puna el sol brilla sin pausa de la mañana al atardecer. Pero este día de otoño enormes macizos de nubes suavizan el cielo desde temprano. Cuelgan por encima de las hileras de globos celestes y blancos en un patio de fiesta. Confirman lo que flota en cada partícula de polvo: es una jornada excepcional en el altiplano. La noche anterior nadie ha podido dormir bien. Y no es por la falta de oxígeno en el aire que se percibe en este desierto a 3500 metros de altura.

 

A sus 68 años, Gertrudis, tejedora y alquimista de pócimas a base de hierbas norteñas, se puso la mejor ropa para ir a la ceremonia. Trenzó su pelo canoso, se calzó el sombrero, cargó la bolsa ecológica del supermercado barato y salió de su casa de adobe al amanecer, cuando los cerros jujeños —que cambian de tono a cada hora— son todavía rosas y pálidos. Por el camino repasó las coplas que guarda en su memoria. Canturreó las que ella, que sólo lee y escribe su nombre,  entonaría más tarde en la inauguración de la primera universidad de la puna.

 

Desde Cangrejillos vengo,

tomando licor de albahaca,

lo que canto en Abra Pampa,

me han de escuchar en La Quiaca.

 

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En los pueblos más alejados, los que quedan a cinco horas de viaje, los hombres y las mujeres de ojos negros se habían subido de madrugada a las chatas, con abuelitos y guagas a cuestas. La fe de quien va a una ceremonia religiosa, aún cuando muchos de los hijos quedaron sin cupo para ser los estudiantes pioneros. En Abra Pampa, a las cuatro de la mañana, el sonido de las herramientas todavía cortaba el aire helado. Dieciséis albañiles casi no pegaron un ojo esa noche para colocar el piso y terminar de pintar el salón donde veinticinco jóvenes de 18 a 30 años de las comunidades aborígenes serán los primeros egresados. El edificio de 30 metros de largo y 10 de ancho que cobijará cuatro carreras en alianza con la universidad Siglo 21 fue construido en dos semanas, a orillas de la ruta 9 que va a La Quiaca, en el predio de la organización Warmi Sayajunq; en  quichua: mujeres perseverantes. En criollo: las semillas de una revolución económica, social y cultural que es el motor de la Warmi Huaysi Yachana. O la Casa de Aprendizaje Warmi, mentada por esa organización. Gertrudis es una de las tres mil socias que sostienen la red en 85 comunidades del altiplano.  Las que están sembrando en esta estepa de más de treinta mil habitantes, la siberia argentina, el árbol más desafiante: la universidad kolla. Con las raíces ancladas al terruño, por sus ramas correrá la savia del conocimiento. Sus frutos, algún día, derramarán su jugo sobre esta tierra viva, aunque el sol la seque y el frío la endurezca en la oscuridad.

 

Hoy se cortará una cinta y los descendientes del segundo pueblo indígena más numeroso de la Argentina empezarán a cursar cuatro carreras. Al pie de los cerros minerales, entre pantallas, computadoras y antenas satelitales, con modalidad mixta: presencial y virtual. La oferta académica se votó en asamblea, con el cruce consensuado de dos variables. En otras latitudes podrían pasar varias vidas sin cruzarse: las necesidades de la comunidad puneña y los deseos de los estudiantes definieron las cuatro carreras de grado. Administración de Empresas, Ciencias Agrarias, Derecho y Contador Público. También habrá tecnicaturas más cortas. Para llegar a este día, personas  y esfuerzos de todos los tamaños se enhebraron a la trama Warmi.

 

Cuatro jóvenes que tuvieron otras oportunidades: el actor Facundo Arana, las cantantes y hermanas Soledad y Natalia Pastorutti; el abogado Manuel Lozano, que hasta mayo fue líder de la Red Solidaria. Una universidad privada, la Siglo 21, creada en 1995, con sede en Córdoba y centros de aprendizaje en todo el país. Sponsors (Telecom, BGH y sigue la lista), organismos públicos, amigos, organizaciones, redes. Rosario Andrada de Quispe, la líder de la Warmi, no les pidió permiso. Pero los tuvo que convencer.

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El gran día

 

En dos horas llegan autoridades provinciales y municipales, el intendente, el ministro de Educación de Jujuy, empresarios, funcionarios y amigos famosos. El salón huele a pintura fresca. Falta barrer, colgar, lustrar. Rosario habla por su celular desvencijado con una radio, mientras con la punta de los dedos libres despega cintas de embalaje los escritorios. Apenas corta, le pregunta a un muchacho, con ese tono suyo, angelical, firme y jocoso. 

 

—¡Papito! ¿Qué hacés que no estás pasando Blem?

 

—No lo encontré.

 

—¡Andá a comprar! No esperes que alguien haga. ¡Haceé!— ordena esa voz que sube y baja los cerros con su cantito y remata una carcajada.

 

A su lado alguien intenta colgar una Wiphala, la bandera con los siete colores del arco iris y cuarenta y nueve franjas iguales, emblema de la diversidad de los pueblos andinos.

 

—¡No!— advierte Rosario —Ahí va la bandera argentina. ¿Qué más falta? ¿qué más?.

 

—La parrilla para el asado. ¿Dónde ponemos el agua bendita?— dice Margarita, una de las fundadoras de la Warmi acarreando una ventana.

 

El ancho patio de tierra entre el edificio central de la organización —levantado con las manos de Rosario, Margarita y otras mujeres que hicieron el adobe— y el nuevo de la universidad, se va llenando. Llegan en bicicleta, a pie, en moto y en camionetas. 

 

—¡Felicitaciones ña Yosario!— saluda un vecino.

 

—¡Gracias por venir! Ojalá sirva para sus nietos.

 

Cuando empiezan a retirar baldes y escobillones, Rosario se dirige con dulzura a una de las mujeres atareadas:

 

—Andá mamita. ¿No tenés una blusa blanca, una linda pollera? Andá y ponete lindá. ¡Volá!. Ella también se esfuma. En un rato, los “socios” más esperados bajarán de la camioneta y todas las manos apuntarán al cielo con sus celulares.

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Facundo Arana recorría la ruta 40 en moto para un documental de la campaña “donar sangre, salva vidas”. Paró en Abra Pampa, conoció a las Warmis. Fue escucharlas y ponerse a disposición. Soledad Pastorutti estaba demorada en un aeropuerto, leyendo una revista las conoció. En 2007, se cruzó con Rosario en el Ministerio de Salud, donde ambas fueron premiadas. Al recibir la distinción, Rosario fue al grano: gracias por el premio, pero en Abra Pampa necesitaban una ambulancia. Mucho después, Soledad conversa con Manuel Lozano, de la Red Solidaria.

 

—¿Conocés a Rosario Quispe? —le pregunta la Sole—. Está necesitando una ambulancia. Hay que hacer algo.

 

Manuel es un abogado de 26 años y rastas que lo confunden con un músico o, cuando habla con vehemencia, con un fan de los gurúes respiradores. Lo suyo es otra conexión: encontrar al que necesita y al que puede ayudar. Ambulancia equipada nueva: 175 mil pesos. La Sole, que tiene una fundación, propuso un recital para juntarlos. Un anciano sin herederos se les adelantó. Llamó a la Red Solidaria para una donación en vida. Papeles y trámites de los que Natalia Pastorutti, que además de cantar es abogada y escribana, se ocupó. En agosto de 2011 el vehículo salió de una concesionaria de Pilar con Manuel y un compañero al volante. Cuando llegó a Abra Pampa, las mujeres largaron la asamblea, rodearon la ambulancia, la rociaron con vino, papel picado y serpentinas, en agradecimiento a la Pachamama. Ese día, Manuel, escribió: “No puedo escuchar, mirar y participar sin emocionarme. No puedo dejar de pensar en que éste será el comienzo de un gran trabajo que haremos con la Warmi”. Palabras de su reciente libro Te invito a creer, cuya venta el autor destina a esta organización kolla. Porque hubo más viajes, reuniones, asados, corpachadas y ceremonias a las que se se sumó un elenco estable: el Facu, la Sole, la Nati y Manu, un actor central. El deseo de Rosario era el eje de cada encuentro: ¿cómo abrir una universidad en la Puna?.

 

—Llevemos a los pibes a estudiar a Córdoba.

 

—Les pagamos todo: viaje, estudios, comida.

 

—Los ponemos en una casa y los traemos abogados, médicos, lo que quieras.

 

—No— insistía Rosario—. No es la idea. Se tienen que formar en la puna,  sin dejar a sus familias. Que estudien acá. Que no dejen de ser lo que son.

 

 

Graduados

 

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Lo sabe por experiencia: dos de sus hijos probaron en Tucumán. No alcanzó la plata. Tampoco se adaptaron. Iris, la única mujer, reincidió y viajó con una beca a Cuba. Volvió siete años después, licenciada en terapia física y rehabilitación. Y contará a los medios locales que sufrió mucho, especialmente al convivir con porteños.

 

—La mayoría de los que se van a estudiar, fracasa— dice  Gladis Mercado Contreras, docente, Warmi pionera y líder de su comunidad en Susques. Niega con la cabeza y se sacuden sus anteojos gruesos: “otros no estudian lo que le gusta sino lo que está cerca. Los pocos que logran trasladarse, terminar, casi nunca regresan. Muchísimos, al volver, hasta sienten vergüenza de su mami. Desprecian su cultura”.

 

La Constitución argentina reconoce en su artículo 75 la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas y habla de “garantizar el respeto a su identidad y el derecho a una educación bilingüe e intercultural”. Un estudio del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), publicado en marzo de 2011 sobre Los pueblos indígenas en Argentina y el derecho a la educación, desliza: “si bien a lo largo de las últimas décadas se han realizado avances  significativos (…) resta un largo camino para lograr que este derecho se considere garantizado”.  Asegura que “para el reducido grupo de adolescentes y jóvenes de las comunidades indígenas que  logra finalizar la escuela secundaria son pocas las opciones de continuar estudiando, porque no disponen de ofertas en su entorno, que es lo que económicamente podrían solventar”. Según la Encuesta Complementaria de Pueblos Indígenas 2004-2005 (ECPI) el 4,7% de la población kolla logra terminar estudios terciarios: aún así, es uno de los pueblos con mejor performance educativa.

 

El caso de Viviana Figueroa fue tan excepcional que salió en la tapa de una revista. Dejó la Quebrada de Humahuaca para estudiar Derecho en la Universidad de Buenos Aires. Hace diez años, cuando se discutía en Jujuy si existían aborígenes, conocí a Viviana. Me habló  de Rosario Quispe y me puso en contacto con ella.

 

Ahora es abogada, experta en cuestiones indígenas y trabaja en Suiza. Desde allí recuerda su primera escala, el choque: el miedo de subir a un bus. “Ni hablar de andar por las calles, todos iban corriendo”. Decía a sus compañeros que era indígena, de Humahuaca, y ellos: “ah, eres de Bolivia”. No sólo no entendían su cultura: ni siquiera la conocían. Empezó a contarles, a sentir que la apreciaban, a desplegar orgullo de ser tierra que anda. “Está lo económico. En nuestro lugar nunca nos falta. La Pachamama nos da. Pero en la ciudad todo es caro: la carrera, los libros. No existe el sistema de reciprocidad kolla. Todos desconfían de todos”, dice Viviana, con la convicción de que contar con una universidad en el lugar de origen tiene dos grandes ventajas. Creará oportunidades para acceder a educación superior y “será posible aprender lo que la universidad te enseña y lo que los abuelos te enseñan: ¡porque los tienes ahí”.

 

Mujeres maravilla: Wonder Warmi

 

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Tenía que ver con su abuelo. En la cabeza de Rosario Andrada de Quispe la idea de la universidad germinaba con la ferocidad con que se despliegan el viento, el resplandor y las estrellas. En cada nota que le hicieron como líder de la Warmi, repitió: “mi sueño es tener una universidad en la puna”. Como ña Yosario casi no mira televisión, la palabra “sueño” todavía le resulta significativa. Aunque ella habla de “proyecto”. El proyecto de las tejedoras, el proyecto de la salud de las mujeres, el proyecto de los microcréditos. Al principio todos crecieron a partir de sus tragedias colectivas.

 

La de Rosario y sus compañeras empezó cuando cerró la mina que les había dado un empleo. Ella, su marido y siete hijos se refugiaron en Abra Pampa, cerca de Puesto del Márques, donde su abuelito le había enseñado los valores kollas. Respetar a la Pachamama, a los mayores, comprometerse, vivir bien. Saber relacionarse con todas las formas de existencia. “Si no tenemos eso, hija, entonces no tendremos ni para comer”,  le decía. Eso era antes, cuando Rosario jugaba a la niña pastora con sus llamas, antes de que se fuera a Palpalá de doméstica, antes de casarse con Alfredo y mudarse a Mina Pirquitas, antes de formarse en Oclade (Obra Claretiana para el Desarrollo) con los curas que llevan años peleando contra la inequidad, Jesús y Pedro Olmedo.

 

Después cierra Pirquitas. Una tía muere a los 38 años de cáncer de cuello de útero y deja tres hijos, que Rosario acoge. Chicos, diez. Trabajo, cero. Sentarse a la mesa y no tener qué comer. “Sólo el que lo vivió sabe lo que es”, dirá ella. El hambre se parece a estar cerca de la muerte: puede quedar lejos en el tiempo pero se lleva a cuestas siempre. Llegar a Abra Pampa, ciudad de cruces vitales hacia Chile y Bolivia, y encontrar que la desertificación es un modo de existencia y exclusión. Inventar algo. Sobrevivir. El proyecto de las tejedoras: ocho señoras se juntan, arman talleres de confección con barracán, cuentan monedas para comprar mercadería. Cocinan, cortan, viajan a las ferias de los pueblos a vender sus artesanías. En 1995 se denominan Warmi Sayajsunqo.

 

Un filántropo suizo, Stephan Schmidheiny de la Fundación AVINA, escucha hablar de un premio internacional a la Warmi. Quiere conocerlas. Le dice a Rosario:

 

—Pida un deseo.

 

—Quiero que mi pueblo pueda vivir dignamente, sin patrones, en su cultura, como me enseñó mi abuelo.

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Con el aporte de AVINA y lógica kolla empezó el proyecto de microcréditos. Un sistema bancario con la garantía de la palabra, sin intereses: plata urgente para un medicamento, ampliar la casa o armar un emprendimiento. Del 2000 al 2012 alentó el crecimiento de empresas sociales aborígenes (sal, criaderos de truchas, despensas) o mejoras de vivienda beneficiando a 15.000 puneños. En más de 6000 créditos, hubo atrasos pero ni un incobrable.

 

 

 

El proyecto de titularización de las tierras. El proyecto de turismo. Ahora: el proyecto de la cerveza artesanal. Gruesas carpetas, administradas por Mirta y Florinda en contacto con las líderes de cada comunidad. El proyecto de salud de las mujeres: el cáncer que mató a la tía de Rosario afecta al 30 por ciento de las puneñas. Jorge Gronda, ginecólogo, jujeño, recorre la zona para armar un emprendimiento de vicuñas.

 

—Doctorcito, ¿qué le han enseñado en la universidad? ¿por qué no se deja de hinchar con la vicuña y viene a curarnos?

 

El doctor aprende, desaprende. Se organizan para que las mujeres de las comunidades puedan hacerse el PAP regularmente. Con los años, él se convierte en emprendedor social. Lo invitan, por ejemplo, a una conferencia TEDxBuenos Aires, y dice estas cosas:“yo logré muchas de las metas del milenio siguiendo los consejos de Rosario. Si no bajamos al pueblo, si no tomamos la dosis de humildad, será difícil.” El médico se refriega varias veces los ojos esta mañana ante esos carteles de la Casa de Aprendizaje Warmi. A metros de ahí, él y ellas planearon un centro de salud. Un día tuvieron el edificio, faltaban los profesionales.

 

Dilema técnico

 

Rosario los llama “técnicos”. Ingenieros, médicos, profesionales que vienen trabajando codo a codo con la Warmi. Si se puede: en la lucha por sus tierras, sólo dos abogados jujeños aceptaron patrocinarlas. Los demás no quieren demandar al Estado donde trabajan, o litigan para mineras. 

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—Me peleo con los técnicos. Me ha tocado enseñarles demasiado de la puna, de mi madre, la Pachamama. Tenemos infinitos problemas para traer profesionales. Los que vienen lo hacen con muchísima voluntad, pero se cansan, tienen que atender a sus familias. Es difícil para nosotros contar con técnicos propios. Se acaba el financiamiento, no pueden seguir.

 

La dificultad de conseguir técnicos llevó a la Warmi a una fuerte discusión con el BID. “Los proyectos son de las organizaciones y de su gente”, insistió Rosario y devolvió la mitad de un préstamo concursado por no tener a su gente capacitada. Aprendió muchas cosas ña Yosario y una elemental. No se lo contaron en altas casas de estudios, porque hizo hasta séptimo grado: la batalla de la identidad sólo se conquista con armas pesadas. Formar sus abogados, contadores, administradores de campos y de empresas es, le dice la experiencia, una de las rutas hacia la libertad. 

 

En todos estos años la Warmi armó decenas de alianzas y proyectos con organismos provinciales y nacionales, ministerios, empresarios y organizaciones como Médicos del Mundo. Hoy van llegando muchos de ellos, autoridades, socios estratégicos en otros frentes. Rosario enfiestó su pelo con una trenza, le ató una cinta roja, se puso un saco negro con cuello y se acercó a presentarse ante dos ejecutivas de Telecom. La compañía provee de conectividad a este Centro de Aprendizaje Universitario y es socio tecnológico para que los estudiantes puedan estudiar en una modalidad mixta virtual y presencial, con Tecnologías de la Información y la Comunicación.

 

—Hola, soy Rosario Quispe. ¡Bienvenidas!

 

Las mujeres suspiran, se emocionan. Un mes antes, se apareció por esos parajes una camioneta de la empresa y un señor dispuesto a instalar la antena. Preguntó:

 

—¿Dónde la instalo?

 

Rosario sonrió:

 

—Donde quiera. El salón va a funcionar ahí.

 

El señor sólo veía un terreno pelado. Dudó. Llamó por su celular. Cortó. Insistió.

 

—Tengo que instalar la antena. Es  una orden de Buenos Aires.

 

—Entonces haga lo que le dijeron. Nosotros hacemos lo que tenemos que hacer — le respondió la líder kolla. Al rato sonó su celular gastado: ¿no habían comenzado a construir el salón? ¿iban a llegar?

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Cuando empezaron a soñar la universidad, el edificio de salud junto a la Warmi —que ahora aloja al hospital de Abra Pampa en refacción— iba a albergar a los estudiantes. Pero la obra se atrasó y desde el verano se supo que no se desalojaría para empezar las clases en marzo. Casi todos creían que la solución era utilizar el edificio original de la Warmi, que a esta altura se adapta a talleres, capacitaciones, asados, huéspedes. Sus participantes no pensaban igual: “los chicos necesitan un lugar tranquilo para estudiar, no cruzarse con un montón de gente haciendo otras cosas, sería un sucucho dividirlo”. Corrieron contra el reloj. Y ahí está, rodeado de cientos de personas.

 

Bajo las nubes entran varias banderas de ceremonia: con los chicos de las escuelas y con las señoras de la Warmi. La Sole canta el himno con los ojos cerrados. ¿Cuáles serán los crujidos interiores cuando llega un día así? Un rato antes Rosario le dice a Felipa, una de las socias fundadoras: “hoy tenés que tener el pecho inflado como bombacha´e gaucho”. Cuando le toque hablar en público, romperá en llanto: la noche anterior, mientras todos trabajaban, Rosario estaba en el velorio de su tío, esposo de aquella que murió de cáncer:

 

-Mírenlo allá al doctor Gronda. Ya está viejito, se cansó de caminar, y todavía no tenemos médicos en la puna. Mi mama decía “nos caemos y nos volvemos a levantar”. Hemos tenido demasiados problemas en la Warmi pero estamos de pie. Cuando comenzamos este edificio acá mismo nos decían que no íbamos a llegar. Y ahí está señores. Debo agradecer a los albañiles, trabajaron día y noche para que estuviera listo para los jóvenes. Que los chicos aprendan: todo se puede en esta vida. Lo único que pone límite es la muerte. Serán algún día abogados, contadores. Miren a la Felipa, a la María Lichín. ¡Tienen que sacarse el sombrero para saludar a esas mujeres que le han puesto la espalda a la Warmi!

 

Sus compañeras se abrazan, los ojos irritados.

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—Lo más fuerte es ver a los hijos ahí— dice Mirta, tesorera, de cara a ellos que están parados en el grupo de pioneros. Fueron elegidos por los markas de cada comunidad por compromiso y desempeño. Después hubo entrevistas y una selección final ante psicopedagogas de la Siglo 21. Veinte  de los jóvenes tienen beca de la universidad (cubren todos los gastos) y cinco, de otras empresas.

 

Vanesa, princesa andina de piel muy clara, se anotó en Derecho. Asiste a clases una vez por semana, va y viene con los materiales en la notebook, aportada por BGH. Celebra en el Facebook: ¡me voy a estudiar!

 

-Sí, mi mamá es empleada de la Warmi, da orgullo hablar de ellas. Mi papá está desocupado. Siempre me dediqué  mucho al estudio. Hace dos años terminé la secundaria. La mayoría de mis compañeros se metieron a trabajar en mineras. Me anoté en Ciencias Económicas en Jujuy. No pude seguir, mi familia no tenía plata. En noviembre me enteré que se abría la universidad. Éramos un montón para rendir. En diciembre ya nos dijeron a los que habíamos entrado. Quiero ser abogada para ayudar a nuestro pueblo, a nosotros mismos. Siempre me gustaron las leyes. No conozco a ningún abogado, pero los sigo en muchos programas de televisión.

 

Rosario tazbién dedica unas palabras a defender a la organización de las malas lenguas: “sí, están estudiando los hijos de Mirta, de Margarita, que rindieron. La selección ha venido de afuera”. De ahí en más casi nadie podrá hilvanar palabras sin emocionarse. Manuel Lozano llora como un niño frente al micrófono. A Facundo Arana le tiembla la voz. Entre sollozos, Natalia Pastorutti contará que ella hizo una carrera universitaria y sabe lo difícil que es estudiar. Los estudiantes los miran serios, conmovidos, asustados, sus historias bravas a cuestas. Está otra Soledad, que poco después de rendir el examen y creyendo que no tendría oportunidades porque eran muchos, dejó a su abuela y a su mamá en Puesto del Márques, y se fue con su hija de dos años a Río Gallegos con su padre, empleado de una minera. Supo que estaba entre los elegidos, se tomó un micro que en tres días y tres noches trepó del sur al norte y llegó la mañana del curso de nivelación. 

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Manuel Lozano acompañó a los estudiantes en cada instancia: en la preselección, en el aviso a los elegidos, en el curso introductorio. “Ese momento de nivelación tuvo la gran ventaja de permitir conocernos con los chicos, interactuar, escuchar sus expectativas, sus miedos. Se creó un vínculo de confianza y afecto desde donde se trabaja y aprende mucho mejor”, dice Manuel, una especie de celebridad local y gran conseguidor de lo que haga falta. “La universidad Siglo 21 nos abrió las puertas desde el primer momento. Su modalidad de educación a distancia era aplicable a Abra Pampa”, explica. 

 

Efraín Alejo es uno de los nueve que están estudiando Administración de Empresas. Como el 80 por ciento de los que ingresaron, es hijo de una madre sola y vive en el campo, en Abdón Castro Tolay, un pueblo de 400 habitantes. Efraín no conocía a las Warmi hasta que le avisaron de la convocatoria. Se subió a la moto, condujo 94 kilómetros y cuatro horas.

 

—Vengo queriendo estudiar pero no había nada cerca. Empecé para maestro, el río creció y tuve que abandonar. Me contaron de acá, vine a probar. Soy el mayor de cuatro hermanos. Mi papá, César Alejo, falleció en 2007 en un accidente en la ruta, yo estaba terminando quinto año en San Salvador de Jujuy. Era artesano: fue a la rural de Buenos Aires y ganó el primer premio en tejido de frazada. Era mi sostén para estudiar. Después tuve que buscar trabajo en una verdulería, en una pizzería, y así. Terminé, fui segunda escolta, y me volví al pueblo para estar con mi mamá y mis hermanos. Tardé en saber que había entrado a la universidad. Allá hay un solo teléfono público, no llega internet. Tengo un grupo de folclore andino y otro de cumbia. Me gusta leer. Quiero estudiar para ayudar a mi familia y a la comunidad, necesitan una mano con sus emprendimientos. Allá, en la ciudad, te ayudan,  pero no con tantas ganas. Acá vos decís: “vamos a hacer una pieza” y vamos todos, la hacemos, terminamos y después vamos a hacerle una a otro.

 

Efraín trabaja medio día en el colegio de su pueblo: limpia, cocina, lo que haga falta. Una vez por semana, viaja a clases, se queda el fin de semana y luego vuelve a casa de adobe, a su patio con petroglifos donde su abuela cría llamas y ovejas.

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Esa mañana, cuando Rosario se para frente a la puerta del edificio —colocada horas antes— y corta una cinta, la cuenta regresiva empieza. En 2017 la Puna tendrá sus primeros profesionales kollas. El aire huele a asado y afuera las mujeres cantan, coplean, bailan. Coplea Gertrudis, bajo un sol que hoy no hiere. Las kollas quieren fotos con Facu y Facu quiere fotos con ellas. Hay un almuerzo monumental y colectivo. Carne de llama, choclo, maíz, papas, sopa de quinoa.  Los festejos duran toda la tarde. Efraín y sus compañeros corren los escritorios y arman otra vez el salón. Se cambian la ropa de fiesta por la de fajina, unos jeans y un buzo GAP. Bajan los carteles, se abrazan en ronda, escuchan a Rosario:

 

- Acá no les va a faltar nada, para lo que necesiten estoy, a la hora que sea, está mi celular prendido, para lo que sea estoy disponible. ¡Ya tengo 25 hijos más!

 

Se ríen, aflojan, aplauden. En un tiempo la universidad abrirá también para otros estudiantes de la zona, seguirá siendo más barato no tener que ir a Jujuy. Rosario los sermonea: “sus becas las ganaron. No haigan que se las quiten. Tienen algo prestado en las manos. Muchas felicitaciones chicos. Espero que sean los primeros siempre”.

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A fin de abril los estudiantes rindieron sus parciales. “Al 90 por ciento nos fue bien. Uh, fue otro momento de emoción y de ganas de llorar”, cuenta Pamela Cruz, de Ciencias Agrarias.  Luis Vucovich, Gerente Regional Zona Norte de la Universidad Siglo 21, evalúa que los resultados de las primeras pruebas son excelentes. “Demuestran el entusiasmo, esfuerzo, responsabilidad y compromiso de ellos”. Sabe que la apertura del Centro de Aprendizaje Universitario en Abra Pampa fue “un momento trascendental, único y maravilloso”. Pero también, que el trabajo recién empieza. Tutores de aprendizaje locales y tutores de la carrera siguen de cerca a cada alumno. Y están los estudiantes de San Salvador. Una vez a la semana viajan para dar una mano en el uso del sistema multimedia de enseñanza, en el marco de la materia Práctica Solidaria. “Los aconsejan y brindan su experiencia para las autoevaluaciones y trabajos prácticos. Se está logrando aportes muy positivos y conmovedores”, dice Luis.

 

En esta primera etapa la universidad dispuso de un asesor que atienda a cada uno de los alumnos. “Los chicos están contentos, muy motivados, no faltan mucho”, cuenta Manuel Lozano.

 

Aquella tarde inaugural, cuando todos se fueron y en la Warmi solo quedaron Rosario, su marido, las fundadoras y lo) colaboradores más cercanos, se sentaron en una de esas charlas donde todos están exhaustos y felices. Dicen: “ha venido mucha gente, no con esa actitud de observar sino de apoyar, de hacer”. Repasan olvidos a carcajadas. Recuerdan al “técnico” que en febrero llegó y se encontró con que no había nadie en las oficinas. Le explicaron que era carnaval. “Señor, nosotros tenemos 360 días de pena y cinco de alegría”. 

 

—Lo hicimos— dice Rosario triunfal-. Lo hicimos a nuestro estilo. Dios sabe por qué hace las cosas. Los kollas somos distintos. Manejamos códigos distintos hasta para hacer los arreglos. Por eso hemos querido que los chicos se quedaran a estudiar acá. Solo así algún día podremos sentarnos a negociar con ideas, a defender nuestros derechos. Ellos mirarán la puna de otra manera. Verán desarrollar un proyecto sustentable de verdad.  Tenemos que volver a ser libres y que nuestros hijos puedan vivir mejor.  

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Alvaro López, uno de los estudiantes, la escucha desde su computadora donde proyecta videos de Youtube en la pared y tuerce al destino: lo habían aceptado en Prefectura pero ahora estudia Administración.  Comenta: “hacen falta profesionales que apuesten a la puna. Se están llevando todo con la minería. La Warmi tiene una estación de servicio pero no anda bien, hay que ocuparse, administrar recursos”.

 

Rosario dice que de la estación de servicio no se quieren desprender: comprar esa gasolinera y ponerle la calcomanía de la W a las mangueras de combustible fue más que un símbolo. “Son las comunidades las que tienen que manejar el poder económico en la puna”.  Al día siguiente saldrá al amanecer, la esperan los proyectos de otra comunidad, tres horas de viaje. A veces la enoja que en las elecciones se renueve su mandato. Sus hijos se ríen cuando ella los reta porque no hicieron algo: “mamá, solo para vos el día tiene 30 horas”.

 

Cuando el sol se vaya detrás de los cerros azules y grises, Rosario caerá en la cuenta: creía que a partir de hoy podía morirse tranquila. Ya no. Esa noche le pedirá a la virgen, a dios y a las almas benditas que la dejen vivir hasta que pueda entregar los títulos.  

Alguien golpea la puerta: “Vengo de La Quiaca, quiero averiguar para estudiar ”, casi como si la hubiera escuchado a Gertrudis. Cuando sale le primera estrella, la coplera se vuelve a Cangrejillos y se despide:

 

Este es el nuevo remate

de la plantita de tuna

que viva Rosario Quispe

Y el capital de la puna.

 


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