La selección argentina debutó en la Copa América con un frustrado empate frente a Paraguay. Messi hizo un gol, 47 pases (sólo cinco mal) y sin embargo se lo sigue criticando porque no resolvió el partido: ¿Acaso no es el mejor jugador del mundo? Según Ariel Scher, con el cambio de director técnico, el esquema de juego es más ofensivo. Sin embargo, dice, el sábado el equipo no fue inteligente. El periodista analiza la táctica y la estrategia de la selección que mañana enfrentará a Uruguay y debate si los jugadores cambian de personalidad cuando se visten con la celeste y blanca.



Fotos:  Juan Roleri/Télam

 

En un barrio de Buenos Aires que no viene al caso decir cuál es, el Back Osvaldo (que en otros barrios podría ser el Ronco López o el Crack Cibeyra, todos sabios anónimos de la pelota) le enseñó a tres generaciones que una de las dos cosas más difíciles en el fútbol es ser peor que los otros. Sólo por su calidad para dar cátedra sobre ese tema, hubiera merecido dirigir al Barcelona y al Real Madrid en el mismo domingo o disponer de un canal de televisión en el que exponer en torno de los secretos del juego desde la mañana hasta la noche y desde la noche hasta la mañana. Sin embargo, sabio en serio, no se quedó en esa verdad. El Back Osvaldo -doctor en fútbol aunque su seudónimo y su biografía no figuren ni en las enciclopedias de diez tomos de papel ni en Google- también educó a estas tres generaciones en que la segunda cosa más difícil en el fútbol, casi tan difícil como la primera, es ser mejor que los otros. Con más precisión: ser mejor que los otros no asegura nada en el fútbol, hay que saber ejercer esa ventaja. Hombre modesto que, a contramano de la época, perduró en su barrio sin aspirar a ninguna notoriedad: el Back Osvaldo cerró emputecido el sábado de otoño en el que vio cómo a Argentina se le esfumó en su estreno de Copa América una victoria que parecía segura frente a la selección paraguaya. Las tres generaciones que se formaron bajo sus lecciones también cerraron emputecidas su sábado de fútbol. Y les sucedió algo más: certificaron que el hombre tenía razón.

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No hay datos sobre la influencia del Back Osvaldo en el fútbol de Paraguay (jamás lo enfocó una cámara de televisión de ninguna Copa América ni de ningún otro torneo), pero lo seguro es que nadie en ese país, ni un entrenador de astucias como Ramón Díaz ni los hinchas afónicos tras el gol con el que Lucas Barrios niveló algo que no se podía nivelar, puso o pondría en debate que Argentina era y es el mejor, al menos de los dos que se enfrentaron en La Serena. Argentina cuenta con Messi, el mejor de los mejores más allá de que, en el barrio del Back Osvaldo y en muchos de los otros barrios de la Patria, ahora se conjeture que en la Selección no juega bien o que no se comporta como el mejor de los mejores. Argentina reúne a Agüero con Di María, a Mascherano con Pastore, a todos con Messi. Suficiente para ser el mejor. Suficiente, además, para comprobar -con el 2 a 2 final y con el desarrollo de un segundo tiempo de sustos y de decepciones- que ser el mejor no es fácil.

 

Entonces, la pregunta: ¿Por qué se le volvió difícil a Argentina, como a veces les ocurre a otros equipos, ser mejor? En principio, porque ser mejor no es una idea que empieza y que concluye en la acumulación de recursos técnicos o en categorías individuales. Ser mejor demanda dos herramientas que a la Selección del Tata Martino se le escaparon tanto o más que el resultado: se es mejor por la inteligencia, o sea por la capacidad de adaptarse a circunstancias que varían, y se es mejor por la aptitud para imponer condiciones en vez de soportar que las condiciones las impongan los demás. En su lapso de descenso hacia el empate, a Argentina le faltaron ambas. Por un lado, cuando el rival decidió jugar su segundo partido dentro del partido (lo sintetizó Martino y lo discurseó Díaz: en la etapa final y en derrota, Paraguay se adelantó en el campo, colocó dos delanteros en el centro y apeló a los cambios para fortalecer el ataque desde los costados, en especial con la contribución de Derlis González por la derecha), no devolvió un plan que arruinara ese plan. Eso significa que no redujo ni los espacios ni los vértigos, no halló cómo neutralizar la presencia compartida de Haedo Valdez y de Santa Cruz, los dos puntas adversarios, porque para defenderse de ellos había que conservar la pelota y la pelota, como la victoria, a Argentina se le escapó.

 

Por el otro, si dentro del primer partido nació un segundo partido fue por las innegables búsquedas de Paraguay y porque Argentina lo permitió desflecándose, o padeciendo lo que padecen muchísimos equipos en el mundo, que es tener a los jugadores a demasiada distancia de otros jugadores, dándole forma a lo que, con justeza, se denomina “un equipo largo”. Hipótesis: puede que se haya tentado con que esa longitud le concediera el espacio para, de contragolpe, acertar el tercero o el cuarto gol, algo que pudo haber sucedido si el arquero Silva no hubiese exhibido que maneja su oficio, pero no altera en exceso el análisis. Al cabo, el problema no es que una realidad se enrede; el problema es no encontrar cómo desenredarla o escoger mal cómo desenredarla. Desde luego, habrá todavía tiempo y fútbol para desentrañar cuál de las dos posibilidades frustró a la Selección.

 

En el centro de esos paisajes, tal vez densos para quienes no son especialistas de barrio como el Back Osvaldo y, con legitimidad, persiguen en el fútbol bocanadas de belleza, de emoción y de alegría más que meditaciones tácticas, habita Messi. Que enfundado en celeste y blanco, hace años les regala a psicólogos deportivos que no son psicólogos una tentación para revisar cómo mueve los labios o a hinchas que le comparan hasta la respiración con Maradona o a gentes que ejercen la cómoda costumbre de devastar a otros en la sobremesa si no hay triunfos o si no hay vueltas olímpicas. Desde esa perspectiva, no vale pensar por qué Argentina migró del dominio abrumador al descontrol último: Messi, que para eso es Messi, debería arreglarlo todo porque ese, se presume y se exige, es el papel de los señores superlativos. Y Messi arrancó su Copa América con un repertorio inalcanzable para otros pies: un pase artístico -de esos distintivos del último Barcelona- de derecha a izquierda para Di María, una descarga mayúscula para Agüero en el área, una presión a un defensor que (por la presión y por el peso de Messi) se equivocó y habilitó a Agüero para el primer gol, un penal convertido con su sello en un rincón hacia el que los arqueros no llegan, un primer tiempo más alto que el segundo porque Argentina -mucho más que Paraguay- le modeló condiciones superiores a Messi en el parcial inicial que en el segundo. ¿Qué se le reclama? ¿Que capturara una pelota extraviada y, a despecho de los inconvenientes del equipo, esquivara a los contrarios, a los espectadores del pequeño estadio de La Serena, a los padres que insultaban por la tele y a los hijos que insultaban al compás del insulto de sus padres? Lo hizo una vez en ese segundo tiempo de declives y a su tiro le quedaron pendientes centímetros transformarse en gol. Eso hubiera trastocado las cuentas, pero no las reflexiones. No le hubiera quitado a Argentina nada de lo que le salió más o menos bien ni nada de lo que le salió más o menos mal.

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Por las dudas, las estadísticas. Que desparraman sobre Messi elementos que casi no es posible que sume nadie más. Messi hizo 47 pases, sólo cinco mal. Y recibió la pelota en 56 ocasiones, doce desde los botines de Javier Pastore -el que más se la entregó-, su socio pendiente, una apuesta de Martino con aún mucho hilo por deshilvanar para que la Selección consiga lo que contra Paraguay halló a medias y perdió del todo: controlar el juego desde la posesión, desplazarla sin apuros hasta detectar el instante de acelerar y desacomodar a los que usan remeras de otro color. Un aspecto posicional de Messi: sobre todo transitó entre el círculo central y la medialuna y apenas tres de sus pases fueron entre esa medialuna y el arco de Silva. Interrogantes que tal vez devuelvan un Messi todavía más gravitante: ¿será más probable que a Argentina se le haga más fácil plasmar que es mejor si Messi interviene más adelante, más a la derecha (como en su temporada más flamante en España) o con más pases apuntados hacia él? Aunque su jerarquía y su historia lo erigen en omnipresente para cada instante del partido, su sello de genio no es el de la acción visible consecutiva. Se le aplica lo que, tras un Superclásico de 1992, anotó -aquí corresponde salvar las distancias entre cualquier hombre de pantalón corto y Messi- Osvaldo Soriano sobre un muy buen futbolista como Diego Latorre: “Tiene el talento para fingir que no está en la cancha y de pronto cambiarlo todo”. Messi lo hizo y lo hace, pero en su inauguración en La Serena, eso no desembocó en un éxito de su equipo. En algunas tardes, aunque suene increíble, atravesó lo mismo con el Barcelona.

 

Contra Paraguay, Messi dio menos pases, por ejemplo, que los centrales Otamendi y Garay o que Mascherano. Esa tendencia se acentuó en el segundo período, cuando la Selección ya no escribía las reglas del partido y cuando los volantes Banega y Pastore naufragaban entre las olas entusiasmadas de los paraguayos con Messi y Aguero (o Higuain luego) muchos metros más adelante y con el resto de los compañeros defendiéndose cada vez más cerca de la geografía del solvente Romero. Messi hubiera jugado aún mejor y Paraguay hubiera jugado aún peor si Argentina conservaba la pelota, ese aliento si es propia, ese desaliento si la atrapan los otros. Es una incógnita si Messi será más Messi y los rivales serán menos rivales cuando Carlos Tevez pise de nuevo el césped chileno con un rol menos indefinido que el que marcó el flash de su retorno a las competiciones internacionales con la camiseta argentina: jugó de lo que no es en un conjunto que ya no estaba jugando a casi nada. Estimulado a asociarse con Messi a pesar de las viejas versiones sobre que se preferían separados -“el que no quiere a Messi no entiende nada de la vida”, dijo el sábado-, merece una oportunidad superior.

 

De todos modos, la lección del Back Osvaldo incluye, pero excede a Argentina, que no resultó el único equipo que verificó en lo que va de la Copa América que, en el fútbol, ser peor es difícil pero también es difícil ser mejor. Chile, local y con años de evolución saludable, transpiró más que lo que señalaban los pronosticadores para meterle sus dos goles de alivio a Ecuador. Uruguay, el campeón, chocó con Jamaica y no se fue estropeado porque pudo acertar una vez en el otro arco. Colombia, un candidato con fuertes antecedentes inmediatos, presumió fiestas contra Venezuela y se golpeó con un 0-1 que no constaba en los cálculos de los que hacen cálculos. Y Brasil, antes de trotar dos minutos sobre el piso de Temuco, ya caía ante Perú. En el barrio del Back Osvaldo y, por supuesto, en otros barrios se proclama desde hace décadas que mal de muchos es consuelo de tontos. No es este el caso: tensiones que no soportan todos los favoritos, desgastes físicos heredados de una temporada que los jugadores más desequilibrantes iniciaron hace un año, entrenadores que arman lo que pueden en las las brevedades de una agenda que no manejan y otras causas explican que las previsiones sufran más de una tropezón.

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A casi un año del Mundial de Brasil, Argentina está parecida y está diferente. Las semejanzas residen en los intérpretes y en las ilusiones que despabilan. Los contrastes devienen de las ideas de Alejandro Sabella, el director técnico que partió, y de Martino, el que desembarcó. Sabella, en síntesis y como vio la humanidad, saldó el abismo del equipo largo marchando más hacia atrás que hacia adelante y cimentó un núcleo compacto, muy duro de vulnerar, al que la cancha se le hizo extensa hacia el frente, pero igual arañó ser campeón del mundo y fue subcampeón, lo que no es poco. Él mismo reivindicó la generosidad de Messi para subordinar brillos personales a las necesidades de esa propuesta de conjunto. Martino va por un dibujo que, en los manuales tradicionales y no siempre exactos, podría caratularse de más ofensivo, con la pelota más tiempo entre los tobillos propios, más cerca de la cara insistente con la que apabulló a Paraguay en el voraz despertar del primer partido y decididamente al revés que ese rostro con el maquillaje corrido que, después, se desencontró con la pelota, con el juego y con el resultado. El fútbol de alta competición suele ser una construcción en la que no todos los ladrillos se acomodan bien desde el comienzo. Obrero de ese espectáculo, Martino está enterado de los ciclos de una arquitectura así y de que el fútbol es una maqueta que se traza y que se borra cada semana.

 

Lo demás son puras preguntas. ¿Será Biglia, como en el Mundial, el encargado de restaurar los equilibrios que la mediacancha requiere? ¿Se acomodará Di María al papel que le asigna el entrenador en el costado izquierdo del planeta? ¿Habrá una ruta para que Argentina achique los espacios que Paraguay exploró y localizó hasta dar vuelta una tortilla que acabó teniendo mal sabor? ¿Se desviarán los centrales argentinos de una tendencia mundial, con apenas algunas excepciones notables, por la que esperan muy atrás? ¿Existirá en el equipaje de Martino algún apunte para ganar en profundidad de ataque cuando el equipo funciona como en su rato más luminoso contra los paraguayos? ¿Qué más hay que hacer para aprovechar más y más y más el hecho de que uno de los once sea Messi?

 

No hay modo de que en esas preguntas y en las eventuales respuestas no se aplique toda la energía. Suena obvio, pero subyace un prolongado rumor argentino de que las estrellas nacidas en este suelo no apilan consagraciones con la Selección porque les falta algo. Y suele sugerirse que ese algo tiene que ver con el pecho, con la entrega, con el sudor. Imposible. Si, como resumió Messi, se “durmieron” o si en el segundo tiempo dieron cincuenta pases menos -un montón- que en el primero, deviene de otras causas. Lo argumentó, desde la experiencia, desde la pasión y desde la calidad literaria, Jorge Valdano, alguien campeón del mundo, en su última columna para la publicación mexicana Récord. Sí, los jugadores cambian de personalidad cuando se visten de futbolistas de selección y fuera de los focos del negocio europeo de la pelota, pero cambian rumbo a un involucramiento más alto: “El regreso a los orígenes, a un fútbol de naturaleza más precaria, les devuelve el espíritu amateur. Jugando la Copa América les imagino con el sándwich y la Coca Cola asomando por la bolsa de deportes para comer algo después del partido. Como cuando eran pequeños”.

 

Casi no es necesario confirmar que el Back Osvaldo, amante del fútbol porque es fútbol, suscribiría la mirada de Valdano. Sus discípulos de tres generaciones entienden que así es y que, por lo tanto, corresponde esperar y no desesperar frente a lo que Argentina ofreció de encanto y de desencanto en su estreno. La Copa América surge, casi entera, por delante. Volverse un equipo que aprenda a ser mejor, también.

 

 


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