Nació en Uganda, se refugió en Inglaterra y estudió para ser ingeniera aeronáutica. Transformó su ira por las injusticias en activismo colectivo. Dirige Oxfam, una de las organizaciones mundiales que combate la pobreza y la desigualdad. De visita en Buenos Aires para presentar un informe sobre captura del Estado, cuenta qué significa ser una activista global por los derechos humanos.



 

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Fotos interior: Oxfam. Percy Ramirez /World Economic Forum/ Manuel López

 

Nací en Uganda, en una familia de siete hijos. Mis padres eran maestros. Crecí en un territorio en conflicto, tomado por las guerras civiles. Cuando tenía doce años nuestro país cayó bajo una dictadura militar. Me tocó ver algunas de las peores atrocidades que una persona puede ver. Vi padres secuestrados, desaparecidos, se los llevaban en los baúles de los autos. Vi soldados brutalizar pueblos enteros, los vi dejar cadáveres en nuestra granja. Vi mujeres violadas en la calle. Un soldado podía llevarte siendo una niña: podía raptarte en tu camino al colegio y casarse con vos y tus padres no podían ir a ningún lado a reclamar, ninguna corte funcionaba. Así que crecí con un enojo muy profundo sobre las violaciones a los derechos humanos.

 

La que habla es Winnie Byanyima, directora de Oxfam, una de las organizaciones más importantes que trabaja alrededor del mundo contra la pobreza y por los derechos humanos. Cuenta su historia con la voz pesada y melódica, con el gesto serio. No le gusta hablar de sí misma: los detalles de su vida no le parecen importantes. Los ojos le brillan, en cambio, cuando puede empezar las oraciones con un nosotros. “Lo que me da fuerza es ser parte de un movimiento global”, dice. “¿Sabés? Siempre siento que solo estoy haciendo mi parte, y hay tantas más, y quien se mete conmigo se mete con todos, no se mete conmigo sola. Por eso tenemos coraje como activistas. Tenemos coraje porque lo que sea que hagamos lo hacemos en nombre de muchos y con muchos. Así que tenemos la seguridad de que seremos atacados como grupo pero no como individuos. De ahí viene el coraje, de lo colectivo”.  

 

Byanyima nació en una familia atravesada por la política: la mamá y el papá fueron líderes en la comunidad en la que vivían en Mbarara, en la región occidental de Uganda. Él fue presidente del Partido Democrático de Uganda, y ella activista del movimiento de mujeres: la casa familiar (el compound, en referencia a los complejos de viviendas de esa época en Uganda) se llenaba de personas que venían a conversar, a pedir ayuda, a resolver conflictos o sencillamente a compartir. “Mi madre era la líder del club de mujeres de nuestro pueblo. Ellas se encontraban en casa: discutían estrategias para pelear contra el matrimonio infantil, para que las niñas tuvieran las mismas oportunidades de educarse que los varones. Los padres en esa época mandaban solo a los varones al colegio y no a las niñas, porque costaba dinero y no podían pagarles a todos. Y mi madre y sus amigas y compañeras decían no, las mujeres también tienen que ir a la escuela como los varones”. Esas discusiones que escuchó durante su infancia en los años sesenta fueron la raíz de su activismo: “Mis padres siempre me mostraron que no tenés que aguantar la injusticia: alzá tu voz, hacé algo”.

 

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A los 17 Winnie estudiaba Ingeniería en la Universidad de Makerere: el clima allí era cada vez más violento. La familia decidió que la joven no estaba segura y debía salir del país. Viajar a occidente era imposible: casi todos los gobiernos de Europa y Norteamérica tenían lazos con Idi Amin, el dictador que gobernaba Uganda en los ‘70. La mamá consiguió un pasaporte falso y se lanzaron a cruzar la frontera, cuidándose de los soldados de Amin que podían disparar en cualquier momento. Antes de separarse, en Nairobi, Kenia, Winnie y la mamá compraron 300 dólares en el mercado negro. Cuando llegó al aeropuerto de Londres y quiso cambiarlos, la mujer del mostrador llamó a la policía: el dinero era falso. “Empecé a llorar, -cuenta- tuve que explicarles que en Uganda no se podía comprar dinero en el banco.” El oficial le dijo que podría haber ido presa, que la próxima vez tuviera más cuidado.

 

En la Universidad de Manchester Byanyima se convirtió en la primera ingeniera aeronáutica nacida en Uganda. El tema ya no la interpela: aunque ganó una beca Amelia Earhart y trabajó como ingeniera de vuelo en Uganda Airlines, los aviones son parte del pasado. Podría haber tenido una vida cómoda, pero la  vocación terminó imponiéndose. Lo primero que hizo cuando llegó a Inglaterra fue conectarse con otros ugandeses refugiados y organizarse en un club de derechos humanos para peticionar al gobierno británico (del que Uganda se había independizado recién en 1962) y denunciar lo que estaba pasando en su país. “Nos inspiraban las luchas latinoamericanas. Latinoamérica estaba prendida fuego en esa época: nos inspiraban los sandinistas —los de esa época, no los de la actualidad—, los luchadores de El Salvador. El Che Guevara, por supuesto. Una amiga colgó en mi cuarto un póster del Che que estuvo ahí hasta que terminé la universidad.”  

 

En la década del ‘80, a la joven Winnie le tocó elegir: dejó su trabajo en Uganda Airlines y se unió a la resistencia armada contra la dictadura de Milton Obote, comandada por Yoweri Museveni. Más que en la sangre, quizás la historia de Winnie se escribió en su infancia: Byanyima y Museveni se habían conocido en la casa de ella. Los padres de Winnie habían criado a Museveni y financiado su educación.

 

Museveni es presidente de ese país africano desde 1986. En 2005 reformó la constitución para acabar con los límites a los mandatos presidenciales; en 2017, eliminó el límite de edad del presidente. De acuerdo con sus detractores, también intentó suprimir violentamente a la oposición. Byanyima se distanció profundamente del compañero de la infancia. Hoy Winnie se sienta en la mesa con los líderes más poderosos del mundo: en nombre de Oxfam va a Davos, al Banco Mundial, incluso al FMI a llevar la voz de los países golpeados por sus políticas de austeridad. Y su marido, Kizza Besigye (que también participó de la rebelión con ella y con Museveni), es hoy uno de los líderes opositores más reconocidos en Uganda.

 

¿Cómo termina una revolucionaria dirigiendo una de las ONGs más importantes del Primer Mundo? Para Byanyima —que fue parte de la resistencia armada pero no combatiente— se trata de un camino orgánico y coherente. Cuando se detiene a pensar, reconoce un viraje: no lo piensa como una capitulación sino todo lo contrario. “Cuando tenía veinte años era una activista llena de ira. Aprendí lentamente cómo canalizar esa ira en la acción colectiva. Cuando me fui de mi país estaba solamente enojada, con la dictadura, por tener que abandonar a mi familia. Pero cuando empecé a integrar grupos de derechos humanos aprendí que mi ira podía convertirse en algo constructivo: ser parte de un grupo con una visión, una estrategia, liderar el cambio. Eso es lo que hacemos en Oxfam”, dice.

 

A diferencia de otras organizaciones, Oxfam no se propone reformar sino transformar el sistema productivo y el modelo de negocios que se impone en el mundo. En una entrevista con el diario británico The Independent Byanyima fue muy clara: “no creemos que la caridad sea el modo de resolver la desigualdad global”. Se pone nerviosa cuando los multimillonarios que se encuentra en Davos quieren complacerla con un cheque sustancioso: “esto no es lo que yo espero. No vas a sacar a todo el mundo de la pobreza a través de la bondad de los ricos”. Byanyima no va a Davos a buscar dinero: prefiere construir  consenso para generar mejores salarios mínimos, políticas públicas antes que donaciones privadas.

 

Así trabajan en Honduras. Winnie visitó a la familia de Berta Cáceres, la líder indígena asesinada en 2016 que luchaba contra una represa que se llevaba el agua de la comunidad. La directora de OXFAM se reunió con el CEO de un gran banco regional latinoamericano que está involucrado en la construcción de la represa.

 

- ¿Por qué no pueden parar la obra? Se están llevando el agua de la gente y ahora están asesinando gente por protestar contra su proyecto. ¿No pueden detenerlo?

 

El CEO le dijo que no. “Pero desde Oxfam presionamos a los otros inversores, y ellos sí frenaron sus inversiones. Había una compañía holandesa, una agencia de desarrollo que estaba invirtiendo y se detuvo; una compañía alemana que también se detuvo; y había un préstamo del Banco Mundial y capitales chinos: a ellos también los pudimos frenar porque nos escucharon. Les mostramos cómo estaban afectando los derechos humanos de la comunidad, nos escucharon hablar con fuerza, los desafiamos y pararon, pero este banco latinoamericano no. Todavía estamos peleándolo. No nos detenemos”.  

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Byanyima sabe que las ONGs generan desconfianza en lugares como América Latina. “Lo entiendo”, dice. “Hay algunas buenas razones y otras que rechazamos. Las buenas razones pueden ser que las organizaciones internacionales nunca deberían quitarles la voz a las organizaciones nacionales. Nosotros apoyamos y amplificamos pero no nos ponemos en el frente. Queremos que sean las organizaciones nacionales las que peleen sus propias batallas, y las apoyamos, no les sacamos el espacio. Quiero creer que no lo hacemos.”

 

Desde Oxfam rechazan el discurso de algunos líderes políticos y empresarios: “Temen que los activistas nos unamos en una fuerza global. Por eso hablan contra nosotros, tratan de deslegitimarnos. Dicen ‘por qué estás hablando acá si no sos de acá’. No, los derechos humanos son para todos, en todo el mundo. ¿Por qué no puedo hablar acá, con argentinos, sobre derechos humanos? Soy ugandesa pero también soy una ciudadana global”. Tampoco aceptan las nuevas leyes que les dificultan a las organizaciones acceder a redes globales de apoyo.

 

Entre esas trabas, Winnie destaca las que afectan al colectivo LGBTIQ. “Vemos cada vez más leyes que en nombre de la ‘cultura’ intentan evitar que los gays, las lesbianas y las minorías sexuales obtengan apoyo de redes globales. Incluso los amenazan con criminalizar la homosexualidad.” Esos argumentos, a Winnie le recuerdan la demonización del feminismo que se dio durante el debate del aborto en la Argentina: “Lo mismo hacían con el movimiento de mujeres del que yo participaba en África. Nos decían ‘están copiando los valores occidentales’. ¿Valores occidentales? Pero por favor. Mis derechos como mujer no los aprendí de nadie en occidente. Somos una red global porque creemos que los ciudadanos enfrentan fuerzas globales que han capturado el poder y así afirman sus privilegios. Sólo si los ciudadanos nos unimos también en un movimiento global, podremos ver un cambio”.

 

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Byanyima quiere sumar a la región sudamericana a esta red global: los logros que se habían acumulado en la lucha contra la desigualdad están siendo rápidamente revocados. “Lo que vemos en Latinoamérica pasa también en otras regiones: la mayoría está perdiendo la fe en la democracia, porque la democracia ha sido capturada. Por eso este reporte es tan importante. Queremos poner sobre la mesa y mostrar cómo la democracia ha sido secuestrada por un grupo pequeño de personas que tienen el poder económico y político. En mi país hay una dictadura, hemos tenido un solo gobernante durante 35 años. Pero incluso en donde los gobiernos cambian, la gente ve un cambio de guardia entre dos grupos de poder, dos élites. Hay desilusión con la democracia y, a menos que apoyemos a la gente para recuperar el poder que legítimamente le pertenece, vamos a quedar en esta desigualdad creciente”.    

 

Byanyima vino a Buenos Aires para participar del Congreso de CLACSO y para presentar la investigación “Rompiendo moldes” sobre el modo en que la cultura patriarcal sigue imperando en Latinoamérica, y cómo es necesario cuestionar las normas sociales vigentes para que nuestras mujeres y niñas sean libres e iguales. Ante la pregunta de si va a encontrarse con Mauricio Macri, Byanyima se ríe:

 

- ¡Ojalá me reciba! Si te lo cruzás decile que hay una mujer africana dando vueltas por Buenos Aires que quiere sentarse a conversar con él sobre la desigualdad creciente en su país.

 

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