Para buscar su reelección Donald Trump apeló a la construcción de muros, al nacionalismo y a la salvación del “sueño americano”. Pero en Estados Unidos, las comunidades de migrantes crearon geografías y horizontes diferentes a las que promueve la Casa Blanca. A través de cinco microrrelatos, las autoras de Welcome to Intipucá City, un proyecto que cuenta la migración transnacional entre El Salvador y Norteamérica, muestran las expectativas y luchas de quienes viven el mundo entre dos tierras.



Decir migrante es pensar en mujeres y hombres subidos sobre “La Bestia”; adultos y niños corriendo en las caravanas que parten desde Centroamérica; o jóvenes atravesando ríos en balsa para acercarse a Estados Unidos. Esa es la narrativa de los últimos tiempos, una narrativa que impuso al sueño americano como una opción, y solo desde la travesía. Esta es una recopilación de los otros sueños: los de quienes se quedaron, de los sueños transformados, o los sueños del retorno y del retiro. Cinco protagonistas, algunos desde el lugar dejado, nos ofrecen una mirada sobre todas las transformaciones que surgen entre las partidas y las llegadas.

 

Salir a buscar la vida

 

José Manuel Ortiz habita dos territorios. Está entre acá y allá. El acá es Estados Unidos, donde vive con su esposa e hijos; el allá es El Salvador, donde están sus raíces, el país que dejó en la adolescencia para huir de las balas de la guerra civil. Quedarse significaba ser reclutado por la guerrilla o por el Ejército. Por eso llegó a Virginia en 1985. Su idea era permanecer un tiempo y volver: este año cumplió 35 de sus 50 años allá. “Me fui a buscar la vida, porque en El Salvador ya no se podía vivir”, dice.

 

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Las primeras semanas se sintió perdido. Vivía en una habitación en Alexandria, Virginia, junto con su hermana y diez personas, y no entendía una palabra de inglés. Pero a los seis meses, luego de escuchar todos los días la radio Q107.3, sintió que sus oídos se abrían y empezó a entender el idioma. El resto de sus primeros años los pasó bajo una disciplina estricta: trabajo y estudio sin descanso. Fue encargado de edificio, repartidor de pizza y, mientras tanto, terminó una licenciatura en economía. 

 

José Manuel estudió en el T.C. Williams High School, donde se reencontró con varios de sus compatriotas que migraron en aquella época. Él nació en Intipucá, un municipio al sur de El Salvador. Proviene de un pueblo que se enorgullece de ser cuna de migrantes: en la plaza principal hay una estatua de quien creen que fue la primera persona que migró hacia Estados Unidos. En el estadio municipal hay publicidad en inglés, aunque en el pueblo se habla español; y en el jardín de una de las casas, una réplica de dos metros de la neoyorquina Estatua de la Libertad. Un municipio evanescente. Se apaga 11 meses del año y resucita cada marzo, para las fiestas anuales, cuando regresan los que migraron al reencuentro con los que se quedaron.

 

Cuando cumplió una década en Virginia, José Manuel decidió hacerse ciudadano estadounidense. Fue el primero de su familia en hacer el examen para obtener la ciudadanía porque quería votar en las presidenciales de 1996.  Aún recuerda dos de las preguntas que contestó: los nombres de algunos senadores y los de tres presidentes de Estados Unidos. “Se venía la elección de Bill Clinton y sentí que como hispanos debíamos salir y votar, porque en el sistema político se juega la vida de un país. Así que me jalé a más gente y lo hicimos”, recuerda.

 

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Hoy hay 60.6 millones de latinos viviendo en Estados Unidos, según el último informe de la Oficina del Censo. El Salvador, que tiene la tercera población más grande de hispanos, suele aparecer en las portadas de los medios con fotografías de maras hacinadas en las cárceles; carga con el mote de ser la capital mundial de la muerte. El gobierno de Donald Trump no hizo otra cosa más que exacerbar esos estereotipos y reforzar las políticas de divisiones y muros. En 2018 llegó a referirse a El Salvador como un agujero de mierda. 

 

Trump buscará la reelección el próximo 3 de noviembre. En una época de xenofobia y discursos de odio, José Manuel reivindica el sueño de los otros. Quiere que se hable de los paisajes y de la reputación de trabajadores que tienen los salvadoreños en la comunidad de latinos en Estados Unidos. Quiere mostrar esas vidas alejadas del estigma para que su país y su gente dejen de nombrarse sólo como sinónimo de violencia: “Me da mucha tristeza que la mitad de este país nos eche la culpa a los inmigrantes por los problemas que hay. La gran mayoría venimos a trabajar. Trabajamos, vamos a nuestras casas, volvemos a trabajar”.

 

José Manuel tiene una productora audiovisual. Se sabe privilegiado porque hay migrantes que no pueden darse el lujo de ir y volver. Él vuelve cuando puede, pero con seguridad toma un avión cada vez que hay elecciones en El Salvador. Y no sólo vuela a votar en su tierra de nacimiento. Su familia también vota en Francia, España y Estados Unidos.En todos tenemos familia a la que visitamos cada año. Construimos un vínculo económico y social en cada lugar, y creemos que el manejo de la cosa pública nos puede afectar de un modo u otro. Por eso participamos. Participar es bueno, fortalece y legitima”, dice.

 

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José Manuel cree que las nacionalidades son accidentales. Su consigna es que la patria es la infancia, el recuerdo de la escuela, los juegos con sus amigos y las calles polvosas.

 

Romper el esquema

 

Quedarse es resistir. Yaquelin Portillo, de 45 años, es parte de esa resistencia. Porque en Intipucá, donde la mitad de la población migró hacia Estados Unidos, irse es una moda. Yaquelin es la directora de la Casa de la Cultura del municipio. Sus primos, algunos conocidos y los amigos de la infancia migraron, pero ella encontró una razón para quedarse.  

 

Intipucá fue catalogado como “pueblo fantasma” por la migración masiva desde los años sesenta. La guerrilla y el Ejército firmaron la paz en 1992, pero eso no acabó con el éxodo. Entonces empezó la migración a causa de la pobreza. De a poco, Intipucá se convirtió en un puñado de casas vacías. El pueblo se transformó por el envío de remesas, pero también aumentó la desintegración familiar.

 

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Yaquelin empezó a trabajar en la Casa de la Cultura en 2006. Los primeros cuatro meses no le pagaron ni un centavo. La tuvieron a prueba porque creyeron que usaría el trabajo como trampolín para migrar. Había un antecedente: las dos directoras que le antecedieron sólo estuvieron unos meses y después se fueron para Estados Unidos. “Mi prima que vive en Virginia, Estados Unidos, me iba a mandar a traer. Justo cuando ella consiguió el dinero para pagarme el viaje, me salió la plaza. Lo vi como una señal y me quedé”, recuerda.

 

Lo primero que hizo cuando le confirmaron el trabajo fue armar un grupo juvenil de danza. Pero dos años después, en 2008, empezaron a formarse maras en el pueblo y algunos pandilleros usaron el edificio de la Casa de la Cultura para esconderse. Los bailarines tenían miedo de llegar y los ensayos se complicaron. Yaquelin habló con los pandilleros: “Les dije: yo no le voy a decir a los jóvenes que no vayan donde ustedes, pero les voy a dar una segunda opción”. La segunda opción eran las clases de baile. Desde entonces su trabajo tomó más fuerza: cuidar ese espacio era un intento por impedir que más jóvenes siguieran muriendo por la violencia.

 

A la inseguridad en la zona se le sumaba un segundo problema: todos estaban esperando cumplir los 18 años para irse del país. El obstáculo más grande, dice Yaquelin, fue hacer que los jóvenes creyeran en sí mismos porque todos querían partir. “Empecé a decirles: el camino no es fácil, pasa esto, pasa aquello. Pero había unas respuestas bien duras: ´¿Pero de qué voy a vivir  aquí? Yo no voy a comer del baile, me decían´. Y yo me quedaba en silencio”, recuerda.

 

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En 2012, jóvenes de su pueblo con familia en Estados Unidos hicieron pinturas sobre la división familiar. Yaquelin viajó a Washington para exhibir estos trabajos en el Museo de Arte de las Américas, en la muestra “Dos Museos, dos naciones, una identidad”.  Allí entendió que sus compatriotas estaban muy lejos de cumplir el sueño americano: “Iban del trabajo a la casa, vivían para el trabajo y no para ellos. Cuando vi eso dije: yo puedo hacer más en mi país”.

 

El próximo año cumplirá quince de ser la directora de la Casa de la Cultura. Aquel pequeño grupo de bailarines está por alcanzar los 30 integrantes, y ella, que guarda cédulas y pasaportes de los primeros migrantes, se está preparando, junto a un ex alcalde municipal, para instalar un museo de la migración en el municipio.

 

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Extranjera en su país

 

Claudia todavía recuerda el sonido de los helicópteros sobrevolando la casa. Fue una noche de 1983. Su madre la metió debajo de la mesa del comedor, y luego se arrastró hacia la cocina para conseguirle agua. Su bisabuela rezaba en uno de los cuartos. Las balas sonaban. Esa es la última imagen que atesora de su infancia en El Salvador. Claudia Rivera, entonces de seis años, viajó junto a sus padres desde Intipucá hacia Estados Unidos, al igual que José Manuel, para sobrevivir la guerra civil salvadoreña. En su adolescencia, después de los Acuerdos de Paz de 1992, regresó a su tierra varias veces para pasar sus vacaciones. Allí coincidía con José Manuel, que también viajaba, para jugar basquetbol o béisbol en el parque del pueblo.

 

En Estados Unidos sus padres abrieron dos restaurantes de comida texmex: uno en Virginia y otro en Maryland, donde ella trabajaba ocasionalmente. Pero cuando terminó el colegio no continuó con el proyecto culinario de su familia. Retornó a El Salvador para estudiar medicina y después de graduarse migró nuevamente a Maryland, donde vivió dos décadas más. Hasta que entendió que Estados Unidos no era lo suyo. Quería la tranquilidad de un pueblo, una vida sin metro y sin el caos de la ciudad, para poder detenerse a platicar con desconocidos en el parque central. Tomó coraje y en 2013 volvió a su país para ejercer como doctora en una clínica que daba atención gratuita a personas deportadas. Sus padres y sus dos hijos se quedaron en Estados Unidos: ella fue la única que retornó. Se ven una vez al año, cuando ellos viajan en las vacaciones escolares o cuando ella vuela a Maryland para pasar en familia las fiestas de año nuevo.

 

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Claudia dice que volvió por vocación, aunque volver significó repetir algunas cosas que vivió cuando migró en la infancia: la desconocían su acento o por su forma de vestir.

 

Me sentí como extranjera en mi propio país. Hay gente que considera que no soy salvadoreña porque me fui y decidí volver.  

 

Ahora es la directora de un hospital en Santiago de María, otro municipio del oriente de El Salvador. Vive a tres cuadras de su trabajo, donde atienden a un promedio de 30 mil personas al año. 

 

Yo no puedo cambiar el mundo, pero sí puedo cambiar el mundo donde existo, que es en la unidad médica. Mi vida ahora es simple. Me gusta el país, me gusta ayudar. Allá, aunque fuera parte de un hospital, no tendría la independencia que tengo acá.

 

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El plan inmediato es en El Salvador. Está pintando las paredes de la casa donde vivieron sus bisabuelos. Allí pondrá una clínica que atenderá los fines de semana, al salir de su trabajo en el hospital. Quiere tener ese espacio para echar a andar programas de educación sexual para las niñas y niños de Intipucá.

 

Regresé para ser mi patrona

 

El sueño americano de Blanca Neris Chávez era llegar a Estados Unidos para “trabajar y hacer dinero”. Quería ganar lo suficiente para construir una casa en El Salvador. Recuerda que apenas se instaló en Washington DC, en 1975, se sintió vislumbrada por las tiendas. Pensó que había llegado “al país de las maravillas” porque podía comprar cosas que en su pueblo no. Pero la sensación cambió cuando empezó a tener responsabilidades. Para pagar las cuentas trabajó en la cocina de un restaurante italiano y después en una cadena de cafeterías. Durante años su vida fue eso: trabajo, trabajo y más trabajo. “No buscamos la oportunidad de prepararnos intelectualmente, una se enfocó sólo en trabajar para traer su dinerito y hacer su casa”, dice Chávez, de 65 años.

 

Con el paso de los años, aquel sueño se transformó. El frío de Estados Unidos le caló más allá de los huesos, enmudeció al no saber hablar inglés y sufrió discriminación. En 1989 ocurrió lo que la hizo volver: buscaba atención médica con doctores que hablaran español para evitar malos tratos, pero le ordenaron una biopsia en el Washington Center, un hospital privado de DC. Ella llevaba $400 para pagarla, pero una enfermera no la quiso atender. “Me discriminó por no tener seguro. Salí llorando y me decepcioné”, cuenta.

 

 

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Cuando anunció que volvería a su país, sus amigos le dijeron que se arrepentiría, que regresaría al poco tiempo a Estados Unidos. Contra todos los malos presagios, en 1990, un año después de lo ocurrido en el hospital, regresó a El Salvador con sus tres hijos, todos nacidos en Estados Unidos. Estaba convencida: se quedaría en su tierra, aunque tuviera que vender tortillas. Al año siguiente abrió una ferretería en el centro de Intipucá. “Regresé para ser mi patrona. En Estados Unidos jamás iba a desarrollarme”, dice.

 

Sus hijos son ciudadanos estadounidenses. Los tres retornaron a Estados Unidos en su adolescencia, a partir de 1996, para estudiar en la universidad. Su hija trabaja en una tienda de medicamentos CVS y los dos varones, en el Capitolio. 

 

Después de abrir su negocio, Blanca Neris se propuso darle trabajo a jóvenes de su municipio. Ofrecerles opciones para quedarse, porque la mayoría espera cumplir 18 años para pagar un coyote y partir. Por eso compró un terreno en la playa y abrió un restaurante, a 20 minutos de Intipucá. Allí enseña a diez jóvenes las recetas que aprendió en los restaurantes de su juventud. Ella les advierte: “cuando ya uno descubre en tierra ajena todo lo positivo y lo negativo, uno ve que no es fácil vivir fuera de su patria”.

   

El retiro frente al mar

 

Rosibel Arbaiza vivió el sueño americano en su juventud. Quería llegar a Washington para abrir su salón de belleza. Migró en 1978, cuando tenía 19 años. “En realidad no me fui por necesidad, me fui por la curiosidad del sueño americano. Era como en las películas, que yo veía la nieve, pero no me puse a pensar que esa nieve daba un frío; no me puse a pensar en el idioma, que iba a estar muda si no encontraba a mi gente”, dice.

 

Ella aprendió cosmetología en El Salvador, pero le tomó ocho años abrir su propia peluquería en Estados Unidos. Tuvo que hacer ocho veces el examen para obtener una licencia. Ahora, con dos sucursales de su negocio en los que trabajan siete días a la semana, siente que su idea de sueño americano casi se cumplió: “En todos los sentidos: como madre, como esposa, como empresaria. Desde que me fui trabajé para Intipucá, nunca lo olvidé”. 

 

 

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Rosibel es la fundadora de un grupo llamado “Los embajadores”, nueve salvadoreños que migraron de Intipucá hacia Estados Unidos y que trabajan para atender las necesidades del pueblo que dejaron. Contribuyeron para la construcción de la Casa de la Cultura, del estadio y de la clínica municipal. Y cada año reparten mochilas en las escuelas. “La gente viene pensando que en El Salvador sólo hay pandillas, pero para nosotros es un gozo que los visitantes vean que esto no es solo charco, no sólo es pobreza”, asegura.

 

Rosibel tiene dos casas. En la sala de su hogar en Maryland tiene la maqueta de la que mandó a construir en Intipucá: una vivienda de dos plantas con fachada con estilo estadounidense. Es la casa para el retiro.  “Nosotros queremos vivir en nuestro retiro como vivimos en Estados Unidos. No es que en Estados Unidos voy a vivir bien, y en El Salvador con miseria”, dice.

 

El sueño de Rosibel también se transformó: “Dentro del sueño americano está nuestro retiro en El Salvador”. Es algo que ella y su esposo ya hablaron con sus cuatro hijos. Quieren envejecer cerca de la playa, escuchando el sonido de las olas y respirando la brisa del mar.

 

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Texto y fotos: Anita Puchard-Serra, Jessica Ávalos y Koral Carballo, responsables del proyeto Welcome to Intipucá City.

 


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