Hay cosas que solo se pueden contar en presente: el flechazo de verse por primera vez, un abrazo antes de partir, un episodio suspendido en el aire para siempre. Este texto de la escritora Margarita García Robayo narra la etapa de enamoramiento y es una de las 15 piezas de Poliamor, la nueva criatura de papel de Anfibia.



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Especial Amor. Anfibia papel. / Tema: el enamoramiento

 

Es de noche y estoy cansada, pero acabamos de llegar a la fiesta. Me siento en un banco en la vereda y los otros se dispersan rápido, como lagartijas hambrientas. Vengo de otra fiesta más tranquila en otro barrio más tranquilo. Mi vida, en cambio, ha estado algo inestable el último año. En la otra fiesta mi amigo C. se encontró con alguien que mencionó un cumpleaños en un bar de moda, algunos mordimos y acá estamos: enlodados en una avalancha de juerga. ¿Quién cumple?, le pregunto a D., que se sienta a mi lado y me pasa su cerveza. Un gay. Genial. No tengo la menor expectativa, así que me relajo en el banco y miro el Plátano que está empezando a florecer. D. también es gay, pero está solo porque su novio vive en Brasil. Yo hace unos meses terminé con un tipo que parecía de lo más inocuo y terminó siendo un psycho. Por suerte duró poco. Ahora pienso que aunque hubiese estado cuerdo habría durado poco, porque el problema no era tanto su locura como mi abulia.

 

Saco los ojos del follaje y vuelvo a la vereda, quiero decirle algo a D. relacionado con los ciclos y los karmas y la necesidad de limpiarse de otros, pero ya no está; lo veo entrando al bar con un flaquito de lentes y hombros fruncidos. Escucho la risa de mi amiga Z., que es como una cascada de piedras, dura y fluida. La ubico con un chico y una chica que le hablan de cerca y el contorno de las tres cabezas forma un aura vaporosa. Imagino que le dicen cosas lascivas que la hacen estirar el cuello y dejar caer la cabeza hacia atrás con ese desparpajo de actriz de los años veinte. El chico se aparta y también se ríe, tiene dientes grandes, blanquísimos, y una melena generosa, y la piel de un niño bien alimentado. Me descubre mirándolo y le dice algo a Z., que se vuelve hacia mí y me llama. Me encamino hacia ellos. El aire huele a pasto recién cortado, mis pulmones se ensanchan, mis arterias se limpian, la ventana de mi casa imaginaria mira una pradera perfecta bajo un cielo despejado. O un cuadro de Thomas Cole. Hago cálculos rápidos, no me dan las cuentas ni el pulso para empezar de cero. Z. nos presenta. El chico da un paso adelante, la chica da un paso al costado. A ella, su amiga, le caigo mal, ya lo sé, me pasa siempre de movida. Antes me afligía, pero ya no porque en un punto se revierte.

 

Z. dice cosas que no escucho. Entre él y yo se instala el silencio de bestias que se escrutan con los ojos inflamados. Aparece el holograma laberíntico que se superpone a la pradera y me marca un camino sinuoso de neón. Al costado está el hueco negro, el de siempre, el que no tiene fondo, el que nunca se va; pero al final del camino está esa luz brillante que me enceguece y me impide ver el hueco, o me hace minimizarlo: ahora es un felpudo roto, inofensivo, y no el bicho vivo que terminará chupándome. Así, en una distracción de la neurosis, es como ocurre el flechazo: los dos nos elevamos y accedemos a esa cápsula radiante como si nunca la hubiésemos habitado. Entramos frágiles, blandos, necesitados, desbocados, embrutecidos. Ya estamos heridos sin habernos tocado.

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La habitación sigue oscura, aunque hace rato que es de día. Lo sé porque me levanté antes a espiar la casa. En la heladera encontré una colección de picantes vencidos. En la biblioteca, además de libros, hay muñecos de la cajita feliz, facturas agrupadas en un clip gigante de Morph, cuatro soldaditos de plomo con el precio percudido pegado en la base –10 libras cada uno–. Pero el gato maulló y me asusté, entonces volví a la cama.

 

Este chico duerme para no hablar, es mi sospecha. La sospecha es el diablo, me lo enseñaron de chica –en contraposición a la certeza, que es Dios–. Hace diez días que nos conocemos, hemos hecho lo obvio: salir a comer, mirarnos con esa mezcla de ganas y desconfianza, y tener charlas crudas sobre la vida que embellecen nuestras heridas psíquicas. Ya revisamos el pasado, ya comparamos internamente a nuestros exes –a todos– y decretamos que somos mejores prospectos el uno para el otro. Ya le mentí para gustarle más; él hizo lo mismo conmigo, pero no me di cuenta. En este punto podemos coincidir en que somos felices juntos porque conspiramos para serlo; cada quien hace lo suyo, con brío, pero en secreto. Anoche fuimos a una terraza y, después del beso, pensé que tendríamos que lanzar cohetes: la reciprocidad en el amor –incluso si dura segundos– es una victoria que merece celebrarse. ¿Entonces por qué duerme tanto? No pregunto para no lidiar con la humillación de su respuesta. Así que me inflo y me desinflo, tengo ansiedad, tengo sed, tengo angustia porque está muy oscuro (¡buenos blackouts! –me dirá C., que está en el detalle fino). La boca entreabierta me deja ver un poco de su dentadura que me gusta tanto, pero de una forma distinta porque cuando duerme cambia, parece otra persona: alguien que me resulta al mismo tiempo extraño y querible. Me cuelgo pensando en cuánto cambiamos cuando dormimos o cuando nos miramos demasiado tiempo en el espejo y la cara empieza a descomponerse en un dibujo cubista. ¿Cómo eran los otros dormidos? No recuerdo a los otros. Es imposible tararear la melodía de una canción vieja cuando hay un hit golpeándote la cabeza. Despierta y me mira: ¿no dormís? 

*

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Me busca por mi casa y pasamos la tarde. Vamos a un bar. La merienda transcurre entre chistes y gestos de afecto irónico. Descubro que eso es lo que más me gusta de él: que está tan incómodo como yo con este choque repentino. Sabe que enamorarse es un accidente inevitable. Yo sé –y no recuerdo si lo sabía antes– que enamorarse es reconocerse.

 

Me dice que tomo mucha agua. Es que tengo la incertidumbre atragantada, pienso. ¿Está mal?, digo. Está bien, dice él. O quizá dice: ¿Está bien? Para ambas opciones hay respuestas distintas, así que callo. La charla banal es un arma filosa. De pronto quiero largarlo todo y volver a mi almohada mullida a fantasear. Hay, sin embargo, un placer especial en el enamoramiento adulto, este mismo, el de ahora, el que ya no es inocente ni desprejuiciado, sino que –aunque jamás renuncia a que el cielo se encienda con cada contacto visual– tiene claras ciertas reglas: 1) dura poco; 2) degenera en algo que, en criterios objetivos, es bastante peor: las palpitaciones decrecen, la sonrisa se diluye, la excitación se estanca, se resigna al mero bienestar o muere; 3) algunos se adaptan al nuevo estado de la relación disfrazándolo con títulos serios como estabilidad, o con otros más disparatados como sentar cabeza; 4) hay rebeldes que se empeñan en seguir buscando ese estado de felicidad extrema, con la ilusión de perpetuarlo; 5) todos fracasan, pero ninguno se arrepiente.

 

Me toma la mano y pregunta cómo estoy. Intoxicada de endorfinas, pienso. Bien, digo. Él asiente con una sonrisa que deja flotando. Todo flota acá adentro, y es hermoso y horrible porque, al menor signo de gravedad, caeremos en picada. ¿Qué hay abajo? El hueco negro. Él sabe, como yo, que podemos pasarnos la vida circundando el hueco sin mirar sus profundidades. Es lo que se estila. Yo no, sospecho que él tampoco: si caemos juntos, miraremos de cerca las entrañas del bicho, obsesionados por entenderlo. Así que sabemos que sabemos, pero no nos importa, porque ahora el hueco está lejos y olvidado. Hoy somos una isla flamante en el pantano de masitas, cafés y voces que se enciman a la tarde que se apaga. Nos veo: podríamos convertirnos en un recuerdo futuro engordado hasta la leyenda. O en una de esas parejitas felices dentro de una esfera de cristal que se agita para que llueva escarcha. Nos veo, pero no lo sé. Dentro de las múltiples fases por las que atraviesa el amor, esta –si bien es la que más claramente podría figurar en una tomografía– es la menos real y discernible. Lo que un cuerpo enamorado experimenta es la potencia de algo que todavía no se ha expresado del todo. Eso es fascinante, vertiginoso y aterrador.

 

Cuando salimos del bar le digo que debo volver a mi casa porque trabajo temprano. Falso. Me explico a mi misma que es mejor evitar al agobio mutuo, que prefiero estirar el momento en que todavía nada está astillado. Pero la verdad es que necesito que no me deje ir. En su cara aparece esa mueca que ya voy a empezar a registrar: abstracta e intensa como un Rothko. Adiós Thomas Cole, adiós pradera, ahora es cuando el pecho empieza a doler. Me abraza de golpe, como si temiera perderme, y yo me digo, abatida y aliviada: a la larga todos nos perdemos. Respiro, porque es mejor el oxígeno que la conciencia y envío todo el amor a mis tentáculos que se encienden como brasas y lo envuelven decididos. El cielo empieza a taparse. Espanto los malos presagios. A este lo quiero, por favor, que me quiera también. Aullidos sordos en el bosque a la espera de un eco.

 

¿Cómo le contaremos esto a nuestros nietos?, deposita esa pregunta en mi cuello, como una granada en un moisés, y yo le digo que en presente, así como este texto. Hay cosas que solo se pueden contar en presente, pero no porque sigan latentes o frescas, sino porque el idioma es pobre. No existe un tiempo verbal que traduzca un episodio suspendido en el aire para siempre, pero sí existe el estado de conciencia que te permite saber que te encuentras transitándolo, mientras te esfuerzas por convencerte de que llegaste a él de un modo azaroso, de que nunca te pasó antes, de que diste por fin con lo que estabas buscando. Pero este episodio no necesita esas mentiras. ¿Por qué? Porque cuando caiga la noche seguiré ahí, con los dientes apretados, intentando retenerlo.

 

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