Dolores Etchevehere, Mariano Macri y Esmeralda Mitre protagonizaron los últimos enfrentamientos de familias de clase alta que ocuparon la agenda pública. Pero hay muchos otros que se oponen a heredar su historia y destino: niegan su pertenencia y empiezan un trabajo consciente para eludir a cada paso las huellas del ayer. ¿Cómo salen de ese círculo en el que los apellidos funcionan como carnets de socio sin fecha vencimiento? Escribe Victoria Gessaghi.



Heredamos los rasgos de nuestros padres: la altura, el color de piel, de ojos, de pelo.

 

Heredamos también una posición social: un origen y un destino de clase, las disposiciones que se hacen cuerpo en esa trayectoria. Gestos, tonos de voz, gustos, un vocabulario, modos de percibir el mundo y de actuar en él. Una historia familiar. 

Algunos heredan títulos y bienes. 

 

Papá no es que escondía, sino que resguardaba muy bien sus bienes y muchos estaban en sociedades anónimas (…) No fue tan prolija la manera en la que se fue”, dice Esmeralda Mitre en una revista. En la foto que ilustra la nota, sostiene una foto de su padre en La Nación. Después de la muerte de Bartolomé, puso un veedor judicial para supervisar el reparto de la herencia que dejó el patriarca. La familia se enojó. 

 

Mariano Macri ventila la disputa con su hermano, el ex presidente, en un libro de reciente aparición. Reclama que se le pague un precio justo por sus acciones en SOCMA, la empresa que fundó su padre.

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Dolores Etchevehere reclama parte de la fortuna familiar, sí, pero en alianza con organizaciones sociales. Y también exige una reparación “colectiva”. 

 

La transmisión del patrimonio genético es inevitable. La del económico sigue ciertas reglas que, en su defecto, pueden ser disputadas en la justicia. La sociología mostró que –la mayoría de las veces- las disposiciones incorporadas se heredan de la misma manera que los rasgos biológicos. Sin embargo, hay quienes se animan a apelar el veredicto de la ley sucesoria familiar. Entre ellos: los hijos díscolos de la oligarquía.

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Dolores es “la desobediente” y por eso de “rechazar tu sangre” dice que a veces se identifica con las ex hijas de represores

Lo que deshace la familia –decía el sociólogo Pierre Bourdieu- rara vez es lo bastante poderoso para no tropezar con lo que la hace y la rehace sin cesar: la lógica afectiva, el sentimiento de culpa, el respeto de ciertas obligaciones sociales, los llamados al orden permanente. ¿Cómo oponerse a ese poder de imantación que tiene la familia cuando no se quiere heredar ni su historia ni su destino? ¿Y si además pertenecer a esa familia garantiza una posición privilegiada de clase? 

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Autos, colectivos y taxis. Semáforos, peatones que corren. Es martes. Son las diez de la mañana. Amalia me cita en un bar de Scalabrini Ortiz y Güemes, el conurbano de la plaza Vicente López. Tiene apellido paquete. Bisabuelo prócer y padre dueño de varios ingenios en Tucumán. Amalia pasó los veranos en una estancia familiar que hoy es un lugar turístico frecuentado por la elite del polo internacional. Fue a un colegio inglés de mujeres y vivió en el petit hotel de tres pisos que su familia ocupaba en Guido y Rodriguez Peña. 

 

—Yo me desclasé. No pertenezco más hace muchos años ni culturalmente, ni por elección, ni por marido, ni por formación de mis hijas. No pertenezco más culturalmente a la clase alta. Vivo en Almagro. Mis hijas fueron a colegios de clase media. No tengo hábitos, cultura, nada.

 

Si no se tiene dinero, se puede “caer” en la clase media. Pero negar la pertenencia a la clase alta obliga a producir una distancia con la historia familiar condensada en el apellido.

 

Una hija mía jamás va a dejar de pertenecer, me decía mi vieja. Para ella el apellido se lleva de por vida. La marca no desaparece, pero yo no hago más todo ese trabajo de ir al campo, juntarnos con todos los primos, estar donde hay que estar. Mi hermano sí: es el presidente del Tenis en el Club Argentino. Y mi otro hermano, el mayor, también: siguió con sus amigos tradicionales, siguió con el Jockey Club, tiene a su mujer que pertenece, que son de la consignataria. Mi hermana Martina es desclasada ideológica. Tiene plata, pero nada que ver. Estuvo en Montoneros. 

 

Y de la historia naturalizada en el cuerpo. María Gainza describe en El nervio óptico:

 

“La primera mitad de tu vida fuiste rica; la segunda, pobre. No alarmantemente pobre, sino más bien seca, de esas que llegan arañando a fin de mes sin haberse dado ningún lujo y tienen que salir corriendo a pedir prestado si surge algún imponderable. Eso explica tu Síndrome de Cuna de Oro, la indestructible sensación de que el dinero siempre está (…) Pertenecés a una clase que durante generaciones ha dado por sentado que todas las noches tendría un plato de comida caliente sobre la mesa. (…) El mismo fenómeno, pero a la inversa, se da en las personas que han pasado privaciones y, de grandes, tienen dinero. Esa gente dice que llevará hasta el último día la sensación de frío y precariedad metida en los huesos (…)”

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¿Cómo se sale de ese círculo del que la clase alta parece tener carnet de socio sin fecha vencimiento? 

 

Hasta los dieciocho años, Amalia solo se había movido entre Posadas, Avenida Santa Fe y Callao “porque Azcuénaga ya era cache”. Tuvo que ir un paso más allá cuando empezó a cursar en la Universidad de Buenos Aires. Ahí, cuenta, le entraron las ideas.

 

—El comunismo no era un cuco, la izquierda, la oligarquía, era otro mundo, me acuerdo que me cargaban por la manera de hablar, que me daba vergüenza. Cuando vino la crisis de Onganía y con el quilombo que se armó, se cerraron todos los ingenios en Tucumán. Todos hablando de los patrones y yo ocultando que mi familia tenía un ingenio.

 

En una sociedad donde las ideas de progreso e igualdad fueron, durante gran parte del siglo XX, un componente central del imaginario social, la clase alta no pudo encerrarse. Debió tener contacto con otros sectores sociales. La Universidad de Buenos Aires, la Alianza Francesa de la calle Billinghurst, los círculos de sociabilidad católicos, entre otros, se constituyeron en espacios porosos: lugares donde es posible encontrarse con los diversos “otros” y abrir una rendija que permita “salir de la burbuja”. 

En ocasiones, sus hijes se tentaron y exploraron más allá de la frontera.

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Juan Carlos Alsogaray -hijo de quien derrocó a Illia, sobrino de Álvaro y primo de María Julia- fue parte de las filas de Montoneros. Lo asesinaron en el monte tucumano. 

 

Oscar Braun Seeber perteneció a una de las familias más ricas de nuestro país. Su hermano es el dueño del supermercado La Anónima. Economista marxista, fue militante del peronismo revolucionario y miembro de Montoneros. Se exilió. Miguel Braun, su hijo, fue Secretario de Comercio de Mauricio Macri (las manzanas caen lejos del árbol en los sentidos más inexorables, digamos todo). 

 

Carlos Mugica. 

 

Los setentas fueron un gran parteaguas para algunos hijos de la clase alta. En aquellos años varios jóvenes se movilizaron a partir de su educación religiosa católica. Los curas tercermundistas en parroquias de Recoleta o las monjas francesas de La Asunción –un colegio para señoritas de familias de clase alta- fueron un canal de acceso a la militancia política. Amalia recuerda que las monjas de su colegio se hicieron revolucionarias comunistas y la acercaron a esa otra formación.

 

—Tenía diecinueve años cuando empecé a ir con otras chicas a un barrio, no a hacer misiones tipo religioso sino que habíamos enganchado la onda de un cura del tercer mundo. Te llevaban a ver lo que era la vida del obrero. Te ponían a cosechar la uva, a levantar paredes, a limpiar, a trabajar de mucama, a vivir en la casa. A aprender, no a enseñar. Eso me dio otra mirada del mundo.  

La clase alta es muy de ocuparse de los pobres –como decía Susanita en una tira de Mafalda- asociándose a fundaciones que organizan banquetes en la Rural para juntar fondos y comprar sémola y fideos. Pero estos “desclasados” hacen una lectura política de la desigualdad

 

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El reclamo de Dolores Etchevehere puede inscribirse en esta línea de continuidad. Aun cuando su crítica al orden de las cosas y la voluntad de transformación social no quiere decir que se hayan liberado íntegramente de aquello aprendido y naturalizado –¿quién puede hacerlo?- el conflicto en Casa Nueva nos interpela porque, por un instante, por más efímero que sea, corre el telón y deja ver los engranajes de aquello que está detrás de la herencia “natural”: agronegocios, patriarcado, desigualdad.

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—Nosotros hablamos distinto  —me dice un abogado de doble apellido—. Vos dijiste una palabra recién: vos dijiste milla (e imita la pronunciación que hice de la LL). Mató, ya está. Vos no sos… Es igual que los ingleses. Los ingleses saben perfecto el who is who por el tono, y acá pasa más o menos lo mismo. 

 

El cuerpo, eso que se percibe como la expresión más “natural” de las personas es un producto social. La postura corporal, la vestimenta, los tonos de voz, los gustos suponen una de las tantas formas de afirmar la posición ocupada en el espacio social. Amalia lo sintetiza claro:

 

—Las mujeres de la clase alta son como de otra raza, otra especie, una manera de hablar, todas flacas, pelos lacios, las caras, hay una estética que modifica la manera de hablar, la ropa toda igual. 

 

Para desclasarse es necesario borrar la marca indeleble de lo que se fue en lo que se es. En algunos casos, basta con suprimir el doble apellido: cuando dejó el país en los setenta, Ana Barón Supervielle se volvió la periodista Ana Barón. La mayoría de las veces, implica el trabajo de borrar las marcas de la clase en el cuerpo. Virginia, una joven que hasta los dieciocho años no había salido de los confines del mundo familiar en Recoleta, se embarcó en esa tarea al cruzar las puertas de la universidad pública:  

  

Yo me acuerdo de tomar conciencia de eso y de empezar a pronunciar más la ye, la malla. Malla no se decía, era el traje de baño, yo recuerdo haciendo un esfuerzo tremendo para dejar de hablar como la gente de mi edificio, por ejemplo, y al mismo tiempo mis compañeros de la facultad, de San Justo por ejemplo, mostrándome qué terrible que era todo: cómo hablaba, el color del pelo, cómo me vestía, todo. Esas marcas eran más indelebles de lo que yo creía. 

 

Hay que “parecer normal”, distanciarse del mundo del que se viene para fundirse en el que se llega. Virginia parece haberlo logrado:

 

Virgi es cheta pero no se nota, me dijo una vez un amigo y para mí fue uno de los mejores elogios que me podían haber dicho. 

 

Reeducarse, hacer un trabajo consciente sobre uno mismo para eludir a cada paso las huellas del ayer, educar el cuerpo. Macri trabajó denodadamente con una fonoaudióloga para pulir el tono de su voz. No lo consiguió. Seguramente porque nunca estuvo en sus planes renunciar a sus privilegios de clase.

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Clara Reynal tiene 40 años, es la menor de cuatro hermanos. Cuando era chica veraneaba en el campo familiar o iba de viaje a Europa, al Líbano, a China. Mientras estudiaba Letras en la Universidad del Salvador trabajó en la SIDE, donde su papá le consiguió un puesto de recepcionista. Ganaba mucho dinero pero se aburría. Estudió cine, teatro y fotografía. Publicó una novela.   

 

Siempre me sentí diferente. A mí nunca me importó la ropa, siempre fui desprolija; mi madre es toda prolijita, ordenada. Yo siempre cuestioné cosas, desde chica. Y después, uno va conociendo gente, se va abriendo a mundos, y en un punto, te empezás a identificar más con los otros que con tu propia familia. 

 

A los diecinueve años Clara empezó un taller de teatro. Una de sus compañeras, cuenta, era hija de desaparecidos. Se hicieron amigas, conoció su historia: cuando se los llevaron, los padres escribieron en la puerta “Yamila, te amamos”. La puerta sigue escrita. Clara volvía del taller y hablaba de estas cosas con su familia, le decían: “Fue necesario porque la guerrilla y los guerrilleros. Es una guerra, de los dos lados“. Así empezó a hacerse preguntas, a leer y a construir sus propias respuestas. 

 

Todo tránsfuga de clase hace un viaje de alejamiento de su mundo de origen. A veces se logra mantener el lazo aun cuando crece la distancia. Clara dice que cuesta al principio y que hay gente que por ahí se queda a mitad de camino. Ella no. Se siente muy diferente a su familia. Sobre todo políticamente: 

 

Imaginate que les parece que los gays son enfermos, yo me la paso yendo a las marchas gays. Vengo de ese mundo y algunas cosas están en uno y uno es parte de eso; pero en otras muchas, no, no me identifico.

 

Hoy mantiene una relación cordial. Los visita una vez al año, para los cumpleaños. “Son muchos años compartidos, el cariño no te lo quita nadie”, dice con la voz de los que saben que no hay remedio.  

 

Con ese tono, también, habla Dolores en la galería de la estancia familiar en Entre Ríos. Lleva una semana de convivencia con “su nueva familia”. Se siente apoyada pero también se siente sola:

 

Yo estoy desarrollando este proyecto sin renunciar a mis costumbres de origen.

 

El desclasado vive entre el desgarramiento y el desfasaje. Los varones Etchevehere, y quienes se identifican con ellos, ven en Dolores a una traidora. Pero ella es también una extranjera que no habla la lengua del universo al que llega: algunos movimientos sociales sospechan de su estirpe de familia terrateniente. Nadie dice que es fácil elegir qué heredar y qué no.   

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Las historias de varones desclasados circulan menos. Tal vez sean menos aceptadas. O puede ser que ellos tengan más para perder si dejan de pertenecer. Las mujeres se libran del mandato de ser “las reinas del hogar”. Los hombres, en cambio, tienen siempre la posibilidad de ejercer una cierta libertad, incluso una “doble vida”. En algunos casos, ellas tienen las voces del feminismo que les recuerda su sujeción. Ellos ni siquiera eso.

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Je suis pas Dolores, está claro. Sin embargo, el potencial de este “conflicto de familia rica” nunca fue la emergencia de una heroína feminista. Tampoco la promesa de “desalambrar” (aunque los Etchevehere vociferen que se ataca la propiedad privada). ¿Su riqueza residirá en mostrar que en la Argentina, a pesar de todos los embates neoliberales, la demanda de igualdad sigue viva? ¿Que los espacios porosos resisten y que debemos seguir trabajando para que así sea? ¿O que a falta de distribución de la riqueza nos apropiaremos de cada Dolores (y de cada Silvia Saravia, claro) para visibilizar las violencias sobre las que se sostiene nuestro sistema? ¿Serán esos los peligros que huelen los Etcheveheres? Tal vez, los invada también el temor de que otros puedan contagiarse y transitar esos caminos de ruptura. El pánico de que les hijes de Silvia y de Dolores puedan librarse de esa pesada herencia y se sumen a la causa. Los estaremos esperando. No podemos dejar a nadie afuera porque “el que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra”.


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