La línea de tiempo de la lucha por el aborto legal es larga, pero con el regreso de la democracia se plantean estrategias para conquistar una ley. En esa genealogía, 2018 se volvió hito: habrá una piba atándose el pañuelo en el cuello hasta que el aborto sea ley. El pañuelo resignifica el blanco de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y dialoga con la construcción de la memoria y la justicia en clave feminista. En ¡Que sea ley!, María Florencia Alcaraz escribió la historia urgente del derecho a decir que no.



 

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El derecho a decir que no

 

No, es una palabra corta; un chasquido, tal vez.

No, es un discurso negativo; una queja.

No, es lo que decís cuando no querés continuar;

cuando no estás de acuerdo con algo.

No, como una dirección;

dirigida hacia una persona

o hecha contra un sistema

o dada en una situación.

No, lo que anunciás que hacés

o no hacés con tu cuerpo;

como un gesto, como una retirada.

No, como la historia

de cómo alguien rechaza

lo que antes había soportado.

–Sara Ahmed

 

Las manos sostienen de frente el trozo de tela triangular y verde desde sus puntas. Las llevan hacia la nuca para unirlas atrás. La mirada baja por un momento como si la fuerza para atarlas estuviera en la cabeza. Las puntas se tensan en un movimiento suave, pero con determinación. El nudo aprieta, aunque no tanto. El pañuelo cuelga laxo del cuello ya relajado. Y aunque las letras que lleva impresas no llegan a leerse por el doblez desprolijo, es evidente: no es símbolo de fragilidad, sino todo lo contrario. ¡Listas, preparadas, ya! La piba lleva un pañuelo que no es para secar lágrimas, ni para sonar mocos de un resfrío ni para pedir ayuda flameando por la ventana de un auto. Un pañuelo de color verde que hace visible la reivindicación de derechos y, a la vez, reverbera un mensaje potente: no aceptamos la crueldad de esta sociedad patriarcal y estamos decididas a crear “un mundo en el que podamos ser”. No es un verde esperanza como la canción que invita a pintarse la cara. Es un verde fuerza.

 

El pañuelo verde en Argentina es la síntesis del derecho a decir que no a lo que no se desea; a impugnar a la democracia de machos en la que crecimos y sobrevivimos mujeres, lesbianas, travestis y trans; a rechazar el lugar de ciudadanas subordinadas y tuteladas que nos plantea el Estado; a no tolerar que el deseo nos coloque en una zona de riesgo tan fatal que en las últimas tres décadas hay, al menos, 3040 mujeres menos por la ausencia de una ley de aborto legal, seguro y gratuito.

 

El pañuelo verde de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito resignifica el blanco de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y dialoga también con esas formas constitutivas de construcción de la memoria y la justicia en clave feminista.

 

Parte de la potencia de los feminismos populares de hoy radica en la inscripción en la lucha por los derechos humanos en Argentina. Porque no se encorsetan en una “agenda de género” tradicional e importada, sino que son un vector de resistencia permanente frente a todas las formas y cadenas de opresión.

 

Por la memoria de las que no sobrevivieron a un aborto en la clandestinidad, por aquellas a las que le negaron ese derecho y murieron, por los fragmentos de libertad que les quitaron a muchas criminalizadas y por los futuros autónomos de las presentes y las que vendrán: el pañuelo verde es una responsabilidad ética y política. Es parte de los mosaicos que pueden construir una identidad, la de un “pueblo feminista”.

 

Frente al pacto de una democracia de machos que expropia las más íntimas decisiones de mujeres, lesbianas, travestis y trans, que aplasta con el mandato de la maternidad, que relega a una ciudadanía subordinada y propone una vida repleta de riesgos, la generación de la revolución verde forjó un pacto feminista con la época, pero también con el pasado y el futuro.

 

Cada vez que el pañuelo verde se cruza en el paneo que hace una mirada en la calle, en el subte, en el colectivo, en el tren, en el barrio, en el trabajo, en cualquier lugar, es como un golpe de rayo. Su aparición genera una atmósfera de confianza. Se trata de una contraseña con un mensaje claro: no estamos solas.

 

Cuando las feministas en Argentina no encontraron lugar en la política tradicional, inventaron un espacio propio para tramar su política: los Encuentros Nacionales de Mujeres, una experiencia inédita en el mundo que hace más de tres décadas se mueve de provincia en provincia dejando a su paso organización feminista y planteando estrategias para conquistar derechos. La Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito surge como decisión de las conclusiones del XIX Encuentro Nacional de Mujeres de Mendoza en 2004. En principio iba a ser una campaña por cuatro meses: ya superó los trece años.

 

 

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Cuando la lengua impuesta tampoco podía ponerle palabras a la denuncia, demanda y deseo, el feminismo popular tramó una lengua propia, un código compartido: Ni Una Menos. En tanto lema, colectivo feminista y movimiento social, Ni Una Menos forma parte de un continuum de narrativas feministas que permiten a otras acceder a aquello que el relato oficial y patriarcal invisibiliza. Ni Una Menos saltó las fronteras del histórico activismo persistente y tenaz. Como grito de furia y hartazgo fue un basta a los femicidios, pero también significó decir que no a la historia como estaba aconteciendo, al tiempo lineal tal cual se estaba heredando. El 26 de marzo de 2015 fue la primera acción pública del colectivo Ni Una Menos: una maratón de lecturas contra los femicidios convocada por un grupo diverso de escritoras, periodistas, investigadoras, académicas y artistas, en su mayoría mujeres y lesbianas, pero también había varones. La acción coincidía con dos fechas: por un lado, se cumplían diez años de la desaparición de Florencia Pennacchi y, por el otro, en esos días había aparecido el cuerpo de Daiana García en una bolsa de arpillera en la localidad bonaerense de Llavallol junto con el desprecio mediático por su vida. Después, fue el asesinato de Chiara Páez, en la ciudad santafesina de Rufino, y en ese momento, con la potencia multiplicadora de las redes sociales, surgió la convocatoria masiva del 3 de junio de 2015.

 

Durante mucho tiempo, la política feminista había sido un susurro constante y persistente. La emergencia de Ni Una Menos hizo que el resto del mundo viera a aquel actor político subestimado (o mejor deberíamos decir actriz política). Un año y medio después de aquella jornada histórica, otro femicidio de una adolescente, el crimen de Lucía Pérez, de dieciséis años, en Mar del Plata, y la represión en el Encuentro Nacional de Mujeres en Rosario llevaron a convocar desde una mítica asamblea en la Central de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP) al primer paro de mujeres, lesbianas, travestis y trans el 19 de octubre de 2016.

 

El 9 de octubre de 2016, el XXXI Encuentro Nacional de Mujeres en la ciudad de Rosario había cerrado con una marcha de 90 000 personas cruzando la ciudad. Ignorada hasta ese momento por los principales medios de comunicación, la movilización se convirtió en noticia nacional cuando la Policía de Santa Fe respondió con balas de goma a las manifestantes que pintaron con aerosol los fenólicos que protegían la catedral frente a la plaza 25 de Mayo. Es una tradición de los encuentros pasar por las catedrales locales y repudiar la responsabilidad que tiene la cúpula eclesiástica en la resistencia a una ley de aborto legal, seguro y gratuito; el corporativismo y la protección hacia los curas abusadores; entre otros reclamos. A la cantidad de agentes destinados a rodear el edificio religioso, se sumaron otros tantos que custodiaban desde adentro y salieron ante los primeros balazos. Durante dos horas hubo una lluvia de balas de goma y gases lacrimógenos que terminó con manifestantes y trabajadores de prensa heridos y heridas. Los efectivos, protegidos con cascos y escudos y armados con ithacas, apuntaban a las manifestantes, a periodistas y hasta dispararon a un grupo de vecinos y vecinas que filmaban la represión desde un balcón. Fueron varias las activistas que se volvieron a sus provincias con impactos de balas de goma en sus cuerpos.

 

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La bronca por la represión, que ni siquiera fue investigada, sumada a la noticia del femicidio de Lucía Pérez, que ocurrió al mismo tiempo que se desarrollaba el Encuentro, pero en la ciudad balnearia de Mar del Plata, motivó la organización de un paro y una movilización. “Si nuestras vidas no valen, produzcan sin nosotras” fue la consigna que enlazó la denuncia por las formas de violencia más extrema con el aporte económico que hacen las mujeres, lesbianas, travestis y trans al sistema productivo capitalista.

 

El acontecimiento dejó una imagen indeleble: la de los paraguas colmando la Plaza de Mayo. A pesar de la lluvia, fueron miles y miles las que se movilizaron convocadas por el paro. Otra vez no a la “pedagogía de la crueldad” que propone el patriarcado. Fue un salto: se disputó el sentido hegemónico de la palabra “paro” apropiada por los sindicatos, uno de los ámbitos más dominado por varones. A su vez fue en el contexto de un reclamo de gran parte de la clase trabajadora de un paro a la Confederación General del Trabajo (CGT) para exigir más trabajo y mejores paritarias. Las cifras oficiales en ese momento para las mujeres mostraban la feminización de la pobreza: la tasa de desempleo había subido a dos dígitos (10,5) para la población femenina. “En un contexto de ajuste, de tarifazos, de incremento de la pobreza y achicamiento del Estado como el que propone el gobierno de la Alianza Cambiemos, nosotras nos llevamos la peor parte: la pobreza tiene rostro femenino y nos coarta la libertad de decir no cuando estamos dentro del círculo de violencia”, dice el documento que se leyó en el acto central bajo una lluvia épica. El primer paro al gobierno de Mauricio Macri lo hicieron las mujeres, lesbianas, travestis y trans antes que la CGT.

 

El paro fue la evidencia de que el “pueblo feminista” no se iba a limitar a impugnar al patriarcado en tanto sistema que precariza las vidas. También iba a rechazar al sistema capitalista, al modelo neoliberal y conservador. De ahí al primer paro internacional demujeres, lesbianas, travestis y trans el 8 de marzo de 2017. Ni flores, ni bombones. El Día de la Mujer Trabajadora la tierra tembló. Estos acontecimientos fueron posibles gracias a alianzas intergeneracionales, porque el feminismo siempre ha sido un diálogo entre distintas trayectorias vitales: hay una generación de pioneras, históricas, pero también hay una generación heredera del estallido político social de 2001, una generación Ni Una Menos que son las pibas de los secundarios y una generación que decidió hacer el primer paro de mujeres, lesbianas, travestis y trans al gobierno de la Alianza Cambiemos.

 

No crecimos con un pañuelo verde en el cuello. Ni con un gesto político propio. Ni con una contraseña que nos pertenezca. Ni con una lengua común. Ni con la conciencia de esa fuerza verde que tenemos juntas. Crecimos, más bien, con una venda que nos cruzaba los ojos: llámese familia, escuela, Iglesia, Estado, mito del amor romántico, mandato, estereotipo, heterosexualidad obligatoria y un largo etcétera. Cada una tiene su propia venda.

 

Nadie nace feminista. Se llega a serlo. En un momento otra extiende la mano y ayuda a correrse la venda propia. Se produce la epifanía: aparece la matrix, una matriz inevitable que está en todos y cada uno de los rincones de nuestras vidas. A esa venda le ponés un nombre, digamos patriarcado. Y aparece una posibilidad: decir que no como derecho, decir que no como opción, rechazar lo que antes se había soportado, impugnar las reglas escritas por otros o desobedecerlas, dentro de lo posible. No a una pareja violenta, no a un maltrato cotidiano, no a aquello que no queremos escuchar cuando caminamos por la calle, no a un embarazo involuntario, no a un acto sexual, no a un modo de vida guionado.

 

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La lucha por el aborto legal es una lucha subversiva. Y es una lucha por la soberanía, por el poder. Es una disputa de los sentidos y de las leyes. Decir que no a la obediencia de un mandato de un único modo de ser mujer dócil, cuidadora, que coloca su sexualidad y su deseo en la maternidad y el matrimonio, a maternar como único destino. Decir que no a la reproducción biológica como esclavitud. Decir que no al sacrificio y la tortura que plantea la maternidad forzada. Decir que no es un profundo cuestionamiento al orden social. Decir que no debe dejar de ser un privilegio de la mitad de la población de en este país.

 

El aborto en Argentina está penalizado, salvo por dos causales, desde 1921. Cuando las mujeres no podían votar ni ser votadas, cuando el Estado no registraba ni siquiera cuántas mujeres había en el territorio argentino, pero sí contabilizaba de manera ordenada cuántas vacas pastaban en el campo, un Congreso de machos votó el artículo 86 del Código Penal que reconoce causales: en caso de riesgo de vida de la persona gestante y violación. Esta última causal planteó un conflicto de interpretaciones que se extendió durante 91 años, hasta que en 2012 la Corte Suprema de Justicia de la Nación dictó un fallo en el que ratificó el carácter legal del derecho al aborto para toda mujer víctima de violación con la sola declaración jurada, sin que medie la necesidad de una denuncia policial o la judicialización del caso. Por otro lado, instó a la nación y a las provincias a publicar protocolos hospitalarios para su efectivo cumplimiento. Este pedido del máximo tribunal del país para las situaciones denominadas “abortos no punibles” o interrupciones legales de los embarazos (ILEs) ha tenido un acatamiento parcial a lo largo y ancho del territorio nacional.

 

Desde 1921 a esta parte se ha expandido de manera amplia y diversa la oferta de posibilidades de tomar decisiones sobre nuestros cuerpos. También se han ampliado derechos para mujeres, lesbianas, travestis y trans empezando por el derecho al voto femenino (1947) y la consecuente incorporación de las mujeres a la política; pasando por la capacidad civil plena que permitió, por ejemplo, disponer de bienes cuando una mujer se casaba, salir del país sin permiso marital y abrir una cuenta bancaria de manera autónoma (1968); la patria potestad compartida (1985); la ley de divorcio vincular (1987); la ley de cupo femenino en el Congreso (1991); la creación del Programa Nacional de Salud Sexual y Procreación Responsable (2002); la ley de cupo sindical femenino (2002); la Ley de Educación Sexual Integral (2006); la Ley de Protección Integral a las Mujeres (2009); la Ley de Matrimonio Igualitario (2010); la Ley de Identidad de Género (2012); la ley de cupo laboral trans en la provincia de Buenos Aires (2015); la ley de paridad en el Congreso (2017), entre algunas de las normativas que transformaron la vida cotidiana.

 

Sin embargo, mujeres, lesbianas y varones trans mantienen confiscada la plenitud del goce sexual. Seguimos atadas y atados a aquello que ocurre en nuestros úteros: un embarazo involuntario que no llega a término puede llevarnos a la cárcel, como ocurrió con Belén en Tucumán; una violación puede condenar a una niña a crecer criando; y, sin aborto legal, el embarazo será siempre un fantasma que se cuele en las coordenadas de nuestros deseos, sexualidad y placer. El derecho al placer no será pleno para las mujeres sin aborto legal. Sin aborto legal tampoco hay Ni Una Menos.

 

La negación de este derecho es un acto de violencia sobre los cuerpos de las mujeres y varones trans. Los proyectos de vida, la sexualidad y la reproducción deben ejercerse desde la autonomía y desde la libertad. Una ley que despenalice y legalice el aborto implica avanzar hacia una ley que amplíe las posibilidades y los proyectos de vida: que permita decir que no a un embarazo para decir que sí a un listado infinito de deseos y formas de vida.

 

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Frente a la penalización y criminalización, muchas fueron las que se organizaron para salvarse la vida, para reducir riesgos y daños de los abortos inseguros. Las feministas argentinas no esperaron que el Estado garantice este derecho: tejieron desde la ética de un cuidado popular y feminista redes de mujeres, lesbianas, travestis y trans que acompañan a otras en sus abortos medicamentosos.

 

La línea de tiempo de la lucha por el aborto legal tiene una larga data, pero es con el regreso de la democracia que se empiezan a plantear articulaciones específicas para conquistar una ley, para disputar al Congreso la ampliación del derecho. Una foto en blanco y negro inmortalizó el primer 8 de marzo después del regreso de la democracia: en ella se ve una enorme concentración de mujeres en la plaza del Congreso y subiendo las escalinatas está María Elena Oddone, con un vestido claro entallado, sostiene un cartel grande que tiene absoluta vigencia por estos días: “No a la maternidad, sí al placer”. Era 8 de marzo de 1984. Oddone había sido fundadora del Movimiento de Liberación Femenina (MLF) y una de las referentes feministas de la década del 70. Su pancarta anticipaba una lucha que se sostendría, con distintas intensidades, narrativas y estrategias, más de tres décadas después.

 

El año 2018 marcó un hito en esta lucha, en el plano social, cultural y legislativo, que obliga a revisar cómo se llegó a que el pañuelo verde sea, con irreverencia, parte del paisaje urbano y parte de un discurso público. No fue de un día para el otro. Y el recorrido tampoco fue lineal. Los impulsos llegaron desde diversos lados. La nitidez sobre la necesidad de abordar este tema desde la salud pública, los derechos humanos, la justicia social y la autonomía fue una construcción colectiva conquistada.

 

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Los feminismos son un movimiento de sobrevivientes y, como tal, un movimiento con futuro. Habrá una piba atándose el pañuelo en el cuello hasta que el aborto sea ley en Argentina, y más adelante también, porque una norma escrita tampoco garantiza la concreción de un derecho y porque habrá que, sin dudas, extender la conquista legislativa a toda la región de América Latina y el Caribe. Lo cierto es que esta lucha nos pertenece. A esta lucha le decimos que sí.

 


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