La llegada de Macri a la presidencia rompió mitos como la invencibilidad del peronismo y la idea de que el Partido que Gobernaba la Nación no lo hacía en Provincia y la Capital. En el búnker de Costa Salguero, con capacidad para siete mil personas, hubo pogo, banderas, muchas selfies y mozos que viven en un country y no necesitaban la plata pero trabajaron “para cagarse de risa”.



La noche anterior, Karina se lo anticipó a su hijo. “Dentro de 50 años te vas a acordar de que estuviste ahí y no lo vas poder creer”. Al día siguiente ella iba a fiscalizar para Cambiemos en una escuela de Pilar, un aporte que consideraba valioso y del que ya estaba orgullosa. Pero su hijo varón, su único hijo varón, Ignacio Sabate de 18 años, iba a estar en el lugar de los hechos. Dijo su mamá: iba a ser “testigo de un momento histórico”. Ignacio asintió, aunque lo que más lo entusiasmaba del plan era con quién iba a compartir ese momento: sus tres mejores amigos, Julián, Juan Martín y Matías, con los que había hecho el colegio secundario en el St. Matthew’s College de Pilar.

 

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El domingo, se despertó a las 11. Le pidió a su papá el Peugeot 206: fue desde su casa en el country La Caballeriza hasta el colegio número 5 de Pilar. Votó (a Mauricio Macri) y de ahí manejó hasta la casa de Julián, en el barrio cerrado Septiembre. Sus tres amigos ya lo esperaban. Almorzaron milanesas, fumaron, se rieron y jugaron al FIFA en la Play Station, hasta que se hizo la hora de salir hacia el búnker de Costa Salguero, sede tan habitual como cabulera del macrismo.

 

Llegaron con tiempo para repasar detalles con la coordinadora de “Fennel, gastronomía de excelencia”, la empresa que los contrató en base al perfil y, sobre todo, al look de estrella teen que tienen los cuatro amigos. Flacos, todos arriba del metro ochenta, pelo con gel, cara aniñada y barba de tres días, estilo Agapornis, sueltos y amables.

 

Caminaron por el salón semivacío, decorado con globos celestes y blancos y cinco pantallas enormes: rodearon el escenario. Sonaba un encadenado hitero de Tan Biónica, Gilda, Agapornis, Los Auténticos Decandentes y Los Palmera, en adelanto de lo que se vendría. Después se pusieron el uniforme: camisa blanca, pantalón negro, moño y tiradores color gris cemento, más el pin con el nombre de pila de cada uno. Así, desde las 3 de la tarde hasta 11 de la noche, a cambio de 600 pesos por la jornada laboral, los cuatro amigos serían los mozos del lugar elegido por el PRO para esperar los resultados del balotaje. 

 

 

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“No necesitamos la plata. Pero lo hacemos para cagarnos de risa y para no tener que pedirles a nuestros viejos para irnos de vacaciones”, dice Ignacio Sabate, que a su vez sigue los pasos del padre y es estudiante de abogacía en la Universidad del Salvador.

 

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Mientras ofrece un vaso de Coca-Light a uno de los 900 periodistas acreditados, Ignacio mira de reojo una de los televisores colocados en las paredes del salón. Aparece Daniel Scioli y una imagen de archivo de Cristina Kirchner: “Lo que más me molesta de este gobierno es que se le dio oportunidades a gente sin capacidad: el acomodo. Eso y las cadenas de Cristina”, dice.

 

Para su amigo Julián, estudiante de ingeniería industrial en la UBA, “estos años no fueron buenos y un cambio nunca viene mal”. Juan Martín, alumno de economía empresarial en la Di Tella, afina la crítica hacia el ciclo kirchenrista: “No me gusta el proteccionismo que imponen”. Matías reparte rollos de canela y se autofelicita por haberse sumado a la aventura, propuesta por Ignacio a partir de un contacto del papá, de ser mozo-macrista el día del balotaje. “Acá, veo la historia de cerca”, se jacta.

 

El ascenso de Macri a la presidencia rompió récords y derrumbó mitos instaladísimos en la política argentina. Para empezar: la  invencibilidad del peronismo. En elecciones sin proscripción, el justicialismo sólo había perdido dos veces, y en ambos casos contra la UCR. Hasta el triunfo de Macri, que una tercera fuerza de tono conservador derrotara al peronismo parecía un delirio o una utopía.

 

Otro dato inédito es el de la “mamuschka PRO”, como graficó en sorna uno de los autoanotados para ocupar una Secretaría nacional: por primera vez una misma fuerza política consiguió ganar el gobierno de la Capital, la provincia de Buenos Aires y La Nación por vía del voto directo. Una tripleta que obligará a Cambiemos a llenar un organigrama de 10 mil nombres para puestos de relevancia.

 

“Es un día histórico, un cambio de época y va a ser maravilloso”, anunció un Macri más emocionado –y menos contenido- que en otros discursos. “Hicimos posible lo imposible”, parafraseó –sin buscarlo- la consigna de la primavera francesa.

 

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El futuro presidente agradeció con cariño a su tropa, a su secretaria histórica, a sus amigos y a sus familiares, a los muertos y a los vivos, demostrando a la pasada la enorme importancia que le concede a su vida afectiva. Cerró con un “¡vamos Argentina!”, y se entregó al ya clásico carnaval político-bolichero del PRO, otro de los aspectos en los que su partido también resultó rupturista.    

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Hasta el domingo 22 de noviembre, en la Argentina siempre había fracasado la posibilidad de armar coaliciones de centro-derecha que fueran efectivas a nivel electoral. La Unión del Pueblo Argentino (UDELPA), creada por el General Pedro Eugenio Aramburu en 1962, quedó tercera en las elecciones presidenciales de 1963.

 

En 1973, la Nueva Fuerza, agrupación que llevó como candidato presidencial a Julio Chamizo, terminó en un fracaso rotundo, tanto político como económico. El partido que estuvo más cerca de coronar la presidencia fue la UCeDE, que pasó de ser minoritaria, super-estructural y ligada a los golpes militares a convertirse en un espacio dinámico que conmovía a diversas franjas juveniles. A tal punto que la Unión para la Apertura Universitaria (UPAU), brazo estudiantil de la UCeDE, logró ser competitiva en las elecciones de los centros de estudiantes de la UBA, incluso en facultades con tradiciones de izquierda como Filosofía y Letras.

 

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A mediados de los noventa, sin embargo, sus banderas se volvieron redundantes con la praxis concreta del menemismo, y la fuerza liberal de Alvaro Alsogaray perdió la razón de su existencia.

 

Ante ese freno, la UCR y el peronismo, según la coyuntura, recibieron el apoyo de los sectores de derecha incapaces de conducir su propio espacio político. Así, mientras el triunfo de Macri rompió ese límite histórico, a su vez sugiere hacia adelante la posible normalización del sistema de partidos, en torno a dos grandes coaliciones a la europea: una pro-busines y otra pro-labour. O al menos ese parecía ser el trazo grueso de lo que estaba en juego en el balotaje entre Macri y Scioli: una caracterización que no significa que el kirchnerismo haya sido poco próspero a la hora de favorecer negocios, ni que el futuro gobierno macrismo se limite a beneficiar al mundo empresarial. En lo discursivo, Macri tuvo que suavizar su prédica librecambista para poder ganar la elección.

 

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Hijo de la crisis de 2001, el PRO es un partido de capas: dirigentes del PJ y la UCR, líderes de fuerzas minoritarias desaparecidas como la UCeDé y Acción por la República, técnicos y profesionales de fundaciones y ONGs y hombres de negocios que seguían a Mauricio Macri desde el mundo empresario.

 

A veces estas piezas son individuos (figuras del espectáculo, líderes de fundaciones y ONGs que escucharon el llamado para meterse en política) o grupos más o menos cohesionados y solidarios que conforman corrientes internas al interior de PRO. Al igual que sucede en el PJ o en la UCR, distintas facciones pugnan por el poder.

 

Según detalla el libro “Mundo Pro”, de Gabriel Vommaro, Sergio Morresi y Alejandro Belloti, “los motivos trazan un arco desde lo pragmático (el poder mismo en disputa: el reparto de cargos) hasta lo ideológico (gente que se identifica con la derecha y gente más inclinada hacia el centro), e incluyen el personalismo (la preferencia por determinado dirigente contra otros). Sin embargo, dentro de PRO –acaso consecuencia de su heterogeneidad original, del liderazgo indiscutible de Macri y de su institucionalidad muy baja– las facciones se estructuran sobre todo a partir de criterios de identidad y organización. Importa menos lo que quiere cada grupo que los espacios sociales por donde circula cada uno de ellos, los vínculos históricos de sus miembros y su papel dentro del armado partidario”.

 

Dentro del rompecabezas de tribus y sectores que compone el PRO, qué grupo se imponga determinará buena parte del rumbo de la presidencia de Macri.

 

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El politólogo Diego Reynoso opina que esto será clave en los años que vendrán: “El Estado es el espacio que articula y dirime quién va a ganar más, tanto en el mercado como en los negocios con el Estado. El Estado es un lugar de diferenciación, y eso es lo que se puso en juego, con este triunfo de la derecha”. 

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A pesar de que gran parte de sus colegas actores hayan apoyado la candidatura Daniel Scioli, Juan Acosta no se siente un paria. “Leonardo Sbaraglia se subió a un colectivo para hacer campaña. Yo hace 25 años que tomo el 126”, comenta Acosta, copa en mano, en referencia burlona al proselitismo de ciertos artistas kirchneristas.

 

“Estuve en Ezeiza en el 73, fui del PC, soy anarquista, nunca compré el relato kirchnerista y deseaba de corazón que esto pasara”, afirma este actor surgido del under ochentoso.

 

Convocado por el filósofo Alejandro Rozitchner, Acosta se acercó al PRO hace casi 10 años, antes de que Macri asumiera como jefe de gobierno porteño. Fue a varias reuniones en Pericles, un bar de San Telmo que todavía funciona como local informal del PRO. “Había chetos, ratas, artistas, de todo, y cada uno se expresaba como mejor le salía. Yo tocaba la guitarra. Y lo mejor era que nadie te preguntaba si eras amarillo o qué”, recuerda Acosta sobre su iniciación en la rama de los artistas que simpatizan con el PRO, un grupo que en breve multiplicará sus adeptos. Vestido de negro, pelado y con colita, Acosta se pasea victorioso –no revanchista- por el amplio salón de Costa Salguero. 

 

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En el búnker la organización es estricta: los periodistas, con pulserita azul, no pueden acceder al sector de los invitados, de pulserita rosa. Separado por una valla y pegado al escenario está el espacio de la militancia, los simpatizantes y los cholulos: pogo, banderas y selfie, selfie, selfie. El aporte radical es prácticamente nulo, tanto en las formas como en el fondo del acto.

 

“¡Estoy feliz! Gana el espacio más plural”, dice Mara Pérez Reynoso, una dirigente trans de 25 años, ligada a la diputada Patricia Bullrich y presidenta del sello Unión PRO Diversidad. Según Párez Reynoso, el reciente arrepentimiento de Gabriela Michetti sobre su rechazo a la ley de matrimonio igualitario es una muestra de cambio y de que el PRO no exige obediencia debida interna. “Tenemos todas las voces representadas”, reivindica. De tacos y pollera roja, Pérez Reynoso ahora se postula para estar “donde Mauricio lo disponga”.

 

“Con Macri vamos a tener educación decente”, dice María Eugenia, una dirigente territorial larretista que vive en el complejo de Lugano 1 y 2. Con una mano agarra a su hija, y con la otra lleva las tres cartulinas que preparó para levantar el ánimo de Horacio Rodríguez Larreta, algo opacado frente a la sonrisa taquillera de María Eugenia Vidal. Con su mera presencia en la zona de las pulseras rosas, María Eugenia compensa cierta endogamia social del evento macrista.

 

“Macri es el cambio correcto”, dice Marcela Maggot, una mujer que tiene doble ciudadanía argentina-estadounidense. Vestida de gala, viajó especialmente a Buenos Aires para apoyar desde las urnas al PRO y sumarse a la celebración. Si bien Maggot acumula cinco votaciones en Estados Unidos, este fue su debut electoral en la Argentina. 

 

Con remera multicolor de Cambiemos y actitud anti-exitista, el movedizo Piter Robledo no espera que le condenan un cargo para el que no está capacitado: “No quiero caer en lo que le critiqué a La Cámpora”, afirma el Coordinador del Área Diversidad e Inclusión de la Fundación Pensar. Luego, el thinktank PRO se abraza con sus amigos al grito de “¡ganamos!”.

 

 

Los dirigentes de primera línea y las familias de los referentes de Cambiemos esperan en el VIP, un gran salón con livings blancos y una ambientación de luces azules. La pulsera marrón y violeta es para los autorizados a subir al escenario. Y hay un VIP todavía más selecto: uno exclusivo para Macri, su esposa Juliana Awada y su hija Antonia.

 

En la zona de prensa, los voceros macristas especulan sobre las múltiples posibilidades que se abrieron para sus representados: agarrar un Ministerio en nación, ir a provincia o quizás quedarse en Capital. Y ni siquiera son operaciones de prensa o presunciones en el aire: son los cálculos legítimos de la abundancia.

 

Con un ojo puesto en el propio futuro, los periodistas conversan sobre el mapa mediático que se viene. Juegan a adivinar realineamientos ideológicos y cambios en la asignación de la pauta publicitaria. Alimentan o niegan los rumores de cierres y dudan sobre qué diario, qué web o qué programa será el que se plante con mirada crítica después del 10 de diciembre.   

 

“Le pido a Dios que me ilumine para poder ayudar a cada argentino a encontrar su forma de progresar”, grita Macri desde el escenario y el ruego se multiplica en las pantallas LED del salón.

 

A las 10.30 de la noche, media hora antes cerrar su jornada proletaria, los mozos ya dieron con su progreso posible para el post-festejo: agarrar los 600 pesos ganados y rumbear para el bar Jobs de Palermo. Ahí tomar unas cervezas, brindar por el triunfo macrista y jugar unos pooles antes de volverse al country.  


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