Durante diez días, nueve fotógrafos convivieron en Vaqueros, Salta, en la cuarta residencia de Nido Errante, un proyecto gestionado por Agustina Triquell y Estrella Herrera, que organiza residencias artísticas para fotógrafos en distintos lugares del país. La cronista Marcela Alemandi viajó el lugar para contarnos cómo es el proceso creativo que puede transformar un paisaje en un cuadro.



Cada atardecer, la fotógrafa Gabriela Muzzio carga una mochila escolar, de esas grandes, con una estructura de carrito y rueditas. Encima lleva una cámara antigua, de 120 años aproximadamente. Enorme, de madera, con un fuelle en casi perfectas condiciones y una tela negra en la que hay que meter la cabeza para poder ver, como esos fotógrafos de plaza del siglo XIX. Adelante, otra mochila más chica con las placas y soportes y, en la espalda, plegado, el trípode en una funda negra. Así, sale a recorrer las callecitas de Vaqueros, un pequeño pueblo de la provincia de Salta. Por el funcionamiento y la antigüedad de la cámara, sólo puede sacar cuatro fotos por día, con una exposición no mayor a dos segundos.

 

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Todas las noches, se encierra en el baño para revelar esos cuatro retratos. A la luz roja de la lámpara, luego de pasarlos de una a otra bandeja, contando los minutos, remojados en diferentes líquidos, removiéndolos de vez en cuando, en el papel aparecen poco a poco las imágenes. Una persona que se funde con la vegetación que la rodea.

 

—Es un negativo en papel —explica—.  Se puede hacer también una copia, pero así me gusta..

 

La idea de participar en una residencia de fotógrafos usando este antiguo dispositivo es acorde a su proyecto, un homenaje a los primeros naturalistas. Los tiempos del proceso fotográfico analógico coinciden también con los tiempos de la naturaleza: ella elige el momento en que va a fotografiar, la exposición, el revelado, una serie de pasos que se relacionan con la contemplación, las estaciones, las horas del día.

 

 

A los cuarenta y tantos, a Gabriela le da mucha risa pensar que la “más antigua” del grupo fotografía con la cámara de más años. El hecho de insistir con lo analógico está también relacionado con su formación como fotógrafa: es la única que estudió en un tiempo en el que la analogía aún era parte de la formación. Ahora, en la escuela Manuel Musto, donde da clases, insisten en preservar los talleres de revelado, la fotografía en su concepción más original.

 

 —No es ninguna resistencia a lo digital, simplemente creo que el proceso de revelar sigue siendo algo más tranquilo, no tan frenético. 

***

 

Son las doce y media de la noche. Hay casi mil folletos.

 

—Fijate que le queda un bordecito, no está parejo —le dice Estrella Herrera a Juan Pablo Tristan.

 

La noche de viernes salteña está como para un pullover finito. En la mesa de una de las galerías, siete personas trabajan desde hace una hora. Doblan los folletos. Primero en dos, después en cuatro, en ocho, hasta que quedan en tamaño y forma.

 

—Es verdad, lo doblo de nuevo —dice él.

 

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Juan Pablo es uno de los siete fotógrafos que participan de la cuarta residencia de fotografía organizada por NidoErrante. Los folletos forman parte de las invitaciones para la proyección final, donde se mostrarán los trabajos. Estrella, una de las organizadoras, se fija minuciosa si los bordes coinciden, si el papel está bien doblado. Quien se ocupa de prensarlos es Gabriela. En los días pasados fabricó una prensa artesanal. Agarra los folletos en pilas de a veinte, las acomoda en la prensa, dos montoncitos exactamente iguales, pone una piedra grande arriba y después se para encima, para asegurarse de que queden bien. ¿Será que todos los fotógrafos son obsesivos con la prolijidad? 

***

Vaqueros es un pueblo casi pegado a la ciudad de Salta, a once kilómetros de la capital provincial. Al pie de los cerros, siempre fue muy tranquilo, con pocos habitantes: en general se trataba de familias salteñas que tenían sus casas de fin de semana en el lugar. Desde hace unos años, gracias al progreso económico de la clase media y a los diversos créditos para la construcción, se llenó de nuevos residentes. Esto provocó una clasificación ad hoc: por un lado, los “nuevos”, hombres y mujeres jóvenes, que renovaron el pueblo con propuestas de talleres artísticos, ferias de alimentos orgánicos o eventos musicales. Por otro, los “nacidos y criados”, muchos de los cuales miran con algún recelo a los que recién llegan, pero se cuidan mucho de expresarlo delante de alguien de afuera: en Vaqueros, la comunidad es muy chica y todos pueden necesitar del otro cualquier día de estos, mejor llevarse bien. El centro tiene unas pocas cuadras a lo largo de la ruta 9, donde están la municipalidad, la policía, la radio local, una placita con forma de triángulo, sin juegos pero llena de flores, y, enfrente, una iglesia gigante y todavía en construcción, de paredes de cemento alisado, vitraux de diseños modernos y un gran cartel donde se informa que, a pesar de no estar terminada, ya hay misas los sábados a la tarde.

 

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***

NidoErrante son Agustina Triquell y Estrella Herrera, dos amigas que hace varios años decidieron impulsar este proyecto. Agustina cree que convivir con otros fotógrafos durante diez días, dedicándose exclusivamente a la fotografía y al desarrollo de proyectos artísticos, intercambiando ideas en un ámbito fuera del cotidiano, potencia la creatividad. Pero NidoErrante no se trata únicamente de eso.

 

—Nosotras queríamos diferenciarnos en algunos aspectos de las típicas residencias de arte contemporáneo —dice Agustina—. Por ejemplo, hay muchísimas residencias pagas, así que decidimos que los artistas seleccionados no tuvieran que pagar y que la residencia fuera un premio a la selección. 

 ***

 

La primera noche, después de cenar, la sobremesa se extiende hasta la madrugada, hablando de fotografía: distintos tipos de cámaras, cuáles son buenas, cuáles son mejores. Casi todos los participantes trajeron dos cámaras a Vaqueros: unas digitales, modernas. Otras, antiguas, analógicas y que los fotógrafos intercambian cual tesoros: Agustina elogia la cámara de Mariana Lerner, una Pentax 67, grande y pesada. Estrella trajo una Rolleiflex, alemana y vertical, que tiene la particularidad de tener dos objetivos gemelos, que trabajan en simultáneo: con uno se mira y se enfoca, con otro se toma la foto. Es bastante antigua. No tanto como la de Gabriela. Después de dos horas de charla y vino ya muchos actúan como si se conocieran de toda la vida.

 

—Para elegir el grupo de NidoErrante pensamos en la diversidad: geográfica, de obra, edades —explica Agustina-. Esta experiencia no te transforma per se si no estás dispuesto a abrirte a la experiencia de compartir: si sos una persona híper urbana, a la que no le gusta convivir con otros, colaborar, bancarse dormir de a muchos, directamente es mejor no presentarse.

 

***

 

A las dos de la mañana, Pía González Righetto, ocupa el dormitorio de una de las casas. Durante la velada esta fotógrafa de Río Cuarto ha demostrado que se adapta a todo: cualquier disposición le parece bien, no tiene ninguna pregunta o cuestionamiento sobre el programa, las actividades o las reglas de la casa. No conversa tanto, pero cuando habla se hace notar. El pelo corto, los brazos tatuados: pájaros, un ojo en una pirámide, hojas y plumas que se vuelan con el viento, manchas de colores.

 

—Un brazo es para que mis amigos practiquen —dice.

 

Al rato, sale con cara de susto de la habitación: una mariposa negra y grande como un murciélago está posada en la pared de la pieza, al lado de la luz, silenciosa y quieta.  Reconoce que preferiría dormir sin el bicho ahí adentro.

 

—¿Cómo la echamos? —pregunta.

 

Gabriela intenta espantarla con un repasador, pero la mariposa siempre vuelve al mismo lugar. Trata de atraparla entre un colador de pastas y el repasador, para sacarla sin romperle las alas. Diez minutos más tarde el insecto está afuera. Después de chequear que todas las ventanas estén cerradas, Pía y Gabriela finalmente se van a acostar. A la mañana siguiente, la mariposa aparece posada arriba de la puerta del baño. Cada noche se repetirá la misma escena.

 

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La ahuyentan, cierran todo, se van a dormir. Al día siguiente, la mariposa aparecerá posada en el mismo lugar.

 

¿Por qué?

 

¿Cómo?

 

Nadie va a saberlo. 

***

 

Después de desayunar, Pía despliega sobre la mesa varias cámaras, rollos, papeles. Hay dos Polaroids: una amarilla y otra celeste pastel, y una digital chiquita. Las trajo para usarlas en su proyecto: un taller de “caminatas fotográficas” para que los integrantes del Centro de Jubilados pudieran retratar Vaqueros desde su óptica. Y luego, seleccionar las imágenes y editar un fanzine.

 

Quienes formarán parte de ese taller ya van a muchas de las actividades del Centro: yoga, talleres literarios, danzas folklóricas. El objetivo principal es promover la socialización y evitar el aislamiento. Los viejos desayunan y almuerzan juntos, juegan a las cartas o al ajedrez, conversan y comparten su tiempo. Tienen además un programa de radio abierta, el ciclo denominado “Viejos son los trapos”, en el que participan entrevistando a personas de Vaqueros y contando sus historias de vida. Cuando visita el Centro y charla con sus integrantes Pía percibe una familiaridad que transmite la calma que en las ciudades falta. Ricardo, uno de los participantes más activos, es el primero en anotarse.

 

 — Yo no necesito que me presten cámara —dice—-. Me compré una hace unos meses, y al mes siguiente me compré un plasma. Todo en cuotas.

 

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Las fotos que sacaron los integrantes del taller responden a la consigna que ella les propuso: a través de las imágenes mostrarle el pueblo a una recién llegada. Así, los participantes sacaron las típicas fotos de paisajes, pero también de una camioneta amarilla estacionada bajo un árbol, un perro durmiendo a la orilla del río con un jinete que lo cruza lejos, una llama atada a un árbol al costado de un kiosco de cerveza, una verdulería, una vendedora de golosinas en la vereda, abajo de una sombrilla.

 

 Durante los tres días que duró el taller, los habitantes de Vaqueros vieron al grupo de viejos, junto con Pía, yendo y viniendo por todos lados, sacando fotos. 

*** 

 

Relatar el propio proceso creativo no es fácil. Para el artista no está claro cómo surgen las ideas, o cómo el proyecto que pensó en un principio termina en una obra completamente diferente, transformada. Otras veces, el medio impone cambios de última hora.

 

Beto Gutiérrez nació y vivió la mayor parte de su vida en Venezuela. A pesar de que está en Buenos Aires hace cinco años, no ha perdido la cadencia y la entonación de Caracas. Tiene 37 años pero parece de mucho menos, tal vez por la cantidad de pecas, que le aniñan la cara. Siempre está de buen humor, y, a medida que pasan los días, va ocupando el rol del que cuenta chistes, el que incentiva a los demás y alaba sus trabajos.

 

Su propuesta de trabajo inicial incluía la modificación de algunos ponchos tradicionales salteños, para que pudieran ponérselos dos personas a la vez. Pero los ponchos resultaron ser caros y menos abundantes de lo que él había previsto y se dio cuenta de que iba a ser difícil conseguir alguien en el pueblo que se preste a descoser el suyo para que entraran dos personas; así que siguió adelante con algo un poco diferente: hacer retratos utilizando un poncho transparente, una perfecta imitación del típico salteño, pero hecho de tul.

 

–Hace un tiempo, un salteño me dijo la frase: “Hacer algo ‘bajo poncho”, como hablando de algo oculto, algo que no estaba claro. A partir de ahí yo me pregunté: ¿qué pasaría con un poncho transparente, un poncho que no ocultara nada? 

***

 

Mariana Lerner dice que ella no viene “del palo de la fotografía” y que por eso su trabajo implica siempre algo más.

 

—Antes de hacer un retrato hablo un rato largo con las mujeres. En la charla empiezan a aparecer los conflictos personales. Sacar una foto después de eso no resulta lo mismo, la diferencia es abismal.

 

Trabaja como editora y correctora, y antes muchos años fue librera. Aalta, blanca, delicada, su tono de voz nunca es elevado ni parece alterado. Tiene una gran formación teórica y literaria y un humor ácido pero sutil.

 

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Sus “salteñas”, como le gusta llamarlas, son mujeres emprendedoras, lúcidas, combativas, que actúan sobre su entorno. 

 

—¿Te parece que esa confianza se da porque es una charla íntima entre mujeres, o el hecho de ser de lugares no tan urbanos hace que la gente en general se abra más?

 

—El de género no es el único canon que ellas transgreden, hay otras cosas muy tradicionales como el tema de la clase: la aristocracia salteña es terrible en ese sentido. Hay también algo de la mirada de la ciudad que yo quería revertir, esa idea del “kitsch” un poco ingenuo que se les atribuye a los que viven en los pueblos. Acá me encontré con mujeres muy sofisticadas. Sus vidas son de alguna manera vidas de búsqueda: si comenzaron a buscar fue porque en algún punto no acataron lo que se suponía tenían que hacer. 

 

***

La vegetación de la yunga salteña abunda: las tipas se combinan con arbustos, moreras y zarzaparrillas. El sonido de las chicharras en la siesta calurosa es fuerte y constante. El sol cae a plomo sobre los caminos de ripio. Los perros también prefieren buscar sombra, un árbol, un toldo, la galería de una casa amiga. Aunque la mayoría tiene dueño y lleva collar es común que se instalen en alguna casa durante el día. Cientos y cientos de maripositas blancas o anaranjadas pululan por la yunga; rareza hermosa.

 

Hablar de luz dura y luz blanda es algo usual entre los fotógrafos, que tratan de no sacar fotos al mediodía, cuando las sombras se endurecen. Muchos de los que están en la residencia se levantan temprano para aprovechar la luz del amanecer. Como las maripositas, otro de los que se atreven a “la peor hora” es Juan Pablo Tristan, que, mientras todos se refugian en el interior de la casa o abajo de un árbol, se aguanta el solazo del mediodía y sale a sacar fotos.

 

—Hablar de la luz es hablar de la fotografía, pero también de la esencia de las cosas, todos estamos conectados por la luz, porque así vemos. Me gusta pensar que las cosas la alojan, la contienen, en lugar de estar siendo iluminadas.

 

A diferencia de los otros fotógrafos, a Juan Pablo le gusta trabajar intuitivamente. No vino con ningún proyecto previo. Sin condicionar su mirada, prefiere caminar y caminar por el pueblo, dejando que la luz “atraviese” las cosas que fotografía, para después darles un sentido. Aunque no exista una mirada virgen, aunque siempre el que fotografía esté condicionado por algo, él trata, en lo posible, de mantener pura esa mirada. Su foco está puesto en capturar formas y colores que digan algo del lugar donde se encuentran, que sean representativos de esa totalidad.

 

—La foto de un tomate en una mesa, por ejemplo, puede haber sido tomada en Salta, en Francia, en cualquier lado. Una foto de los cerros coloridos o de un rebaño de cabritos, en cambio, no necesariamente dice que estamos en Vaqueros, Salta, pero sí en el Noroeste de Argentina, en un ámbito rural —dice.

 

Piensa en la teoría del iceberg de Hemingway: la parte por el todo.

 

Que el resto se adivine o se intuya.

 ***

 

Gabriela dice que, cuando era chica “miraba obsesivamente un pequeño álbum familiar”, y fue a partir de esas fotografías que pudo empezar a preguntar cosas, a poder entender.

 

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Durante los diez días de la residencia hay intercambios, preguntas, planes, detalles, cada uno con su forma y su búsqueda. Conceptos que cambian, fotos pensadas que no se concretan, proyectos planeados que resultan diferentes, sorpresas en la edición. Sin embargo, todos llegaron aquí con una idea, un pensamiento, una sensación, y, al terminar la experiencia, a pesar de las idas y vueltas y de algunas dificultades técnicas, como la del poncho, lograron finalmente plasmarlas de una u otra manera en los videos que se exhibieron el último día. La proyección se hizo en el flamante salón de usos múltiples de la Municipalidad. Fueron los dueños de la casa donde pararon los fotógrafos, los talleristas de Pía, las conductoras del programa de radio, algunos “recién llegados” y otros habitantes de años. El sobrino de Vicky, la directora del Centro de Jubilados, llegó con un auténtico poncho salteño: el único que Beto vio en toda la estadía.

 

* Los fotógrafos participantes de la cuarta edición de NidoErrante fueron Juan Pablo Tristan (CABA), Beto Gutiérrez (Venezuela), Macarena Silva (Chile), Pía González Righetto (Córdoba), Mariana Lerner (Buenos Aires), Gabriela Muzzio (Rosario) y Victoria Loos (La Plata).


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