Pocho fue un indiscutido referente del barrio La Cantera en el sur del Conurbano Bonaerense. Recuerda con precisión las necesidades de cada familia, los pedidos al Estado y las conquistas logradas. Ahora pasa sus días detenido por una causa de drogas. Javier Auyero y Sofia Servián exploran las representaciones que el propio Pocho, los vecinos y la política tienen de los punteros en los barrio.



El pasacalle anuncia una promoción de $350 en el Hotel Mimos, con “nueva tecnología para más placer”. Abajo, en un poste de luz inclinado y herrumbroso, se acumulan los afiches de la reciente campaña electoral. En el colectivo nadie le presta mucha atención ni al pasacalle con sugerente promesa ni a la propaganda política. Se escucha el constante pasar de vendedores ambulantes –chipa, cables para el celular, alfajores, calendarios para apoyar a un centro de rehabilitación-. Algunos pasajeros viajan sumergidos en sus teléfonos, wasapeando, mirando memes. Nos quedamos pensando si el pasacalle hubiese sido del gusto de José Luis “Pocho” Pedele. En el año 2000 la comisión que organizó la toma de tierras que dió origen al barrio reservó varios terrenos para la plaza, la escuela y el centro de salud. Pocho, por entonces miembro de la comisión, quiso guardar dos lotes para allí construir un “hotel para parejas”.

 

Pocho fue, hasta hace poco, un indiscutido referente del barrio La Cantera en el sur del Conurbano Bonaerense. Junto a otras 13 personas, fue arrestado a principios del 2018 y está hoy detenido sin condena a disposición de un juez de garantías de la provincia de Buenos Aires.

 

Sobre Pocho y la política en el barrio hablamos con Teresa, una vecina que coordina uno de los varios comedores populares de la zona. Entre mates y bizcochitos, Teresa cuenta del incesante “trabajo político” de su compañero, de los planes y subsidios y cooperativas a los que él solía tener acceso y distribuir entre los vecinos, de sus muchos seguidores y seguidoras, de sus varias amantes, de los rumores que circulaban sobre si él era o no “transa”.

 

—Sólo somos buenos amigos – dice Teresa.

 

Un rato más tarde suena su celular: en la pantalla se lee “Gordo Amor”. Es Pocho llamando desde la cárcel. 

 

—Él se aburre ahí y me llama para ver cómo están las cosas en el barrio.

 

Esa fue la primera vez que Pocho accedió a conversar con nosotros por WhatsApp. Una hora y media más tarde cortamos con la promesa de otro encuentro.

 

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No sabemos cuántas amantes tiene el Gordo Amor. Tampoco si se dedica, como dice la acusación penal, a la comercialización de drogas ilícitas (o si estas fueron plantadas por la propia policía en la redada llevada a cabo en el barrio). Pero más de 40 entrevistas con vecinas y vecinos del lugar y dos extensas conversaciones con él, nos convencieron de que Pocho encapsula una de las transformaciones ocurridas en los últimos 25 años en la forma de hacer política en los barrios. Pocho, a su vez, ilustra la persistencia de lo que el sociólogo Loïc Wacquant denomina “abuso horizontal y animosidad lateral” – dos realidades escasamente estudiadas por sociólogos y antropólogos debido a que contradicen la compartida “inclinación a valorizar un segmento menospreciado de la sociedad”.

 

Los punteros de ayer, sobre los que uno de nosotros escribió en La Política de los Pobres, no solían recurrir a la protesta colectiva disruptiva. Los punteros de hoy, como Gordo Amor, combinan y, al mismo tiempo, modifican diversas lógicas de acción. Son bricoladores: fusionan la negociación individual con un funcionario, el “apriete” con un grupo reducido en una oficina municipal, el corte de calle, la movilización de sus seguidores hacia (o su notoria ausencia) en un acto partidario, etc. Lo hacen para hacerse escuchar, posicionarse en el campo político y, simultáneamente, atender las demandas de individuos, grupos o barrios enteros.

 

Sociólogos y antropólogos han documentado y analizado cómo los más pobres no pueden darse el lujo de “elegir” entre una forma de resolver sus problemas acuciantes y otra. Para quienes sufren en lo más más bajo de la estructura social, la distinción entre “punteros” (mediadores ligados a partidos políticos) y “piqueteros” (término bajo el que se engloba a quienes lideran y/o participan en organizaciones colectivas que recurren a los cortes de tránsito como modalidad de protesta) tiene límites difusos. Hoy se accede a un plan participando en un acto partidario, mañana se consigue un pavimento o un subsidio cortando una avenida – a cambio de lo cual, casi siempre, se debe pagar el tributo a “la política.”

 

Pocho según Pocho

 

Pocho nació en 1973, en un asentamiento del partido de Lomas de Zamora. Hijo de un obrero de la construcción y una delegada barrial, creció con las tomas de tierra. “Siempre viví inundado. Venía el agua y se llevaba las casillas. Desde que tengo uso de razón, mi mamá me sacaba de la casa a los 5 años porque se inundaba. A mi mamá le daba el agua hasta el pecho. Cada vez que llovía el agua se llevaba todo, por eso peleo tanto para que la gente no se inunde, porque desde que tengo uso de razón vivo inundado. Pasaron 46 años y sigue estando el mismo problema”.

 

Pocho tiene una memoria prodigiosa. Sabe con exactitud cuántas familias tomaron el predio, qué día de la semana lo hicieron, el clima de ese día y los subsiguientes, el número de personas que se sumaron luego. Recuerda también todos los reclamos que formuló a los distintos niveles del estado junto a sus vecinos: desde los iniciales como la apertura de calles y la presencia de agrimensores, hasta los más recientes como la pavimentación de las calles, la canalización del arroyo que circunda al barrio, la construcción de una sala de primero auxilios, de una escuela, de un centro comunitario.

 

Un día llamó la atención de un funcionario de alto rango en un acto con creatividad. Pintó una bandera con falta de ortografía: “En La Cantera, nesecitamos escuela y asfalto”.

 

—A La Cantera, primero le vamos a dar la escuela para que corrijan esa bandera – le dijo el funcionario públicamente. 

 

Pocho puede contar en detalle las fechas del inicio de muchas obras, cuándo y por qué fueron suspendidas, el costo de muchas de ellas, los nombres de los funcionarios de primera, segunda y tercera línea involucrados en los proyectos. Como el Funes de Borges y como tantos otros líderes barriales, Pocho es obsesivamente memorioso de las obras de infraestructura (las completas y las aún sin terminar).

 

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“Cuando empezamos era una villa, 2300 familias, en terraplenes, en todos lados. Fuimos trasladando gente, moviendo las casas, reubicando a las familias. Trajimos agrimensores de la provincia para medir manzana por manzana. Fuimos acomodando, un re-trabajo hicimos porque no queríamos una villa”, cuenta. Y repite el anhelo de muchos asentamientos poblaciones por ser un “barrio” y evitar convertirse en esa configuración urbana estigmatizada (“la villa”).

 

Pocho se define a sí mismo como el comisario del barrio, el bombero, el enfermero, el encargado de la casa de sepelios, el proveedor de DirectTV, de chapas y de mercadería.

 

“Las cosas no vienen solas. Primero tenés que gestionar antes de hacer quilombo, hacer la previa de ir, volver, ir volver, esperar a que te atiendan. Todo eso llevó años para la construcción del barrio”. Luego de la toma, los vecinos liderados por Pocho reclamaron por una sala de primeros auxilios, más adelante por una escuela primaria:

 

“Presentamos notas, y después era la presión de la gente. Cuando se iba a presentar en el concejo deliberante, nos movilizamos con la gente y conseguimos cosas”. Para obtener la canalización del arroyo y la construcción de viviendas, cortaron puentes y calles, “y así logramos que arranquen las obras”.

 

Reflexivo para entender la eficacia de las distintas lógicas de formular reclamos desde y para los más desposeídos (ir a un acto partidario con una bandera visible, interrumpir el tráficos en una avenida muy transitada, esperar horas en la oficina de un funcionario con un pequeño pero determinado grupo de vecinos), Pocho también tiene una suerte de sociología intuitiva con la que indica quiénes pueden expresar esas demandas y quienes se “aprovechan” de la situación de miseria generalizada: “El que realmente necesita es el que menos reclama, porque ese es el que tiene que renegar todos los día, sacar a los hijos del agua. Los que reciben son los vivos que después venden las cosas que reciben – la mercadería, las chapas, los tirantes”.

 

Pocho según los vecinos

 

No son pocos los ciudadanos que critican a la asistencia estatal a los pobres. Esta, según se cree, genera una supuesta dependencia y desincentiva “la cultura del trabajo”. Para el discurso dominante, los planes sociales no sólo degradan a los pobres sino que los convierten en fáciles objetos de manipulación política. Un plan y un sandwich juntos convierten a los pobres en “choriplaneros”y determinan su comportamiento electoral.

 

Dentro de barrios como La Cantera, las percepciones sobre los planes son diferentes. Están más vinculadas al funcionamiento pernicioso de la política barrial. Para muchos vecinos con los que hablamos durante los últimos siete meses, Pocho es uno de esos “vivos” que él mismo describe. La crítica a Pocho se centra, como en el caso de tantos cientos de dirigentes barriales conurbanos, en la distribución de planes sociales. Entendidos como una ayuda necesaria pero nunca suficiente, los planes sociales (AUH, Cooperativas, etc.) también son vistos como uno de los principales recursos que punteras y punteros poseen y administran con arbitraria discreción.

 

A lo largo de su extensa trayectoria política, Pocho trabajó con muchos funcionarios municipales, provinciales y nacionales. Cuando comenzó a militar junto a quien luego sería un importante ministro de la administración federal, recibió unos 30 planes Barrios Bonaerenses con los que puso a su gente a cavar y limpiar zanjas. En la cima de su poderío barrial llegó a disponer de unos 300 planes sociales. 

 

Es un secreto a voces en los barrios del conurbano que muchas y muchos punteros conservan un porcentaje de los planes a los que dan acceso. Al menos un diez por ciento de lo recibido suele retorna al puntero: “si no se los das, te borra”. 

 

“Pocho tenía seis casas acá adentro. Seis casas y seis mujeres”, cuenta Alma. “Él decía que ayudaba a los vecinos, que traía los cables. Cuando fue la primera inundación, llegaron zapatillas, colchones, camas, mercadería. Él se llevó un montón de cosas, no nos daba a la gente.” 

 

Si bien no normalizan esta situación, y aventuran una resignada crítica al respeto, vecinos y vecinas no tienen muchas alternativas frente a dicho abuso. El comportamiento predatorio de algunos dirigentes barriales no se limita a los planes sociales. Pirulo, otro conocido puntero y “transa” local, ofrece sus servicios de recolección de basura o rellenado de terrenos. Los vecinos le pagan y él subcontrata a un grupo de jóvenes del barrio para hacer el trabajo. Con el dinero obtenido por la changa, ellos compran paco o marihuana. Pirulo les vende. Junto a él van a las marchas y los actos a cantar y tocar el bombo. 

 

El de Pirulo quizás sea un caso extremo en lo elaborado de su comportamiento; pero ilustra ese abuso horizontal que, a su vez, produce y sostiene la animosidad de varios vecinos para con vecinos como él y como Pocho.

 

“Pocho nos daba la droga”, cuenta Juan, “yo iba al pool, estábamos ahí, él vino, tiró dos tizas arriba de la mesa de pool y dijo ‘Muchachos, vengan, tenemos que salir a pegar carteles’. Es re-hijo de puta ese Pocho”.

 

“Vamos, vamos que yo llevo el postre”, Miguel lo escuchó gritar a Pocho. El micro con los bombos y las banderas ya estaba listo para salir. Miguel sabía de qué postre hablaba el hombre fuerte de La Cantera: una buena “rodaja de merca”, tres o cuatro botellas de vino y cien pesos. En 2008 Miguel era el hombre de confianza de Pocho. “Andá a buscarme tres o cuatro tizas. Una mitad quedátela vos, gracias. Ahora vamos, vamos todos al micro, vamos que hay que ir a hacer el aguante”. Las pastillas que les daban antes de cada acto partidario, recuerda Miguel, “era lo más rico que había”. 

 

No todo es crítica hacia Pocho. Hay también varias opiniones neutras sobre él (“las veces que hablé con él me trató bien. Tenía mucha gente trabajando con él, a mí me dijeron que era medio jodido pero siempre que me vio me saludó”) y varias otras laudatorias: “Pocho daba muchos planes”, “Él le daba a la gente, y la gente hacía las zanjas, limpiaba las calles. Pocho se encargaba del barrio, gracias a eso tenemos escuela, jardín, el centro comunitario, la plaza. Avanzó mucho el barrio”.

 

Pocho según sus amores

 

Compartimos varias tardes con Teresa antes de que nos contara sobre la fuerte discusión que ella y Pocho habían tenido pocos días antes de que él fuera detenido, discusión que escaló en agresión física. 

 

—Me dejó morado el cogote. La primera vez en 18 años que él se enojó conmigo. Yo le dije la verdad, ‘vos tenés a tu mujer y yo quiero conocer a otras personas’.

 

Mientras tomamos mate con Teresa y su amiga Alejandra, una de las hijas de Pocho, ambas concuerdan en que tanto Gordo Amor como su actual mujer son personas extremadamente celosas: “Ahora no lo podemos llamar (a la cárcel) porque está con ella. A ella no le gusta que él me diga ‘mi amor’. Ella dice que soy una “gorda y vieja” pero a esta gorda y vieja Pocho no la dejó nunca, está preso y está loco porque yo no voy a verlo”. Alejandra se ríe al listar las varias mujeres de Pocho: “Jenny, Rossana, La Verónica, la otra Jenny, acá la jefa (refiriéndose a Teresa)… son tantas que no me acuerdo. Tengo muchas medio hermanas”.

 

Alejandra no parece tener una reacción moral frente a la frondosa vida sexual de su padre, el Gordo Amor de Teresa. Teresa no abunda en su agresivo comportamiento machista. De lo que sí están convencidas, es de lo injusto de las acusaciones que pesan sobre él: 

 

—¿Vos te pensas que yo estaría cagada de hambre o con mi kiosco que estoy a pulmón si mi viejo fuese transa? Me hubiese comprado una camioneta como la gente – dice Alejandra. 

 

Pocho según la sociología política

 

—Yo aprendí de mi papá a hacer piquetes. 

 

Alejandra está orgullosa y captura, en una simple frase, el cambio en el accionar de los punteros políticos, actores centrales en la vida política de los pobres conurbanos durante las últimas dos décadas. Los punteros que aparecen como protagonistas en La política de los pobres eran mediadores entre un patrón y los residentes de un barrio. Se dedicaban a la resolución de los problemas de los más necesitados – acceder a un medicamento, facilitar un trámite, conseguir mercadería para un individuo o un comedor, gestionar un alumbrado o un pavimento. Era un resolución personalizada e individual, a cambio de la cual recibían el apoyo – bajo la forma de asistencia a un acto, presencia en un local partidario, etc. – de sus seguidores. Rara vez punteros y seguidores recurrían a la acción colectiva contenciosa.

 

Dos décadas más tarde, estos actores han adoptado muchas tácticas del repertorio de protesta existente en la Argentina desde mediados de los años noventa. No sólo hacen valer sus reclamos en actos partidarios, con banderas y bombos; sino en la calle, bloqueando el tránsito o interrumpiendo, junto a “su gente”, una reunión en el municipio. Piqueteros y punteros – actores que en algún momento se definieron unos por oposición a otros, hoy comparten similares lógicas de acción.

 

Así como Pocho concita el amor y los celos de sus varias amantes, genera reacciones dispares entre los vecinos y vecinas. Como los punteros de ayer, hay quienes lo aprecian, pese a su presunto delito. Otros, si bien lo critican duramente por “lo que les hace a los pibes”, no dejan de reconocer que su “incansable trabajo político” ha sido el progreso del lugar – desde un baldío con carpas en 2000 hasta un barrio con plaza, escuela, centro de salud, y varias calles asfaltadas.

 

Apreciado o criticado, sin la intervención de Pocho – nuestros muchos entrevistados concuerdan – los recursos (los planes, las obras) no “bajarían al barrio”. Pocho puede quedarse con mercadería destinada a los comedores, puede apropiarse de un porcentaje de los planes sociales, puede darles paco o marihuana a sus jóvenes seguidores, puede abusar de sus vecinos. Pero estos saben que sin Gordo Amor sus vidas serían aún más frágiles y miserables. La política les ha tendido esa trampa.

 

 

[1] Todos los nombres de individuos y lugares en esta crónica han sido modificados para preservar la anonimidad de las fuentes. Les anfibies María Florencia Alcaraz y Sebastián Ortega contribuyeron con trabajo de investigación para esta historia.

 

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