Cada fin de semana miles de amantes de la noche perrean detrás del zoom del dj que pasa música en su living. Sin manchas de fernet ni humo impregnado en el pelo la resistencia se hace contraseña, cámara encendida y micrófono apagado. En la jungla virtual hay de todo: multitudinarias, abiertas y privadas. Melisa Codina desde Palermo y Bruno Oliva desde Neuquén escriben con nostalgia de la noche pero dando la batalla de lo posible en cuarentena.



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Tetas, culos, bultos marcados, torsos sin cabeza. Algunos vestidos, otros desnudos. Hay gorro, bandera y vincha. Una flaca de animal print baila con su perro mientras una pareja mete triolet con un dinosaurio de peluche color verde flúo. Un pelado se queda dormido con los auriculares puestos. Una morocha preciosa se pone la remera de top y hasta se pueden distinguir las gotas de sudor que se bifurcan a la altura de su ombligo: parece tallado en chocolate. O tal vez sean los pixeles de una webcam pedorra. La barra, más libre que nunca, se luce con el veneno que cada une pudo conseguir en su chino amigue: birra, fernet, algún vino de etiqueta linda. Les más sofisticades presumen sus copas cocktail con brebajes coloridos. De fondo, luces intermitentes, paisajes psicodélicos y hasta la cara del Alberto con esa sonrisa que tranquiliza. Parece que vale todo. Si en algo coinciden esos mundos disímiles es en el movimiento ondulante de sus caderas al ritmo de un mismo beat, y en la necesidad pulsante del contacto con otres incluso cuando eso signifique exponer la intimidad de sus universos privados ante desconocides. En tiempos de COVID, esa distinción se vuelve utópica.

 

Podría considerarse mecánico lo que se extraña de la noche cuando se acerca el fin de semana: la necesidad de cambiar de ropa, de perfumarse, de bailar, de rozar otra piel, de tener sexo. Un montón de inclinaciones que encapsulan esa sensación redonda, clara y colectiva de lo que significa salir de joda. La cuarentena avanza más y más y esta parte mecánica se va disipando. ¿Necesito bailar? ¿Quiero conversar con alguien sin saber su nombre? Creo que extraño a gente que no conozco. 

 

Bailar y la música, como verbo y sujeto, nos confrontan en el aislamiento. Lo corporal -mover, cantar, escuchar, oler, tocar- se vuelve pleno a través del cuerpo de otres. Sabemos que, cuando un montón de gente se junta en un mismo lugar a disfrutar alimentamos una vibración que nos alimenta. Esa es la mística de la noche y de la pista de baile, esa que ahora añoramos porque solo podemos percibirla de lejos.

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“¿Cuánto falta para el viernes?”. “¿Se rompe ese zoom?”. “Me voy a combatir el culonavirus perreando”. Los mensajes en los feeds de Instagram de las distintas fiestas virtuales se reproducen más rápido que el virus. Algunos datan, incluso, de media hora después de terminada la joda. La abstinencia no tarda mucho en golpear a los cuerpos que tanto anhelan moverse en compañía. La oferta es amplia: desde fiestas privadas en las que hay que conocer a alguien o pagar una entrada para poder acceder, hasta transmisiones en vivo de DJs a las que une puede sumarse y comentar cómo la está gozando desde su casa. En el medio pululan las fiestas inclusivas que comparten un link de zoom vía Instagram hasta alcanzar el cupo de 100 personas permitido por la aplicación para mirar y ser mirades bailando al ritmo de una playlist común.

 

Es raro que sea un recuerdo la sensación de entrar a un bar o un boliche: esos primeros pasos antes de ver y leer la pista, ese vértigo salvaje ante lo desconocido, hoy se reduce a unos cuantos clicks y al deseo de que internet funcione bien. La iluminación calculada con el armonioso barullo de conversaciones aturdidas por los golpes y tintineos de los vidrios, el olor a alcohol y a porro en el ambiente ya no existen más. Anhelamos el regreso del tacto y utilizamos, para simularlo, un medio intangible. Lo virtual es ahora el único recurso para invocar la noche, ya inalcanzable. Como no tenemos mucho margen de acción, hacemos lo que mejor nos sale: bailar (frente a un monitor). Es una expresión de resistencia. Es el deseo de ponernos otra ropa, sentir otro perfume, ver otras luces. Lo único que se mantiene constante es la música, siempre firme al pie del cañón, como motor innegable de la joda.

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La mística no es para nada la misma. No vamos a comparar el perfume rancio de un bar o el vaho intoxicante de un bolichongo con el olor a milanga frita que todavía flota en el living de una casa después de la cena y al que otres no pueden acceder. Pero nada va a ser lo mismo después de la pandemia. O, al menos, no por un largo tiempo. De momento, estamos forzades a adaptarnos y sobrevivir al encierro de la mejor manera posible. El escape a la monotonía de un día con nombre de monstruo toma la forma de la pantalla que tengamos a mano. En un monitor de PC podemos compartir el espacio con hasta 20 personas en paralelo. Trasladarse a otro lugar es tan fácil como hacer click en una flechita que cambia el paisaje en cuestión de microsegundos: otras 20 nuevas caras-torsos-culos para analizar. “Por favor, silencien sus micrófonos, así todes podemos escuchar la música”, anuncia el azafate de turno previo al despegue. Las normas de convivencia son sencillas: gozá y dejá gozar. Nada de giladas que corten el mambo fiestero o les patovas virtuales te rajan a la mierda. Cada une vive la fiesta como mejor le parece, porque hay algunas cosas que no podemos permitir que cambien. 

 

Entre quienes se las rebuscaron para aggiornar la noche a la virtualidad volviendo comunitario el confinamiento pica en punta la propuesta de la Bresh -la fiesta de la que todos hablan- y su versión post COVID, “Bresh en casita”. Suman ya tres ediciones virtuales con 450 mil visualizaciones y un récord de 64 mil breshites (así se autodenominan sus fieles seguidores) vibrando en simultáneo al ritmo de los hitazos que, uno tras otro, Ale “b.r.ö.d.e.r” Saporiti pincha desde la comodidad de su living. “El desafío fue trasladar nuestro conocimiento de escenario y show en vivo y traducirlo a un estudio de televisión. La ambientación y la calidad del audio fueron requisitos esenciales, así como la energía que debíamos transmitir los DJs y que tenía que ser lo suficientemente fuerte y honesta para que viaje a través de la pantalla del celular, llevando aliento a todas las personas”, cuenta b.r.ö.d.e.r. Y da justo en la tecla de lo que quieren les waches, porque su fiesta la está rompiendo toda. Cada sábado, las miles de personas que se suman al vivo de Instagram se agrupan y abren pequeñas sucursales de la Bresh vía zoom -previa de por medio, como corresponde- para jugar a salir sin transgredir el confinamiento obligatorio, para que todes podamos vivir.

 
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Pero como en la era pre COVID, no es esa la única jodita que hay en el mercado. Creados íntegramente en zoom hay otros espacios menos masivos pero igualmente convocantes y de temáticas diversas que bellas almas caritativas habilitan cada fin de semana para saciar nuestra sed de comunidad.
Enlaperatourbar invita a sumarse en pijama y ofrece profesores de bachata y de twerking. La SePiCall pide que se pimpeen un outfit pa’ perrear y se luce con los DJs Villa Diamante y Cachorra; mientras que la abierta e inclusiva #APuraCuarentena, auspiciada por el @PresiGay y su gabinete, manijea a lookearse -maquillaje, glitter, máscaras, cotillón- para bailar hasta el amanecer. 

 

Son las 4 de la mañana. Ahora la pareja con el dinosaurio apunta la cámara al techo y todes saben que están haciendo un break para garchar. El perro ya no está en la escena pero la flaca de animal print sigue bailando con frenetismo, como si el mundo se fuera a terminar en cualquier momento. El pelado no se despierta y aún así se vuelve la sensación de la fiesta: todos hablan de él. Iluminada por el brillo azulado de la pantallita de su celular, la morocha recibe un mensaje. O al menos eso parece porque esboza una media sonrisa y desaparece de la fiesta. Casi al mismo tiempo, un pibe saluda y también se va. ¿Casualidad? No podemos saberlo y tampoco importa. En una de las muchas versiones de la historia, y como en la era pre COVID, se tomaron el palo juntos a comer perdices, solo que en la intimidad tácita a la que hoy se puede aspirar en los chats uno a uno de WhatsApp.

 

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La fiesta virtual nace como respuesta visceral a cuánto extrañamos la mística de la noche, incluso con sus más sucios aspectos sensoriales: la mancha de fernet con la que vuelven los pantalones, el olor a humo en el pelo y hasta el zumbido que perdura en los oídos horas después de abandonar la fiesta. Qué lejos estamos de volver a sentir el abrazo fraternal de todas esas deliciosas impurezas. La noche es un arquetipo, el escenario vivo de experiencias inolvidables y narrativas complejas que hoy se va con su mochila a cuestas y un pasaje de ida sin saber cuándo volveremos a vernos. Ajo y agua.

 

Escriben esto dos personas que aman la noche. Bruno con un gin tonic en Neuquén y Melisa con un vermú en Palermo. Y a pesar de la distancia experiencial que los separa, los dos se preguntan: ¿Cuál es el verbo del fin de semana? Salir-de-joda. Justo lo que viene faltando y lo que, posiblemente, sea lo último en volver a la normalidad.

 

A resistir entonces con el ánimo en alto y los celulares cargados. Crucemos los dedos para que no se corte internet y para que nunca falte ni la birra ni el glitter. La fiesta no se termina, solo cambia de arenero. Nos vemos allá.

 

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