Las noticias que llegaban de Europa primero y la forma en la que el Covid 19 infectó a las personas de las residencias locales después generó tanta atención como los aplausos de las nueve de la noche. ¿Qué pasó con les viejes? Sin visitas, sin salidas, en pandemia, ¿cómo están? Tali Goldman traza un mandala entre hogares del AMBA y lo completa con las historias de resiliencia que viejes, familiares y cuidadores le van contando. Cómo evitar el aislamiento en el aislamiento.



Dale. Estoy filmando: 

 

—Bueno, la verdad es que con los 82 pirulos que tengo encima nunca jamás en mi vida había disfrutado tanto del ocio y la vagancia como en este tiempo. Primero me dio bronca, porque el impacto fue muy fuerte, pero a medida que me fui acomodando, me fui adaptando, comencé a disfrutar de esa vagancia y ese ocio. De esa forma la pasé muy bien. Y gran parte de lo que pasó hasta acá lo voy a seguir practicando el resto de los años. 

 

El video de Juan Nonini circuló a través de Whatsapp entre las autoridades del PAMI. Él vive en Balcarce, una de las cinco residencias de larga estadía que pertenecen a la obra social más grande de Latinoamérica. Su comentario fue un aliciente en medio de la desazón: habían pasado más de cinco meses del Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO) y de ese mismísimo barrio, San Telmo, era la primera víctima fatal argentina de COVID 19. Antes de ese video, cuando todo era incertidumbre, Juan y las personas con las que comparte el techo tuvieron restringidas las salidas: sus vidas eran la mecha de esas “bombas de tiempo”, como los medios llamaron a los hogares generando angustia y terror hacia adentro de estas paredes y hacia afuera también. 

 

Durante los primeros meses del ASPO los contagios en geriátricos locales coparon las noticias, y el eco de cómo la pandemia había golpeado a esta población en Madrid y el norte de Italia profundizaban la amenaza. Pero ¿Qué pasó después? ¿Qué pasó con los viejos y viejas? ¿Por qué ya nadie habla de esto ? Así como se terminaron los aplausos para el personal de salud, se mutearon las vivencias del otro sistema que cuida y sostiene emocional y afectivamente a quienes más vulnerables son ante el coronavirus. Esta crónica incluye historias de trabajadores y familiares de personas que están en residencias para mayores. Y en este último grupo me tengo que incluir. Mi abuela Rosita está alojada en uno.  

 

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Mónica tiene 90 años. Desde hace 10 vive en Paternal. Se mudó a esta residencia privada -conveniada con PAMI-  desde que el Alzheimer le impidió seguir en su casa de toda la vida, aún cuando vivía su marido.

 

A finales de agosto a Mónica le dio positivo el test de Covid aunque, por suerte, sin síntomas. El virus entró tarde a la residencia y ya se habían desplegado recursos sanitarios para hacerle frente. El hijo de Mónica, Gerardo Chendo, no duda cuando dice que las trabajadoras del hogar en el que está su mamá “hacen patria”. Y las nombra en femenino, porque son mayoría mujeres las que están poniendo literalmente el cuerpo. Hace unos días una cuidadora le mandó una foto en la que se la ve a su mamá tomando la merienda, sonriendo. 

 

El hogar alberga a 40 residentes. Es una casona de tres pisos con terraza, cocina grande, patio y un ascensor al que cada tanto hay que arreglar porque se rompe. Es un lugar modesto. Y de modestias sabe Mónica, nacida en Santa María, Entre Ríos, una aldea de pocas casas fundada y habitada por descendientes de alemanes del Volga. Ella fue la tercera de doce hermanos, lo que implicó que de chica se ocupara de los más pequeños. A los 14 años se fue a Paraná y entró a trabajar como personal doméstico con una familia, cama adentro, profesión con la que siguió en Buenos Aires. Conoció a su marido cuando tenía 40 años, él era militante del Partido Comunista. “Mi vieja siempre tuvo gran corazón pero carácter prusiano. También era brava. Amorosa y brava. De esas mujeres curtidas, templadas, con petardos, de las que no paran nunca. Con la enfermedad quedó suspendida en el amor más amoroso.” 

 

Es común que los familiares tengan los números de Whatsapp de cuidadores y enfermeros. Y en tiempos de Covid ese pacto por fuera del contrato laboral refleja su vocación de servicio. “Es difícil comunicarse con el teléfono del hogar, están estallados. Por eso se agradece a las trabajadoras que hacen lo imposible para mantenernos comunicados.” 

 

En estos meses pasaron momentos de todo tipo. “Al principio iba a ver a mi mamá a través de una ventana, pero entre el barbijo y todo ella se angustiaba y era peor. Lo mismo con la videollamada, no le resulta, no me reconoce.” 

 

Desde que Mónica recibió el diagnóstico, hace diez años, su hijo inventó las maneras de conectarse con ella. La mejor fue a través de la música. Su voz entonando los boleros y los tangos que a ella siempre le gustaron lograban ubicarla en tiempo y espacio. Así fue como junto a dos amigos, Mike Amigorena y Andrés D´Adamo, conformaron “Jubilandia”: una banda que hizo giras por hogares de Capital y el conurbano hasta pocas semanas antes de la pandemia. Ahora Gerardo le canta por teléfono. 

 

Mariana Gelaf no ve a su papá desde el 13 de marzo. Él tiene 78 años, hace cuatro que está en el hogar San Germán, en Vicente López. Después de un infarto a Víctor le diagnosticaron demencia vascular, una suerte de pérdida de memoria constante. No recuerda lo que hizo diez minutos atrás. Por eso tiene días y días, semanas y semanas. Le costó adaptarse al nuevo hogar. “Mi viejo es un tipo difícil pero las cuidadoras le encontraron la vuelta. Aprendieron a tratarlo desde el humor y la ironía.” Mariana va a nombrar a “Clau” muchísimas veces. Clau es Claudia Pérez, enfermera y encargada de San Germán, que tiene 33 residentes.

 

Y es gracias a Clau que ella está tranquila porque su papá está bien. En el último video que Clau le mandó por Whatsapp, su papá está apoyado en una puerta con las manos en los bolsillos del jean y una camisa cuadriculada. Tiene buen aspecto. “¿Voy a pasar a la posteridad?”, pregunta y Clau le responde que sí y ella empieza a tararear Si soy así… y Víctor se suma con lo que queda de la estrofa del tango de Gardel Si soy así ¿Qué voy a hacer? Nací buen mozo. Y embalao para querer

 

Víctor es abogado y se había jubilado poco tiempo antes del infarto. “Mi papá siempre fue parco y solitario. Se divorció de mi mamá hace más de 30 años entonces nos costó darnos cuenta de que estaba con problemas, porque él nunca fue comunicativo. Es un tipo bilingüe, abogado, un tipo súper formado, lector, amante de la música. Formaba parte del grupo de teatro del Colegio de Abogados de San Isidro pero toda su vida soñó con ser periodista”, relata Marina.

 

El sistema de protocolo del hogar hizo que, hasta ahora, ninguna enfermera ni cuidadora tuviera Covid. Hacen un sistema de rotación en el que durante 7 días nadie sale del hogar, ni ellas. Una metodología que es usada en varias residencias de ese municipio. “Al principio estábamos asustadas pero ya le encontramos el ritmo”, dice Claudia. 

 

Como las actividades se cortaron -visitas y salidas- Claudia y sus compañeras improvisan. Hacen bailes, cantan e inauguraron la sección ´cuarearte´. 

 

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“Este sábado Flores volvió a ser noticia por el coronavirus. En uno de los barrios más afectados por la pandemia, las autoridades del Ministerio de Salud porteño ordenaron desalojar un geriátrico tras confirmar 58 positivos de Covid-19. El Gobierno inició su traslado a distintos centros de salud.” Clarín, 13 de junio de 2020. 

 

El barrio de Flores no se recuperó de ese episodio y ahora, en primavera, sigue ocupando el primer puesto en el ranking de casos en CABA. 

 

En Argentina el 1,3% de los adultos mayores está institucionalizado, según la última encuesta de la Dirección  Nacional de Adultos Mayores (DINAPAM) del Ministerio de Desarrollo Social. Ya no se nombran “geriátricos” sino “residencias de larga estadía”. Y también: “casas”. “Tenemos que derribar mitos y prejuicios. En muchas de esas residencias los adultos y adultas mayores mejoran radicalmente su calidad de vida”, dice Mónica Roqué, ex directora del DINAPAM y actual secretaria general de Derechos Humanos, Gerontología Comunitaria, Género y Políticas de Cuidado del PAMI.

 

“Cuando llegó la pandemia la asumimos como catástrofe y contratamos a especialistas en catástrofes. Armamos programas de formación para utilizar bien los protocolos y de contención para las familias y personas que trabajan allí”, explica Roqué. Los números de contagios por Covid en los hogares de PAMI son bajos: solo un 12% padeció el virus. 

 

Jimena Ramírez es trabajadora social y gerontóloga. Hasta que comenzó la pandemia trabajaba en el Departamento de Centros y Clubes de Día de PAMI. Luego se convirtió en personal de refuerzo en la Residencia Balcarce, la residencia más grande del PAMI, que tiene capacidad para 116 residentes distribuidos en 9 pisos, donde reside Juan. 

 

“Primero hubo mucho enojo, sobre todo cuando hubo que cerrar las puertas para prevenir los contagios”, cuenta Jimena. Después, se empezaron a tejer lazos entre residentes, algo que antes de la pandemia no pasaba. Es más: de manera autogestiva se agruparon en talleres de pintura y tejido. “Hace un mes empezamos a instalar una suerte de asambleas grupales y fue productivo e impactante, sobre todo porque manifiestan que se cuidan entre ellos, que esto les permitió estar más atentos a los otros”. Para que sea un espacio íntimo, estas reuniones se organizan por piso y en el marco de un desayuno, una suerte de agasajo especial, cuenta Jimena. En general surgen temas de la cotidianeidad. “Muchos dicen que ven mal a tal o cual persona, observan si necesita más atención, manifiestan sus miedos, cuánto extrañan a su familia,. Pero también hay espacio para recuperar los espacios de ocio, de talleres autogestivos, de organización colectiva”. 

 

***

 

El portón gris macizo sobre la calle Guevara, en Chacarita, está vacío. Llego diez minutos antes de lo pactado porque mi mamá me dijo que hay que ser puntual. Las visitas al hogar de mi abuela son organizadas con quince días de anticipación: hay que sacar un turno y solo se puede estar quince minutos. Es jueves 17 de septiembre, desde marzo no la veo. Estoy nerviosa, sensible. En estos meses en el hogar hubo bastantes casos y víctimas fatales de Covid, pero mi abuela viene zafando. 

 

El hogar es grande, ocupa casi toda la manzana. La babe Rosita vive con 300 personas. Según mi memoria es un lugar alegre, con un patio grande, bar, comedor gigante, gimnasio último modelo para adultos mayores, biblioteca con computadoras, salas para actividades. Los viernes hay shows de manera religiosa (confieso que era mi día preferido para ir a visitarla). El último recuerdo que tengo con mi abuelo, antes de que falleciera, es en uno de esos recitales, abrazados cantando algo en idish

 

Se hace la hora y digo que quiero entrar primera, soy la única que no la vio. Mi mamá, mi tía, mi prima y mi hermana ya la visitaron desde que empezó la pandemia. El protocolo dice que podemos entrar de a dos. Lo hago con Leyla, mi prima de 13. Abro el portón gris macizo. Pasamos a una cápsula de plástico y vidrio. Al costado izquierdo, el hombre de seguridad —no distingo si es el de siempre porque está vestido con traje aislante, máscara, barbijo— nos dice que nos pongamos alcohol en gel en las manos y un líquido en la suela del calzado que están apoyados en la mesita. Estoy nerviosa. Me rocío ese líquido no solo por la suela sino por todo el pie y le hago lo mismo a mi prima. Me pongo alcohol en gel hasta los brazos. Hay dos sillas, nos sentamos. Detrás del vidrio vemos que se acerca una enfermera con una silla de ruedas. Es la babe Rosita. Está con un camisolín quirúrgico y barbijo. Pero el pelo lo tiene muy bien peinado (dio indicaciones explícitas para que le hicieran brushing porque iba a recibir visitas, o sea, a nosotras). 

 

—¡Babeee! ¡Baaabe!

 

Gritamos excitadas con Leyla su nombre y ella levanta los brazos y nos saluda. Me empiezan a arder los ojos y me da miedo no poder seguir por el llanto. Si algo heredamos de mis abuelos, es el instinto llorón. Mi abuela no escucha prácticamente nada, incluso con audífonos. La enfermera que la trae se tiene que ir a buscar algo entonces mi abuela se queda sola, me preocupa que entre el vidrio y nuestros tapabocas el diálogo se haga imposible. El señor de seguridad nos ve y nos ofrece un micrófono junto a unos guantes descartables que nos tenemos que poner. 

 

Agarro el micrófono y empiezo a cantar, mientras el señor ajusta el altoparlante y mi abuela sigue haciendo no con la cabeza, como que sigue sin escuchar. A mi prima le agarra un ataque de risa y yo canto más fuerte. Rosita tampoco escucha. “¡¿Cómo estás?!” digo tratando de modular. Nada. Le doy el micrófono a Leyla, rendida. “¿Cómo estás?”. No sé si mi abuela nos entiende pero nos devuelve la pregunta. “Estamos bien”, decimos y levantamos los pulgares, como para reforzar el concepto. Asumo que esto va a ser imposible entonces pienso cuál es la pregunta más fácil para hacerle. “Babe, ¿qué comiste hoy?” “¿Eh?” “Que qué comiste hoy” digo mientras me llevo la mano izquierda hacia la boca, como haciendo montoncito. Nada. Grito más fuerte. “Comida, comida, comida.” 

 

Del otro lado de la puerta están mi tía, mi mamá y mi hermana descompuestas de risa. Todo lo que mi abuela no escuchó, la cuadra entera sí. A mi abuela la veo bien. Creo que es porque su cuidadora preferida, Estela, volvió hace poquito al hogar tras recuperarse de Covid. No sé si nos van a alcanzar las gracias que les damos a ella y al resto de lxs enfermerxs y cuidadorxs y por eso aprovecho para decirle esto por acá: Gracias Estela (Mati, Mica, Macarena) por ser puente, por contener a mi abuela y a nosotrxs.

 

Le paso el micrófono a mi prima, ya tentada, ya rendida. “Qué comiste, de comida, qué comiste” dice ella también con el gesto de llevarse la mano a la boca. “¿Que qué vi en la tele?”, grita mi abuela debajo del barbijo. “Sííííí” decimos las dos. “Estoy viendo dibujitos. Me dijo la psicóloga que cuando estoy angustiada o extraño mucho eso es bueno. ¿Pueden creer que a esta edad tengo que ver dibujitos? Ahora hay algunos muy buenos de San Martín.” Nuestra abuela mira Paka Paka. Le hago una seña a Leyla de que ya está. Nos saludamos con el cuerpo, le gritamos: “¡Te queremos, te extrañamos!”. Ella también nos tira besos. No sé cuándo habrá un próximo turno. 

 

 


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